Disclaimer: Crepúsculo es de Meyer.
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Conocí
Conocí la risa. Mi madre reía cuando mi padre la sacaba a bailar. Uno, dos y tres. La hacía girar rápidamente sobre sí misma, la tomaba entre sus brazos y la hacía girar contra él. Ella lanzaba grandes carcajadas. A veces le golpeaba el hombro de forma juguetona. Uno, dos, tres.
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Conocí la alegría. Alegría por la vuelta de mi padre. Alegría por los platillos de mi madre. Alegría cuando me regalaron a Morty, mi caballo, mi compañero fiel, el único ser que me acompañó hasta el final.
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Conocí la tristeza. Tristeza por la despedida. Mis padres abrazados, sus ojos húmedos. Mi madre agitando un pañuelo blanco en mi dirección. Mi padre dándome una palmada en el hombro. Y sus palabras:
- Regresa hijo.
Y las mías:
- Lo prometo.
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Conocí el llanto. Los hombres a los que conocí lloraban por sus amigos caídos, lloraban por los seres queridos que nunca volverían a ver, lloraban por las extremidades que perdían en acción. Los hombres a los que conocí lloraban por las noches, encogidos sobre sí mismos mientras recordaban tiempos mejores. Los hombres a los que conocí, fueron los mismos a los que lloré yo cuando los perdí.
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Conocí el miedo, la derrota, la desesperación. En la guerra, aprendes que nadie es impredecible y que la vida vale menos que una pestaña que se desprende del ojo. En la guerra aprendes que no hay bandos, que cada quien lucha por su vida, y que la muerte es la única protagonista que recibe los créditos. En la guerra aprendes que sólo eres un número de los muertos de tu país.
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Conocí el infierno. Las llamas recorriendo mi cuerpo, quemando mi garganta, destruyendo mi alma. Las llamas llevándose lo poco que queda de mí, quitándome el resto de mi humanidad. Las llamas dejando traslucir la cabeza pálida, hermosa y perfecta de María.
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Conocí el poder. El poder de ser más fuerte que los simples humanos. El poder de dominar a todos esos vampiros. El poder de matar, de destruir, de causar caos y desolación. El poder de estar encima de María, follándola, haciéndola gemir, descubriendo nuevos centros de placer en su cuerpo inmortal. El poder de hacer lo que quisiera, de dejarme llevar por mis instintos más primitivos.
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Conocí la soledad. El estar solo, y saber que te sentirás solo aún cuando estés acompañado. El sentirme solo y no poder y no querer hacer nada por evitarlo. El vagar solo por las calles, alimentándome ocasionalmente de humanos, el sentirme solo en la vasta soledad del mundo.
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Conocí la esperanza. Al fin. Al fin la encontré en una cafetería de Filadelfia. Al fin le tomé de la mano. Al fin dejé de sentirme solo. Al fin volví a sentir la alegría. Y me prometí seguirla hasta el fin del mundo y hasta el fi de los tiempos. Porque tú eres mi vida, Alice.
