¡Hola de nuevo!
kiztiapotter: ¡Muchas gracias por tu review, me alegro de que te gustara la historia del capítulo anterior! Concuerdo contigo totalmente en cuanto a Sirius y a Snape. Creo que Sirius es alguien con muy buen fondo, al que su impulsividad le juega malas pasadas. Y en cuanto a Snape... Parece que a mucha gente le encanta este personaje después de haber leído las Reliquias de la Muerte, pero a mí no, la verdad. Sí, fue muy valiente por infiltrarse entre los mortífagos. Sí, fue muy inteligente y astuto al engañar a Voldemort. Pero las razones que le llevaron a hacerlo no son nobles. No lo hizo porque creyera en la causa como el resto de integrantes de la Orden, lo hizo para vengar la muerte de la mujer de la que había estado enamorado. Si Lily no hubiese existido en esta historia, Snape habría sido un mortífago. Además, fue toda su vida un hombre muy amargado que pagó sus frustraciones con un niño (Harry). Odiaba a su padre (James) y lo pagó con Harry. Y se supone que era el hijo de la mujer que quería... En fin, a mí eso me parece terrible. Espero que esta historia también sea de tu agrado. ¡Un beso y me gustaría seguir leyéndote!
En cuanto a esta historia, como siempre dejaré las aclaraciones al final de ella.
CONTEXTO: La historia sucede en el segundo año de los Merodeadores, en octubre de 1972.
-Es imposible…
-No, no lo es. Apostaría mi escoba.
-Es evidente. No sé cómo no nos hemos dado cuenta antes…
-Pero… ¿De verdad estáis tan seguros?-volvió a poner en duda Peter con voz temblorosa, mirando angustiado a sus dos amigos.
Sirius, James y Peter estaban sentados con las piernas cruzadas formando un círculo en el suelo de la habitación que compartían. Sobre la alfombra escarlata y frente a seis pares de ojos, reposaba un mapa lunar al que no le quitaban la vista de encima.
-Todo cuadra perfectamente –repitió James por segunda vez aquella tarde, y se dispuso a enumerar de nuevo todas las razones que respaldaban su teoría-. Sus excusas son cada vez peores, miente fatal… Las historias que cuenta no encajan; a veces hasta se contradice a sí mismo. Cuando no es su madre, es su padre el que está enfermo. Aunque el que parece enfermo es él. Y lo más importante: desde que empezamos el curso hace casi dos meses no ha dormido aquí durante ninguna de las dos lunas llenas, ni los días siguientes tampoco.
-Los días anteriores a la luna llena siempre tiene mal aspecto, y después es aún peor. Es como si un equipo entero de quidditch le hubiese pasado por encima. Seguro que ahora mismo está en la enfermería… – Sirius continuó exponiendo las evidencias.
-Pero… -Peter paseaba sus pequeños ojos de uno a otro-. Si Remus está en la enfermería, entonces…. Entonces Dumbledore tiene que saberlo, ¿no?
-¡Pues claro que lo sabe! –exclamó Sirius totalmente convencido-. Dumbledore tiene que saberlo sí o sí. Es el director de la escuela. Seguro que los padres de Remus tuvieron que contárselo para que pudiera venir a Hogwarts.
-Sí, porque necesitará un lugar para transformarse lejos de los alumnos. ¿Dónde creéis que lo hará? –preguntó James con los ojos entrecerrados dejando vagar la imaginación.
Peter mostraba una mirada asustada, como si estuviese viendo a Remus convertido en hombre lobo en ese mismo momento.
-No tengo ni idea –respondió Sirius apartándose el pelo de los ojos con aire distraído-. Pero me muero de ganas por preguntárselo. Y muchas más cosas.
-Yo también –dijo James con el rostro iluminado del mismo modo que cuando se disponía a hacer una travesura.
-Entonces, ¿vamos a decírselo? –inquirió Peter, inseguro-. ¿Vamos a decirle que lo sabemos?
-Tenemos que hacerlo –contestó James con firmeza-. Somos amigos. No puede haber secretos entre nosotros.
-Exacto. Hicimos un pacto, ¿ya no lo recuerdas? Nada de secretos. Yo os confiaría cualquier cosa a vosotros –declaró Sirius con la determinación grabada en sus ojos grises.
Peter asintió con la cabeza, sin asomo de duda, antes de decir con convicción esta vez:
-Sí, tenéis razón. Tenemos que decírselo.
-Remus debería habérnoslo contado –comentó James con un deje de resentimiento en la voz.
-Supongo que le preocupa lo que podamos pensar de él… Ya sabes lo que opina la mayoría de la comunidad mágica sobre los hombres lobo –repuso Sirius con gesto sombrío-. Y por si te queda alguna duda, puedo invitarte a mi casa para que mis padres te den un discurso sobre las ventajas de la creación de un departamento en el Ministerio que se ocupe de la caza de licántropos.
Sirius solía hacer ese tipo de comentarios acerca de sus padres de tanto en tanto. Cuando se conocieron, James, Remus y Peter pensaron al principio que Sirius bromeaba sobre las historias con cierto aire siniestro de la familia Black. Pero en el momento en el que les habló de la prima Araminta y su cruzada personal para hacer legal la caza de muggles, los chicos entendieron por fin mejor que nunca qué clase de familia era la de los Black. Después de aquella historia, el resto de las anécdotas dejaron de impresionarles tanto.
-Tus padres tienen toda la pinta de ser encantadores. Estoy deseando conocerles –dijo James con sarcasmo.
Peter se echó a reír y Sirius asintió enérgicamente con la cabeza.
-Son estupendos. Y volviendo al tema… -prosiguió Sirius recuperando de nuevo el tono serio que la situación requería-. Creo que deberíamos hablar con Remus en cuanto vuelva.
-Va a ser una conversación de lo más interesante… "Hola, Remus, ¿qué tal? ¿Te apetece jugar una partida de snap explosivo? Ah, por cierto, ya sabemos que eres un hombre lobo" –dijo James con una naturalidad exagerada.
-Esa es la idea, más o menos.
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Al día siguiente, Remus se presentó en el dormitorio tras la cena. James, Sirius y Peter ya se encontraban allí, pasando el rato hojeando unas revistas de quidditch repantingados de cualquier manera sobre la alfombra. Aparentemente, claro, porque en realidad llevaban casi toda la tarde planeando de qué manera soltarle la bomba a Remus y enumerando todas y cada una de las preguntas que se morían de ganas por hacerle.
Remus había entrado en la habitación (ajeno a las miradas escrutadoras de sus amigos), les había dado las buenas noches con toda normalidad y había guardado la capa de viaje en el armario antes de comentar que necesitaría ayuda con sus deberes atrasados. Y mientras tanto, James se dedicaba a enrollar y desenrollar una revista entre las manos observando pensativo los pasos de Remus por el dormitorio, Sirius se puso en pie y tomó asiento sobre el único escritorio de la habitación, y Peter (con un tic nervioso en la pierna derecha) miraba alternativamente a James y a Sirius.
-… y en la sala común me he cruzado con Marlene, que me ha dicho que ayer McGonagall os puso una montaña de deberes. Espero que me dé una prórroga para entregarlos… -comentó Remus mientras desataba los cordones de sus zapatos sentado a los pies de la cama.
No resultaba fácil abordar aquella conversación con Remus, a pesar de que James, Sirius y Peter habían hablado ya largo y tendido sobre cómo hacerlo. Remus por fin acabó con su cháchara sobre los deberes de Transformaciones (a la que en realidad nadie estaba prestando atención) y James pensó que aquel era el momento oportuno para sacar a relucir sus desapariciones mensuales con sutileza. Pero Sirius le tomó la delantera:
-Sabemos que eres un hombre lobo.
A bocajarro y sin anestesia. Ese era el estilo de Sirius Black.
Remus soltó en el acto el zapato que tenía en la mano y éste cayó al suelo con un golpe sordo. A la declaración de Sirius le siguió un silencio tenso e incómodo, roto sólo por la voz acusadora de James:
-Muy bien, Sirius, a eso le llamo yo tener tacto... –masculló lanzándole una mirada irritada.
Remus nunca tenía buen aspecto tras la luna llena, pero en esos momentos era aún peor. Estaba pálido como la cera y por su expresión desencajada era fácil adivinar que estaba pasando uno de los peores ratos de su vida.
James leyó acertadamente la ansiedad en el rostro de Remus y se puso en pie con decisión, arrojando a un lado la maltrecha revista de quidditch. Cuando tomó asiento junto a Remus a los pies de su cama, éste no era capaz de mirar a James a la cara y mantenía la vista clavada en el regazo.
-No nos importa que seas un licántropo, Remus –dijo James dándole una palmada amistosa en el hombro.
Remus alzó la vista al instante y dirigió sus ojos apagados primero hacia James y después hacia Sirius y Peter. Volvió a mirar a James con la angustia todavía grabada en su semblante, como si necesitara constatar lo que acababa de escuchar. James, con la mano aún sobre el hombro de Remus, lo zarandeó suavemente para sacarle de su mutismo.
-¿Qué pensabas? ¿Que íbamos a asustarnos? –inquirió James y acto seguido una sonrisa socarrona se asomó en sus labios-. ¿Sólo porque te crezca un poco de pelo aquí y allá y te pongas agresivo una vez al mes?
-Vamos, lo que les pasa a todos los adolescentes… -comentó Sirius saltando con gracia del escritorio y sentándose en el suelo frente a Remus y James. Peter se acercó también y ocupó un sitio junto a Sirius.
Remus se relajó visiblemente y lanzó un leve suspiro de alivio.
-Tenías que habérnoslo contado, tío –dijo Sirius con gesto de desaprobación.
Remus se encogió de hombros y susurró con una mueca de disculpa:
-No es algo fácil de contar. La gente teme a los licántropos…
-Nosotros no somos gente, joder, somos tus amigos –declaró James con vehemencia.
-James, todo el mundo cree que los hombres lobo somos criaturas terribles… Monstruos sedientos de sangre… -insistió Remus con tristeza.
-Si quieres conocer una criatura terrible y sedienta de sangre, te presento a mi prima Bellatrix. Ella sí que da escalofríos… -intervino Sirius con el desagrado pintado en la cara-. A su lado, los licántropos sois conejitos suaves y esponjosos.
James y Peter rieron, mientras Remus, todavía en tensión por aquella inesperada situación, frunció los labios en una mueca extraña que no llegaba a ser una sonrisa.
-Bien, ahora que por fin se acabaron los secretos… -comenzó Sirius, cuya voz dejaba entrever cierta impaciencia-. Tenemos muchas preguntas.
Remus no esperaba menos y asintió, preparado para las cientos de preguntas que con toda seguridad rondaban por las cabezas de sus compañeros. Estaba tan aliviado por que sus amigos no lo hubiesen rechazado, ni le mirasen con desprecio y temor como si fuera un monstruo, que se sentía plenamente dispuesto a compartir con ellos su historia. Esa historia que lo había abrumado desde su primer día en la escuela, temeroso del momento en que ellos pudieran llegar a descubrir su secreto y lo repudiaran. Sin embargo, había ocurrido todo lo contrario. Y no podía sentirse más orgulloso y emocionado por los amigos que había encontrado en Hogwarts.
-Podéis preguntarme lo que queráis.
-¿Cuándo te mordieron?
Peter formuló aquella pregunta al instante, como si le hubiese estado bailando en la punta de la lengua todo el tiempo.
-Ocurrió poco antes de que cumpliera cinco años. No recuerdo nada, en realidad… El hombre lobo que me mordió entró por la ventana de mi habitación mientras yo dormía. Mi padre consiguió ahuyentarlo lanzándole varias maldiciones y me salvó la vida, pero no pudo evitar que me mordiera –explicó Remus ante las miradas atentas de sus compañeros.
-¿Sabes quién fue? –preguntó Sirius.
Remus negó con la cabeza y continuó hablando:
-No pudo contenerse, supongo… Sé que no lo habría hecho de haber sido consciente, pero cuando te transformas dejas de ser tú mismo. No es algo que puedas controlar… Estoy seguro de que debe de sentirse muy culpable por lo que sucedió; no me puedo ni imaginar cómo sería si me ocurriera a mí, si llegara a morder a alguien… Debe de ser horrible. Por eso es tan importante mantenerse encerrado durante las transformaciones; en un solo segundo puedes arruinarle la vida a alguien, o acabar con ella.
Tras una breve pausa, fue James quien formuló la siguiente pregunta:
-¿Dónde pasas las noches de luna llena?
-En casa, mi padre me encierra con magia en una habitación y gracias a los hechizos silenciadores los vecinos no pueden oírme. Los encantamientos me impiden salir de la habitación, que permanece cerrada hasta que sale el sol. Mis padres pensaban que no podría venir a Hogwarts, que nadie permitiría que un hombre lobo entrara en la escuela con el resto de los alumnos, pero entonces Dumbledore se presentó en mi casa de improviso…
-¿Dumbledore fue a tu casa? –le interrumpió Peter, sorprendido.
-Sí. Poco antes de mi undécimo cumpleaños, Dumbledore apareció en la puerta de mi casa. Y él ya sabía que soy un licántropo.
-¿Cómo podía saberlo? –inquirió James con el ceño fruncido.
Remus se encogió de hombros.
-No lo sé, pero precisamente por eso se presentó en mi casa. Me dijo que no importaba lo que yo fuera, que podría venir a Hogwarts siempre y cuando tomáramos ciertas medidas. Así que Dumbledore ordenó plantar el sauce boxeador en los terrenos y construyó un pasadizo que comienza en el hueco que hay entre las raíces y desemboca en la Casa de los Gritos.
-¡La Casa de los Gritos! –exclamó Sirius con los ojos bien abiertos, mientras las mandíbulas de James y Peter colgaban con asombro.
-Pero entonces… entonces… -musitó James, pensativo, como si su cerebro estuviese trabajando a toda velocidad-. ¡La Casa de los Gritos no está realmente embrujada! ¡Eres tú!
Remus asintió, sonriendo ante las caras de estupefacción de sus amigos.
-Dumbledore ha tapiado todas las salidas y se ha encargado de extender el rumor de que está embrujada para que nadie se acerque.
-Un momento… ¿Y cómo consigues pasar a través del hueco que hay entre las raíces del sauce boxeador sin que te rompa todos los huesos? –preguntó Sirius con curiosidad.
-Sólo hay que apretar un nudo en la base del tronco y el árbol se paraliza –explicó Remus-. La señora Pomfrey me acompaña siempre hasta allí. Hace levitar una rama y presiona con ella el nudo.
-Wow, Dumbledore es brillante –sentenció James con una expresión de admiración absoluta.
-Es genial. Si no fuese por él, yo no habría podido venir a Hogwarts –declaró Remus sintiéndose enormemente agradecido.
La habitación se sumió en un silencio cómodo que permitió a todos asimilar lo que estaba ocurriendo. Remus no cabía en sí de felicidad tras saber con seguridad que sus amigos no iban a abandonarlo por su condición. Mientras, James, Sirius y Peter se sentían fascinados y sobrecogidos a partes iguales por el relato de Remus. Todo ello era, en cierto sentido, muy emocionante, pero no podían olvidar que a fin de cuentas ser un licántropo no era ni de lejos ninguna suerte.
-¿Duele? –preguntó James de pronto con vacilación.
-Es… -Remus dudó durante unos segundos, pues no quería que sus amigos sintieran lástima por él-. Es doloroso, sí. Al permanecer aislado me araño y me muerdo a mí mismo. Pero es irremediable –añadió rápidamente tratando de restarle importancia.
-Vaya… -murmuró Sirius, repentinamente desalentado-. Ojalá pudieras pasar tus transformaciones en el Bosque Prohibido… ¿No crees que…?
-Eso es imposible, Sirius –le interrumpió Remus con rotundidad.
-Bueno… Los alumnos tenemos prohibida la entrada al bosque, así que allí no podrías morder a nadie… -comenzó Peter, dubitativo.
-Ya, pero, ¿y si salgo de los límites del bosque? ¿Y si me escapo y acabo en Hogsmeade? –dijo Remus con seriedad. Negó repetidas veces con la cabeza e insistió.- No hay alternativa, debo permanecer encerrado.
-Sí alguien pudiera vigilarte de cerca, no habría peligro –dijo Sirius con demasiado optimismo.
Remus resopló con hastío.
-Ya, claro, Dumbledore puede pasearme con una correa… -comentó Remus con sarcasmo-. Sirius, ningún ser humano puede estar cerca de mí en luna llena. Cuando me trasformo, soy capaz de detectar el olor de una persona a decenas de metros de distancia. Los licántropos persiguen y atacan a los humanos sin tregua. Es completamente imposible que alguien esté conmigo durante la transformación.
-Además, si Remus anduviese suelto por el Bosque Prohibido, podría atacar a los animales que Hagrid cría allí. A los unicornios, por ejemplo –replicó James con firmeza mirando a Sirius y tirando por tierra su propuesta.
-Eso es muy poco probable –respondió Remus enseguida-. Los hombres lobo no atacan a otros animales, no a menos que deban defenderse de ellos. Y no me imagino a un unicornio provocando a un hombre lobo, la verdad… Los licántropos sólo suponen un peligro para los humanos, es su sangre la que les atrae.
-Entonces… ¿Quieres decir que podrías estar cerca de otras criaturas sin hacerles daño? –inquirió James con el ceño fruncido ante aquella nueva información que él desconocía hasta ese momento.
Remus asintió sin comprender por qué a James le parecía tan interesante el hecho de que en su forma lobuna no sintiera el deseo de atacar a otras criaturas. Al fin y al cabo, los animales no podían convertirse en licántropos, pero las personas sí, de ahí que fuera esencial alejarse de ellas durante la luna llena. Lo que Remus no sabía era que el cerebro de James ya estaba en marcha, dando forma a la mayor travesura que jamás pudieran llevar a cabo.
La mirada desenfocada de James llamó la atención de todos y fue la voz de Sirius la que lo sacó de su ensimismamiento:
-¿Qué te pasa?
-McGonagall es animaga. ¿Recordáis cómo se transformó en clase? –James estaba tan emocionado que sentía la urgencia de hacerles ver a sus amigos la genial idea que acababa de tener.
Sirius, Remus y Peter asintieron, extrañados por el cambio de rumbo que acababa de tomar la conversación.
-¿Y eso qué tiene que ver ahora? –preguntó Sirius con una mueca de incomprensión-. ¿Te golpeó una bludger en la cabeza durante el entrenamiento de ayer o qué?
-¿No veis a dónde quiero llegar? –la voz de James denotaba impaciencia y algo de decepción-. Animagos –paladeó con lentitud, dándole cierto toque teatral.
Esa simple palabra fue el detonante de tres reacciones muy diferentes.
-¡Sí!
-¿Qué?
-¡No!
Sirius estaba tan entusiasmado que había pegado un brinco en su sitio, y sus ojos grises estaban iluminados ante la perspectiva de transgredir unas veinte normas a la vez. Peter, por otra parte, tenía una expresión pasmada que le daba cierto aire cómico. En cuanto a Remus, una profunda consternación se extendía desde sus ojos hasta el rictus de su boca.
-¡Es una idea brillante! –exclamó Sirius completamente fascinado-. ¡Como no podemos hacerte compañía siendo humanos, lo haremos con forma animal!
-¿Convertiros en animagos para pasar la luna llena conmigo te parece una idea brillante? –repitió Remus con las cejas enarcadas-. ¡Suena más bien a demencia!
-Es una locura… -murmuró Peter con un hilo de voz.
-Gracias –respondió Remus mirando a Peter, aliviado por no ser el único con sentido común en aquel dormitorio.
-¡Sois unos aguafiestas! –dijo Sirius dándole a Peter un empujón en el hombro-. ¿Cuántos magos creéis que han conseguido convertirse en animagos siendo todavía alumnos de Hogwarts?
-Ninguno –contestó Remus llanamente-. Por algo será, ¿no? Hay un registro, Sirius, y…
-Bah, tecnicismos –le interrumpió Sirius desechando los argumentos de Remus con un gesto de la mano.
-Hay un registro –volvió a decir Remus elevando el tono de voz para evitar más interrupciones- en el Ministerio de Magia. Y es ilegal convertirse en animago y no pasar a formar parte de esa lista. Es obligatorio notificarlo.
-¿Ilegal? ¿Y nos vamos a echar atrás sólo por eso? –inquirió Sirius con insolencia.
-El problema en realidad es que al parecer es complicadísima la conversión en animago –apuntó James-. Podría llevarnos años.
-Sí, claro, el problema es ese… -masculló Remus con un sarcasmo exagerado haciendo reír a Peter, que parecía haber liberado cierta tensión por fin.
-Remus, es una idea buenísima –afirmó James, algo contrariado por la oposición de su amigo-. ¿No te gustaría que tus transformaciones fueran menos dolorosas? ¿Más llevaderas? ¿Divertidas, incluso?
-Claro que sí… -admitió Remus a regañadientes-. Pero…
-Imagínatelo –continuó Sirius con una sonrisa gamberra-. Los cuatro juntos merodeando por el Bosque Prohibido. Dime que no es emocionante.
-Sí, sí, muy emocionante –la respuesta irónica de Remus exaspero a Sirius, que le lanzó una mirada punzante. Pero la ignoró y continuó con el mismo tono sarcástico-. Todos juntos… ¿Cómo has dicho? Ah, sí, merodeando por un bosque lleno de criaturas peligrosas… Podemos hacernos llamar los Merodeadores. ¿Qué te parece? Y cada uno puede tener un alias. Seríamos como los Tres Mosqueteros y D´Artagnan.
-¿Quién demonios es D´Artagnan? –preguntó Sirius, desconcertado.
-¿Y los Tres Mosque-qué? –James miraba alternativamente a Peter y a Sirius, que se encogieron de hombros con sendas expresiones de confusión.
Remus suspiró con fuerza y puso los ojos en blanco.
-Pero lo de los Merodeadores me gusta… -dijo James con una sonrisa torcida.
-Suena genial –declaró Sirius, complacido-. ¿Tú qué dices, Peter? ¿Te unes?
Peter pareció dudar durante unos segundos, paseando sus pequeños ojos entre James y Sirius. Sus semblantes emocionados acabaron por convencerlo. Al fin y al cabo, si estaban decididos a hacerlo, él no podía ser el único que se quedara al margen… Peter asintió tímidamente y Sirius soltó una exclamación de aprobación al tiempo que palmeaba la espalda de su amigo con ímpetu.
-No me lo puedo creer… -murmuró Remus viendo como su único apoyo caía-. ¿Os lo estáis planteando seriamente?
-Remus, en lugar de ser tan cabezota, deberías pararte a pensarlo –dijo Sirius e ignoró la mirada asesina del aludido-. En serio, considéralo durante un minuto al menos.
Remus, de mala gana, hizo caso a Sirius. Por un momento se imaginó a sí mismo durante las noches de luna llena con sus mejores amigos, pasándolo en grande explorando otros lugares fuera de los límites de la Casa de los Gritos y corriendo mil y una aventuras. No podía negar que era emocionante. Y tentador, muy tentador… La posibilidad de que sus metamorfosis fueran menos dolorosas era un punto muy a favor. Pero, por otra parte, estaría arrastrando a sus amigos a quebrantar la ley, por no hablar de la confianza que Dumbledore había depositado en él…
-No es una mala idea, ¿a que no? –dijo James interpretando acertadamente el cambio de expresión en el rostro de Remus.
-Dumbledore confía en mí.
Aquella declaración pretendía ser el la última bala en el cartucho de Remus para que sus amigos se echaran atrás.
-Dumbledore no tiene por qué enterarse –replicó Sirius con una inocencia fingida que no iba con él en absoluto.
-Podemos asumir que Dumbledore estaría de acuerdo si es por tu bien –dijo James a sabiendas de que la respuesta de Sirius no era lo que Remus quería oír-. Si tus transformaciones se vuelven menos dolorosas con nosotros, ¿no crees que Dumbledore podría llegar a verlo con buenos ojos? Y en nuestra forma animal, podríamos mantenerte a raya.
-Eres un caradura, James –respondió Remus sin poder evitar una pequeña sonrisa.
James, que se lo tomó como un halago, compuso un gesto de modestia.
-Convirtiéndonos en animagos nosotros no correríamos peligro contigo, podríamos mantenerte bajo control y tus transformaciones serían menos violentas. Así que todos contentos. ¿Cómo no iba a aprobarlo Dumbledore? –opinó Sirius con despreocupación.
Remus meneó la cabeza, sintiéndose desarmado por la labia de James y Sirius. Entonces miró a Peter. Él era el más tímido de los cuatro y siempre aprobaba las ideas de Sirius y James, por muy descabelladas que fueran. Sabía de antemano la respuesta, pero aun así, preguntó:
-¿Tú que dices, Peter?
-Yo creo que es una buena idea.
-¡Así se habla, Peter! –exclamó Sirius, exultante.
Remus, sin embargo, todavía tenía otra cuestión en mente:
-¿Y creéis que estáis preparados para ver cómo me transformo en una bestia?
De repente, Peter perdió toda la seguridad que había logrado reunir y se puso pálido al instante.
-Yo desde luego quiero verlo –contestó Sirius, cuyos ojos grises brillaban de pura excitación.
-Sí, Remus, queremos verte aullándole a la luna –comentó James con sorna.
Sirius, que solía ser el más payaso, empezó a aullar de manera escandalosa y James no tardó en unírsele. Peter se echó a reír y recuperó parte del color que había perdido al imaginarse frente a un Remus completamente diferente del que conocía.
-Sois un par de idiotas –manifestó Remus sin poder reprimir una sonrisa cuando James y Sirius dejaron de aullar y comenzaron a desternillarse de risa.
-¿Os imagináis en qué animales podríamos llegar a convertirnos? –preguntó James una vez cesaron las risas en el dormitorio-. Creo que no me importaría ser un león…
-¿Un león? No sé, yo te veo más como una mofeta, porque menudo tufo desprenden tus pies… -comentó Sirius con guasa.
Entre las risas de los demás, James le enseñó el dedo corazón a Sirius con gesto antipático.
-Y tu apodo podría ser Fétido, Apestoso o Hediondo… ¿Cuál prefieres?
James le lanzó un cojín a Sirius a la cabeza, pero éste lo esquivó con facilidad.
-¿No habíamos acordado que cada uno iba a tener un alias? ¿Qué pasa? ¿Es que no te gustan mis propuestas? –preguntó Sirius con inocencia.
-Tú y tu sentido del humor me encantáis, ya lo sabes –respondió James con voz melosa-. ¿En qué animal crees que podrías transformarte tú?
-¿Un tío atractivo, atlético y elegante como yo? Creo que podría ser un caballo –dijo Sirius apartándose el pelo con un movimiento muy natural que años después arrancaría muchos suspiros-. Sí… Un corcel negro. Un animal salvaje y poderoso… -continuó con una sonrisa engreída.
James le miró con lástima y resopló por lo bajo antes de decir:
-¿Un caballo? No te engañes, Sirius, tú no pasas de burro…
Y así, entre bromas, risas e ideas disparatadas, comenzó la leyenda de los Merodeadores.
Y hasta aquí esta historia. ¿Qué os ha parecido? ¡Dejadme un review para saber vuestra opinión!
Todo lo que explica Remus en este fic acerca de su licantropía no es de mi invención. Esta información la he sacado de lo que Rowling nos ha dejado saber en Pottermore. A continuación os dejo varios fragmentos del writing de Rowling sobre Remus Lupin que podéis encontrar en Pottermore y que he traducido del inglés (no es la traducción completa, son sólo las partes que he utilizado para esta historia). Repito, lo que viene ahora no es mío, es de Rowling, yo sólo lo he traducido. (Nota: Hope y Lyall son los nombres de los padres de Remus).
Fragmento nº 1:
"Poco antes del quinto cumpleaños de Remus Lupin, mientras dormía plácidamente en su cama, Fenrir Greyback forzó la ventana del niño y lo atacó. Lyall llegó a tiempo a la cama para salvar la vida de su hijo, expulsando a Greyback de la casa con numerosas maldiciones. Sin embargo, a partir de ese momento, Remus sería un hombre lobo hecho y derecho.
Lyall Lupin nunca se perdonó por las palabras que había pronunciado frente a Greyback durante el interrogatorio. "desalmados, crueles, no merecen nada más que la muerte". Había repetido como un loro lo que era la opinión común sobre los hombres lobo en su comunidad, pero su hijo era lo que siempre había sido, adorable y listo, excepto por ese terrible periodo durante la luna llena cuando sufría una transformación atroz que lo convertía en un peligro para cualquiera a su alrededor. Durante muchos años, Lyall escondió a su hijo la verdad acerca del ataque, incluida la identidad del atacante, temiendo las recriminaciones de Remus".
Fragmento nº 2:
"Poco antes del undécimo cumpleaños de Remus, nada más y nada menos que Albus Dumbledores, director de Hogwarts, apareció sin invitación frente a la puerta de los Lupin. Conmocionados y asustados, Lyall y Hope intentaron impedir su entrada, pero de algún modo, cinco minutos después, Dumbledore estaba sentado junto al fuego, comiendo bollos y jugando a los gobstones con Remus.
Dumbledore les explicó a los Lupin que sabía lo que le había ocurrido a su hijo. Greyback había alardeado sobre lo que había hecho y Dumbledore tenía espías entre las criaturas oscuras. Sin embargo, Dumbledore les dijo a los Lupin que no veía razón alguna por la cual Remus no debería ir a la escuela, y describió los arreglos que había llevado a cabo para darle al niño un lugar seguro y a salvo para sus transformaciones. Debido al extendido prejuicio sobre los hombres lobo, Dumbledore acordó que por el bien de Remus su condición no debería ser divulgada. Una vez al mes, se marcharía a un lugar seguro y confortable en el pueblo de Hogsmeade, protegido por diversos hechizos y al que tan sólo se podría llegar a través de un pasadizo bajo tierra desde los terrenos de Hogwarts, donde podría transformarse en paz.
La emoción de Remus iba más allá de cualquier cosa que hubiese conocido antes. Era el sueño de su vida conocer a otros niños y tener por primera vez amigos".
Fragmento nº 3:
"Seleccionado para la casa de Gryffindor, Remus Lupin se hizo rápidamente amigo de dos chicos alegres, confiados y rebeldes, James Potter y Sirius Black. Se sintieron atraídos por el reservado sentido del humor de Remus y una amabilidad que valoraban, incluso si ellos no la poseían siempre. Remus, siempre amigo de los desamparados, fue amable con el bajito y bastante lento Peter Pettigrew, un compañero de Gryffindor, a quien James y Sirius seguramente no habrían considerado digno de su atención sin la persuasión de Remus. Pronto, los cuatro se volvieron inseparables.
Remus funcionaba como la conciencia del grupo, pero a veces era una conciencia defectuosa. No aprobaba su acoso implacable a Severus Snape, pero quería a James y a Sirius tanto, y estaba tan agradecido por su aceptación, que no siempre les hacía frente tantas veces como sabía que debía hacerlo.
Inevitablemente, sus tres amigos pronto se volvieron curiosos ante el hecho de que Remus tuviera que desaparecer una vez al mes. Convencido por su solitaria niñez de que sus amigos le abandonarían si supieran que era un hombre lobo, Remus se inventaba mentiras cada vez más elaboradas para explicar sus ausencias. James y Sirius adivinaron la verdad en su segundo año. Para la estupefacta gratitud de Remus, no sólo siguieron siendo amigos, sino que también se les ocurrió un método ingenioso para facilitar su aislamiento mensual. También le proporcionaron un apodo que le seguiría a través de todo el colegio: Monny (Lunático). Remus terminó la escuela como prefecto".
