Capítulo 5
—Y bien, ¿qué pensáis? —preguntó Edward desde la cabecera de la mesa, alzando la mirada de la hoja de cálculo que había estado estudiando.
En la sala reinó el silencio. Pudo leer pánico en las caras de varios de los ejecutivos que trataban de decidir qué era lo que él quería oír.
Sintió un destello de irritación ante esa falta de valor.
—¿Hay alguien que tenga una opinión? —«¿o carácter?»
Parecía que nadie, o que eran reacios a exponerla. Su frustración creció en el silencio reinante.
Pensó que el problema con la gente radicaba en que era incapaz de separar la vida personal de la profesional. Se trataba de un error fatal que él no lograba entender. Era una simple cuestión de disciplina.
El sonido de un teléfono quebró el silencio que se prolongaba. Edward comenzó a contar, con las manos cerradas mientras resistía el impulso de sacarlo inmediatamente del bolsillo de la chaqueta.
Nadie comprobó si la llamada era para alguno de los presentes. El desagrado que le producía esas interrupciones era bien conocido y ninguno reconocería no haber desconectado el móvil antes de entrar en una reunión presidida por él.
Fue el mismo Edward quien, tras la segunda llamada, sacó el teléfono del bolsillo y, después de echarle un vistazo a la pantalla, se puso de pie de repente, excusándose.
—Su esposa —predijo la única mujer presente en esa importante reunión.
Nadie la contradijo.
Antes de que se casara el año anterior, Edward no habría pasado por alto su propia regla acerca de las interrupciones. Desde la boda a la que nadie, y menos los medios, había sido invitado, se habían producido unos cambios significativos. Se rumoreaba que incluso se tomaba algún día libre de vez en cuando, pero sólo se trataba de un rumor.
—Espero que le diga algo que le mejore el humor.
Cuando Edward había sacado el teléfono del bolsillo y no había visto el nombre de Bella, había tenido que recurrir a sus agotadas reservas de autocontrol para mantener un semblante de compostura.
Al menos hasta salir de la sala.
Una vez en el pasillo, apretó los dientes y se golpeó la palma de una mano con el puño. Habían pasado cuarenta y ocho horas y ni una palabra… ¡ni una palabra!
Por lo que sabía, podía estar inconsciente en un hospital. Luchando contra la ansiedad que le atenazaba el pecho, se mesó el pelo y respiró hondo, forzando aire en los pulmones antes de expulsarlo con un suspiro sonoro.
«Contrólate», se aconsejó al tiempo que se ajustaba la corbata.
«¡Maldita mujer!»
Su sentido de la indignación y las palpitaciones en las sienes se juntaron cuando en su cabeza apareció una imagen de ella de pie ante la puerta de entrada de la casa.
—Te estás comportando de manera ridícula, Bella.
Ella había alzado el mentón y lo había mirado furiosa con ojos empañados, tan intensamente verdes que la primera vez que la vio había pensado que llevaba lentes de contacto.
—No hace falta que te enfurezcas, Edward. Después de todo, realmente no importa lo que yo haga.
—¿De qué estás hablando?
—Bueno, no soy importante. Sólo soy alguien temporal que está de paso, alguien que no es lo bastante buena como para asumir la responsabilidad de tu hijo… y no me sueltes eso de nuestra familia ya formada porque me excluyes completamente de ella. En resumen, ¡soy lo bastante buena para el sexo pero no para ser la madre de tu hijo!
—Eso es absurdo. No hay nada temporal en nuestro matrimonio.
Lo miró con ojos entrecerrados.
—¿O sea que quieres un bebé?
Él apretó los dientes.
—Fuiste tú quien dijo que no necesitaba hijos para llevar una vida satisfactoria —le recordó.
Lo miró con desdén.
—¡Eso, idiota, era cuando pensaba que no podría tenerlos!
—Cuando te casaste sabías que yo no quería hijos. No he cambiado.
—¡Ése es el problema!
—No juegues a cosas crípticas conmigo, Bella.
—Ya no voy a jugar a nada. Me marcho.
Pudo ver su espalda esbelta temblar al tratar de abrir la puerta de roble. Se centró en la furia que lo dominaba para contenerse de tomarla en brazos y secarle las lágrimas que sabía que le caían por las mejillas. Se situó detrás de ella y apoyó una mano en su hombro.
—Reconozco que te atrae el drama, pero ya es suficiente, Bella.
Ella no se volvió, únicamente susurró:
—Adiós, Edward.
Y había cruzado la puerta.
Y él permaneció allí observando, sin terminar de creer que se iría… a la espera de que regresara en cualquier momento reconociendo que se había equivocado por completo.
Pero eso no había sucedido.
Lo había abandonado. Y el hogar en el que había dejado una marca indeleble. Hizo a un lado el pensamiento inquietante de que la marca que había dejado en él era mucho más indeleble.
Habiendo aprendido de la forma más dura que el amor romántico era una farsa, una forma de autohipnosis, jamás había imaginado que volvería a casarse.
El hecho es que se había casado porque la mujer que deseaba no aceptaba otra cosa.
«¿Y tú te afanaste en persuadirla de lo contrario…?»
Frunció el ceño, irritado por la interrupción mental. Su decisión de casarse no se había basado en nada tan poco fiable como las emociones. Como todas las decisiones que había tomado, había sopesado los pros y los contras y llegado a la conclusión de que el matrimonio era algo con lo que podía vivir.
Y Bella era algo que no quería perder… al menos por el momento, aunque no le cabía duda de que la abrumadora compulsión de ligarla a él se desvanecería.
La intensidad de eso lo había sacudido, pero no le otorgó ningún significado mágico. Los sentimientos de esa intensidad no eran duraderos; no representaban el encuentro de almas gemelas. El problema comenzaba cuando se creía lo contrario.
Él no había variado su opinión sobre el matrimonio.
Aún sentía pena por lo idiotas que entraban en él con un montón de deseos irreales y expectativas sentimentales.
El problema era que la gente olvidaba que básicamente el matrimonio era un contrato legal. Él tenía toda la intención de cumplir su parte de ese contrato, que se podía disolver si el equilibrio de esos pros y contras se alteraba.
El matrimonio es como la Navidad… la gente tiende a esperar demasiado e inevitablemente termina decepcionada.
Sus expectativas habían sido mucho más realistas la segunda vez… pero no consideraba que fuera realista esperar que la propia esposa cambiara las reglas el primer año. Era un tema que ya habían tratado… pero jamás había imaginado que ella se sintiera de esa manera.
«No es estrictamente verdad», dijo la voz en su cabeza cuando un incidente que él había archivado como insignificante apareció por voluntad propia en su mente. En ese entonces le había estado mostrando toda la casa.
—Éste era mi cuarto de niño… pensé que podrías emplearlo como despacho. La vista es magnífica.
Fingió no percatarse del dolor y de la añoranza descorazonada en el rostro de ella al tocar la madera tallada de su antigua cuna en un rincón. La culpabilidad lo carcomió, porque no había querido verlo.
—Un despacho sería agradable —había dicho ella en voz baja.
—Desde luego, puedes redecorarlo a tu antojo. Tengo los nombres de algunos excelentes diseñadores de interiores.
—¿Para qué querría a uno? —preguntó, moviendo la cabeza.
Se sintió aliviado de no ver en sus ojos rastro alguno de la anterior tristeza.
—Un diseñador de interiores no va a vivir aquí, tonto —continuó ella—, nosotros sí. Un hogar debería crecer… Llenarse de recuerdos.
En aquel momento hacerle el amor a su esposa en cada habitación de la enorme casa había parecido una idea excelente, pero en ese instante la buena idea había vuelto para hostigarlo. No era capaz de entrar en ninguna habitación sin verse asaltado por dulces recuerdos eróticos.
Entró en su despacho para llamar a su hijo. Como no estaba totalmente concentrado en lo que decía Alberto, al principio dio por hecho que no había oído bien.
—¿Qué has dicho, Alberto?
—Que me escapo.
