Los inugamis y su habitad.
2.- El campo de batalla.
El cielo está enrojecido, las pocas nubes que hay se tiñen de colores violáceos, la temperatura ha bajado un poco, el lugar antes eran siembras de arroz, ahora no son más que lodo teñido de rojo, miro a los seres que hace menos de dos horas me recitaban las más soeces amenazas, todas con un grado de morbosidad asqueroso, ahora están todos muertos, sin excepción, son alrededor de diez, todos desmembrados a lo largo y ancho del paisaje.
Y él, mi señor, coronando la grotesca imagen, parado en medio mirando su obra. Su armadura, su estola y su traje apenas tiene unas cuantas salpicaduras de sangre pero sus manos y Bakusaiga están totalmente manchadas, se lleva una mano a la boca, está de espalda a mí así que no sé si está saboreando lo que cubre sus dedos, no me extrañaría de todos modos.
Todos creen que me oculta ese aspecto de él, el "real" Sesshoumaru, pero no tiene la necesidad de hacerlo, lo conozco, siempre lo conocí, incluso siendo una niña y yo lo acepto tal cual es simplemente por que es su naturaleza. Sí, conmigo muestra una mirada mucho más tranquila y acogedora al punto que hay veces que pienso que es como si existieran dos Sesshoumaru, el cruel y sanguinario que todo el mundo teme y respeta y el protector que yo amo, pero después pienso que simplemente se trata de diferentes matices de su personalidad y no me alarmo ante los rumores de engaños que corren a nuestro alrededor, de esos que aseguran que me encierra en una burbuja de ignorancia sobre sus batallas.
Me levanto de donde estoy sentada, me duele el muslo derecho pero lo ignoro, camino un par de pasos para recordar la cadena que amarra uno de mis tobillos frenándome, ante el ruido mi señor se gira para mirarme, camina hasta mí con su particular elegancia no perdida ni en esta situación, con un certero golpe de su látigo de luz rompe mi amarre, sin preocuparme de nada más me refugio en su pecho, él no se mueve, levanto la mirada y él me la devuelve sin una emoción definida, con esos ojos duros y aparentemente sin sentimientos, pero yo lo conozco, está preocupado.
—Estoy bien— contesto su pregunta muda, él levanta una de sus garras y posa la palma abierta en mi mejilla, veo como mueve la nariz olfateándome buscando si realmente estoy bien, cuando se cerciora que todo en mí está en orden retira su mano dejando toda mi mejilla manchada de sangre.
Sangre derramada por mi culpa.
La abuela Kaede y el abuelo Jaken siempre tratan de convencerme de lo contrario, pero siendo la debilidad más visible y accesible no hay que ser muy inteligente para pensar que los enemigos de mi señor quieren intimidarlo secuestrándome o intentando asesinarme, aún así todos terminan igual: descuartizados de la forma más cruel posible, él no perdona a nadie y no escucha súplicas de piedad.
Hacer enojar a un inugami es la peor idea del mundo, criaturas violentas por naturaleza, más si tocas algo "de su propiedad" no miden consecuencias cuando la ira y la sed de sangre los ciega, si te encuentras con un inugami en esa situación ten por seguro que no podrás dar ni dos pasos tratando de correr por tu vida antes de que termines siendo una muerte más a sus largas listas.
Él me rodea con su brazo izquierdo por los muslos y me levanta, trato sin éxito de reprimir el gemido por el dolor, sé que tengo un moretón horrible adornando mi muslo derecho, él nota mi malestar y gruñe por lo bajo, veo como sus ojos se vuelven rojos como el líquido que cubre sus garras, estoy segura que está deseando revivirlos con colmillo sagrado sólo para asesinarlos de una forma aún más cruel, suele ser así cuando alguien logra hacerme algún tipo de daño, aunque sea pequeño. Lo abrazo por el cuello y hundo mi cara entre la estola y su cuello como un súplica silenciosa de volver a nuestro hogar y olvidar ese incidente, ya cobró la ofensa recibida, ya no quiero saber más.
Camina sin prisa hasta donde Ah-Un acaban de aterrizar, Jaken vino con ellos, no para de alabar a mi señor Sesshoumaru por su gran hazaña y me está mareando, compartiendo mi malestar mi señor lo hace callar, con cuidado me sienta en la montura de Ah-Un y emprendemos vuelo con dirección al palacio.
Después de casi un día entero sin descanso llegamos a nuestro hogar, sin esperarnos Sesshoumaru se adentra en la fortaleza, seguramente irá a castigar a los soldados que estuvieron de guardia ayer, cuando unos demonios sin raza definida entraron en el castillo y me secuestraron aprovechando que mi señor estaba en la frontera del norte resolviendo unos asuntos diplomáticos, siempre es igual.
Con la ayuda de Jaken y de una mucama me dirijo a la habitación que comparto con mi sanguinario demonio. Ya acostada en el futon la misma mucama me trae algo de comer, una vez satisfecha, con mis heridas vendadas y ropa limpia me dispongo a dormir.
No puedo, apenas cierro los ojos y veo la garra de mi señor atravesando el estómago de uno de esos demonios, puedo ver claramente como el veneno desintegra la carne y escucho los alarido de dolor o veo como desprende la cabeza del líder, como los tendones y las arterias se desgarran como unas cuerdas que tratan de soportar un peso mayor al que pueden y se cortan inevitablemente y la sangre, la sangre cubriéndolo todo con su color carmesí: el suelo, los cuerpos mutilados, las manos de mi señor Sesshoumaru... Todo.
Esto ha ocurrido una docena de veces aproximadamente en todos los años que lo conozco, debería estar acostumbrada, debería ser tan natural para mí como verlo acostado a mi lado todas las noches, pero no puedo, lo acepto, por que es una parte importante de él. Así mismo me auto convenzo que yo no soy el motivo de esas matanzas, que lo hace por que considera una ofensa el que crean que pueden siquiera asustarlo haciéndome algún daño, que no soporta que lo crean tan débil como para caer en un juego tan estúpido, por que fue inútil cuando lo hizo Naraku y es inútil hoy en día, él no se doblegará ante actos tan bajos, además yo no soy el único motivo por el cual él debe partir al campo de batalla: las tierras, acuerdos de paz no respetados, rebeliones internas y externas, él ignoró a la hija de alguien y este se ofendió, otro idiota que cree tener el poder suficiente como para hacerse de todo Japón... Hay muchos, muchos motivos.
Ese es el precio de estar junto a un Inugami, el estar en la mira de todos sus enemigos, tienes que ser lo suficientemente fuerte de alma para soportar esta parte de él, jamás hay que negarla, incluso los inugamis que son mas pacíficos, todos tarde o temprano parten al campo de batalla.
Después de alrededor de unas dos horas lo veo entrar a la habitación, se ha cambiado la ropa, no lleva armadura, en silencio se recuesta junto a mí y me envuelve con la estola, me abrazo a él buscando la seguridad perdida, no necesitamos decir nada, sólo el estar juntos. Quiero disfrutar de esta paz que trae su cercanía, su olor y la paz de su respirar.
Lo disfrutaré, hasta que el rojo tiña el campo de batalla nuevamente.
FIN
