El pasado vuelve sin que lo queramos

Lo sé, lo sé, no actualizo desde marzo, pero tenía un bloqueo con esta historia. Ya me recuperé y ahora traigo otra línea de Momentos.

Disclaimer: Crepúsculo es propiedad total de la loca cabeza de Stephanie Meyer. La historia y lo que no reconozcan es mío.


María volvió ese invierno.

Fue una sorpresa para Alice verla en sus visiones. Una sorpresa que no sabía cómo definir. ¿Desagradable? Posiblemente; Alice no aguantaba, no soportaba a ex amante de su esposo. ¿Intrigante? Tal vez; Alice no entendía que hacía ella viendo a María. ¿Molesta? Definitivamente, era uns sorpresa molesta; su llegada no podía traer nada bueno, al menos así lo creía Alice. Lo que era seguro era que no era una sorpresa que provocara alegría, y Jasper estaba totalmente de acuerdo con ello.

Él pasaba los días elucubrando las razones por las cuales María quería visitarlo. María no daba nadie por nadie, Jasper la recordaba como egoísta, ambiciosa y arrogante. Su arrogancia era tal que había mandado a un mensajero con Jasper y le había casi gritado que no quería volverlo a ver en lo que le restara de vida. El mensajero estaba temblando de miedo, pero Jasper echaba chispas. ¡Cómo si él quisiese ver a María! De pura rabia, él hizo que el mensajero no volviera a ver la luz del día. Entonces Jasper no entendía por qué ahora, porque precisamente ahora, cuando parecía que los Vulturi los dejarían en paz, aparecía María. No lo entendía, y le reventaba no saberlo.

Aquella noticia lo había desestabilizado. Él que siempre fue sereno e incólume, ahora oscilaba entre emociones tan dispares como la rabia más infinita y la tristeza más abrasadora. Él que siempre se enorgullecía del control de sus propias emociones (y las de los demás), era un problema para sí mismo. Ahora incluso Emmett intentaba controlarlo, ¡a él!, bueno, lo intentaba al menos.

Pero nadie culpaba a Jasper. Edward había dejado de leer su mente. Lo cual era un alivio porque Jasper no quería imaginar su reacción si viera cuan alarmantes eran sus pensamientos. El resto de la familia, siguiendo el ejemplo de Edward (o debido a Edward), lo había dejado en paz. Jasper hubiera preferido que no lo hicieran. Se sentía como algún maldito enfermo que Carlise (y Edward recientemente) atendían. El malestar que sentía, se decía, no era normal, pero tratándose de María…

Alice no estaba mejor. Ella que siempre había sido un brote de energía, ahora estaba apagada y casi taciturna. Ella que siempre era tierna y dulce, ahora era arisca. Y nadie la culpba, o la retaba, o la recriminaba por ello. Alice hubiera preferido que sí. El malestar que sentía por la llegada de aquella… de aquella… de aquella mujer (Alice intentaba no insultarla en su mente, pero era difícil, muy difícil), se acrecentaba más cuando la trataban de forma tan delicada. Incluso Jasper la trataba de forma diferente.

Pero para Jasper, Alice era la que se había distanciado de él. Lo trataba con pies de plomo, hablaba en susurros, se disculpaba a menudo. Jasper observaba que Alice ni siquiera lo tocaba, o lo besaba, o le hacía carantoñas que más tarde terminarían en cuerpos abrazados y éxtasis total. Jasper acusaba aquella falta de atención comportándose de forma taciturna, tensa, molesta.

La incertidumbre lo estaba matando. Jasper quería que María se presentara ya, que dijera el motivo de su visita, que terminara de una vez. Estaba más que dispuesto a buscarla él mismo. A enfrentarse a ella y recriminarle porque se empeñaba en hacer de su vida un infierno.

Hasta burlarse de Emmett había perdido su gracia. Y el grandote se lo recordaba constantemente. Fastidiar a Rose no era lo mismo. Rose le había regalado una Ducati último modelo. Jasper había viajado con ella, se había comido los límites de la velocidad y lo habían atrapado. Había pasado una noche viendo el techo de la cárcel, y a la mañana siguiente había regresado a su patética existencia. Todo había perdido su encanto: las charlas de historia con Carlise, ayudar a Esme en la cocina, unirse con Edward para fastidiar a Emmett… Todo, todo parecía sin significado.

Jasperhabía pasado toda una tarde pensando las mil y un formas en que podía fastidiar a María.

- Creía que lo habías superado - le dijo Alice esa madrugada.

- ¡Y así era! Gritó Jasper con todas sus fuerzas.

Alice se echó un centímetro para atrás.

- ¿Y entonces?

¿Y entonces?, se preguntó el mismo Jasper. ¿Y entonces? Abatido, se dejó caer en la cama.

- No lo sé - admitió.

Alice le dedicó una mirada de tristeza, y luego se marchó. Jasper dejó caer su cabeza sobre sus manos. Todo se estaba volv iendo mierda. Su vida perdía significado a pasos agigantados. Aquellas últimas semanas lo habían hecho reflexionar, y llegar a la conclusión que odiaba el mundo que vivía. Lo odiaba todo, excepto Alice. Pero Alice ya no estaba. No podía estarlo. Jasper era consciente que la había puesto, la había metido hasta el fondo del barro, y no podía salir. Alice no lo iba a perdonar por cómo la había tratado en esas últimas semanas. Sí, ella se había distanciado, pero él también… Ambos eran culpables entonces.

Fueron semanas duras. Ninguno de los dos sabía cómo actuar. No había un manual que te dijera lo que debías hacer en caso que tu ex pareja (por llamar a María de alguna forma), volviera con quién sabe qué propósitos. Y para Alice tampoco era fácil. Nadie le dio la receta de lo que se hacía cuando la ex de tu actual esposo viene a mortificar tu existencia.

Jasper suspiró. Necesitaba a Alice. La necesitaba. La necesitaba con él. Alice era lo único que lo salvaba de la soledad, su único anclaje a tierra, la que lo sostenía cuando ya nada más podía hacerlo. Y sin Alice… No, no creía poder soportarlo. Por Alice haría cualquier cosa. Por Alice pasó definitivamente la página de María y empezó a escribir un nuevo capítulo con ella, con Alice.

¿Por qué entonces, pensaba ahora, no parecía tenerlo del todo superado? Entonces Jasper se dio cuenta: tenía miedo. Miedo de María, miedo de lo que ella podía hacer, de lo que ya estaba haciendo, de lo que hacía a su relación con Alice. Alice creía que todavía pensaba en maría, o que todavía estaba afectado por ella. Pero no, Jasper sólo temía por lo que María podía hacerle a Alice. María era vengativa. María siempre buscaba la forma de hacerle pagar a los demás por lo que ella creía que era una ofensa contra ella. Jasper la conocía, sabía de lo que era capaz. Y definitivamente no quería que le hiciera daño a Alice. Si eso creía… no, Jasper ni siquiera quería pensar en la posibilidad.

Necesitaba proteger a Alice, protegerla de María. Aunque Alice insistiera en que se sabía cuidar sola, que podía ver si alguien la atacaba, Jasper sabía que no era infalible. Tú tampoco, le dijo una pesimista voz en su oído. Jasper la alejó de su cabeza. María era imprevisible, si cambiaba de opinión en un segundo, Alice no podría ver esa decisión. Tenía que apresurarse. No iba a quedarse de brazos cruzados.

De un brinco, saltó de la cama. Enfiló el pasillo. Saltó de tres en tres los escalones de la escalera. Y por fin salió de la casa, ante la mirada sorprendida de Emmett, que no había visto moverse así a Jasper en una buena cantidad de tiempo. Alice ya estaba afuera. Jasper corió con todas sus fuerzas para alcanzarla.

- ¿Pero qué…?

Jasper no la dejó hablar. Cortó la distancia que los separaba y la besó largo y tendido. Alice suspiró y rodeó su cuello con sus pequeños brazos. El beso les devolvió la vida, el fuego y la pasión que los consumía siempre que estaban juntos y que ellos se esforzaban en ocultar frente a los humanos. El beso los hizo darse cuenta de lo mucho que se habían extrañado, de lo mucho que sus bocas se habían extrañado. Su cuerpo, su ser, ahora estaban en paz. Estaban juntos. Como siempre. Como debía hacer.

Alguien carraspeó. Lo ignoraron. Cualquiera podía explicar. Ellos en ese momento necesitaban beber del otro, reconocerse en el otro. Pero ese alguien volvió a carraspear. Gruñendo, Jasper se separó lentamente. Alice bufó al ver a la recién llegada. Jasper volteó y fijó su mirada dorada en la borgoña de aquella mujer a la que esperaba no ver más, y que sin embargo… Jasper tomó a Alice de la mano y apretó. Alice alzó la mirada y la fijó en las pestañas de su esposo.

María había llegado. Sonreía. Jasper la odió en ese momento.


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