—¡Brander! ¿Por qué no me dijiste que venías? ¿Cuándo has llegado? ¿Cuánto tiempo te quedas? ¡Dios, no sabes cuánto me alegro de verte! Estás empapado. Entra y quítate esa chaqueta. A ver cuándo te compras una nueva, ésta parece que hubiera sobrevivido a una guerra.
El recién llegado se echó a reír, la estrechó en sus brazos y volvió a besarla.
—Sigues sin callarte ni debajo del agua.
—Hablo mucho cuando estoy contenta. ¿Cuándo vas a..? ah, Adrien—Marinette lo miró con los ojos llenos de alegría—. No te había visto.
—Ya me había dado cuenta —iba a matarlo con sus propias manos—. Pero no quiero interrumpir el encuentro.
—Es genial, ¿verdad? Brander, te presento a Adrien Agreste.
—¿Agreste? —Brander se pasó la lengua por los dientes que, sin duda alguna, ese tipo quería romperle—. El dramaturgo. Vi una obra suya la última vez que estuve en París. Marinette no paró de llorar. Prácticamente tuve que sacarla en brazos del teatro.
—No seas exagerado.
—No exagero. Claro que antes llorabas con los anuncios de la televisión, así que me parece que eres un blanco fácil.
—Eso es ridículo... está sonando el teléfono. Espera un segundo —entró corriendo a su casa y dejó a los dos hombres observándose mutuamente.
—Yo soy escultor —anunció Brander—. Y, puesto que necesito las manos para trabajar, te diré que soy el hermano de Marinette antes de saludarte adecuadamente.
—¿Su hermano? —el brillo asesino de su mirada se suavizó, pero no desapareció del todo—. No os parecéis en nada.
—Es cierto. ¿Quiere ver mi carné de conducir, señor Agreste?
—Era la señora Mendeleiev —anunció Marinette al aparecer de nuevo por la puerta—. Te ha visto entrar, pero no le ha dado tiempo a salir para saludarte. Dice que estás más guapo que nunca —Marinette le agarró la cara con ambas manos y se echó a reír—. ¿Verdad que es muy guapo?
—No empieces.
—Pero si es verdad. Las mujeres se vuelven locas por ti —después de decir eso agarró a Adrien de la mano—. Vamos a tomar una copa para celebrarlo.
Adrien iba a rechazar la invitación, pero después se encogió de hombros. No tenía nada de malo conocer un poco más al hermano de Marinette.
—¿Qué tipo de esculturas haces?
—Lo que más trabajo es el metal —respondió Brander dejando su chaqueta sobre el sofá, de donde Marinette la retiró inmediatamente.
—Voy a colgar esto en el baño para que se seque. Adrien, ¿por qué no sirves unas copas de vino?
—Claro.
—¿No tiene cerveza? —preguntó Brander mientras observaba enarcando una ceja la familiaridad con la que Adrien se movía por la cocina de su hermana pequeña.
—Sí —sacó dos botellas y una copa de vino para Marinette—. ¿Trabajas en el sur?
—Así es. Encajo mejor en Carcasona que en Conques. Además allí tengo más oportunidad de trabajar al aire libre. Con el clima de aquí sería imposible. Marinette no me ha hablado de ti, ¿cuánto tiempo llevas viviendo en el edificio?
—No mucho.
—Entonces os habéis hecho amigos muy rápido, ¿no?
—Supongo.
—Adrien —dijo Marinette en tono recriminatorio—. Podrías haber sacado unos vasos.
—Los hombres no necesitan vaso para la cerveza —respondió su hermano con una risotada.
—Entonces supongo que tampoco querréis comer algo tan delicado como un paté con tostaditas de pan de centeno.
—¿Cómo que no? —se apresuró a decirle Brander mientras ocupaba uno de los taburetes de la cocina—. ¿No tenías cuatro de éstos?
—Sí, pero le he dejado uno a Adrien —Marinette comenzó a sacar cosas de la nevera—. ¿Qué haces en París?
—He venido a ultimar algunas cosas para la exposición de otoño. Sólo estaré aquí un par de días.
—¿Y vas a quedarte en un hotel en lugar de en casa de tu hermanita?
—Ya sabes que tu régimen de visitas me vuelve loco —respondió lanzándole una mirada de complicidad a Adrien—. Supongo que ya te habrás dado cuenta de que por esta casa pasa más gente que por una cafetería. Es horrible —añadió fingiendo un escalofrío— Brander es un solitario profesional —explicó Marinette—. Seguro que os llevaríais bien. A Adrien tampoco le gusta la gente —le dijo a su hermano.
—Por fin alguien con un poco de sentido común.
Quizá el nuevo amigo de su hermana no estuviera tan mal después de todo, pensó Brander.
—Prefiero una habitación de hotel, la única gente que pasa por allí son los del servicio de habitaciones y llaman antes de entrar, cosa que no hace la mayoría de tus amigos —le recriminó a Marinette en tono humorístico—. Pero te dejaré que cocines para mí.
—Qué bueno eres conmigo.
—¿Has probado el pastel de pollo de Marinette, Agreste?
—La verdad es que no.
—Entonces mira cómo la convenzo para que nos prepare uno.
Estaba resultando ser una noche muy agradable, pensó Adrien mientras veía el cariño y la complicidad que había entre Marinette y su hermano.
Recordaba un tiempo en el que él había tenido lo mismo con su hermano. Pero eso había sido antes de Rebecca.
Después había seguido habiendo cariño, pero también cierta tensión que nunca antes había existido entre ellos.
Pero la tensión era algo que los Dupain no parecían ni conocer.
Marinette y Brander no paraban de contar anécdotas el uno del otro, algunas de ellas algo embarazosas, pero ambos se lo tomaban con un sentido del humor envidiable.
Una vez en su apartamento, se preguntó si podría incluir alguna de esas anécdotas en el segundo acto de la obra, sin duda supondrían cierta distensión cómica.
Puesto que Marinette aún se quedaría bastante tiempo charlando con su hermano, Adrien decidió que la mejor manera de pasar el resto de la noche sería trabajando.
