El enraizado azul, con flores blancas y con el nombre de Emma colgaba del arco por el que se entraba a la sala de los Cullen y enmarcaba de manera perfecta la entrada al mundo de fantasía que Rosalie había creado sólo para su pequeña y que todo a su alrededor había sido transformado en un laberinto de juegos, regalos, enormes osos de peluche y dulces, el sueño de cualquier niño, claro que la festejada sólo cumpliría un año y todo aquéllo resultaba un tanto desproporcionado. Alice creía que era demasiado pero con tal de ver a Rosalie tan feliz, podía ayudarle a organizar mil fiestas aún más extravagantes que aquélla, además, su sobrina merecía eso y más.

Al principio no fue nada fácil para los Cullen aceptar que Rosalie adoptara a una niña mortal, eso podría desencadenar problemas enormes, pero al no encontrar ningún rastro de familiares y al verse presos de aquélla hermosa pequeña, terminaron por ceder. Ahora que veía el todo lo que aquella pequeña había llevado a su familia, se daba cuenta que había valido la pena. Emma era una pequeña preciosa, sus ojos azules parecían dos hermosos océanos, su piel suave y blanca parecía algodón y sus cabellos dorados relucían como rayos de sol, además, con su ternura y u su fragilidad tenía enamorados a todos. Eran vampiros, la suerte de contar con una familia que se ama y se apoya en todo era algo único y demasiado valioso.

—Miren quién llegó, la princesa Cullen está aquí para todos ustedes, inclinaos o morid.

Emmett apareció con Emma en brazos, detrás de ellos, la familia Cullen y los Denali en pleno, comenzaron a aplaudir y vitorear a la pequeña, que los imitó sonriendo y aplaudiendo. Las horas fueron pasando, música, juegos, baile, risas, un cumpleaños perfecto. Rosalie se levantó a acomodar la cámara, para tomar una foto familiar, mientras Emmett, Jacob y Renesmee jugaban con Emma en la resbaladilla instalada en medio de la sala. Cuando la niña llegó a la base del juego y vio a Rosalie a unos pasos frente a ella, estiró sus manos, llamándola.

—En un segundo estoy contigo, pequeña, nada más termino de programar esto.

Emmett trató de cargarla pero ella se removió con obstinación y volvió a intentar llamar la atención de la rubia.

—Mamá.

Rosalie miró a su pequeña, le escocieron los ojos, no era la primera vez que la llamaba de esa manera pero no por eso dejaba de maravillarle cuando la escuchaba. Dejó la cámara y estuvo a punto de ir a cargar a la bebé cuando, para sorpresa de todos, Emma se puso de pie y caminó, con decisión hasta ella. Emmett corrió a grabar el momento, la primera vez que caminaba completamente sola y sin caerse, mientras todos apreciaban con amor y ternura el momento. Cuando llegó a los pies de Rosalie, la pequeña volvió a estirarse en su dirección.

—Mami, aquí.

Rosalie no pudo más de la emoción y la cargó.

—Lo lograste, sabía que lo harías, eres la mejor. Te amo, pequeña.

—Y yo lo tengo todo en video.

Todos suspiraron y se sintieron sumamente afortunados de haber podido pertenecer a ese momento. La alegría y el amor eran cosa de todos los día en ese hogar, la sonrisa de la pequeña acurrucada contra Rosalie era la prueba fehaciente de ello.

A varios cientos de kilómetros, la Mansión Mikaelson era todo un desastre. Vidrios rotos por doquier, puertas hechas añicos, sangre escurriendo por aquí y por allá, pastel y bebidas por todo el suelo y adornos partidos por la mitad. El cadáver de una fiesta que nunca pudo ser.

—¿Cómo está?

Caroline vio a Klaus con dolor. Odiaba no poder tener un momento de paz con su familia y detestaba, por sobre todo, que incluso la esperanza de una fiesta de cumpleaños le hubiera sido arrebatada a su hija. No era justo, no era la vida que hubiera deseado.

—Mejor.

Volvió su vista a la cuna, donde dormía plácidamente su pequeña. Se preguntó ¿por qué la vida era tan dura? Y sintió los brazos del original abrazarla desde atrás.

—Perdóname, todo esto es mi culpa.

La rubia suspiró y cerró los ojos, una minúscula parte de ella deseaba culparlo de todo, tomar a su hija y correr lejos de todo aquel embrollo pero no podía, no quería hacerlo. La vida, o más bien Bonnie Bennett, le había dado otra oportunidad, la había arrebatado de la muerte para permitirle tener lo que tanto había soñado: una familia ¿Qué clase de malagradecida sería si se rindiera antes el quinto, noveno, o cualquiera que fuera el número de enemigo que llevaran? Se giró para ver a los ojos al original.

—No es tu culpa, o quizás sí pero no importa. Sabíamos, desde el inicio, que no sería fácil, aún después de que Dahlia desapareció. Nos quedan demasiadas batallas por pelear pero vale la pena, todo, el dolor, la espera, las celebraciones arruinadas, al final del día, todo lo que necesito es justo lo que tengo aquí y ahora. A nuestra pequeña durmiendo en su cama, a nuestra familia entera y a salvo y a ti al perfecto alcance de mis labios.

El beso que Caroline le dio, fue la fuente de alivio más grande que Klaus hubiese experimentado. Una cosa era saber que lo amaba pero, otra muy distinta era saber a ciencia cierta que no lo abandonaría ni en los peores momentos. Por primera vez, en toda su larga vida, experimentaba la seguridad de no sentirse solo y daría lo que hiciera falta por jamás perderla. Se separaron sólo porque no querían dejarse llevar, por el deseo al otro, en la recámara de su hija. La sonrisa de Klaus era una que sólo ella había tenido la oportunidad de conocer, pura, fresca, radiante como el mismo sol y sólo ese gesto le demostraba porqué jamás podría abandonarlo. No era sólo el hombre que amaba ni el padre de su hijo, era el hombre a quien había elegido para compartir la eternidad, era quién la hacía amar con toda la intensidad de la palabra. Era Klau, su Klaus y lucharía hasta el fin del mundo mientras estuviera de su mano.

—Es su primer año, tendremos oportunidad de otros cumpleaños, como un millón de ellos. Se lo compensaremos.

Klaus sonrió, adoraba la manera que tenía la rubia para seguir adelante con optimismo.

—Aún así, no hay que dejar que este pase desapercibido.

La pareja miró hacia la entrada de la habitación y vio a sus amigos y a su familia, sonrió por lo amada que se sentía y por toda la dicha que le daba saber que su hija, pasara lo que pasara, jamás estaría sola. Matt puso la cámara en posición para grabar el momento, Bonnie encendió la música, Elena, Stefan, Damon, Rebekah, Elijah, Kol, Davina, Freya y Marcel tomaron posiciones a lo largo de todo el cuarto y entre todos comenzaron a entonar, medio en susurros, el "Feliz cumpleaños". Por su parte, Klaus se acercó a la cuna y colocó al frente el único adorno que había podido rescatar intacto, un hermoso enraizado azul, con flores blancas y el nombre de su hija: Hope.