Cuando las escenas se le agolpaban en la cabeza, Marinette podía trabajar sin parar hasta que se le agarrotaban los dedos y ya no podía sujetar el lápiz o el pincel.
Al día siguiente se alimentó de galletas y de refrescos sin azúcar con los que fingía compensar la ingestión de calorías. Sobre el papel, Jane y su amiga Clarys, que en los últimos dos años había ido adquiriendo muchas de las cualidades de Alya, ideaban el plan perfecto para desvelar los secretos de don Misterioso.
Su nombre iba a ser «John», pero eso sería después de unas cuantas entregas de misterio.
Durante tres días apenas se levantó de la mesa de dibujo. Alya tenía llave, por lo que no tenía que levantarse a abrirle la puerta cada vez que iba a visitarla. Y era ella la que bajaba a abrir también cuando la señora Mendeleiev o cualquier otro vecino pasaban a verla.
La tercera tarde había gente suficiente en su apartamento como para celebrar una fiesta, pero Marinette seguía coloreando la tira especial del domingo.
Alguien había puesto música y el ruido de las risas y de la conversación subía por la escalera hasta el estudio acompañado de un agradable olor a palomitas. Mientras se preguntaba si alguien se dignaría a llevarle algo de comer, Marinette observó su trabajo.
Era cierto que no tenía la agudeza de su padre, reconoció, ni el genio de su madre. Pero también era cierto que tenía «cierto talento». Dibujaba con mano rápida y firme y también pintaba bastante bien si estaba de humor. El cómic le proporcionaba el espacio perfecto en el que plasmar la sociedad tal y como ella la veía.
Quizá no profundizara en los asuntos más delicados, ni analizara la política con visión sarcástica, pero su trabajo hacía reír a la gente, les hacía compañía mientras se tomaban el café a toda prisa antes de ir al trabajo o mientras desayunaban plácidamente el domingo por la mañana.
Pero lo más importante, pensó mientras ponía su nombre bajo la última viñeta, lo más importante era que la hacía feliz a ella.
Si Agreste pensaba que su comentario la había ofendido, estaba muy equivocado. Estaba más que satisfecha con su «cierto talento».
Cuando sonó el teléfono, Marinette respondió con voz alegre, pues estaba satisfecha con el intenso trabajo que había llevado a cabo en los últimos tres días.
—Eso es lo que yo llamo una muchacha jovial.
—¡Abuelo! Es que estoy contenta y ahora que estoy hablando contigo, mucho más.
Técnicamente, Wang Cheng no era su abuelo, pero eso nunca había impedido que ambos se consideraran abuelo y nieta respectivamente. El amor no entendía de ese tipo de tecnicidades.
—¿Entonces por qué no nos has llamado a tu abuela o a mí? Ya sabes cuánto le preocupa que vivas sola en esa enorme ciudad.
—¿Sola? —Levantó el auricular para que pudiera oír los sonidos de la fiesta que se desarrollaba a sólo unos peldaños de distancia—. La verdad es que nunca me siento sola.
—¿Otra vez tienes la casa llena de gente?
—Eso parece. ¿Qué tal estás? ¿Qué tal está todo el mundo? Cuéntame.
Marinette se recostó en el respaldo de la silla y escuchó cómodamente el relato de su abuelo sobre la familia y se alegró enormemente cuando le dijo que estaban preparando una pequeña reunión para el verano.
—Qué bien. Estoy deseando ver a todo el mundo. Hace ya mucho de la boda de Ivan y Milene y los echo de menos.
—No tienes por qué esperar hasta el verano. Estamos aquí siempre que quieras. —Puede que le de una sorpresa.
—En realidad yo llamaba para darte una. Supongo que no te habrás enterado de que Milene está embarazada. En Navidades tendremos otro niño en la familia.
—Abuelo, es estupendo. Los llamaré esta misma noche para felicitarlos. Hawk y Sophia están a punto de tener el suyo, así que estas Navidades vamos a tener muchos bebés a los que mimar.
—Con lo que te gustan los niños deberías estar ocupada teniendo alguno propio.
Estaba tan acostumbrada a escuchar ese tipo de cosas, que la hizo sonreír.
—Mis primos están haciendo tan buen trabajo.
—Desde luego, pero eso no significa que tú puedas dejar de lado tu obligación. Puede que seas una Dupain, pero llevas a los Cheng en el corazón.
—Bueno, supongo que siempre podría rendirme y casarme con Nathaniel.
—¿El de la boca de pez?
—No es la boca, es que besa como un pez, aunque... sí, el de la boca de pez. Podríamos darte unos cuantos mocosos.
—Tonterías. Necesitas un hombre, no una trucha con traje italiano. Alguien que tenga algo más en la cabeza que dinero, que entienda de arte y que sea lo bastante serio como para alejarte de los problemas.
—Ya me alejo de los problemas yo sola —le recordó y decidió no mencionar el incidente ocurrido con el atracador—. Además, como la abuela se quedó contigo, es mejor que viva aquí, en la gran ciudad.
Wang Cheng soltó una sonora carcajada.
—Con todos los hombres que hay en esa ciudad, deberías ser capaz de encontrar alguno que te guste. Sueles salir, ¿verdad? Espero que no te pases todo el día encerrada con tus dibujos.
—Sólo últimamente, pero es que tenía que aprovechar la inspiración. Hay un vecino nuevo en el edificio, un tipo hosco y distante... No, seamos sinceros, es maleducado y brusco. Creo que no tiene trabajo aunque a veces toca el saxo en un pequeño club que hay a pocas manzanas de aquí. Es el vecino perfecto para Tessa.
—¿De verdad?
—Se pasa el día en su apartamento y no habla con nadie. Se llama Agreste.
—Pero si no habla con nadie, ¿cómo es que sabes su nombre?
—Abuelo —se permitió una sonrisa engreída—. ¿Alguna vez se me ha resistido alguien? No me contó su vida precisamente, pero con unas cuantas galletas conseguí que al menos me dijera su nombre.
—¿Y qué tal aspecto tiene?
—Es guapo, muy guapo. Jane se va a volver loca por él.
—¡Vaya, vaya! —exclamó Wang con una carcajada de deleite.
Una vez hubo conseguido toda la información que necesitaba de su nieta adoptiva, Wang hizo una nueva llamada. Sonrió con malicia cuando Adrien contestó con voz impaciente.
—¿Sí?
—Es usted tan dulce, Agreste, que se me alegra el corazón con sólo oírlo.
—Señor Cheng —la voz del Italiano le cambió el humor de golpe y le hizo sonreír.
—¿Qué tal se adapta a su nuevo apartamento?
—Bastante bien. Le agradezco de nuevo que me haya dejado utilizarlo mientras mi casa está en obras. Con toda esa gente a mi alrededor, no habría podido trabajar —frunció el ceño al mirar a la pared por la que le llegaba el ruido de la casa de al Lado—. Claro que esto tampoco está resultando muy tranquilo precisamente. Parece que mi vecina está celebrando algo.
—¿Marinette? Es mi nieta, una muchacha muy sociable.
—Desde luego. No sabía que fuera su nieta.
—Bueno, algo parecido. Debería relajarse un poco y unirse a la fiesta.
—No, gracias —antes prefería tomarse una copa de detergente—. Debe de tener en su apartamento a la mitad de los habitantes del barrio. Señor Cheng este edificio suyo está lleno de gente a la que le gusta más hablar que comer. Y su nieta parece la cabecilla del grupo.
—Es una chica muy cordial. Me tranquiliza saber que durante un tiempo vivirá cerca de ella. Usted es un tipo sensato, Agreste. De hecho, me gustaría pedirle que le echara un ojo de vez en cuando. Marinette a veces es un poco ingenua y eso me preocupa.
Adrien sonrió cuando le vino a la cabeza la imagen de Marinette tumbando a aquel atracador con la precisión de un boxeador.
—Yo que usted no me preocuparía.
—Ahora que sé que usted está cerca, no lo haré. Una chica tan guapa como Matinette... porque es muy guapa, ¿no le parece?
—Mucho.
—También es muy lista. Y responsable, aunque parezca algo alocada. Pero no se puede ser alocada y crear una tira cómica tan popular todos los días, ¿no cree? Hay que ser creativa, artística y muy responsable para entregar el trabajo a tiempo día tras día. Eso usted lo sabe mejor que nadie porque escribir obras de teatro no debe de ser nada fácil.
—No — Adrien se frotó los ojos, estaba cansado de pelearse con un trabajo que no estaba yendo tan bien como debería—. No lo es.
—Pero usted tiene mucho talento, Agreste, un talento muy poco usual. Yo lo admiro por eso.
—Últimamente me parece una maldición más que un talento. Pero se lo agradezco.
—Debería salir y distraerse un poco. Salga con alguna chica guapa. Yo no sé mucho de escribir, aunque tengo dos nietos que se ganan la vida muy bien gracias a eso. Debería aprovechar al máximo la ciudad antes de volver a encerrarse en su casa.
—Puede que lo haga.
—Ah, Agreste, hágame el favor de no decirle a Marinette que le he pedido que cuide de ella. Esas cosas le molestan mucho. El problema es que su abuela se preocupa mucho por ella.
—No le diré nada —prometió Adrien
Después de la conversación con Wang Cheng , Adrien llegó a la conclusión de que el ruido acabaría por volverlo loco, por lo que decidió salir a tocar al club, pero descubrió que aquel día la música no conseguía alejarlo de sus pensamientos.
No dejaba de imaginar a Marinette sentada en la mesa del fondo, con la barbilla apoyada en las manos, una sonrisa en los labios y los ojos llenos de brillo. Aquella mujer había invadido una zona que Adrien protegía bien y eso era algo que no le hacía ninguna gracia.
Chloé's era una de sus vías de escape. A menudo viajaba desde Grenoble sólo para subirse al escenario con Kim y tocar hasta que la tensión desaparecía, diluida en la música. Después volvía a casa o se quedaba a dormir en el sofá que había en el despacho del local.
Allí nadie le molestaba, ni le exigía más de lo que él quería dar.
Sin embargo, ahora que Marinette había estado allí, no dejaba de mirar a la mesa que había ocupado y de preguntarse si volvería a hacerlo. A mirarlo con sus enormes ojos azules.
—Amigo —le dijo Kim después de dar un largo trago del vaso de agua que tenía sobre su querido piano—. Hoy no sólo tocas blues, llevas dentro hasta la nota más triste.
—Sí, eso parece.
—Cuando un hombre tiene la cara que tienes tú ahora, suele haber una mujer implicada.
Adrien negó con la cabeza y se volvió a llevar el saxo a los labios.
—No. No se trata de ninguna mujer, es por el trabajo.
Kim asintió sin estar demasiado convencido.
—Sí tú lo dices, hermano.
