Capítulo 2

Su deseo no le fue concedido. Al regresar a la casa, Irina, enfundada en un traje de baño con lentejuelas y evidentemente diseñado más para exhibir su cuerpo perfecto junto a una piscina que para nadar, le preguntó a Edward si podía buscarle un sitio en el helicóptero al día siguiente.

—Creía que te esperaban asuntos de los que ocuparte.

—No, soy toda tuya —respondió la mujer mayor, al parecer ajena a la evidente indirecta—. Y el personal ha vuelto, de modo que no tendrás que desaparecer en la cocina. Los dos sois tan excéntricos —murmuró, moviendo la cabeza antes de suplicarle con sonrisa sensual que le aplicara un poco de protección solar en la espalda.

Bella se puso rígida e instintivamente cerró los dedos con fuerza al imaginar las manos de Edward en la piel suave y cálida de la otra mujer.

—No creo que corras peligro de quemarte, Irina. Apenas hace treinta grados.

Con una rápida sonrisa dirigida a la otra mujer, Bella lo siguió al interior.

—No debes ser tan grosero con Irina —murmuró.

Él enarcó una ceja.

—¿Deseas que aplique crema a otras mujeres? No lo creo. Vi tu expresión. Si lo hubiera intentado, la habrías tirado a la piscina —no sonó molesto con el descubrimiento.

Bella se sonrojó.

—No, te habría tirado a ti, pero se trata de Irina… para ella no significan nada esos coqueteos —«sé tolerante», se dijo. «Sé tolerante»—. Es así con todos los hombres.

Él hizo una mueca de desagrado.

—Quieres decir que se insinúa con todos los hombres.

Bella abrió mucho los ojos. Se llevó una mano al estómago, sintiendo unas súbitas náuseas.

—Ella nunca… ¿lo ha hecho contigo?

—Un caballero no habla de esas cosas.

—De modo que te permite desahogarte…

Edward soltó una carcajada.

—No es mi tipo, cara —prometió, acariciándole una mejilla—. Y no necesitas preocuparte por sus sentimientos. Posee la piel de un rinoceronte. Salvo que la pongamos de patitas en la calle, la tendremos aquí hasta mañana. Supongo que no nos queda más opción que sonreír y tolerarlo.

Durante la cena, Edward mostró poca inclinación a seguir su propio consejo, de modo que recayó en ella ser cortés.

A los postres, y después de soportar una aburrida y extensa descripción de la gente famosa con la que había tratado en una reciente gala benéfica, Irina dijo:

—Espero que puedas prestarme a tu marido sólo unos minutos. Es para hablar de unos aburridos temas financieros… —miró a Edward con curiosidad—. Siempre y cuando no sea demasiada molestia…

Por un momento Bella pensó que Edward iba a decir que sí, que sería una gran molestia, pero se puso de pie con una actitud de educada resignación.

—¿Es urgente?

—Bueno, probablemente tú no lo considerarías urgente, pero a mí me ha estado preocupando.

—¿Quieres venir a mi despacho? —miró a Bella.

—Yo esperaré aquí.

Irina se alisó la falda impecable y palmeó la mano de Bella.

—No te preocupes, sólo lo entretendré un minuto.

Ese minuto se extendió a una hora mientras seguía sola en la mesa del comedor bebiendo café. Cuando apareció la doncella, rechazó otra taza y con una sonrisa le indicó que podía recoger todo.

Transcurridos otros cinco minutos, decidió que lo mejor era irse a la cama. Al pasar ante la puerta del despacho de Edward, oyó unas risas que no parecían ser provocadas por temas financieros antes de anunciarles su intención de retirarse.

—¡Subiré en un momento! —repuso él.

Resultó que su cálculo del tiempo fue tan impreciso como el de Irina. De hecho, era medianoche cuando se reunió con ella en el dormitorio.

Al oír sus pisadas en el pasillo, Bella se metió en la cama y recogió una revista de la mesilla.

—¿Qué quería?

Consciente de que era una de esas situaciones en las que podría resultar demasiado fácil sonar como una esposa celosa, tuvo cuidado de que nada en sus gestos o actitud sugiriera que consideraría importante la respuesta de Edward.

A pesar de que había dedicado la última hora a ir de un lado a otro de la habitación, comprobando constantemente las manecillas del reloj. No es que estuviera celosa de Irina, y tenía la convicción de que él no consideraba a la mujer mayor de esa manera, pero poseían una historia de la que ella no formaba parte, recuerdos que no compartía.

Irina había sido amiga íntima de la madre de Anthony, Tanya. ¿Quizá la conversación en el despacho había girado en torno a ésta?

Así como cada fragmento de información que había podido obtener de Irina había confirmado su sospecha de que Tanya había sido el amor de la vida de Edward, una veta de masoquismo que hasta ese momento desconocía que tenía hizo que anhelara detalles, a pesar de que cada prueba de lo especial que había sido el amor que se habían profesado sólo sirviera para torturarla.

Edward gruñó.

—Cosas sobre unas acciones, en absoluto urgentes.

No podía decirse lo mismo sobre su deseo de unirse a su esposa en la cama. La luz de la mesilla resaltaba el dorado del cabello y hacía que el camisón pareciera casi transparente. Su cuerpo se endureció al mirarla; esas curvas finas y esbeltas jamás fracasaban en excitarlo.

—Al fin —dijo, acercándose a la cama mientras ella permanecía sentada con los brazos alrededor de las rodillas— te tengo toda para mí.

—Este fin de semana fue idea tuya —le recordó.

—Fue una mala idea —se desabotonó la camisa y se sentó a su lado. Quiso quitar la revista de en medio, pero Bella, viendo la portada, intentó arrebatársela—. ¿Qué estás leyendo que no quieres que vea?

—Nada, nada, dámela, Edward.

La ansiedad en su voz provocó que él frunciera el ceño. Se echó para atrás con la revista en la mano y le dio la vuelta. La sonrisa burlona se desvaneció. Era una revista médica.

Ella suspiró.

—Oh, de acuerdo. No quería contártelo de esta manera, pero el médico me sugirió que leyera este artículo…

—¿Artículo? —bajó la vista. La portada anunciaba las últimas investigaciones en un medicamento nuevo para el cáncer de mama.

Sintió como si alguien le arrancara las entrañas y le estrujara el corazón con una mano helada.

—¿Qué sucede? —preguntó, diciéndose que sus sentimientos no importaban. Eso tenía que ver con Bella y él debía mantenerse fuerte y positivo para ella.

Ella giró la cabeza.

—Nada. No sucede nada.

Le tomó el mentón con la mano y le alzó el rostro hacia él al tiempo que se acercaba.

—Eres una mentirosa horrible —rezó para que no fuera verdad—. Escucha, sea lo que fuere, podemos enfrentarlo juntos… Nunca hay que perder la esperanza… siempre están aportando curas nuevas para… —calló y respiró hondo. Se repitió que debía mantenerse positivo—. El cáncer sólo es una palabra.

Ella soltó una exclamación y de repente lo entendió.

—No… no, no es nada de eso. Te lo prometo, Edward, no estoy enferma.

—¿No?

Al asentir con vehemencia, él soltó un suspiro de alivio y encorvó los hombros a medida que lo recorría el alivio más intenso que había experimentado en la vida.

—¿Estás segura?

Ella le tomó ambas manos e incorporándose sobre las rodillas, frotó su nariz contra la de él.

—Totalmente.

La atrajo hacia sí y la besó con ardor en los labios suaves y entreabiertos.

—Como vuelvas a hacerme eso —prometió al soltarla—, te estrangularé —el deseo penetró en sus ojos al posarlos sobre la pálida garganta—. ¿Lo entiendes?

Bella asintió despreocupada.

—Lo entiendo.

—Una vez aclarado que no te me estás muriendo… ¿qué haces leyendo esa revista?

Lo miró, y en sus ojos verdes centelleó un entusiasmo contenido.

—Léelo tú —abrió el ejemplar y clavó el dedo en el texto que quería que leyera antes de entregárselo.

No tardó mucho en acabar con el artículo relevante. Luego cerró la revista y la dejó sobre la cama. El artículo trataba sobre el porcentaje de éxito de un nuevo tratamiento para la fertilidad que, así sugería, ofrecería esperanza a las mujeres que antes no la habían tenido.

—¿Y bien? —preguntó ella entusiasmada—. ¿Qué piensas? Buscan a mujeres cualificadas para la siguiente prueba clínica. Sé que no hay garantías, pero…

Él la cortó.

—¿Esto es lo que tanto te ha preocupado? —movió la cabeza y la tomó en sus brazos, acariciándole el cabello fragante mientras le recordaba—: Antes de casarnos, Bella, te dije que no quería hijos.

—Sé lo que dijiste y fue amable…

—No fue amable; fue la verdad.

Se apartó de él y lo miró ceñuda y aturdida, y con gesto impaciente se retiró una lágrima solitaria de la mejilla.

—De verdad no quieres hijos —luego añadió como para sí misma—: No, no puede ser correcto. Te he visto con Alberto y con otros niños. Eres estupendo y…

—Un bebé representa mucho trabajo. Los bebés te quitan tu vida social, cara. Llámame egoísta… pero no quiero llegar a casa para ver a una esposa demasiado extenuada como para hacer algo más que arrastrarse a la cama.

Lo miró como si le hubiera salido una segunda cabeza.

—No hablas en serio, Edward.

—No soy yo quien ha cambiado de idea —le recordó con dureza—. Eres tú.

—Pensé que te sentirías complacido de que existiera una posibilidad —las lágrimas y la desilusión le ahogaron la voz—. Rosalie le va a dar a Emmett un bebé, yo quiero…

—No somos Rosalie y Emmett. Los casos no son similares.

—¿Crees que no lo sé? —repuso con voz carente de toda expresión.

—Yo ya tengo un hijo —al que contento habría protegido con la vida… tal como había hecho su madre.

Ese conocimiento le dio fuerzas para resistir la súplica en los ojos de Bella. Claro que sabía que nadie lo culpaba de la muerte de Tanya, y racionalmente él mismo reconocía que no había sido culpa suya, pero el hecho era que si no hubiera sido lo bastante irresponsable como para dejarla embarazada, de que si no la hubiera persuadido de casarse con promesas de un estilo de vida lujoso y no la hubiera convencido de que no abortara, aún estaría viva.

A Bella le tembló el labio inferior y también la voz.

—Pero podríamos tener un bebé nuestro. Yo no tengo un hijo. Yo no tengo un bebé. El doctor me ha dicho que en los últimos años ha habido avances increíbles en el campo de la fertilidad.

—Y has ido a ver a un especialista a mis espaldas… —bloqueó su creciente sentimiento de culpabilidad con indignación.

—No me mires de esa manera.

—¿Cómo? —instó él con frialdad.

Le lanzó una mirada desesperada.

—¡Creo que habrías sido más feliz si te hubiera revelado que estaba teniendo una aventura! —acusó ella.

Otro hombre… era gracioso… los labios siguieron temblándole como al borde de la histeria.

Edward la observó con rostro pétreo. Que otro hombre pudiera tocar a Bella no hacía que tuviera ganas de reír, ni siquiera de sonreír. Encendió una furia interior.

Ella suspiró y movió lentamente la cabeza. Realizó un esfuerzo consciente para frenar el creciente antagonismo.

—No actué a tus espaldas… sólo quería obtener información antes de hablarlo contigo. No veía motivos para despertar tus esperanzas, y el médico me dijo que…

La cortó. No quería oír lo que le había dicho ningún médico. Había sido un médico quien le había informado de que la diabetes que Tanya había desarrollado durante el embarazo no era causa de preocupación. Le había expuesto que la diabetes durante la gestación era común y que rara vez representaba un problema tras el nacimiento.

Y como un idiota él lo había creído.

Lejos de desaparecer tras el parto, el estado de Tanya había empeorado hasta convertirla en una persona dependiente de las inyecciones diarias de insulina. Y una vez más él se había dejado convencer por la confiada afirmación médica de que no había razón para que no llevara una vida plena y normal.

Tres meses más tarde la había enterrado después de morir de una sobredosis accidental de insulina.

—Creía que nuestro matrimonio se basaba en la verdad.

—No, nuestro matrimonio… —se contuvo y se levantó de la cama… ¡de lo contrario lo habría estrangulado!— ¿Qué me dices de lo que yo quiero, Edward, de lo que yo necesito? —se enfundó una bata y se dio la vuelta para mirarlo desafiante.

—Pensaba que yo te daba lo que querías y necesitabas.

—Quiero este bebé.

—No hay bebé, Bella.

—Podría haberlo, ¡podría! —exclamó, frustrada por su negativa a tomar en consideración siquiera lo que le decía.

—Conozco a personas que han seguido ese camino. Se obsesionaron, creó mucha tensión en su relación, por no mencionar la tensión emocional y física que sufre la mujer por tratarse con un montón de elementos químicos.

—Algunas personas consideran que vale la pena… y si jamás lo intentas, siempre te preguntarás qué habría podido pasar.

—Es una decisión que jamás querré tomar. Además, por lo que me has contado, las probabilidades de que te quedes embarazada son remotas —se dijo que, si hacía falta un enfoque brutal para que lo entendiera, que así fuera.

Bella apretó los puños contra su estómago.

—Pero sí que hay una probabilidad —no podía creer que no fuera capaz de ver que debía hacerlo. La mano helada que le atenazaba el corazón apretó más al ver el lento movimiento negativo de su cabeza.

—No sirve de nada que supliques, Bella. No te daré un bebé.

La invadió la furia, descargando adrenalina en su torrente sanguíneo. Quizá no era que no quisiera un bebé… sino su bebé.

—Entonces puede que encuentre alguien que lo haga.

Si él hubiera reaccionado con indignación, si hubiera hecho cualquier cosa menos soltar una carcajada, tal vez se habría calmado… pero se rió.

—¿Crees que no lo haría?

Dejó de reír.

Bella tembló cuando sus ojos se encontraron. Jamás los había visto tan fríos.

—Sé que no lo harías —porque si sorprendía a un hombre cerca de su mujer, ¡se cercioraría de que jamás pudiera volver a acercarse a ella!

Ella entrecerró los ojos verdes con igual frialdad.

—¿Estás seguro? —comentó con tono casual—. ¿Qué sabes? Después de todo, el infalible Edward Cullen lo sabe todo, ¿no?

—¿Qué haces? —preguntó él al verla ir de un lado a otro de la habitación, abriendo puertas y cajones con el fin de sacar su contenido y meterlo en una maleta.

—Hago el equipaje.

Él soltó un bufido desdeñoso.

—Estás siendo ridícula —no iba a irse.

De un cajón, Bella extrajo su pasaporte.

—No, al fin he dejado de ser ridícula. ¡Debí de estar loca para casarme contigo! Eres el hombre más egoísta que he conocido jamás —espetó con voz estrangulada—. Me llevaré un coche. Lo dejaré en el aeropuerto.