Capítulo 3
No había habido duda alguna sobre dónde iría. Cuando tenía problemas sabía que su mejor amiga, Alice, le daría la bienvenida y no la presionaría con preguntas hasta que estuviera preparada para responderlas.
Sus actos eran tan predecibles que ni siquiera podía fingir que el silencio de Edward se debía a la incapacidad de localizarla.
No podía imaginar que la buscaba con desesperación. Lo único que Edward hacía era soslayar el hecho de que ella existía, el conocimiento de que tenía una esposa.
Reflexionaba sobre su aparente indiferencia cuando sonó el teléfono.
Por un momento, se quedó quieta y miró el aparato como si se tratara de una serpiente venenosa.
Le estaría bien merecido que lo ignorara.
Pero incluso antes de acabar ese pensamiento, se lanzó hacia el aparato. Le tembló la mano al levantar el auricular.
—Hola —apenas pudo decir debido al bloqueo emocional que le cerraba la garganta.
La sonrisa se desvaneció de su cara al comprobar que se trataba de una llamada comercial con la que querían venderle algo.
Con los hombros encorvados, se hundió en el sofá de Alice.
Miró el reloj y no pudo creer que aún sólo fueran las tres.
Cada minuto agónico del día interminable le había parecido una hora. El anhelo melancólico se convirtió en dolor al permitir que los pensamientos sobre Edward le invadieran la mente.
«Tú te fuiste», se recordó.
Y él no la había seguido. Jamás le perdonaría eso.
«¿Qué vas a hacer, Bella?», se preguntó. «¿Pasar el resto de tu vida pegada al teléfono por si recuerda que tiene una esposa?» Era evidente que él había seguido con su vida. ¿No era hora de que ella hiciera lo mismo?
Una cosa era segura. Si quería retener un ápice de amor propio, no podía quedarse sentada de esa manera tan patética.
Debería empezar a trazar planes para su futuro como mujer sola. Por suerte tenía buenas cualificaciones y no le costaría ganarse la vida, aunque eso significara que al principio tuviera que trabajar para una agencia.
Encendió el televisor.
La pantalla se llenó con el rostro de una mujer bien vestida que presentaba las noticias de ese canal.
—En el primer aniversario de la tragedia…
Bella abrió mucho los ojos cuando la mujer fue reemplazada por una imagen reminiscente de una zona de guerra… la pantalla se llenó con una devastación total, metal retorcido, sirenas aullando, hasta que apareció la cara ensangrentada de un hombre aturdido que alababa los servicios de urgencias.
La voz en off dijo: «Va a celebrarse un acto conmemorativo».
Puso expresión de consternación. Como superviviente, Edward había sido invitado, pero, siendo un firme creyente en vivir en el presente y mirar hacia el futuro y no el pasado, una actitud algo irónica para alguien que jamás se había recobrado de la muerte de su primera mujer, con educación había declinado asistir.
«Lo había olvidado…» Con risa incrédula, se preguntó cómo había sido posible.
¿Cómo había podido olvidar el día que había cambiado tantas vidas? Y no sólo las de las víctimas. Esas tragedias tenían un efecto expansivo, aunque en su caso la onda que la había atrapado y la había arrastrado hasta Italia había sido como una marea.
Oficialmente había sido su día libre, pero en cuanto el hospital en el que había trabajado fue puesto en alerta roja tras la detonación de una bomba en una calle atestada, la habían llamado tanto a ella como al resto del personal esencial que libraba.
El joven Alberto Cullen había sido uno de los heridos y a ella la habían designado como su enfermera. Al mirar el reloj justo cuando se abrían las puertas para admitir la camilla del joven, se había quedado atónita al comprobar que llevaba trabajando ocho horas seguidas.
—Bella, ¿cuándo fue la última vez que te tomaste un descanso?
Se había vuelto para sonreírle al enfermero jefe, John Stewart. Las bolsas bajo sus ojos azules se habían duplicado desde el día anterior. Se preguntó si parecería tan cansada como él.
—Mi paciente acaba de llegar, John. Esperaré hasta que lo hayan ingresado en una habitación —bajó la vista para leer el nombre que habían escrito en el historial—. Cullen —dijo en voz alta—. ¿Crees que se trata de otro turista?
—Puede. Suena extranjero.
—Me pregunto si hablará inglés —dijo, tratando de anticiparse a cualquier posible problema, sin siquiera sospechar que un problema de un metro noventa que cambiaría su vida entraba en ese momento en la sala.
—Bueno, si el pequeño no lo habla —musitó el enfermero jefe señalando con la cabeza hacia la puerta—, él sí. ¿Crees que se trata del padre…?
—¿Quién…? —Bella se volvió y calló, abriendo mucho los ojos al ver la causa de los comentarios del enfermero agotado.
No era un hombre que pudiera pasar desapercibido. Junto a la camilla, se movía con una gracia fluida que por lo general ella asociaba con atletas o bailarines.
El polvo y la suciedad que recubrían su cara y pelo lo señalaban como a uno de los heridos leves.
Por un momento lo observó boquiabierta, ¡y no había sido la única en olvidar su profesionalidad! Sencillamente, era el hombre más atractivo que jamás había visto. Hasta aquel momento sólo había leído sobre los hombres parecidos a él… de hecho, había leído sobre ese mismo hombre en particular, porque su joven paciente resultó ser nada menos que el hijo de Edward Cullen.
¡Y prácticamente todo occidente había leído sobre él!
A menos de dos metros de ella, no le había costado comprender por qué fascinaba a los medios de comunicación. Probablemente, había unos cuantos aristócratas italianos que podían rastrear su linaje hasta muchos siglos atrás, pero sólo uno había levantado un imperio financiero casi de la nada. Y menos aún que encajara con la imagen que tendría una persona corriente de semejante hombre.
Pero Edward Cullen sí.
Tenía el desdén, los ojos centelleantes, los pómulos prominentes y la boca carnosa y sensual. El cuerpo extraordinario, musculoso, alto y de hombros anchos.
Y también cualidades menos definibles, como el atractivo sexual puro y sin diluir. Reacia a reconocerse a sí misma que había sido esa cualidad la que la había paralizado de forma momentánea, achacó a la extenuación esa sensación de ingravidez mental que había experimentado al verlo.
—Ten cuidado con las preguntas que te puedan hacer por teléfono, Bella. En cuanto la prensa se entere, aparecerán por aquí como buitres. Y si él te da algún problema, le dices que vaya a verme a mí.
—No te preocupes, John, puedo manejarlo.
¡Y de hecho en su momento lo creyó!
Pero no era la primera en cometer ese error fatal, aunque habría preferido perder la blusa con él y no el corazón.
De pronto la mirada de él se había posado en ella y fue como si la bañara una oleada de calor que al retirarse la dejó trémula, reaccionando con impotencia al magnetismo sexual de depredador que emanaba de ese hombre extraordinario.
En cuanto su mirada siguió con el recorrido del entorno, su cerebro había empezado a funcionar otra vez y pudo situar la reacción improcedente en perspectiva.
Era evidente que se debía más a la fatiga que a algo hormonal. Ni siquiera era la clase de hombre que encontraba atractivo. Jamás le había atraído la arrogancia.
Después de esa ligera vacilación, fue hacia él, y al llegar a su lado comprendió que debía de haber hecho caso omiso del personal médico, ya que no podía creer que nadie en el hospital no le hubiera sugerido, por no decir ordenado, que le suturaran la herida abierta que tenía en la frente.
Y sólo el cielo sabía lo que podía haber oculto, aparte de la piel bronceada, debajo de la ropa desgarrada y manchada de sangre. Pensó que si le daba un tirón a esa camisa, podría averiguarlo, ya que sólo se mantenía unida por un botón a la altura de la cintura. ¡Dejaba tan poco a la imaginación!
Poseía la gracilidad natural y la fina definición muscular que pocos, como los atletas que vivían de sus cuerpos, podían alcanzar alguna vez.
De un hombre que dedicaba su tiempo a ganar dinero se podía esperar que tuviera exceso de peso alrededor de la cintura. Mirando la suya, pudo comprobar que estaba lisa como una tabla.
—Hola, me llamo Bella Swan —le dedicó su entrenada sonrisa de consuelo, pero no obtuvo respuesta—. Seré la enfermera que cuidará de Alberto. Segundo cubículo —le indicó al hombre que esperaba junto a la camilla—. Si quiere esperar fuera, alguien vendrá a buscarlo cuando Alberto esté instalado.
—No.
Bella parpadeó.
—¿Disculpe…?
—¿Tiene problemas de oído? —preguntó él con sarcasmo.
La sonrisa de ella vaciló al recordarse que la gente reaccionaba a la conmoción y los traumatismos de distintas maneras. Algunas se volvían agresivas, otras desagradables… y de vez en cuando se encontraba a alguna que combinada las dos.
Aunque eso no marcaría diferencia alguna en cómo lo trataría. Para ella, era el padre de un paciente. La cuenta bancaria que pudiera tener no era más relevante que la exagerada extensión de sus pestañas.
—He dicho que no, que no quiero esperar fuera —dejándola allí, fue detrás del encargado de la camilla.
Con una mueca de arrepentimiento, observó esa espalda ancha. «Bien, Bella», se dijo, «ya has dejado clara tu autoridad. No le cabe ninguna duda de quién manda aquí».
John, que ya estaba acostumbrado a tratar con gente autoritaria, se le acercó y enarcó una ceja.
—¿Va todo bien, Bella?
—Absolutamente.
La irritación que le inspiraba ese italiano se evaporó al acercarse a la cama y ver su expresión de perfil mientras miraba la figura inconsciente del niño. En otras ocasiones ya había visto un miedo visceral y observado a la gente luchar para contenerlo.
Experimentó una oleada de empatía… Edward Cullen estaba viviendo su propia pesadilla.
