Disclaimer: Crepúsculo es entera propiedad de Stephanie Meyer y Summit Enterteinment.

Aprendiz - Alejandro Sanz


Aprendiz

Todo pasó ante tus ojos.

Cuando la vistes por primera vez. Hermosa. Letal. Tu instinto te decía que te alejaras de ella. Pero tu espíritu de caballero te impulsaba a ayudarlas.

El dolor de la transformación. El fuego bajo la piel. Los cuchillos clavándose en tu cuerpo. Tus gritos de agonía. Su sonrisa lasciva que disfrutaba de tu dolor.

Sus palabras de iniciación a esta vida. Qué es lo que podías hacer. A qué estabas destinado. Que ahora eras inmortal.

Sus besos. Besos apasionados. Besos que no llevaban ni una gota de ternura, ni que tú la hubieras querido. Besos que hablaban del poder. Del poder de ella sobre ti. Del poder que tú podías ejercer sobre ella.

Eras su favorito. Al único al que se acercaba. El único en que confiaba lo suficiente para dejarte a cargo. Él único que aceptaba entre sus piernas…

Todo pasó frente a tus ojos al ver a María. Tan magnífica. Tan bella. Como si no hubiera pasado el tiempo. Como si casi medio siglo no fuera suficiente para alejarte de ella.

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- Te fuiste, Jasper.

- ¿No esperas que diga que lo siento, verdad?

Lo sabías. Era una réplica que daba pena. Tú podías hacer réplicas mejores. Pero cuando se trataba de una mujer de tu pasado… Bueno, tus réplicas parecían esfumarse y sólo quedaba las ansias de matarla, de destruirla.

Ni siquiera sabes por qué todavía no lo has hecho. Ah, ya sabes. Porque ella te pidió hablar contigo. Le dijiste a Alice que volviera a la casa. Ella no protesto, aunque sabes porque la conoces muy bien, que no le agrada la idea de dejarte a solas con María. A ti tampoco te gusta, la verdad. Lo que menos quieres es respirar el mismo aire que ella. Pero lo haces.

Así que ahí estás. Siguiéndola hasta el acantilado que está cerca de la casa. Están en Ohio, el lugar donde nació Esme. No es que a ella le guste volver a su sitio natal (muchos recuerdos, mucho dolor, su hijo muerto). Pero Ohio es un buen lugar para estar. Aunque el tiempo no es tan bueno como Forks. Haces una mueca; para volver a Forks necesitarían al menos dos siglos. Bueno, tal vez no tanto, pero sí suficiente tiempo.

- Has cambiado… - susurró María.

Ya están en el borde del acantilado. Un sitio peligroso para cualquier humano, pero no para ustedes. A ustedes no les pasaría nada si se cayeran de esa altura. Sólo se mojarían, sentirían las olas…

- No he envejecido.

- Sabes que no es a eso a lo que me refiero.

Te encoges de hombros. Ella te da la espalda, así que de todas formas no te ve. Pero seguramente imagina tus gestos. Eso es algo que le debes reconocer, siempre fue buena para leer a las personas. Fue buena para leerte a ti, te dice la puta consciencia.

- Las personas cambian.

Ella negó con la cabeza.

- No tanto como tú lo hiciste.

- ¿Y cómo lo hice yo?

Ella se voltea. Hace años, aquella mirada hubiese bastado para que recularas e hicieras lo que ella quisiera (y no lo que tú quisieras), pero en el presente, aquella mirada sólo te hace recordar lo que fuiste.

- Exacto. Ese es el cambio más palpable.

Parecía inexpresiva. Pero tú bien sabías que estaba molesta. Y que se contenía para no lanzarse a tu yugular y separar tu cabeza del cuerpo. Era tan predecible, pensaste.

- ¿Qué esperabas? ¿Qué todo resultara igual? ¿Qué siempre fuera tu títere? ¿Qué nunca viera la luz?

- ¡Hubiera preferido que te quedaras! Eso hubiera preferido. ¡Qué te quedaras! ¡Qué no te marcharas como un maldito cobarde!

Frunciste el ceño. Ella respiró profundamente. No necesitaban respirar, pero a veces para calmarse… bueno respirar ayudaba.

- Puedo ser muchas cosas, pero jamás un cobarde.

- ¡Me abandonaste! - gritó maría -. Después de todo lo que hice por ti. De todas las batallas. De todos los ejércitos que destruimos juntos…. ¡Me abandonaste!

- ¡Debía hacerlo!

- ¿Por qué? ¿Por qué tenías que hacerlo?

- ¡Porque si me quedaba, me matarías! ¡Por eso!

Ella abrió sus ojos. Luego rápidamente recompuso el gesto. Pero sabes que está sorprendida. Fuera de sus casillas. Por fin lograste sorprenderla.

- ¿Creías que no lo sabría? ¿Qué no me daría cuenta que ese era el siguiente paso en tu lista?

- Yo… confiaba en que no…

Lanzaste una carcajada muy amarga. Ella parecía una niña pequeña, tú un gigante. Los roles han cambiado, preciosa, pensaste con diversión.

- Pensaste que siempre sería así, verdad. Una máquina tus órdenes. Un esclavo. Un títere que hacía el trabajo sucio por ti. Pensaste que nunca cambiaría.

- Creí que…

- Pues pensaste mal. Pensaste mal porque ya antes de dejarte, como tú dices, había pensado en matarte.

- ¿Matarme? ¿A mí? ¿Tú?

Ella lanzó una carcajada de incredulidad. Pero tú no te reíste. ¿Para qué? ¿Con qué fin? Era verdad, era una verdad como una casa. Ibas a matarla e ibas a seguir tú solo.

- Sí, yo…

Cuando María entendió que era verdad, y que podría haber ardido en cenizas hace mucho, asintió.

- ¿Por qué no lo hiciste?

- Peter volvió. Estaba muy feliz con su novia Charlotte. Y yo decidí que quería eso. Que quería estar tranquilo. Que no quería más muertes en mi vida. Entonces me fui con él.

- Y me dejaste sola.

Jasper gruñó.

- Corta el rollo, ¿quieres? No te molestó tanto quedarte sola. Era lo mismo que ibas a hacer. Me ibas a matar y te ibas a quedar sola. Yo sólo te ahorré el matarme. Un trato justo, ¿no lo crees?

- ¡NO! ¡No es un trato justo! No es un trato, ¡punto! No tenías derecho. ¡No tenías derecho a irte! Debías quedarte, quedarte y seguir conmigo.

- Igual que se quedaron contigo Lucy y Naty, ¿eh?

- No es lo mismo. ¡No s lo…! - intentó protestar, pero la interrumpiste:

- Sí, es lo mismo, pero no quieres verlo. Si me hubiera quedado, me hubieras matado. Nadie es indispensable. ¿Lo recuerdas? Palabras tuyas. Nadie es indispensable. Todos se pueden reemplazar, cambiar una pieza por otra hasta que la máquina funcione. Eran palabras tuyas, María.

- ¡Basta! No tienes derecho a…

- Tengo todo el derecho del mundo - replicaste -. Por fin soy dueño de mi mundo. De lo que hago o dejo de hacer. Hago lo que quiero. No sigo órdenes. Soy libre. Soy un vampiro libre, y no cambiaría eso por nada del mundo.

- Estás enamorado - gruñó ella -, eso no es ser libre.

Alzaste una ceja.

- Hay un filósofo… Él dijo: El amor los hará libres.

- Ese no fue un filósofo. Ese fue el maldito Jesucristo.

- Es lo mismo, ¿sabes? El amor da libertad. Da alas para volar…

- Eso es mierda. Mierda para el puto día de San Valentín.

- Tal vez… - te encogiste de hombros.

Se miraron. Retándose. Analizándose. Dorado contra borgoña. Tu pasado en frente de ti, y tu presente en tu casa. Y tenías muy clara tu elección.

- Has cambiado para mal… Eres débil. Eres un cobarde. Estoy segura que ni siquiera sabes lo que es una buena pelea.

Frunciste el ceño. María te volvía a retar. A provocar. Podías dar media vuelta y marcharte. Podías dejarla hablando sola.

No lo hiciste.

- Eso no lo sabes.

Ella sonrió ampliamente.

- Pruébalo entonces.


Notas de la autora:

Después mil años sin actualizar, traigo la continuación del capítulo anterior. Siento la demora, en serio (y detesto cuando los escritores dicen esto), pero mi musa me abandonó, y sólo hasta ahora he podido escribir algo decente. Espero que les guste.

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