—Yo no he oído nada —Marinette estiró el cuello hacia la puerta y se encogió de hombros al no percibir ningún ruido—. Alya, desde que diste a luz, tienes un oído impresionante.
—Voy a cambiarle y llevarlo a dar un paseo. ¿Vienes?
—No puedo. Tengo que trabajar.
—Entonces te veré esta noche. La cena es a las siete.
—Muy bien —Marinette se esforzó por sonreír.
En la cena estaría el aburrido primo de Alya, Nathaniel. ¿Cuándo reuniría el valor necesario para decirle a Alya que dejara de intentar buscarle pareja? Seguramente cuando consiguiera decírselo también a la señora Mendeleiev y al señor Fishel, del primer piso, y a la mujer de la lavandería. ¿A qué venía esa obsesión por encontrarle al hombre perfecto?
Tenía veinticuatro años y era feliz siendo soltera. Eso no significaba que no quisiera formar una familia algún día y quizá tener una casa con jardín y un gato para los niños. Sí, tenían que tener un gato
Pero eso sería en el futuro. Por el momento le gustaba su vida como estaba.
Apoyó los codos en la mesa y, descansando la barbilla en las manos, se permitió mirar por la ventana y soñar despierta un rato. Debía de ser la primavera lo que hacía que estuviera tan inquieta y llena de energía.
Se le pasó por la cabeza la idea de ir a dar ese paseo con Alya y Tommas, pero justo en ese momento la oyó salir por la puerta.
Mejor, así tendría que volver a trabajar. Se centró en el primer cuadrado del cómic Amigos y vecinos.
Tenía buena mano para el dibujo, una habilidad que había heredado de sus padres. Su madre era una respetada pintora de fama internacional y su padre era el genio que había creado el popular cómic Macintosh. Ambos habían transmitido a Marinette y a sus hermanos el amor al arte.
Al marcharse del seguro hogar de la familia en Lyon, Marinette había tenido la certeza de que si las cosas le iban mal en Paris, sus padres volverían a recibirla con los brazos abiertos.
Pero no había sido así.
En los últimos tres años él éxito de su tira cómica no había hecho más que crecer. Marinette se sentía orgullosa de su trabajo, de la simplicidad con la que transmitía ternura y sentido del humor en situaciones cotidianas.
No intentaba imitar la ironía ni las ácidas sátiras políticas de la obra de su padre. A ella lo que le hacía reír era la vida de todos los días: las colas para entrar al cine, el encontrar los zapatos ideales o sobrevivir a otra cita a ciegas.
Muchos creían que Jane era un personaje autobiográfico, pero para Marinette era una fuente de ideas inagotable en la que jamás se veía reflejada. Al fin y al cabo, Jane era una Rubia escultural que tenía tan mala suerte con los hombres como para conseguir que le durara algún empleo. Igual que ella.
Marinette tenía el pelo azulado, estatura media y una carrera de éxito.
En cuanto a los hombres, no eran una de las prioridades de su vida, por lo que no le preocupaba si tenía suerte o no con ellos.
Frunció el ceño al darse cuenta de que seguía tamborileando con el lápiz en lugar de dibujar. No conseguía concentrarse. Se pasó la mano por el pelo, apretó los labios y se encogió de hombros. Quizá le hiciera bien tomarse un descanso y comer algo.
Se puso en pie y se colocó el lápiz detrás de la oreja sin darse cuenta, una costumbre que llevaba intentando quitarse desde la adolescencia. Salió del estudio y bajó las escaleras.
Su apartamento tenía una luz maravillosa que entraba por las tres enormes ventanas del salón, por las que también entraba el ruido de la calle que no la había dejado dormir durante sus primeras semanas en la ciudad.
Fue descalza hasta la cocina. Se movía con elegancia, algo que también había heredado de su madre y que le había sido de utilidad para sus clases de ballet, unas clases que les había suplicado a sus padres y de las que después había acabado cansándose. Al final había tomado clases de defensa personal y luego de terminar con aquello entró en un curso de cocina. Que luego de tres años, logró cerrarle la boca a su familia al hacerles probar tan deliciosos platillos.
Abrió la nevera y pensó en qué le apetecía. Entonces lo oyó.
La música triste y sensual del saxo. El misterioso habitante del apartamento 3B no tocaba todos los días, pero a Marinette le gustaría que lo hiciese.
Las melodías procedentes de su casa siempre la conmovían.
¿Se habría trasladado a París para ganarse la vida como músico? Se preguntó.
Lo que era seguro era que tenía el corazón roto. Y sin duda por culpa de una mujer, quizá una fría castaña que lo había cautivado y después le había pisoteado el corazón con sus zapatos de tacón.
Estaba adquiriendo la costumbre de imaginarse cómo era la vida de aquel hombre.
Unos días antes se había inventado una vida en la que, con sólo dieciséis años, había tenido que huir de su violenta familia y había sobrevivido tocando música en las calles de Toulose, desde allí había viajado al norte mientras su familia lo buscaba por todo el país.
No se le había ocurrido ningún motivo por el que podrían buscarlo, pero no era realmente importante.
Él andaba huyendo y la música era su único consuelo.
Otro día había llegado a la conclusión de que era un agente del gobierno trabajando de incógnito.
Quizá un ladrón de joyas que se escondía de la ley.
O un asesino en serie en busca de una nueva víctima.
Marinette se rió de sí misma al ver los ingredientes que había sacado de la nevera sin siquiera darse cuenta. Fuera quien fuera su vecino, parecía que iba a prepararse las galletas que le había sugerido Alya.
