Los Inugamis y su habitad.
3.- Un perro viejo no aprende trucos nuevos.
No me mal intérpretes, no estoy diciendo que mi señor sea viejo, él está en su plena juventud, su muy, muy, pero muy larga juventud ¡pero es más terco que una mula!
Oh, bueno, yo también soy terca y algo porfiada ¡pero lo que pido no es descabellado!
Hace una semana visité la aldea de la abuela Kaede— cada día más vieja pero firme como un roble— y me encontré con que ella y la señora Sango estaban enseñando a montar a caballo a la señora Kagome ¡el animal me pareció tan bonito! Nunca antes le había tomado real atención y me pareció tan noble y fuerte, para no ser un ser sobrenatural era espléndido, le pedí a la señora Sango que me enseñara a mí también pero en eso llegó mi señor y no pude tener mi lección.
El problema vino de allí, al platicarle mi deseo él se negó rotundamente.
—No lo entiendo, no pido algo de otro mundo, no sé en qué puede afectarme— hago uno de esas caras de niña mimada que a él tanto le gusta pero esta vez no me toma atención. Además encuentro muy injusto que se meta en una decisión que no le pedí opinión, sólo se lo comenté, es tan ¿Cómo dice la señora Kagome? Machista creo que es la palabra, sí, creo que es eso.
Estamos en el edificio de la biblioteca, en una sala en la que él se dedica a responder la correspondencia, que es mucha, yo lo ayudo varias veces, pero ahora me encuentro sentada a su lado sin hacer nada. El mira uno de los pergaminos que siempre llegan desde la frontera sur.
—Es innecesario, tienes a Ah-Un como transporte personal— me contesta sin mirarme.
—No quiero cambiar a Ah-Un por un caballo, sólo quiero aprender ¿usted sabe?
—No perdería tiempo inútilmente— me responde mirando el dichoso pergamino, de todos modos sé que no lo lee, lleva con él como diez minutos y sólo tiene tres líneas escritas. Claro que sé que sería inútil para él sabiendo a la velocidad que puede correr y volar, además de la gran resistencia a la fatiga que posee.
—Bueno, si aprendo yo, puedo poner a la lista otra cosa que yo sé y usted no— le digo divertida. Logro que me mire alzando una ceja.
—¿Qué puedes saber tú que yo no sepa?— me mira con superioridad.
—Yo sé reír— contesto mirándolo de la misma forma. Él pone cara de "¿ese es tu gran conocimiento?"— Lo conozco hace catorce años, sonreír sí lo he visto, pero reír... ¡Menos una carcajada!
Igual me daría nervios verlo reír a carcajadas, sería, no sé, bizarro, trato de imaginarlo y es algo espeluznante considerando su semblante y su tono de voz, el abuelo Jaken moriría de un infarto, esta vez de verdad.
—No tengo la necesidad de demostrarle a nadie mi estado de ánimo, no le veo la utilidad a la risa— me dice como si le hablara a alguien con problemas de entendimiento.
—¿Por qué todo lo resume a utilidad? Si fuese por eso no sé qué hago yo aquí, no soy "útil" para este palacio, no tengo ninguna asignación— comento ya aburrida de su terquedad ¡en algo tan simple! Pero la forma en la que me mira hace que me arrepienta.
Hay que ser cuidadosa con las palabras cuando hablas con un inugami, son fáciles de ofender y no perdonan fácilmente, el orgullo y el honor lo ponen sobre cualquier otra cosa, por lo que dudar de alguna "cualidad" para ellos es imperdonable.
—Eres mi hembra y la señora del oeste, eso debería bastarte— me reprende, lo siento en la dureza de su voz. Bajo la mirada avergonzada, él se levanta y se va dejándome sola.
Si algo que me costó asimilar sobre los Inugamis es que no le gustan que uno trate de explicarles un mal entendido, es sumamente difícil discutir con ellos porque son muy rectos con las palabras, no dicen nada en vano y no comprenden que uno puede no medir lo que uno dice.
Ordeno los pergaminos en la mesita que hace ocupa mi señor, sin demora leo los encabezados para ordenarlos por tema. Sin prisa salí de allí, caminé sin saber si ir a disculparme o dejar el tiempo pasar. Camino por los pasillos exteriores hasta el ala donde tenemos los dormitorios, me siento mirando por el balcón meditando, no sé cuánto tiempo pasó allí tratando de encontrar las palabras adecuadas para hablar con mi señor, me di cuenta de que estaba anocheciendo. Él entró en ese momento.
—Mi señor...
—No soporto la idea que te compares a la servidumbre, espero mucho más de ti, Rin— me interrumpe, se nota que aún está enojado. Bajo la mirada más roja que un tomate.
—Yo...— no sé qué decirle realmente ¿Cómo discutirle cuando está con esa mirada tan dura?
—Así que no quiero volver a escuchar algo así.
—¿Por qué...?— intento preguntar en un susurro, veo como frunce aún más su entrecejo— ¿Por qué no ríe?
No es fácil sorprender a un inugami, siempre están atentos a todo su alrededor sin perder ningún detalle, pero las palabras son cosas que no manejan muy bien, como dije antes, son demasiado rectos con ellas, por lo que desviar el tema de esa manera los desorienta un poco. Hazle un acertijo y lo resolverá de inmediato, pero di una parábola y no te entenderá.
—¿A qué viene eso?— su voz sigue destilando enojo a pesar de su desconcierto.
—Dice que no le interesa demostrar su estado de ánimo, pero eso no es verdad, cuando está triste no mira a nadie, cuando está enojado habla más duro de lo normal, cuando está al borde de la ira sus ojos cambian, cuando está preocupado mira al cielo, cuando está tranquilo se sienta bajo un árbol y está más dispuesto a que lo abrace o lo bese, cuando está feliz es usted quien me abraza o me besa y de vez en cuando sonríe.
No me dice nada, mira por la ventana al cielo casi como si fuese una demostración de lo que acabo de decir, parece que no tiene intensiones de seguir la conversación, negar o afirmar lo que acabo de decir.
—... No sé por qué insistes en esto de la risa— Me dice después de como cinco minutos en lo que no dijimos nada. Yo sonrío, de algún modo lo encuentro tierno.
—Por que si no fuese por demostrar nuestros estados de ánimo, yo no estaría aquí— me mira como advirtiéndome— ¡Déjame terminar!— reclamo por su muda reprensión— Si yo no le hubiera demostrado lo feliz que soy a su lado, usted no me hubiera cuidado por tantos años, si usted no me hubiera demostrado lo feliz que es a mi lado, yo no hubiera tenido el valor de confesarle mis sentimientos, demostrarlo sí es necesario.
—No necesité de reír para demostrártelo— Es su simple respuesta, creo que ya no está enojado, lo siento en su voz.
—Es verdad, pero hay veces que uno quisiera ver una demostración mucho más clara, no sabe todas las veces que he pensado erróneamente— trato de explicar, no quiero discutir otra vez, no dos veces en el mismo día— No sé por qué "desaprendió" a reír, por que es algo con lo que uno nace, tan natural y espontáneo como cualquier otra emoción.
—No tengo una respuesta a eso, Rin, puede que naciera sin haber aprendido a reír— comenta más tranquilo, creo que está convencido que mi comportamiento será infantil el resto de mi ahora larga vida— Pero tu risa es algo que provoca alegría en mí, no reiré contigo, pero seré feliz contigo, así que reír seguirá en la lista de las cosas que tú sabes y yo no.
Mi rostro debe ser todo un poema, quedo pasmada por lo que él dijo, mi cara está roja como la llama de una antorcha, se sienta a mi lado sin decir nada más y nos quedamos así, ya no tengo nada que decirle.
No logré convencerlo, pero nade algún modo logré que fuese más abierto a demostrar lo que siente, sé que es muy difícil para él, pero hizo el esfuerzo y yo lo valoro enormemente. Los Inugamis son así, una vez escuché decir a la señora Kagome que son "perros sin lengua" pero no me importa, mientras sepa yo que él busca otras formas de demostrárselo yo estaré tranquila.
Un perro viejo no aprende trucos nuevos, pero renueva los que ya sabe, los mejora y los refuerza.
Una semana después salió del palacio a una vuelta de reconocimiento, cuando volvió trajo una sorpresa para mí, trajo un gran caballo de color blanco, era hermoso, su pelaje brillaba al sol y era manso como un cachorro, también trajo un señor mayor que vive en una de las aldeas de la costa— el pobre llegó temblando y a punto de un colapso por estar en un palacio lleno de demonios— él era mi instructor.
Miré a mi señor con una gran sonrisa y reí para él, sólo para él.
FIN
