Marinette se compró un sugerente vestido negro, tan ceñido, que hizo que Alya cerrara los ojos y afirmara:

—Ese pobre hombre está perdido.

También se compró unos zapatos de tacón de aguja y lencería de la que se ponen las mujeres cuando esperan que algún hombre la vea y acabe quitándosela apasionadamente.

Además de la ropa, se hizo con todo un arsenal de velas, flores y vino para acompañar a la cena con la que pretendía despertar los sentidos y el apetito más primitivo de Adrien.

Cuando llegó a casa estaba tranquila y decidida a crear el ambiente perfecto, así que le pasó una nota a Adrien por debajo de la puerta y se encerró en su apartamento a prepararlo todo.

Repartió las velas y las flores por la casa y comenzó a preparar la cena para que sólo quedara darle el toque final después de darse un buen baño. Sacó dos copas y puso el vino a enfriar, eligió la música perfecta y finalmente subió a su habitación y observó el vestido y la ropa interior de encaje. ¿Cómo se sentiría con aquel provocador conjunto de encaje negro?

Poderosa, se respondió enseguida con un escalofrío.

Se preparó la bañera y, mientras encendía un par de velas y tomaba un sorbo de vino, pensaba que pronto comenzaría a escuchar la música del saxo, el acompañamiento perfecto para el baño. Sumergida en el agua, se imaginó que eran las manos de Adrien y no la espuma lo que la acariciaba.

Casi una hora después el apartamento de Adrien seguía en silencio, pero Marinette siguió con los preparativos. Se cubrió el cuerpo de crema para asegurarse de que sus hábiles manos encontraran una piel suave y ligeramente perfumada. Sólo quedaba esperar a que Adrien leyera la nota y acudiera.

Agreste, tengo planes. Nos vemos más tarde. Marinette.

¿Planes? ¿Había hecho planes después de tenerlo hecho un manojo de nervios durante todo el día? Adrien leyó la nota una y otra vez, cada vez más furioso con ella y consigo mismo por no haber podido dejar de pensar en la velada que iban a pasar juntos.

Por el amor de Dios, hasta había salido a comprarle flores, algo que no había hecho por ninguna mujer desde...

Estrujó la nota con una mano y se maldijo a sí mismo. ¿Qué otra cosa podía esperar? Las mujeres sólo se preocupaban por sus propios planes, era algo que sabía desde hacía mucho tiempo, pero que había cometido el error de olvidar desde que conocía a Marinette. Él era el único culpable.

¿Qué quería decir eso de que lo vería más tarde? Estaba claro que quería jugar, pero él no estaba dispuesto a participar.

Así pues, entró en el apartamento, agarró el saxo y se fue a Chloe's a deshacerse de la rabia y la frustración.

A las siete y media en punto, Marinette sacó los champiñones rellenos del horno y observó de nuevo la mesa. Todo estaba perfecto. Después de la ensalada de aguacate y tomate y de los champiñones, tenía intención de volverlo loco con unos deliciosos creps de marisco.

Si todo salía según lo previsto, terminarían la cena con una botella de champán bien frío... En la cama.

Por fin se quitó el delantal y se miró al espejo.

—Muy bien, Marinette, vamos a buscarlo.

Salió a la escalera y apretó el timbre de su casa. Esperó con el corazón en un puño. Nada. Volvió a llamar.

—¿Cómo es posible que no estés en casa? —se preguntó en voz alta—. ¿Es que no has visto la nota? Tienes que haberla visto. Decía claramente que te vería más tarde.

Volvió a llamar, esta vez con impaciencia.

—Decía que tenía planes... Ay, Dios mío, no lo has comprendido, pobre tonto. Los planes que tengo son contigo. Maldita sea.

Volvió a su apartamento a buscar la llave que se había metido en el sujetador para no perder tiempo en buscar el bolso y, unos segundos después, estaba bajando las escaleras tan rápido como le permitían los tacones.

—¿Problemas con las mujeres, labios, labios de azúcar?

Adrien levantó la mirada hacia Chloè y negó con la cabeza mientras se tomaba un descanso para humedecerse la garganta.

—Vamos, que soy yo. Todos los días de la última semana has venido muy tarde y has tocado pensando en alguna mujer, pero con calma. De repente hoy llegas temprano y tocas como si tuvieras un serio problema. ¿Es que te has peleado con esa preciosidad?

—No. Es que los dos teníamos cosas que hacer.

—Sigue manteniéndote a raya, ¿verdad? —dijo riéndose—. Algunas mujeres preparan el romance con más ahínco que otras.

—No es ningún romance.

—Quizá sea ése tu problema. ¿Alguna vez le compras flores o le dices que tiene los ojos muy bonitos?

—No —le había comprado flores y ella no había estado ahí para recibirlas—. Es sólo sexo, no un romance.

—Ay, cariño. Con una mujer como ésa, no tendrás lo uno sin lo otro.

—Por eso es mejor que me aleje de una mujer como ésa. Quiero algo más sencillo— se llevó el saxo a los labios—. ¿Ahora vas a dejarme tocar o quieres seguir opinando de mi vida amorosa?

Chloè se dio media vuelta, pero antes de alejarse le dijo:

—Querido, cuando tengas vida amorosa, te daré todos los consejos que necesites.

Adrien comenzó a tocar, pero ni siquiera la música consiguió apartar su mente de ella. Aun así siguió arrancando notas de dolor y de frustración del instrumento...

Hasta que la vio aparecer por la puerta.

Sus ojos llenos de secretos se clavaron en él a través del humo del local y la sonrisa que le dedicó mientras se sentaba hizo que a Adrien comenzaran a sudarle las manos. La vio humedecerse los labios y acariciarse el borde del escote con un dedo. Se cruzó de piernas muy lentamente.

Adrien no podía dejar de mirarla. Estaba claro que lo estaba haciendo deliberadamente; aquellos movimientos sin duda pretendían volverlo loco.

Y lo estaban consiguiendo.

Escuchó la canción atentamente y, cuando las últimas notas empezaban a desvanecerse en el aire, se levantó, se pasó la mano por la cadera y se dio media vuelta sobre esos tacones imposiblemente altos. Antes de llegar a la puerta, se volvió a mirarlo y lo invitó a seguirlo con una sonrisa.

Al apartarse la boquilla de los labios, Adrien lanzó una maldición.

—¿Vas a ir o no?

Se agachó a guardar el saxo y miró a su amigo.

—¿Te parece que soy tonto, Kim?

—No —respondió el pianista con una carcajada y siguió tocando—. Desde luego que no.

Marinette lo esperaba en la acera cuando Adrien salió del local. Bajo la luz blanca de la farola, con una mano en la cadera, la cabeza ladeada y una tenue sonrisa en los labios, parecía una elegante fotografía artística.

Sexo en blanco y negro.

Fue hacia ella, observándola detenidamente. El cabello largo, el vestido negro enfundando su cuerpo.

Ninguna joya que distrajera la atención.

Altos tacones de aguja sobre los que se alzaban unas piernas esbeltas y perfectas.

Las únicas notas de color eran sus ojos azules y esa boca roja de sirena. Una boca que sonreía ahora con satisfacción femenina.

Estaba aún a tres pasos de distancia cuando sintió su aroma y ya no pudo seguir caminando lentamente.

—Hola, vecino —le dijo con una voz ronroneante que le hizo estremecerse de deseo.

Adrien enarcó una ceja.

—¿Cambio de planes, vecina?

—Espero que no —fue ella la que dio el último paso.

Deslizó las manos por su espalda y luego volvió a subirlas hasta sus hombros para echarle los brazos alrededor del cuello. Su cuerpo encajaba con el de él.

—Tú eras mi único plan, cabeza de chorlito —le dijo con una risilla malévola.

—¿De verdad?

—Agreste —le susurró rozándole la boca con los labios y mirándolo fijamente a los ojos—. ¿No te dije que serías el primero en saberlo?

Adrien le puso la mano en la nuca sin apartar la boca de sus tentadores labios rojos.

—¿Puedes correr con esos tacones?

Ella se rió de nuevo, pero ahora se le notaba la respiración entrecortada.

—No, pero tenemos toda la noche, ¿no?

—Puede que necesitemos aún más tiempo - dio un paso atrás y le tendió una mano para que lo acompañara—. ¿De dónde has sacado esa arma letal? El vestido —añadió al ver su gesto de incomprensión.

—Ah, este trapo viejo —dijo riéndose—. Me lo he comprado hoy, pensando en ti. Y cuando me lo he puesto, pensaba en qué sentiría cuando tú me lo quitases.

—Has debido de estar practicando —dijo él cuando consiguió reunir fuerzas para volver a hablar—. Porque esto se te da muy bien.

—Voy improvisando sobre la marcha.

—Pues por mí no pares.

A Marinette se le pasó por la cabeza que parecía mentira tener tanto calor en una fresca noche de abril como aquélla.

—Siento no haber sido más clara en la nota. Tenía muchas cosas en la cabeza —se volvió a mirarlo con deleite—. Y todas relacionadas contigo.

—La verdad es que me puso de muy mal humor —admitió sin el menor esfuerzo.

—Perdóname, pero debo decir que me resulta muy halagador. Cuando llamé a tu puerta y vi que no estabas, tuve más o menos la misma reacción. Me había pasado mucho tiempo preparándome para ti. Ahora puedes sentirte halagado.

—Debe de haberte costado mucho enfundarte ese vestido.

—Y no sólo eso —se concentró para controlar los latidos de su corazón, pero cuando se detuvieron frente a la puerta del edificio, volvió a acelerarse—. He preparado la cena.

—¿Sí? —no sólo estaba halagado, también estaba increíblemente excitado. Y conmovido.

—Una cena magnífica, aunque está mal que yo lo diga —añadió al tiempo que entraban en el edificio y se dirigían hacia el ascensor—. Con un delicioso vino blanco y una botella de champán que he pensado que podríamos disfrutar... en la cama.

Ya dentro del ascensor, Adrien se esforzó para no tocarla, pues sabía que si lo hacía, no saldrían de allí.

—¿Hay algo más que daba saber sobre tus planes?

—Ya lo irás descubriendo —salió del ascensor y se dirigió hacia la puerta lanzándole una de esas miradas suyas que un hombre no podía dejar de seguir.

—¿La llave?

Sin apartar los ojos de él, Marinette deslizó un dedo por el amplio escote del vestido y fingió estar buscando la llave.

—Vaya, no consigo encontrarla —dijo disfrutando del modo en que Adrien seguía su mano con la mirada—. Creo que vas a tener que ayudarme.

Adrien descubrió algo que podría interesar a la comunidad médica, se podía seguir consciente aun sin sangre en la cabeza.

Pasó la mano suavemente por el borde del vestido provocándole un escalofrío. Después coló un dedo por debajo de la tela y le acarició el pecho. Vio cómo ella cerraba los ojos en el momento en que le rozó el pezón.

—Me parece que eres tú el que ha estado practicando —consiguió decir ella con la respiración entrecortada.

—Voy improvisando sobre la marcha.

—No vayas a parar por mí.

No tenía intención de hacerlo.

—Me parece que la he encontrado -susurró sacando la llave del escote.

—Sabía que podía contar contigo.

Introdujo la llave en el cerrojo y abrió la puerta para que Marinette pudiera pasar.

—Pídeme que entre.

—Entra.

Una vez dentro la agarró de las caderas y siguió caminando hacia la escalera.

—¿Y la cena? —preguntó ella, avanzando de espaldas.

—Puede esperar —Adrien descolgó el teléfono al pasar.

—¿El vino?

—Después. Mucho después.

Marinette comenzó a subir los escalones con las piernas temblorosas, pero agarrándose a sus hombros.

—Pídeme que te toque.

—Tócame —suspiró al sentir que sus manos comenzaban a subir desde las caderas.

—Pídeme que te bese.

—Bésame —gimió cuando su boca le rozó los pechos—. Bésame más —le pidió al llegar al dormitorio.

—Enseguida —dijo él con una malévola sonrisa—. Quiero más luz.

—He preparado velas —buscó las cerillas e intentó encender una—. No puedo, me tiemblan las manos —admitió riéndose.

—Deja que lo haga yo, pero no te muevas de ahí.

Unos segundos después, la habitación quedó suavemente iluminada por la luz de decenas de velas y Adrien volvió a su lado. Marinette lo observaba con los ojos llenos de deseo y de nerviosismo.

—Pídeme que te tome —dijo estrechándola en sus brazos.

—Tómame —obedeció ella sin apartar la mirada de sus ojos.

Sus bocas se unieron con el poder y la pasión que habían creado entre ambos. Marinette se aferró a él con la certeza de que aquello era lo que quería.

—Te deseo —le dijo mientras le cubría el rostro de besos.

Entonces él le dio la vuelta y comenzó a besarle el cuello. Marinette se sorprendió al ver la imagen de ambos en el espejo, el brillo de deseo que iluminaba el rostro de Adrien mientras exploraba su cuerpo.

—Tenemos toda la noche —le recordó él—. Mira.

Continuó besándole y mordisqueándole el cuello mientras con las manos le acariciaba los pechos por debajo de la seda del vestido. De los labios de Marinette salió un gemido de placer al sentir su mano en el centro de su cuerpo.

Adrien levantó la mirada y sus ojos se encontraron en el espejo. Marinette lo había vuelto loco con su aparición en el club y ahora él tenía intención de devolverle el favor.

—Dime que quieres más.

Marinette sentía que los músculos se le habían quedado flojos, las piernas apenas la sostenían.

—Adrien...

Él siguió acariciándole los muslos, haciéndola estremecer.

—Dime que quieres más.

—Dios —echó la cabeza hacia atrás y la apoyó en su hombro—. Quiero más.

—Yo también.

Coló la mano por debajo de sus medias. Tocarla de aquel modo era una deliciosa tortura. Su aroma lo estaba matando, el tacto de su piel lo urgía a hacerla suya, pero él hizo un esfuerzo por controlarse. Debía apaciguar su instinto animal porque cuando se desatara los devoraría a ambos.

Le mordisqueó el cuello y los hombros mientras le bajaba la cremallera del vestido. No pudo contener un gruñido de excitación al ver lo que había debajo de la fina prenda.

Sexo en blanco y negro, pensó de nuevo.

Marinette vio cómo cambiaba la expresión de sus ojos y aparecía en ellos un brillo peligroso. Le sorprendió darse cuenta de que eso era precisamente lo que deseaba ver; el peligro, el riesgo, la gloria de estar haciéndole perder ese férreo control que ejercía sobre sí mismo.

Saberse poseedora de tal poder la impulsó a agarrarle las manos con las suyas y guiarlas por su cuerpo.

—Me lo he comprado hoy —susurró mientras le llevaba las manos a los pechos—. Para que pudieras arrancármelo.

Aquellas palabras bastaron para que se dejara llevar por la pasión. La dio la vuelta y poseyó su boca apasionadamente mientras la llevaba hasta la cama.

Quería comérsela viva y no podía parar. Sintió cómo arqueaba la espalda cuando su mano alcanzó el centro de aquel cuerpo perfecto. Un segundo después rasgó el encaje y la seda desesperadamente y pudo explorar sus pechos con la boca mientras ella lo volvía loco arrancándole la camiseta y hundiéndole las uñas en la espalda.

Su boca mostraba la misma ansiedad que la de él, sus manos se movían con la misma impaciencia por quitarle los pantalones y cuando por fin pudo agarrarlo, sintió que todo su cuerpo ardía por dentro.

Rodaron por la cama, jadeando, gimiendo.

Cuando se adentró en ella y el calor de sus cuerpos se fundió en uno, la explosión de placer fue mayor de lo que jamás habría podido imaginar. Ella seguía su ritmo con la misma furia, agarrándose al cabecero para arquear la espalda y que él se sumergiera en su cuerpo tanto como fuera posible. Enloquecido de placer, Adrien observó su rostro, el deleite que se reflejaba en él y siguió moviéndose hasta hacerla gritar su nombre y sintió que se derretía en sus brazos. Entonces se dejó llevar y se deshizo dentro de ella.

No le soltó las manos, ni salió de su cuerpo mientras ella seguía estremeciéndose.

—¿Aún respiramos? — le preguntó ella unos minutos después.

—Desde luego tu corazón sigue latiendo —podía verlo en su cuello.

—Bien. ¿Y el tuyo?

—Creo que sí.

—Bien. Voy a necesitar unas horas, quizá unos días, para poder volver a moverme.

Aunque tenía los ojos cerrados, Marinette sabía que él la observaba y por eso sonrió.

—Gracias por devolverme el favor, Agreste.

—Era lo menos que podía hacer.

—Nunca nadie me había hecho sentir nada semejante —abrió los ojos—. Nadie me había tocado así.

Nada más decirlo se dio cuenta del error que había cometido, lo leyó en sus ojos, en el modo en que se apartó de la intimidad que acababan de compartir. Estaría con ella sólo si se trataba de algo sencillo, sexy y sin ternura alguna.

Pero ella deseaba algo más. Deseaba el sentimiento y la emoción.

—Tienes unas manos magníficas —dijo volviendo al tono seductor.

—Las tuyas tampoco están nada mal —respondió él al tiempo que se tumbaba de espaldas a su lado. Se odiaba a sí mismo por haberse estremecido al ver esa emoción en sus ojos.

No iba a permitir que las cosas fueran por esos derroteros porque sabía que entonces estaría perdido. Hacía ya mucho tiempo que había dejado de esperar, de sentir.

Marinette deseaba acurrucarse junto a él, pero suponía que eso también era terreno prohibido. Debía contentarse con algo sencillo y sin complicaciones, si no quería que se marchase de su lado.

—Me parece que nos vendría muy bien una copa de vino, ¿no te parece? —le preguntó incorporándose en la cama.

—Desde luego —Adrien le pasó la mano por la cadera porque sentía la necesidad de tocarla, de no perder la conexión con ella—. Habías dicho algo de una cena.

—Agreste, te tengo preparado algo delicioso —anunció levantándose de la cama después de darle un rápido beso—. Sólo me queda hacer los creps.

—¿Vas a cocinar?

—Sí.

Sólo con verla salir de la cama sintió que volvía a arderle la sangre.

—¿Qué haces?

Marinette se echó a reír con la bata en la mano.

—Poniéndome una bata. Suele utilizarse para cubrir la desnudez.

Adrien fue hacia ella y le soltó el cinturón que acababa de atarse.

—No te la pongas.

—Pensé que querías cenar —dijo mientras un escalofrío le recorría la espalda.

—Así es y quiero verte cocinar.

—Ah —volvió a echarse a reír—. No voy a cocinar desnuda, esa fantasía tuya no se va a hacer realidad.

—En realidad me preguntaba si no tendrías otro conjunto como ése —dijo señalando a lo que quedaba del liguero de encaje que le había arrancado con sus propias manos.

Marinette enarcó una ceja con sorpresa y curiosidad.

—Ninguna mujer precavida compraría sólo uno. Tengo otro rojo pasión que te cortará la respiración.

En su rostro apareció una sonrisa arrebatadora.

—¿Por qué no te lo pones? Tengo muchísima hambre.

Eh aquí el cap tan ansiado por tod@s!!lamento la tardanza 7-7 me surgen un par de problemillas y hace unas horas, una haters empezó a insultarme en wattpad 7-7me demoraré en actualizar, pero aquí, publicaré hasta el capitulo 18, así emparejo los caps con Wattpad.