Capítulo 4

Los ojos oscuros se dirigieron brevemente en su dirección mientras desenroscaba un goteo intravenoso antes de centrarse otra vez en el niño acostado.

—Tengo entendido que tardará un tiempo en recobrar la consciencia…

Estaba acostumbrada a tratar con padres llorosos y angustiados, pero ese hombre no encajaba en esa categoría… y sospechaba que en ninguna otra.

Al menos superficialmente, parecía absolutamente tranquilo.

No pudo verle la cara al inclinarse para apartar un mechón de pelo de la frente pálida de su hijo, pero sí notó el leve temblor de los dedos bronceados.

—Son cosas difíciles de predecir.

—Inténtelo —indicó él secamente—. Y, por favor, quite esa expresión de su cara —añadió sin mirarla.

Bella se sintió culpable y se preguntó si tener ojos en la nuca era el secreto de su éxito.

—No necesito consuelo. Necesito respuestas —su distanciamiento clínico subió un peldaño cuando añadió enfadado—: Tampoco necesito que me lo dé digerido con palabras fáciles. Puede que no sea médico, pero no soy imbécil.

Sus modales no la ofendieron. Ya había tratado con padres ansiosos, aunque con ninguno que pareciera un ángel caído.

En ese instante no importaba el dinero que poseyera o los contactos que tuviera. En ese momento sólo era un padre preocupado y su trabajo era cerciorarse que el hijo se recobrara y el padre dejara de preocuparse.

Y ella era buena en su trabajo.

—Estoy segura de que los médicos ya le han explicado la situación.

Su tono tranquilizador que había calmado a tantos pacientes no surtió efecto visible en ese hombre. La silenció con un movimiento imperioso de la cabeza.

—¡Los médicos hablan y no dicen nada! —exclamó disgustado.

—Y usted cree que sería más fácil intimidar. Lo siento, no funciona de esa manera.

Él enarcó una ceja oscura y asombrada y musitó algo en italiano. Bella se afanó en mantener la sonrisa serena cuando esa mirada entornada se posó en ella como si la viera por primera vez.

Tuvo la clara impresión de que no quedaba muy impresionado con lo que veía.

—¿Cree que soy un bravucón?

Era bastante evidente que le importaba un bledo lo que pensara de él. Empezaba a dudar de que le importara lo que cualquiera creyera de él. Pero sí sonó sinceramente curioso.

—No puedo saberlo, pero lo que sí sé es que es un padre preocupado —su mirada se suavizó al mirar la cara del niño—. ¿Sabe?, el pequeño está en el lugar adecuado.

—Es una pena, enfermera, que no estuviera en el lugar adecuado a las dos de esta tarde —respiró hondo, giró la cabeza y se pasó una mano por los ojos, como si quisiera desterrar las imágenes de la pesadilla que bailaban en su cabeza.

—Escuche, ¿hay alguien con quien pueda ponerme en contacto por usted? —no era un momento para estar solo.

—Soy más que capaz de hacer una llamada telefónica si lo necesitara.

Estaba claro que también era más que capaz de mostrarse grosero si consideraba que alguien había entrado en territorio personal.

—Bien —aceptó, aunque se arriesgó a recibir otro corte al añadir—: ¿La madre de Alberto o…?

Él bajó la mano y la miró con frialdad, condensando en una frase corta lo que debía haber sido un acontecimiento desolador en su vida.

—La madre de Alberto está muerta.

—Lo siento.

—Y para ahorrarle la molestia, no es una noticia que le pueda interesar a la prensa. Es antigua. Los medios ya la agotaron.

Tardó unos segundos en asimilar las implicaciones. Cuando lo hizo, sus mejillas se encendieron de indignación.

Con sonrisa forzada, clavó la vista en los ojos de él.

—Puedo asegurarle, señor Cullen, que al igual que yo, todo el personal del hospital se toma muy en serio la confidencialidad del paciente.

—La he enfadado.

Sonó sorprendido… ¿Cómo demonios esperaba que se sintiera? Prácticamente le había dicho que vendería su alma si el precio era el adecuado. Apretó los labios.

—No estoy enfadada —mintió.

Su negativa pareció divertirlo.

—La voz ha sonado bien, pero tiene que trabajar más en los ojos… son muy expresivos —la miró—. No pretendía insultarla, enfermera… —desvió la vista a la placa identificativa—… Swan. No es nada personal —añadió—. Todo el mundo tiene su precio.

—Si creyera eso, me sentiría demasiado deprimida para levantarme por la mañana, señor Cullen. Hay una máquina de café en la sala de espera para los familiares —añadió con la esperanza de que un tema impersonal le agradara a ese hombre cínico con alergia obvia a la simpatía—. ¿Si desea ir allí mientras pongo cómodo a Alberto…?

—No me hacen falta refrescos y prefiero verla enfrentándose a mí que tratando de consolarme.

—¡No pretendía enfrentarme a usted! —protestó—. Ni consolarlo. De hecho, intentaba ser prudente. Será más fácil atender a su hijo si usted… bueno, no se encuentra presente —apenas pudo contener un escalofrío ante la idea de que esos ojos oscuros siguieran cada uno de sus movimientos.

Giró la cabeza. La sonrisa de sus labios no llegó a sus ojos.

—Admiro su candor —comentó con cualquier cosa menos admiración—. Y permita que le devuelva el cumplido siendo también completamente franco. No me preocupa lo más mínimo hacerle la vida más fácil ni el protocolo del hospital.

Una voluntad férrea la ayudó a mantener la expresión impasible. Le costó. Le resultó imposible no sentirse conmovida por la evidente devoción que sentía por su hijo, pero por Dios que ese hombre dificultaba la convivencia.

—A los parientes a menudo les resulta muy angustioso ver a sus seres queridos…

La cortó con voz que irradiaba impaciencia por todos lados.

—Fue angustioso verme obligado a sacar a mi hijo de entre los escombros.

El recordatorio de la dura experiencia por la que acababa de pasar hizo que se sintiera avergonzada por perder la objetividad. No tenía excusa por permitir que los sentimientos personales, en especial el antagonismo, influyeran en ella en el lugar de trabajo.

—Debió de ser terrible —musitó.

Como si no hubiera oído su comentario, Edward se miró las manos llenas de tierra y sangre durante varios segundos antes de mover la cabeza.

Preguntándose qué imágenes trataba de desterrar, Bella experimentó una oleada de simpatía que supo que era mejor no expresar.

—Ver cómo le toma la tensión… —comentó él de repente—… es algo a lo que puedo enfrentarme sin desmayarme.

Deseó poder compartir su seguridad. Era evidente que ese hombre estaba funcionando por la adrenalina y poder de voluntad. La primera no era inagotable y en algún momento iba a golpearlo.

Aunque no parecía que en ese momento.

Lo vio mover los hombros para tratar de relajarlos un poco y la observó pensativo; luego, sin decir una palabra, apartó la silla pegada a la cama para brindarle un poco de espacio libre.

—No me interpondré en su camino, pero no me marcharé.

Le pareció inútil insistir en el tema, ya que ese hombre tenía tanta flexibilidad como una pieza de granito.

Gruñó una especie de aprobación y pasó a su lado.

En cuanto se puso a trabajar y a centrar su atención en lo que realmente tenía que hacer, se sintió aliviada de poder relegar todos los pensamientos impropios con ese hombre. ¡Ni siquiera sabía cómo habían llegado allí!

Le agradó descubrir que el examen del niño italiano no daba causa alguna de preocupación. Mirando una última vez la cara pálida del pequeño, le apartó un mechón de pelo negro de la cara y murmuró:

—Por el momento, ya hemos terminado, Alberto —se irguió y fue a lavarse las manos en el lavabo de la habitación antes de reconocer la presencia del padre—. Está…

—A ver si lo adivino, tan bien como cabía esperar. Dio, ¿es que jamás se quedan sin tópicos vacíos?

—Su hijo es joven y fuerte y la cirugía ha ido bien, señor Cullen. La verdad es que no debería esperar problemas antes de que sucedan —le aconsejó con calma.

—¿Hablaba con él?

—Sí, siempre le explico lo que hago a los pacientes.

Enarcó una ceja e hizo una mueca cuando el movimiento tiró del corte abierto en su frente.

—Posee una cualidad tranquilizadora —ella lo miró perpleja—. Su voz —volvió a mirar a su hijo antes de que ella pudiera decidir cómo responder a eso—. Si no hubiera vuelto por ese condenado juego para ordenador… ¡un juego para ordenador! —cerró los ojos y respiró hondo antes de ponerse de pie—. Mi hijo podría morir porque yo quería enseñarle una lección sobre los valores, que ser el hijo único de un hombre rico no significa que no deba trabajar. Regresó por su juego porque sabía que yo no sustituiría algo que había perdido por una dejadez. Podría resultar una lección cara… para Alberto.

Bella lo observó y la compasión le atenazó el pecho mientras él bajaba los párpados.

Edward tragó saliva y realizó un esfuerzo visible por contener sus emociones.

Bella se puso tensa al verlo enarcar las cejas.

—¿Qué? ¿No me suelta eso de «no es culpa suya, señor Cullen»? —preguntó con sarcasmo.

—Estoy segura de que no me necesita para decirle eso —comentó ella con ecuanimidad.

—Es obvio que no tiene hijos.

Fue como si le hubiera echado sal en una herida.

—No —convino impasible—, no soy madre —«y nunca lo seré».

—Un juego que apenas cuesta unas libras y yo soy el propietario de la compañía… —expuso con un sentimiento de desdén dirigido contra sí mismo.

Bella le miró las manos, apretadas con frustración, y actuó sin pensárselo. Alargó el brazo y le cubrió una mano con una suya.

—No ha sido culpa suya —aseveró con convicción—. Son los desalmados los que han cometido esta atrocidad. No conseguirá nada —añadió— recriminándose algo o imaginando un escenario diferente.

Edward se quedó quieto, con la vista clavada en la pequeña mano cerrada sobre la suya.

Por su cabeza pasó el pensamiento irrelevante de que eran preciosas, fuertes y con dedos largos. Ella le dio un último apretón y lo soltó.

—De verdad, no debe culparse a sí mismo —insistió.

Reinó una pausa breve e incómoda.

—El bienestar de mi hijo es lo único que debe preocuparle, enfermera. Creía que habíamos dejado claro que no necesito que me sostengan la mano o que me consuelen —le dedicó una sonrisa gélida, enarcó una ceja y añadió—: ¿Lo ha entendido?

Ella palideció. No cabía duda de que estaba sufriendo, pero no comprendía la necesidad de que se mostrara tan desagradable.

—Entendido.

—Bien —gruñó, acercando la silla a la cama y volviendo a sentarse—. Estoy seguro de que sacó la máxima puntuación en su clase de empatía, pero guárdela para alguien que prefiera el sentimiento a la pericia.

—Espero que una no excluya a la otra, señor Cullen —respondió.

—Bella, ¿hay algún problema?

No había oído llegar al jefe de enfermeros. Respiró hondo.

—No, ninguno.

John asintió, pero no pareció del todo convencido al mirar al italiano alto.

—Señor Cullen, he ordenado que un camillero lo lleve en silla de ruedas hasta el quirófano. Un cirujano plástico está esperando.

Edward lo miró con expresión desconcertada.

—¿Camillero?

—Con una silla de ruedas.

—¿Cree que soy un inválido?

—Es la política del hospital, señor Cullen, y cuanto antes le cierren esa herida de la cabeza, mejor.

—¿Mi cabeza?

El italiano parecía tan perplejo por la referencia que Bella sospechó que había olvidado que estaba herido, o quizá ni siquiera lo había notado.

—Tiene un corte de quince centímetros en la frente —explicó John—. ¿Ha perdido en algún momento la consciencia?

Edward Cullen agitó una mano y se volvió.

—Es un rasguño —replicó irritado.

La exasperación pudo con la paciencia de Bella.

—Su rasguño está sangrando sobre el suelo.

—Enfermera, ¿con quién cree que está hablando? —ladeó la cabeza.

—Creo que hablo con un hombre que prefiere la deferencia a la verdad, con un hombre extremadamente obstinado que no cedería el control ni aunque su vida dependiera de ello.

No supo cuál de los dos pareció más atónito por su exabrupto.

—Bella —comenzó John—, quizá sería mejor si…

—Está sangrando.

Los dos giraron a la vez para ver a Edward Cullen mirar la sangre en sus manos.

—No se alarme —advirtió ella, observándolo con cautela.

Él alzó la cabeza con brusquedad.

—No estoy alarmado. Sólo deme un poco de esparadrapo… una venda o algo con que cubrir la herida.

—Esto no es una farmacia, señor Cullen —intervino John.

—Ella puede curarme —indicó el italiano de repente, apuntando a Bella con un dedo.

Ella se quedó boquiabierta.

—¡Yo!

—La enfermera Swan es…

—¿No está capacitada?

—Claro que lo está, pero una vez que el cirujano plástico le cierre la herida, apenas quedará cicatriz.

—¿Cree que me importa algo mi condenada cara? —gruñó con desdén. Alzó la mano en un gesto airado que los invitaba a mirar el objeto de discusión—. ¿Los cirujanos no tienen nada mejor que hacer que coserme este rasguño? Mi hijo no es el único que lucha por su vida —miró con expresión angustiada a la figura acostada—. La quiero a ella —dijo sin mirar a Bella—. A la enfermera Swan.

John se encogió de hombros, observó a Bella con mirada inquisitiva y para su consternación le preguntó:

—¿Te parece bien?

Bella trató de ocultar el horror irracional que la embargó.

—No se preocupe, no le pondré una demanda —comentó Edward al verla titubear.

Miró al cínico multimillonario herido.

—No me preocupa que pueda demandarme —y no dudaba de su capacidad para realizar esa pequeña operación; había suturado cientos de heridas. Su renuencia se debía a la irracional y poderosa indisposición de tocar a ese hombre—. El cirujano plástico hará un trabajo mucho mejor. Por lo general yo no…

Él se encogió de hombros.

—Entonces, sea flexible.

—¿Por qué usted no quiere serlo? —fue levemente consciente de que John, a su lado, no se mostraba muy contento con ese comentario.

—Ha descubierto eso más rápidamente que la mayoría de la gente.

Se preguntó si sería un cumplido.

Cinco minutos más tarde, abría el camino hacia la sala de curas, muy consciente del hombre alto que la seguía. Le indicó el asiento y ladeó la luz para iluminarle la cara antes de lavarse las manos y ponerse unos guantes esterilizados.

Al inclinarse para limpiar la herida, le temblaron las fosas nasales en reacción al olor masculino de su cuerpo. La intensa luz artificial, que rara vez era favorable, sirvió para resaltar los planos de esa cara de huesos fuertes.

—Lo siento —bajo la suciedad y la sangre acumuladas, había una tonalidad gris en la piel que sospechaba que no era normal.

—¿Por qué?

—Por hacerle daño.

—Creo que le hace más daño a usted que a mí —esa comprensión provocó un destello divertido en sus ojos—. ¿Está segura de que tiene el temperamento adecuado para ser enfermera?

—No todo el mundo considera que la empatía es un rasgo negativo —replicó con sequedad. Se detuvo con una gasa con desinfectante en la mano y preguntó esperanzada—: ¿Está seguro de que no preferiría que lo hiciera uno de los especialistas? Es una herida profunda.

—Acabe de una vez.

—Bien, si es lo que quiere. Pondré un poco de anestesia local para…

Él movió la cabeza con irritación.

—Olvide eso. Simplemente, cosa la maldita herida.

—De verdad que no tiene que demostrar lo hombre que es. Aquí sólo estoy yo.

La miró con sonrisa desdeñosa.

—Pensé que le gustaría tenerme a su merced —se mofó.

A pesar de todo lo que había pasado y visto en urgencias, ningún paciente la había hecho sentir tan vulnerable o enfadada como ese hombre.

Ella que siempre se había enorgullecido de su profesionalismo, se sintió profundamente consternada. En su trabajo no se podía mezclar lo profesional con lo personal… era una línea que, simplemente, no se cruzaba.

—Bien.

Trabajó lo más deprisa que pudo, concentrada en unir la carne desgarrada de la manera más precisa posible. Él no hizo ni una mueca, lo que podía significar que o ella era muy buena en su profesión o él demasiado obstinado como para reconocer que le dolía.

—Ya está —retrocedió para ver su obra—. Ahora tómese las cosas con calma… podría sentirse…

Antes de haber terminado de hablar, él se había quitado la toalla estéril que le había colocado alrededor de los hombros y se puso de pie.

Apartó la cortina del cubículo y la miró con una ceja enarcada.

—¿Podría sentir qué, enfermera?

—Mareado si se levanta demasiado deprisa.

Durante un momento le vio los dientes muy blancos, haciendo que pareciera más joven y, de no haber sido claramente imposible, incluso más atractivo.

—Lamento decepcionarla.

Una gabardina mojada a su lado sobre el sofá la devolvió de golpe al presente. Parpadeó ante las imágenes que tenía en la pantalla del televisor y siguió a la figura que fue a la cocina, donde el ruido que hizo le indicó que llenaba una tetera.

Alice regresó un momento más tarde.

—Hace un tiempo horrible —se quejó, pasándose las manos por los bucles mojados—, ¡Has estado llorando! —acusó, mirando la cara húmeda de Bella.

—No… —se llevó una mano a la cara y sintió la humedad salada en su piel—. Supongo que es posible —admitió.

—Esto me está volviendo loca —su amiga se quitó los zapatos—. He respetado tu intimidad, pero soy humana. He de saberlo. ¿Por qué has abandonado al maravilloso Edward, que adora el suelo que pisas? —se dejó caer en el sofá y empujó la gabardina al suelo—. Quiero todos los detalles.

—No me adora a mí ni el suelo que piso —lo único que Edward adoraba era a su hijo y el recuerdo de su esposa muerta. Alzó la taza vacía—. ¡Por comienzos nuevos!

—¿Qué? —miró la cara de su amiga con preocupación.

—Ése fue el brindis hecho por Irina cuando me llevó a almorzar la primera semana. Dijo que era maravilloso que Edward me hubiera conocido, que al fin era capaz de seguir adelante y tener una relación sin sentir que le estaba siendo infiel al recuerdo de Tanya.

—En cierto sentido tenía razón, Bella…

—Se equivocaba —cortó con voz ronca—. Él no ha avanzado… y no me ama.

—No seas boba. Claro que…

—No —movió la cabeza despacio—. Jamás fingió que me amaba, aún la ama a ella —«mi vida no está acabada», se recordó. «Sólo lo parece»—. No es que no quiera tener un bebé… lo que no quiere es mi bebé.

Alice la miró con ojos como platos.

—¡Bebé! Pero creía que no podías tener hijos. Pensaste que eso estropearía la relación cuando se lo contaras —le recordó—. Te quedaste encantada cuando te dijo que para él no representaba ningún problema.

Bella asintió con gesto desconsolado.

—Dijo que tenía a Alberto y que no quería más hijos. Que ya formábamos una familia.

—Pero tú quieres los tuyos propios, ¿y existe una posibilidad…?

Bella asintió. Alice era de las pocas personas a la que alguna vez le había hablado de las trágicas secuelas sufridas tras una perforación del apéndice y la posterior peritonitis que la habían tenido en estado crítico en su adolescencia.

—Existe la posibilidad de tener un bebé, pero no —añadió con unas lágrimas que ya caían libremente de sus ojos— con Edward. He de elegir un bebé o a él.

Alice la abrazó cuando prorrumpió en un llanto desgarrador.