Se llamaba Adrien Agreste y no se consideraba especialmente misterioso.
Sólo le gustaba disfrutar de privacidad, una necesidad que lo había llevado a instalarse en el corazón de una de las ciudades más tumultuosas del mundo.
Pero sólo de manera temporal, pensó mientras guardaba el saxo en su funda.
En sólo un par de meses las obras de rehabilitación de su casa habrían terminado y podría volver a las costas.
Algunos decían que era su fortaleza y a él no le importaba. Un hombre podía ser perfectamente feliz viviendo en soledad en su fortaleza durante algunas semanas. Una fortaleza a la que nadie podía entrar a menos que las puertas estuviesen abiertas.
Comenzó a subir las escaleras. Sólo utilizaba el salón casi vacío para tocar, o para hacer ejercicio si no le apetecía ir al gimnasio.
Era en la segunda planta donde vivía... temporalmente, pensó de nuevo.
Lo único que necesitaba allí era una cama, un par de cajones y una mesa firme para el ordenador y para todos los papeles que generaba.
Si por él hubiera sido, no habría tenido teléfono, pero su agente lo había obligado a tener un móvil y le había suplicado que siempre lo tuviera encendido.
Y normalmente lo hacía... salvo cuando no le apetecía.
Adrien se sentó a la mesa, contento de que la música le hubiera despejado un poco la cabeza. Lila, su agente, estaba impaciente por el ver el progreso de su última obra; de nada servía que Adrien le dijera que estaría acabada cuando lo estuviera, ni un minuto antes ni un minuto después.
El problema del éxito era que acababa convirtiéndose en una presión.
Cuando uno hacía algo que gustaba, el público esperaba que volviera a hacer lo mismo una y otra vez, sólo que más rápido y mejor. A Adrien no le interesaba lo más mínimo lo que quisiese la gente. Podían tirar abajo las puertas del teatro para ver su próxima obra, darle otro premio Pulitzer y otro Tony.
También podían no acercarse al teatro o reclamar que les devolvieran el dinero de las entradas.
Pero, pasase lo que pasase, lo que importaba era el trabajo, algo que debía importarle sólo a él.
Económicamente estaba seguro y, según Lila, ése era su problema. Como no tenía necesidad de dinero, era arrogante y distante con el público.
Claro que también decía que eso era lo que lo hacía un genio.
Se sentó en la gran sala. Era un hombre alto y delgado, con el pelo de color rubio dorado y los ojos verdes esmeraldas. Apretó los labios mientras leía las palabras que había ya escritas en el monitor.
Se olvidó de los ruidos de la calle que inundaban la casa noche y día y se adentró en el alma del hombre que él mismo había creado.
Un hombre que luchaba denodada mente por sobrevivir a sus propios deseos.
El sonido del timbre de la puerta le hizo maldecir en voz alta. Consideró la idea de no levantarse a ver quién era, pero pensó que el intruso iría una y otra vez hasta que lo atendiera.
Probablemente fuera la anciana con ojos de águila que vivía en el piso de abajo; ya había estado a punto de agarrarlo un par de noches cuando salía camino del club.
A Adrien se le daba bien esquivar ese tipo de ataques, pero empezaba a resultarle muy molesto.
Pero lo que vio al otro lado de la mirilla no fue a la mujer con ojos de pájaro, sino a una hermosa joven de pelo azulado largo y unos enormes ojos azules.
Sin aún abrir la puerta, se preguntó qué demonios querría.
Como lo había dejado tranquilo durante casi una semana, había llegado a la conclusión de que seguiría haciéndolo, lo cual la habría convertido en la vecina perfecta para él.
Finalmente abrió la puerta, contrariado de que aquella mujer hubiera decidido estropear tal perfección.
—¿Sí?
—Hola —sí, pensó Marinette, estaba aún mejor mirándolo de cerca—. Soy Marinette Dupain, del 3A —añadió señalando a su puerta con una sonrisa en los labios.
Él levantó una ceja.
—Muy bien.
Un hombre de pocas palabras, decidió Marinette sin dejar de sonreír, mientras deseaba que dejara de mirarla sólo un segundo para poder asomarse ligeramente y ver el interior de su apartamento. No podría intentarlo siquiera mientras siguiera observándola tan fijamente.
—Te he oído tocar hace un rato. Trabajo en casa y las paredes son muy finas.
Si había ido a quejarse del ruido, no iba a servirle de nada, pensó Adrien.
Tocaba el saxo cuando le apetecía y no pensaba dejar de hacerlo. Siguió observándola fríamente; la nariz ligeramente respingada, los labios carnosos, los pies delgados con las uñas pintadas de rojo.
—Siempre se me olvida encender la radio.
Siguió hablando alegremente y, al hacerlo, a su mejilla asomaba un pequeño hoyuelo.
—Así que es muy agradable oírte tocar. A Eric y Susan les gustaba mucho Vivaldi, lo cual está muy bien, pero acaba resultando un poco monótono si no escuchas otra cosa. Eric y Susan eran los que vivían en tu apartamento —le explicó—. Se mudaron a Niza después de que Eric tuviera una aventura con una dependienta de Saks. Bueno, en realidad no llegó a pasar nada entre ellos, pero Eric estaba pensándoselo y Susan decidió que sería mejor irse a vivir a otro sitio antes de despellejarlo en el divorcio. La señora Mendeleiev no les da más de seis meses, pero yo creo que podrían solucionarlo. Bueno...
Le ofreció un plato amarillo con unas galletas de chocolate.
—Te he traído unas galletas.
Adrien las miró unos segundos.
Y Marinette aprovechó para echar un vistazo al salón del apartamento. El pobre no tenía ni un sofá.
Debo agradecerles por los comentarios, en verdad! Nunca habia imaginado que tuviera un par de Reviews xD
Otra cosita xD La historia es la adaptación de una adaptación; pedí el permiso para adptarla, y como habrán notado... me dijiron que sí xD
En mi perfil aclaro que está adaptada y doy los creditos correspondientes :)
Estaré actualizando pronto!
