—Es muy atractivo —admitió con relajación—. Resulta difícil no mirarlo, así que, si te parece bien, seguiré haciéndolo. No creo que vaya a mirarme siquiera teniendo a una mujer como tú cerca.
Chloé se echó a reír de nuevo.
—Parece que sí que sabes cuidarte sólita. Eres una chica lista.
Marinette se rió también.
—Sí que lo soy, sí. Y de verdad me gusta mucho tu local. ¿Cuánto tiempo hace que lo tienes?
—Dos años.
—¿Y antes de eso? Por tu acento, supongo que eres de Lyon.
Chloé ladeó la cabeza.
—Tienes buen oído.
—Es que tengo familia en Lyon. Mi madre se crió allí.
—No conozco a ningún Dupain. ¿Cuál era el apellido de soltera de tu madre?
—Cheng.
—Conozco muchos Cheng. ¿Eres familia de la señorita Cristine?
—Es mi tía abuela.
—Una gran dama.
Marinette se echó a reír y después tomó un trago.
—Una mujer tan fría como el invierno. Mis hermanos y yo solíamos creer que era una bruja.
—Tiene mucho poder, pero sólo por su dinero y por su nombre. ¿Así que eres una Cheng? ¿Y quién es tu madre?
—Sabine Cheng de Dupain, la pintora.
—La señorita Sabine —Chloé dejó el vaso sobre la mesa con una sonora carcajada—. La hija de la señorita Sabine en mi local. El mundo es increíble.
—¿Conoces a mi madre?
—Mi madre le limpiaba la casa a tu abuela, querida.
—¿Liv? ¿Eres la hija de Liv? —impulsada por ese vínculo inmediato, Marinette le agarró la mano a Chloé—. Mi madre hablaba de Liv todo el tiempo. Fuimos a visitarla una vez cuando yo era niña y nos dio unos bollitos recién hechos. Me acuerdo de que nos sentamos en el porche, bebimos limonada y mi padre le hizo un dibujo.
—Lo puso en el salón, estaba muy orgullosa de él. Yo estaba en la ciudad cuando vino tu familia. Estaba trabajando, pero mi madre estuvo semanas hablando de vuestra visita. Siempre quiso mucho a la señorita Sabine.
—Verás cuando le diga que te he conocido. ¿Qué tal está tu madre, Chloé?
—Murió el año pasado.
—Vaya —le puso también la otra mano sobre la suya—. Lo siento mucho.
—Tuvo una vida estupenda y murió mientras dormía, así que supongo que también tuvo una buena muerte. Tus padres vinieron al funeral. Vienes de una gran familia, pequeña Marinette.
—Lo sé. Tú también.
Adrien no comprendía nada. Allí estaba Chloé, la persona más sensata que conocía, charlando y abrazándose con esa loca como si fueran viejas amigas. Compartiendo whisky y risas y agarrándose de las manos como solían hacer las mujeres.
Durante más de una hora estuvieron cotorreando animadamente.
Marinette hablaba y gesticulaba con las manos mientras Chloé soltaba una carcajada tras otra o meneaba la cabeza con incredulidad.
—Mira a esas dos, Kim —le dijo Adrien al pianista.
Kim dejó de tocar para encenderse un cigarrillo.
—Parecen dos gallinas. Esa chica es muy guapa, amigo. Tiene chispa.
—A mí no me gusta la chispa —farfulló Adrien. Se le habían quitado las ganas de tocar, así que guardó el saxo en su funda—. Hasta la próxima.
—Aquí estaré.
Pensó en marcharse sin más, pero le daba rabia ver a su amiga tan a gusto con esa lunática. Además, al menos sería una satisfacción que su entrometida vecina se sintiera descubierta. Pero al acercarse a la mesa, ella se limitó a levantar la mirada hacia él y sonreír.
—Hola —dijo con total normalidad—. ¿No vas a tocar más? Es una música maravillosa.
—Me has seguido.
—Lo sé. No está bien, pero la verdad es que me alegro mucho de haberlo hecho. Me ha encantado la música y si no hubiera venido, no habría conocido a Chloé.
—No vuelvas a hacerlo —espetó él antes de dirigirse hacia la puerta.
—Se ha enfadado —comentó Chloé riéndose—. Tiene esa mirada que le hiela los huesos a una.
—Debería disculparme —dijo Marinette al tiempo que se ponía en pie—. No quiero que se enfade contigo.
—¿Conmigo? Pero...
—Enseguida vuelvo —le dio un beso en la mejilla a Chloé y fue corriendo tras él—. No te preocupes, te prometo que lo arreglaré.
Chloé se quedó allí mirándola, sorprendida.
—Pequeña, no sabes en lo que te está metiendo —dijo sonriendo—. Claro que tampoco lo sabe labios de azúcar.
En la calle, Marinette llamó a gritos a su vecino mientras se lamentaba de no haberle preguntado a Chloé cómo se llamaba.
Cuando por fin lo alcanzó, lo agarró por el brazo.
—Lo siento. Es todo culpa mía.
—¿Quién ha dicho que no lo sea?
—No debería haberte seguido. Fue un impulso y me cuesta mucho no dejarme llevar por los impulsos. Estaba muy enfadada con ese idiota de Nathaniel y... bueno, eso no importa. Sólo quería... ¿podrías caminar un poco más despacio?
—No.
—Está bien. Comprendo que quieras que me atropelle un camión, pero no tienes por qué enfadarte con Chloé. Nos pusimos a hablar y de pronto hemos descubierto que su madre trabajó para mi abuela. Conoce a mis padres y a muchos de mis primos...
Por fin se detuvo y la miró.
—De todos los antros de la ciudad —murmuró de un modo que la hizo reír.
—He tenido que seguirte hasta ése y hacerme amiga de tu novia. Lo siento.
—¿Mi novia?
Marinette comprobó con enorme sorpresa que era capaz de reír, un sonido que la hizo derretir.
—¿A ti te parece que Chloé puede ser la novia de nadie? Dios, ¿de qué planeta eres?
—Es una manera de hablar. No me atrevía a llamarla tu amante.
Siguió mirándola con una cálida expresión en los ojos.
—Es muy halagador, pero da la casualidad de que el tipo con el que estaba tocando es su marido y mi amigo.
—¿El tipo flaco que toca el piano? ¿De verdad? —Marinette consideró la idea un segundo y le resultó increíblemente romántica—. Es genial.
Adrien meneó la cabeza y siguió caminando.
—Lo que quiero decir es que —continuó diciendo Marinette andando junto a él—... estoy segura de que Chloé se acercó para asegurarse de que no iba a acosarte ni nada parecido, pero entonces una cosa llevó a la otra y acabamos charlando. No quiero que te enfades con ella.
—No estoy enfadado con ella, sólo contigo. Lo que has hecho es demasiado.
—Lo siento mucho, pero no te preocupes que enseguida te dejo en paz porque está claro que eso es lo que quieres.
Levantó bien la cabeza y se dio media vuelta para cruzar la calle y caminar en dirección opuesta al edificio en el que vivían.
Adrien se quedó mirándola unos segundos, después se encogió de hombros y continuó su camino, diciéndose a sí mismo que se alegraba de haberse librado de ella.
No era cosa suya que se dedicase a pasear sola en mitad de la noche; había sido ella la que había decidido seguirlo.
No iba a preocuparse por ella.
Volvió a darse media vuelta con una maldición en los labios. Sólo iba a asegurarse de que llegaba a casa sana y salva, nada más. No quería sentirse responsable si le pasaba algo. Después se olvidaría de ella para siempre.
Estaba todavía a media manzana de ella cuando ocurrió.
Un hombre salió de entre las sombras y la agarró. Ella lanzó un grito ensordecedor. Adrien soltó el saxo y echó a correr con los puños apretados, pero se detuvo en seco al ver cómo Marinette se giraba y no sólo conseguía zafarse de su atacante, sino que le propino un rodillaso en la entrepierna con el que lo hizo caer al suelo de bruces.
—¡Sólo tengo diez malditos euros! ¡Diez euros
, estúpido! —gritaba cuando Adrien consiguió reaccionar y llegó a su lado—. Si necesitabas dinero, habérmelo pedido, estúpido.
—¿Estás bien?
—Sí, maldita sea. Esto es culpa tuya. No le habría pegado tan fuerte si no hubiese estado enfadada contigo.
Adrien se fijó en que se estaba mirando los nudillos y le agarró la mano.
—Mueve los dedos.
—Déjame en paz.
—Vamos, mueve los dedos.
—¡Oye! —dijo una mujer desde una ventana—. ¿Quieres que llame a la policía?
—Sí —respondió Marinette mientras hacía lo que Adrien le pedía—. Sí, por favor. Gracias —añadió con algo más de suavidad.
—Menuda damisela indefensa —farfulló Adrien —. No tienes nada roto, pero deberían hacerte una radiografía.
—Muchas gracias, doctor —retiró la mano bruscamente—. Ya puedes irte, estoy perfectamente.
El atacante empezó a moverse en el suelo y Adrien le puso el pie en el pecho.
—Creo que mejor me quedo un rato. ¿Por qué no me traes el saxo? Lo he tirado al suelo porque aún creía que el lobo feroz se comería a Caperucita.
Marinette estuvo a punto de decirle que si quería su saxo, fuera por él, pero entonces pensó que si tenía que volver a pegar al atacante, se haría daño en la mano. Así pues, comenzó a caminar con toda la dignidad que pudo, recogió el saxo y volvió con él.
—Gracias —le dijo ella.
—¿Por qué?
—Por intentar ayudarme.
—No hay de qué —respondió Adrien.
Se retiró en cuanto llegó el coche patrulla y, al ver lo bien que se explicaba Marinette, albergó la esperanza de poder escabullirse sin más, pero justo en ese momento se dirigió a él uno de los agentes.
—¿Ha visto usted lo ocurrido?
Adrien suspiró con resignación.
—Sí.
