Al día siguiente me desperté sobresaltado. Me incorporé en la cama pensando que todo había sido un sueño y me gire a mirar el otro lado de mi cama. No parecía usado. Miré alrededor por toda mi habitación y una lenta sonrisa se dibujó en mi rostro cuando vi un par de zapatos de tacón colocados junto a la puerta de mi habitación.

No había sido un sueño y eso me relajaba. Tampoco se había ido después de hacer el amor anoche, pues eso habíamos hecho. No era nada de sexo casual ni un revolcón de amigos puesto que nosotros no éramos precisamente amigos ni nada de eso. Yo quería algo más, mucho más que un simple encuentro de una noche y esperaba que ella también.

- ¿Estás despierto? – preguntó ella con una sonrisa entrando en mi habitación. Solo llevaba puesto mi camisa y sus sexis braguitas azules.

- Si – le dije sin poder borrar mi sonrisa de mi rostro -. Pensaba que te habías marchado sin decirme nada.

- ¿Y no poder ver cómo desayunas? No – me dijo sonriendo y con un brillo pícaro en los ojos y una rodilla puesta sobre la cama –. He preparado café y tortitas.

- Prefiero desayunarte a ti – le dije incorporándome de un salto, enlazando mi brazo por su cintura y tumbándola en la cama debajo de mí. Ella reía.

- No, no – decía mientras reía – me he pasado toda la mañana preparando un delicioso desayuno para mi encantador cirujano y no voy a dejarte desperdiciarlo – la miré dibujando un puchero en mi cara. Ella se me quedó mirando con la boca abierta un instante y creí haber ganado hasta que ella desvió la mirada de mi cara y se concentró en la pared. Tomó aire y sonriendo volvió a mirarme -. No es justo que hagas eso pues resultas encantador pero sería de muy mala educación por tu parte desperdiciar una comida que he hecho exclusivamente para tú disfrute.

Yo me la quedé mirando por un instante y después resoplé resignado.

- Vamos entonces a desayunar – le dije levantándome de encima de ella pero no pude llegar muy lejos porque ella agarró mi nuca y justo como yo hice anoche estampó sus labios contra los míos.

Su boca sabía a café y me encantó. Entrelazamos nuestras lenguas y exploramos nuestro interior. Me encantaba cuando la escuchaba gemir y sabía que era exclusivamente por mí, o eso esperaba.

- Basta, basta – me dijo riendo cuando presioné mi erección contra ella -. El desayuno, ¿recuerdas?

- ¿Por qué no vas yendo tú? – le dije presionando de nuevo mi erección contra ella para que entendiera la causa – yo voy enseguida.

Ella se me quedó mirando por un segundo y después volvió a entrelazar sus brazos en torno a mi cuello y se refregó contra mí.

- Siempre podemos volver a calentar el café – sonó tan sensual que no pude reprimir un gruñido y me zambullí en ella.

Nuestros labios peleaban por tener el control de la otra persona. Mis manos se agarraron a su pelo inmovilizando su cabeza para poder besarla a conciencia y ella soltó un gemido y presionando los talones y su cadera en la cama, arqueó la espalda para rozarse contra mi pecho desnudo.

Yo me descontrolé.

Rompí los botones de mi camisa que ella llevaba puesta y la abrí para observar su pecho desnudo. Sin pararme a pensar demasiado tomé un pecho con mi mano y puse mi boca sobre su pezón. Y succioné. Fuerte, muy fuerte. Tanto que ella gritó y sentí su cuerpo tensarse debajo de mí y sus manos aferrar mi cabeza para presionarla más contra si misma.

Bajé una de mis manos hacia su intimidad e introduje mi mano por dentro de su ropa interior. Al notarla tan resbaladiza metí dos dedos en su interior y ella abrió más sus piernas sin parar de gemir. Yo comencé a bombear mis dedos dentro de ella mientras que mi boca iba de un pecho al otro sin darle ningún segundo de descanso hasta que sentí como todo su cuerpo se tensó, como su vagina apretaba mis dedos fuertemente y sus manos iban a mi cabello jalándolo para luego romper en un orgasmo brutal. Tan fuerte gritó que creo que todos nuestros vecinos y los del bloque de enfrente la escucharon. Yo me sentí tremendamente orgulloso.

Ella se había quedado inmóvil debajo de mí y respiraba con dificultad. Yo me separé un poco de su cuerpo preocupado pero cuando vi la expresión de su cara me tranquilicé y una sonrisa se dibujó en mi cara. Ella en ese instante abrió los ojos y me miró frunciendo el entrecejo.

- Ahora te vas a enterar – me dijo antes de rodearme las caderas con sus piernas e impulsarse para darnos la vuelta y quedar ella encima de mí -. Me vas a suplicar.

Comenzó a dar besos por todo mi cuello y estaba seguro de que estaba dejando mi piel marcada pero no me importó. Comenzó a bajar por mi pecho desnudo y se entretuvo unos segundos con cada una de mis tetillas lo que me hizo soltar un gemido más alto que los demás. Ninguna mujer antes me había hecho eso.

Siguió bajando y se entretuvo con los huesos de mi pelvis, lamiéndolos. Yo no hacía más que estremecerme con los escalofríos que recorrían mi cuerpo. Tenía las sábanas fuertemente agarradas con mis manos para resistir la urgencia de tomar su cabeza e instarla a ir más abajo.

No podía hacer eso me repetía.

Sus manos retiraron la sábana que estaban sobre mis caderas y descubrió mis piernas junto con mi erección. Nunca la había sentido tan dura como la tenía en ese momento. El simple roce de la sábana me hizo gemir como nunca.

Bella me miró y mordiéndose su labio inferior agarró mi erección con sus manos y apretó.

- Ahh – solté yo sin poder contenerme más. Alcé mis caderas para que ella entendiera lo que quería pero Bella apartó sus manos de mi excitación y las guio un poco más abajo, hacia mis testículos- . Bella – gemí.

- ¿Si? – preguntó haciéndose la inocente.

- Sabes lo que quiero – le dije apretando mis dientes.

- No, no lo sé – me dijo ella bajando sus manos aún más para acariciar mis piernas y dejando caer como quien no quiere la cosa, su respiración sobre mi polla. Yo solté las sábanas y agarré mi erección, mostrándole lo que quería de ella.

Bella se me quedó mirando con la boca abierta y los ojos aún más abiertos. Se relamió los labios y apartó con sus manos las mías y las sustituyó con su boca.

No pude más y la agarré fuertemente de su pelo indicándole como moverse. Ella lo hacía fenomenal y no quería ni pensar cuando había aprendido, ni con quién.

Cuando comencé a sentir los primeros tirones de mi orgasmo la cogí por el torso y la alcé para ponerla sobre mí. La besé con voracidad sintiendo el leve sabor de mi líquido preseminal en ella.

Nos di la vuelta para quedar yo sobre ella y bruscamente le jalé sus braguitas de un tirón, le abrí las piernas y me introduje en ella. Ambos soltamos fuertes gemidos y yo sin querer ni poder contenerme más comencé a penetrarla con fuerza. Escuchaba la cama golpear la pared con nuestros movimientos. Menos mal que mi vecina estaba conmigo en la cama.

Bella tenía sus uñas enterradas en mi espalda mientras se agarraba a mí todo lo fuerte que podía para no deslizarse hacia arriba a causa de mis potentes embestidas. Quizás en otro momento me habría dolido pero en ese instante solo hacía excitarme más.

De pronto la sentí volver a tensarse, su vagina abrazar a mi pene y sus uñas enterrarse más en mí. Arqueó todo su cuerpo dejando solo sobre la cama su cabeza y su culo mientras yo la tenía agarrada por su trasero levantándola conmigo cada vez que me iba a introducir en ella. El acto era salvaje pero en ese momento no nos salía a ninguno de los dos algo más calmado.

De repente ella se rompió y abrazándose a mí no solo gritó, sino que lloró mientras tenía su orgasmo. Yo al sentirla no pude controlarme más y también eyaculé con fuerza en su interior.

Ambos respirábamos trabajosamente y sentía un leve escozor en mi espalda, sin mencionar que mi pene se había quedado fláccido y sin vida. Cosa normal porque sentía que no me había corrido así en mi vida.

Me aparté de encima de ella y me dejé caer a su lado sin fuerza para ir más lejos. Ninguno de los dos habló mientras intentábamos controlar nuestras respiraciones. Cuando por fin pude recobrar algo de sentido común, me alcé apoyado en un codo y la miré. Aún tenía lágrimas que salían de sus hermosos ojos.

- ¿Te he hecho daño? – le pregunté preocupado. Me senté un poco mejor en mi cama sin siquiera pensar en taparme y limpié sus lágrimas con mis dedos.

- No – dijo ella con voz débil cuando terminé de enjugar todas sus lágrimas -. Solo no había sentido algo tan intenso en mi vida.

- Yo tampoco – le dije con una sonrisa orgullosa en mi cara -. Voy a calentar el desayuno mientras tú te recuperas, ¿de acuerdo?

Ella abrió sus ojos y después de mirarme unos segundos soltó una potente carcajada.

- Estás tan pagado de ti mismo – dijo ella y yo solo pude reírme a su lado -. De acuerdo, prepara el desayuno mientras yo intento meter algo de consistencia en mis músculos.

Yo le di un leve beso en los labios y después me levanté de la cama. Oí un siseo a mi espalada y me giré para saber que ocurría. Ella tenía los ojos muy abiertos y una expresión desolada en la cara.

- ¿Qué ocurre? – le pregunté preocupado yendo de nuevo hacia ella.

- Estás sangrando - me dijo ella incorporándose sin importarle ni por un instante su estado de desnudez.

- ¿Dónde? – le pregunté mirándome los brazos y el torso buscando signos de alguna herida.

- Ahí no – me dijo ella viendo como inspeccionaba mis piernas. – En la espalda.

Yo fui al espejo que había en el extremo de mi dormitorio y ella vino detrás de mí. Me giré un poco para poder ver mi espalda y vi como tenía en cada lado de mi espalda cuatro arañazos que rezumaban sangre.

- Lo siento – me dijo ella avergonzada mirando a sus pies. Yo me di la vuelta y la tomé entre mis brazos.

- No tienes que sentirlo – le dije sonriéndole para que viera que a mí no me importaba – es más, me ha gustado verte así, tan salvaje – le dije riéndome.

- Deberías de estar molesto conmigo – me dijo ella sin mirarme aún.

- ¿Por qué? ¿Por darme el mejor sexo de mi vida y con la mujer más sensual que jamás haya tenido cerca? – le dije mientras le levantaba el rostro para que me mirara – te lo debería de agradecer. Además me encantan estas marcas, me hacen saber que de verdad te he dado placer.

- Como si no hubieras escuchado mis gritos – me dijo ella sonrojándose y mirándome divertida – me dejarás curártelos.

- Si eso es lo que tengo que hacer para que te sientas mejor acataré tus órdenes gustoso – le dije mientras juntaba nuestras frentes y la miraba fijamente a los ojos, poniéndome serio -. No te marcharás, ¿verdad?

- Vas a tenerme a tu alrededor el tiempo que quieras – me dijo ella también mirándome y poniéndose seria mientras envolvía mi cuello con sus brazos.

- Te querré siempre – le dije – para siempre.

- Entonces me tendrás – su sonrisa era tan hermosa – y ahora aliméntame que me muero de hambre y siento que podría comerme un puma.

Yo le sonreí por su broma. Me puse el pantalón del pijama encima de mi desnudez y fui a la cocina mientras ella iba al baño a asearse un poco.

Le había dicho que podía coger cualquier cosa que quisiera de mi armario y cuando volvió a aparecer por el comedor llevaba puestos uno de mis bóxer Calvin Klein y otra de mis camisas. Estaba muy atractiva.

- Quita esa mirada de tu rostro si no quieres que me derrita – me dijo ella dándome una fuerte nalgada mientras entraba en la cocina para ayudarme a terminar de poner la mesa. Yo solo me reí mientras nos servía el café.

Nos sentamos en la mesa en medio de un agradable silencio que no duró mucho pues yo quería saber más sobre ella.

- ¿En qué trabajas? – le pregunté mientras le servía una tortita con un poco de mermelada de melocotón que había preparado. A mí me gustaban con mucho caramelo.

- Soy agente editorial – me contestó mientras cortaba un trozo de la tortita para llevárselo a la boca.

- ¿Y qué hace exactamente una agente editorial? – le pregunté con curiosidad.

- Pues.. – me miró y me sonrió – los escritores se ponen en contacto conmigo a través de la agencia para la que trabajo, me mandan sus escritos para que yo los lea y les dé mi valoración y si me gusta alguno de ellos o pienso que puede venderse bien los pongo en contacto con la editorial que mejor le venga a la categoría del libro para intentar negociar el publicarlo.

- Así que eres algo así como un puente entre el escritor y el éxito, ¿no? – pregunté.

- No – me dijo – yo solamente soy la mediadora. La que lo hace posible. La que ayuda. La que da sugerencias para que el libro sea un best-seller. La que ayuda a los escritores a no desmoralizarse cuando no consiguen llegar a las negociaciones con alguna editorial. La que les dice que aunque no haya podido ser esta vez, no tiren sus obras porque quizás el año que viene el comercio exija algo como lo que ellos han escrito.

- Valla – no supe que más decir. Me había sorprendido la manera en la que hablaba de su trabajo, se le notaba que le gustaba lo que hacía -. ¿Y cómo te decidiste a ser agente editorial?

- Me gradué en Literatura en la Universidad – me dijo tomando su café y recostándose en la silla – siempre me había gustado mucho leer y había hecho mis pinitos como escritora para algunas publicaciones. Un día, después de graduarme, estaba buscando trabajo en el periódico cuando vi un anuncio en el que mencionaban una agencia y me pregunté qué porque no probaba por esa rama – levantó su pierna y la puso encima de la silla en la que estaba sentada – y aquí estoy cuatro años después.

- ¿Has conseguido publicar algún libro? – le pregunté con curiosidad.

- Claro – me dijo sorprendida – no seguiría en mi puesto si no fuera así. – me explicó -. Empecé como la secretaria de la secretaria de un agente.

- ¿De verdad? – ahora el sorprendido era yo.

- Claro – me dijo ella riéndose – tuve suerte de que al mes de empezar a trabajar, la secretaria para la que yo trabajaba se casara y dejara el puesto para irse a vivir a Las Vegas con su marido, así que sin esperármelo me ofrecieron el puesto y yo acepté. Pasé de hacer fotocopias y buscar cafés a leer escritos y clasificarlos según mi criterio para pasárselos a mi jefe. A Mike le gustaba mucho mi trabajo y habló con nuestro jefe – yo escuchaba anonadado su historia – y me ofrecieron un puesto de agente becada.

- ¿Cómo es eso? – le pregunté sin entender.

- Era agente y tenía secretaria y todo – me dijo riendo – me llegaban escritos pero antes de ponerme en contacto con alguna editorial le tenía que mostrar a mi jefe los que había elegido para que él pudiera dar el visto bueno. Después de estar un mes así me dieron carta blanca para poder intentar publicar los libros que yo quisiera y me dieron oficialmente el título de agente editorial.

- Y al final lo conseguiste – le dije sirviéndome más café.

- Si – me dijo ella. Después se sentó derecha y me miró echando su pelo hacia atrás -. Pero háblame de ti.

- ¿Qué quieres saber? – le pregunté.

- No sé… ¿Por qué quisiste ser cirujano? – me preguntó y yo le sonreí.

- Por el dinero claro – le dije y me reí de la cara que puso.

- Hablo en serio – me dijo ella dándome un golpe en el brazo para que le hablara en serio.

- Mi padre era médico, bueno aún lo es pero ya está jubilado – le expliqué – mi abuela también era médico y el padre de mi abuelo y el abuelo de mi abuela y según tengo entendido la línea sigue.

- ¿Me estás hablando en serio? – me preguntó mirándome buscando algún gesto de que le estuviera mintiendo en mi cara.

- Claro que sí – le dije riéndome –. Mi madre trabajaba fuera durante la semana así que los días que mi padre no tenía programada ninguna intervención me llevaba con él al hospital – le dije recordando los buenos momentos de la infancia – las enfermeras me adoraban. A veces cuando tenían que repartir la comida por las habitaciones me permitían ir con ellas y ayudarlas a empujar el carrito.

- Debías de ser un niño adorable – me dijo ella con una sonrisa tierna en su rostro.

- Lo era puedes estar segura – le dije recordando lo que me decían las enfermeras – aunque también un poco trasto de vez en cuando.

- ¿Sí? – me preguntó curiosa – cuenta, cuenta.

- Pues… - te vas a reír – una vez que se suponía que tenía que ayudar a las enfermeras a empujar el carrito de la comida, pues me entró unas ganas horrorosas de ir al baño y me fui sin decir nada – le conté – cuando volví la enfermera ya no estaba así que supuse que se habría marchado y que no estaría buscándome – me reí – pues bien, sabía que mi padre estaba en urgencias así que decidí bajar a verlo. Me metí en el ascensor y le di al botón de la planta baja pensando que esa era de verdad la planta baja pero me equivoqué.

- ¿Y dónde fuiste?

- Pues acabé en el pasillo de la morgue – le dije viendo su cara sorprendida.

- No – dijo ella horrorizada.

- Si créeme – le dije – nunca había estado en ese pasillo y decidí averiguar que había tras la puerta. Así que me armé de valor y crucé la puerta, lo que vi me dio pesadillas durante un mes.

- ¿Qué viste? – me susurró. Parecía que tenía miedo de lo que le pudiera decir así que le cogí la mano y ella me la apretó.

- Uno de los médicos estaba en ese momento haciéndole la autopsia a una chica y había otros dos cuerpos encima de las mesas – le dije riéndome – yo me quedé bloqueado al lado de la puerta viendo como el hombre levantaba el bisturí y abría la chica, un momento después estaba corriendo y gritando como un condenado.

- No me lo puedo ni imaginar – me dijo ella riéndose a carcajadas.

- Pues si – le dije también riéndome - el forense se dio tal susto que casi se amputa el dedo pulgar a causa de mi grito – me levanté para empezar a recoger la mesa y ella me imitó – me encontró una de las enfermeras subiendo por las escaleras casi sin ver a causa de las lágrimas que brotaban de mis ojos. En cuanto la enfermera me vio me llevó con mi padre.

- ¿Y qué te dijo él? – me preguntó Bella apoyándose contra la encimera de la cocina.

Le llevó un rato entender lo que me pasaba y cuando al fin pudo entenderme se echó a reír en mi cara.

Bella apenas se podía aguantar la risa y yo la miré mal.

- Imagínate – le dije – yo pensaba que acababa de presenciar un asesinato y mi padre se descojonaba de la risa – le dije negando con la cabeza – en ese momento entró el forense en la habitación para hablar con mi padre de lo que yo había causado pero él no esperaba mi reacción.

- ¿Cuál fue tu reacción? – me preguntó intentando controlarse.

- Volví a gritar fuertemente y me agarré al cuello de mi padre – le dije riendo – casi le arranco la cabeza al pobre.

Bella ya estaba doblada por la cintura sin poder para de reír. Yo solo me divertía de la verla así.

- Les llevó un buen rato explicarme a lo que él forense se dedicaba pero aun así no me fiaba de él – le expliqué – me llevé un mes teniendo pesadillas y al final, mi padre harto de levantarme por las noches llorando, me llevó contra mi voluntad hacia la morgue y me mostró los cuerpos haciéndome entender que esas personas ya estaban muertas y que el forense lo único que hacía era investigar el por qué había ocurrido esa muerte.

- ¿Lo entendiste? – me preguntó y yo asentí - ¿Qué edad tenías?

- 7 años le dije.

- Oh – me dijo ella con ternura acercándose a mí para abrazarme – eras tan pequeño.

- Si que lo era – le dije rodeando su cintura con mis manos.

- ¿A qué se dedica tu madre? – me preguntó – has dicho que entre la semana estaba fuera.

- En ese momento nosotros vivíamos en Boston y mi madre trabajaba como diseñadora de interiores en Nueva York – le contesté sin apartarme de ella – nos mudamos poco después de ese incidente.

Nos quedamos abrazados en silencio por unos minutos, oliendo la esencia de cada uno.

- Debería marcharme – dijo ella y yo me tensé. Ella debió notarlo pues explicó – para ducharme y arreglar un poco mi casa. Podemos quedar para almorzar.

- Si eso me encantaría – le dije - ¿En tu casa?

- Si – me dijo separándose de mí – son las once así que vente sobre la una, ¿de acuerdo?

- Si – le dije sonriendo y acercándome a ella para besar sus labios.

Ella se marchó después de recoger sus cosas. Yo me dediqué a limpiar la cocina y arreglar mi dormitorio pues como le había dicho era un hombre bastante limpio. Estaba por meterme en la ducha cuando mi busca sonó y el mundo se me vino encima. Solo había un motivo por el que ese cacharrito endemoniado sonaba y ese motivo era trabajo.

Miré el identificador y vi que era del hospital. Cogí el teléfono de mi casa y marqué el número que tan bien conocía.

- Hospital Memorial de Nueva York – me contestó la oficinista - ¿en qué puedo ayudarle?

- Soy el doctor Edward Cullen – le dije.

- Oh Doctor Cullen acabo de llamarlo al busca – dijo la oficinista, creo que era Emma – le pasó con el Doctor Franklin.

- De acuerdo – le dije esperando a que mi colega contestara la llamada.

- Cullen ¿estás ahí? – escuché que Franklin preguntaba.

- Si – le dije.

- Te llamaba porque el Doctor Hewitt no podrá venir hoy al trabajo y tenía el turno de las cuatro hasta las ocho de la mañana – me explicó Franklin – pensaba que tú estarías libre como me dijiste que no harías nada especial esta noche.

- Yo… - me detuve sin saber que decirle aun que en el fondo sabía que no podía negarme. No si quería que me dieran un horario más fijo. – está bien, estaré allí a las tres y media.

- ¿Ocurre algo Edward? – muy pocas veces me llamaba por mi nombre completo.

- No solo que anoche conocí a una chica y había quedado para almorzar con ella – le expliqué pasándome la mano por el pelo – pero no pasa nada siempre puedo irme un poco antes y verla mañana.

- Lo siento Edward – me dijo y lo noté sincero – eres el único al que podía llamar y sabes que si sigues así en muy poco tiempo podrás tener un horario en condiciones.

- Lo sé – le dije frustrado – y créeme que solo por eso lo hago.

Unos segundos después colgué el teléfono y me dirigí a la ducha. No quería desperdiciar mi tiempo con ella así que me arreglé lo más rápido que pude y me dirigí a su casa. Aún no era la una pero si no iba a poder estar con ella más de dos horas no iba a desperdiciar ni un minuto.

Bella me abrió la puerta sorprendida de verme ya allí.

- Aun no son la una – me dijo dejándome pasar a su apartamento. Su casa era bonita. Paredes pintadas de verde oscuro y sofás amarillos. Todo de vivos colores.

- Lo sé – le dije dándole un beso al entrar y fijándome en su atuendo. Llevaba puesto unos shorts vaqueros cortos y una camiseta de manga corta roja. Encima de esta llevaba una camisa a cuadros abierta negra y roja. Iba descalza. – me han llamado del hospital. Tengo que estar ahí a las tres y media.

- Oh – su rostro se puso triste -. Bueno no pasa nada, siempre podemos quedar otro día.

- No digas tonterías – le dije cogiéndola por la cintura y acercándome a ella – me quedare a comer y luego me iré.

- Bien – nos besamos apasionadamente y luego nos separamos pues ella decía que se le iba a quemar la comida.

Al parecer había preparado chili y yo no estaba muy seguro sobre la comida picante pero no puse ninguna objeción más cuando olí el aroma que desprendía la olla donde estaba terminando de cocinarla.

Mientras ella terminaba en la cocina yo me dediqué a poner la mesa para nosotros dos. Tenía una casa muy bien decorada, seguro que a mi madre le gustaba. Cuando la comida estuvo lista nos sentamos a comer en un cómodo silencio.

- Esto está muy bueno – le dije cuando lo probé. No estaba muy fuerte y eso me gustaba.

- Gracias – me contestó con una sonrisa nerviosa -. ¿A qué hora termina tu turno?

- A las ocho de la mañana – le contesté.

- ¿A las ocho de la mañana? – me preguntó sorprendida.

- Si – le dije riéndome de su cara.

- Si quieres… no sé podrías venir y desayunamos juntos – ofreció – yo no entro a trabajar hasta las diez y para la hora que tú regresas yo ya podría tener el desayuno preparado.

- Eso me encantaría – le dije con una gran sonrisa – te dije que yo siempre querría estar a tú alrededor.

- ¿Mañana también trabajas? – me preguntó mientras comía.

- Si – le contesté encogiéndome de hombros – entro a las cinco pero salgo a las doce.

- Ahh – me dijo nerviosamente. Parecía que quería decirme algo.

- ¿Qué ocurre? – le pregunté cogiéndola de la mano.

- Me preguntaba si tal vez podría ir a tu casa mañana por la noche o venir tu aquí y.. dormir juntos o algo – me dijo sonrojándose. Yo me levanté de mi asiento y me acerqué a ella. La levanté de la silla y le di un gran beso.

- Gracias – le dije cuando termine de besarla.

- ¿Por qué? – me preguntó.

- Por quedarte a mi lado – le dije sin poder dejar de mirarla. Ella se echó a reír.

- No podría alejarme de ti ni aunque quisiera así qué acostúmbrate a tenerme a tu alrededor por mucho tiempo – yo le sonreí y sin poder contenerme le di un fuerte abrazo.


Este es un poco más largo que el anterior y espero que os guste igual o más.

Haré uno o dos capítulos más sobre esta historia.

Me inspiré para escribir el primer cap. en la canción del grupo Los Rebujitos ``La chica de al lado´ ´.

Si lo vais a escuchar en Youtube no ver el videoclip tan solo escuchar la canción.

Muchas gracias por los comentarios, las alertas y los favoritos, la verdad es que hacía mucho tiempo que no escribía nada y no sabía como iba a quedar y que os gustara me hizo mucha ilusión.

Muchos besos y Buenas noches.