Mientras trabajaba, Marinette cantaba a dúo con Jagged Stone. A su espalda, la brisa fresca de abril se colaba por la ventana abierta.

El día estaba tan radiante como su estado de ánimo.

Se volvió a mirarse al espejo e intentó poner cara de sorpresa para después poder plasmar esa misma expresión en el rostro de un personaje. Pero lo único que podía hacer era sonreír. Aquél no había sido su primer beso. La habían besado otros hombres y la habían abrazado. Pero comparar aquellos besos con lo sucedido el día anterior con su vecino de enfrente era como comparar un petardo con un ataque nuclear. Uno silbaba, explotaba y durante un momento resultaba entretenido. El otro estallaba y con ello cambiaba el paisaje durante siglos.

A ella la había dejado increíblemente atolondrada durante horas. Le encantaba sentirse así. ¿Había algo más maravilloso que sentirse débil y fuerte, tonta y sabia, confundida y alerta, todo al mismo tiempo?

Lo único que tenía que hacer era cerrar los ojos y dejar que su mente volviera de nuevo a aquel momento.

Se preguntaba qué pensaría él, qué sentiría. Nadie podría quedar impertérrito después de una experiencia de tal... magnitud. Él había estado junto a ella en el epicentro de aquel terremoto. Ningún hombre podía besar a una mujer de ese modo y no sufrir algún tipo de efecto secundario.

Volvió a cantar junto a Jagged y se centró de nuevo en el trabajo.

-¡Dios, Marinette, aquí hace muchísimo frío!

-Hola, Alya -saludó con alegría a su amiga al levantar la vista del papel-. Hola, pequeño Tommas.

El pequeño sonrió desde los brazos de su madre.

-No hace tanto calor como para sentarse frente a la ventana abierta -protestó al tiempo que cerraba.

-Tenía calor -explicó Marinette mientras acariciaba al pequeño-. ¿No te parece un milagro que los hombres empiecen así? Después crecen y se convierten en... otra cosa.

-Sí -Alya frunció el ceño y observó a su amiga-. ¿Estás bien? -le puso la mano en la frente-. No tienes fiebre. Saca la lengua.

Marinette obedeció.

-No estoy enferma. Estoy perfectamente.

Alya volvió a observarla sin el menor convencimiento.

-Voy a acostar a Tommas y después voy a preparar un café para que me cuentes qué está pasando.

-Muy bien -volvió a dejarse llevar por la ensoñación y comenzó a dibujar corazoncitos rojos sobre el papel.

Como le resultaba divertido, los hizo cada vez más grandes y después esbozó el rostro de Adrien dentro de uno de ellos.

Tenía un bonito rostro. Boca firme, ojos fríos y rasgos marcados. Unos rasgos que se endulzaban ligeramente cuando sonreía. Y sus ojos dejaban de ser fríos cuando se reía.

Le gustaba hacerle reír; siempre le parecía que tenía poca práctica. En eso podría ayudarlo. Después de todo, uno de sus pequeños talentos era hacer reír a la gente.

Además, una vez lo hubiese ayudado a conseguir un empleo estable, ya no tendría tanto de lo que preocuparse.

Le encontraría trabajo, se aseguraría de que comía bien y estaba segura de que podría encontrar a alguien que quisiera deshacerse de un sofá viejo. Eso le haría sentir mejor. Pero eso no era entrometerse en su vida como hacía el abuelo; no, ella sólo estaría ayudando a un vecino.

A un vecino increíblemente sexy, cuyos besos eran capaces de llevar a una mujer al paraíso.

Pero no era ése el motivo por el que iba a ayudarlo. También había ayudado al señor Puebles a encontrar un buen pedicuro.

Sólo se comportaba como una buena vecina, pero si con ello obtenía otros beneficios, ¿qué tenía de malo?

Alya observó a su pequeño hasta que se le cerraron los ojitos y fue a preparar café. En la cocina de Marinette se movía con tanta libertad como en la suya propia. Lo cierto era que en los últimos años, Marinette y ella estaban tan unidas como dos hermanas, quizá más, corrigió Marinette. Sus dos hermanas siempre estaban presumiendo de sus maridos, de sus casas y de sus hijos... pero Alya pensaba que cualquiera pensaría que su esposo y Tommas eran mucho mejores que los maridos y los hijos de cualquiera de ellas dos.

A diferencia de sus hermanas,

Marinette la escuchaba y había estado a su lado en el duro momento en el que había decidido dejar su trabajo para cuidar de Tommas. También había sido Marinette la que había estado ahí en los primeros días del niño, cuando Nino y ella se aterraban cada vez que el bebé hacía el más leve ruido.

No había una amiga mejor en el mundo. Por eso era por lo que Alya estaba empeñada en ayudarla a ser tan feliz como lo era ella.

Subió la bandeja con los cafés al estudio.

-Gracias, Alya -le dijo Marinette cuando le dio su taza.

-La tira de esta mañana es genial. No puedo creer que Jane se enfundara una gabardina y un sombrero para seguir a don Misterioso por todo París.

-Es una chica muy impulsiva -respondió, Marinette que se había acostumbrado a hablar de Jane y del resto de personajes como si fueran personas reales-. Y también muy curiosa. Tenía que averiguar algo más de él.

-¿Y tú? ¿Te has enterado de algo relacionado con nuestro don Misterioso?

-Sí -respondió con un suspiro-. Se apellida Agreste.

-Lo he oído -dijo Alya, automáticamente alerta-. Has suspirado.

-No, sólo he respirado hondo.

-De eso nada, has suspirado. ¿Qué quiere decir eso?

-Bueno, la verdad es que -se moría de ganas de contárselo-... anoche salimos juntos.

-¿Salisteis juntos? ¿Quieres decir que tuvisteis una cita? -Alya acercó una silla y se sentó junto a ella-. ¿Dónde, cómo, cuándo? Quiero detalles, Marinette.

-Está bien - se giró para mirar de frente a su amiga-. Ya sabes que la señora

Mendeleiev está empeñada en emparejarme con su sobrino.

-¿Aún sigue con eso? -preguntó Alya con un resoplido de incomprensión-. ¿Cómo es posible que no se dé cuenta de que no tenéis nada que ver el uno con el otro?

El tremendo cariño que sentía por Alya hizo que Marinette no le dijera que la señora Mendeleiev no se daba cuenta de ello por el mismo motivo por el que ella no veía los defectos de su querido primo Nathaniel.

-Ella lo adora. El caso es que anoche me había preparado otra cita con él y a mí no me apetecía nada. Tienes que prometerme que no se lo dirás a nadie, sobre todo a la señora Mendeleiev.

-A Nino, sí.

-Los maridos quedan excluidos del voto de silencio, al menos en este caso. Bueno, le dije que ya tenía otra cita... con Agreste.

-¿Tenías una cita con 3B?

-No, sólo se lo dije porque me pilló desprevenida y ya sabes que cuando miento me pongo a tartamudear.

-Deberías practicar más -opinó antes de darle un mordisco a uno de los bollitos que había subido con el café.

-Puede ser. Bueno, después de decírselo me di cuenta de que estaría mirando por la ventana para vernos salir juntos. Tenía que hacer un trato con Agreste, así que le ofrecí cien dólares y le invité a cenar.

-Le pagaste -dijo Alya con los ojos abiertos de par en par-. Es genial. Jamás se me ocurrió pagar a un hombre para que saliera conmigo, ni siquiera en ese periodo de sequía que sufrí en el segundo año de universidad. ¿Y por qué cien dólares? ¿Acaso es la tarifa habitual?

-No lo sé, simplemente me pareció que estaba bien. Agreste no tiene trabajo estable, así que pensé que le vendría bien el dinero y una cena caliente gratis. La verdad es que lo pasamos bien -en sus labios se dibujó una sonrisa-. Muy bien. Sólo comimos y charlamos... bueno, sobre todo hablé yo porque Agreste no dice mucho.

-Agreste-repitió Alya-. Sigue sonando muy misterioso. ¿No sabes su nombre?

-No se me ocurrió preguntárselo. Pero calla, que aún queda lo mejor. Veníamos caminando hacia casa y él parecía mucho más relajado, cuando vi el coche de Gustav Mendeleiev y me entró el pánico. Pensé que la señora Mendeleiev no iba a dejar de intentar encasquetármelo a menos que creyera que estaba con otro, así que le ofrecí otro trato a Agreste; cincuenta dólares más a cambio de un beso.

Alya apretó los labios unos segundos.

-Pensé que eso habría estado incluido en el precio inicial.

-No, ya habíamos detallado las condiciones y además no había tiempo para negociar. La señora Mendeleiev estaba mirando por la ventana, así que Agreste me besó allí mismo, en la calle.

-¡Vaya! -Alya había dejado de comer y la miraba sin parpadear-. ¿Cómo fue? ¿Cómo te agarró?

-Más bien tiró de mí hacia sí.

-Dios. Me encanta cuando hacen eso.

-Me quedé pegada a él y un poco de puntillas,es mas alto que yo.

-Sí que lo es -murmuró como si estuviera imaginando la escena-. Y muy fuerte.

-No puedes hacerte a la idea, Alya. Ese hombre es como una roca.

-Dios mío -dijo cerrando los ojos-. Bueno, estabas pegada a él, ¿y luego?

-Luego se inclinó sobre mí.

-Así fue como Nino y yo acabamos en mi apartamento en nuestra sexta cita. Ningún tío puede dejar de besarte cuando hace eso.

-Pues Agreste lo hizo. Se detuvo y me miró fijamente.

-Madre mía.

-Y luego volvió a besarme otra vez.

-¿Te besó dos veces? -parecía a punto de echarse a llorar de la emoción.

-Fue... ¡increíble! -confesó Marinette dejando que su amiga le agarrara la mano-. No sabes cómo besa.

-Dios, creo que voy a abrir la ventana porque empiezo a tener calor -se levantó a abrir-. Pero sigue.

-Fue como si me devorara. No sé qué me pasó... -ni sabía cómo describirlo-. La cabeza me daba vueltas.

-Explícate mejor, Marinette, porque me tienes en ascuas -le pidió con impaciencia-. A ver, en una escala del uno al diez, ¿qué puntuación le darías?

-No, Alya, se sale de la escala.

Su amiga la miró fijamente.

-Eso es un mito.

-Te prometo que existe -aseguró Marinette con total seriedad-. Tengo pruebas irrefutables.

-Por el amor de Dios. Tengo que sentarme - lo hizo sin apartar la mirada de ella-. Un beso que se sale de la escala. Yo te creo, Marinette. Muchas no lo harían, pero yo sí.

-Sabía que podía contar contigo.

-Sabes lo que eso significa, ¿verdad? Ahora no te valdrá nada, ni siquiera un beso digno de un diez. Siempre buscarás otro que se salga de la escala.

-Ya lo había pensado -afirmó con gesto pensativo-. Creo que se puede vivir perfectamente con besos de siete a diez, incluso después de una experiencia como ésta. Una puede ir a la luna y visitar brevemente otros mundos, pero después tiene que volver a la tierra y seguir viviendo.

-Tienes razón -murmuró Alya, visiblemente emocionada-. Y eres muy valiente.

-Gracias. Claro que -comenzó a decir con una malévola sonrisa en los labios-... tampoco tiene nada de malo llamar de vez en cuando a su puerta.

Estoy completamente decidida, quiero una amiga como Alya, y unos besos de Adrien , que tampoco vendrían mal. xD

Besos que se salen de escala... Dios mio...