Capítulo 6

Edward se pasó una mano por el pelo y miró su reflejo en un espejo de un armario de pared. A pesar de los problemas a los que tenía que enfrentarse, aún no se le veía ninguna cana.

Pero sólo era cuestión de tiempo.

—Doy por hecho que es una especie de broma, ¿verdad?

Después de romper la tradición familiar, había enviado a su hijo a un colegio externo en Florencia. Alberto había ido con la escuela a Bruselas para ver cómo funcionaba el Parlamento Europeo, siempre supervisado por profesores.

—Ahora estoy en Calais, pero el ferry sale en unos minutos.

Mirando el tráfico por la ventana, movió la cabeza, todavía sintiendo más irritación que frustración.

—Estás en Bruselas.

—No, en Calais.

Notó que la balanza comenzaba a inclinarse hacia la preocupación.

—¿Calais?

—Te lo acabo de decir… me he escapado.

Sintió que los músculos del estómago se le contraían con un temor frío al comprender que no se trataba de una irreflexiva broma de adolescente, sino de una situación auténtica.

—¿De verdad estás en Calais…?

Intentaba comprenderlo. ¿Cómo era posible que un colegial de trece años que se suponía que estaba en Bruselas al cuidado de sus profesores se encontrara en Calais?

Como alguien en un trance, se frotó la mandíbula y suspiró.

—¿Te has escapado? ¿De mí? ¿Por qué?

—Sí, lo acabo de decir, ¿no? Si la escuela te llama, diles que estoy bien. Puede que ya hayan notado mi ausencia.

—¡Qué la hayan notado! —soltó con voz ahogada. Hizo a un lado lo que le diría a los profesores que habían fallado en sus responsabilidades. En ese momento había cosas más importantes en las que pensar—. ¿Cómo llegaste a Calais? ¿Estás solo?

—Hice autoestop.

La explicación de su hijo le heló la sangre.

—¿Hiciste autoestop?

Ajeno al horror en la voz de su padre, el adolescente añadió irritado:

—Por lo general no eres tan lento, papá. Sé lo que estás pensando, pero el conductor del camión era una persona realmente agradable, no un pervertido. Le dije que tenía diecisiete años y me creyó.

Edward contuvo un juramento y puso los ojos en blanco. Decidió que la única explicación era que estaba soñando.

Todos los padres sabían que era una línea delicada sobreproteger a los hijos o dejarlos ir por ahí ajenos a los peligros que acechaban para los desprevenidos.

Como cualquier padre, quería mantener seguro a su hijo. Aunque también siempre había sido consciente de que la sobreprotección planteaba un peligro, ya que podía ahogar cualquier sentido de la aventura en un niño. Tuvo que reconocer con pesar que en su esfuerzo porque eso no pasara, se había inclinado demasiado hacia el otro lado.

—Escúchame con mucha atención —dijo despacio.

—No puedo. La batería del móvil está baja, y no te preocupes, sabes que puedo cuidar de mí mismo.

—¿Parecería insistente si te pregunto por qué te estás escapando?

—Puede que tú te divorcies de Bella, pero yo no.

—¡Divorcio! —gritó—. No habrá ningún divorcio.

—Acabas de perforarme el tímpano. Y si alguien me lo pregunta, diré que prefiero vivir con ella.

—Muchas gracias —dijo con sequedad ante esa advertencia—. Permite que te vuelva a recordar que nadie ha mencionado un divorcio —«y nadie lo hará».

—Todavía —expuso su hijo con tono lóbrego—. Pero no hace falta ser un genio para ver hacia dónde van las cosas si se las deja en vuestras manos. Así que he llegado a la conclusión de que necesitáis un poco de ayuda.

—¿Y esa forma de ayuda requiere que huyas? —intentó controlar su humor mientras hacía un cálculo rápido del tiempo que necesitaría para llegar a Inglaterra antes de que su hijo se metiera en más problemas.

—Pero, ¿adónde, o más bien, hacia quién, estoy huyendo? Como padre responsable tendrás que ir a buscarme. Calculo que os arrojaréis el uno a los brazos del otro a los veinte segundos de veros.

Pocas cosas conseguían que Edward se quedara en silencio, pero esa predicción ecuánime lo logró.

«Me está manipulando un adolescente de trece años». Soltó una risa renuente. «Si es así ahora, ¿cómo será con dieciocho años?»

Al oír la risa, el niño suspiró aliviado.

—Sabía que te gustaría mi plan. Es bueno, ¿verdad? Lo que me recuerda, papá, ¿podrías llamar a Bella para pedirle que me recoja en la terminal del ferry? Creo que llegamos a eso de las seis. De verdad que tengo la batería baja. Te llamaré luego…

La línea se quedó muerta y pasado un momento, marcó un número.

Bella sacó otro donut de la bolsa que Alice había dejado en la bandeja del té.

—Por lo general no me gustan —dijo, dando un buen mordisco.

—Escucha, Bella, la situación se ha desbordado. Los dos estáis hechos el uno para el otro. Dale tiempo y te garantizo que cambiará de parecer acerca del bebé. Te ama.

—Te equivocas. Edward no me ama. Jamás fingió estar enamorado de mí, ni siquiera cuando me propuso matrimonio —reconoció con voz quebrada por la emoción.

De hecho, había dejado claro que el amor romántico era un estorbo que no tenía lugar en su vida.

Alice no se sorprendió.

—A algunos hombres les cuesta expresar sus sentimientos.

Su amiga soltó una risa sin humor.

—A Edward no —aseveró.

Podía ser muy expresivo, en especial cuando se trataba de exponer el amor romántico como la farsa que creía que era. Sus sentimientos al respecto estaban claros.

«La claridad es lo suyo», reflexionó con amargura. Su marido no era un hombre en el que existieran zonas grises.

Desde el principio había sospechado que no era el amor en lo que Edward no creía, sino en la posibilidad de que alguna vez pudiera encontrar el amor que había compartido con su primera esposa, el amor de su vida, con cualquier otra persona.

Siendo una mujer enamorada, había hecho caso omiso de las ensordecedoras campanas de advertencia y decidido que sería ella quien le enseñaría que podría volver a amar.

Sintiendo crecer el resentimiento en su interior, tomó otro donut con gesto desafiante. A él siempre le había gustado esbelta y ligera como un gato… ¡le estaría bien merecido que ganara diez kilos!

—Cuando me pidió matrimonio, me dijo que no me amaba.

Su amiga movió la cabeza con incredulidad.

—Y yo que creía que los italianos llevaban el romanticismo en la sangre —comentó desilusionada.

—Aún ama a la madre de Alberto. Era hermosa y perfecta y…

—Odio señalar lo obvio, pero ese modelo de excelencia ya no está con nosotros, Bella.

Ésta esbozó una sonrisa amarga.

—¿Alguna vez has intentado competir con un fantasma?

—¿Era lo que sentías? —preguntó Alice con simpatía.

—Era hermosa.

—¡Y tú! —protestó su amiga.

—No bonita… hermosa.

—¿Edward la menciona mucho?

Bella movió la cabeza.

—Nunca. ¿Lo ves? —añadió al ver la expresión de Alice—. Tú también lo consideras una mala señal.

—No necesariamente.

—Carla dice que a él le resulta demasiado doloroso. Dice que Tanya era su alma gemela, que jamás discutían y…

—Ya lo veo —cortó Alice con rapidez—. El hombre estaba destrozado y con un hijo —se mordió el labio inferior—. Dios, Bella, ¿tenías que casarte con él? ¿No podrías haber disfrutado sólo del sexo?

—Es lo mismo que dijo Edward.

Alice abrió mucho los ojos.

—¿Y tú le respondiste…?

—Evidentemente, ya habíamos tenido… —calló y se ruborizó—. Le dio una importancia ridículamente grande a que fuera virgen con veintiséis años.

—¡Eras virgen! —la exclamación atónita hizo que Bella alzara la cabeza—. ¿Edward fue tu primer amante? —su amiga se mordió el labio y asintió—. ¡Vaya!

Las dos alargaron las manos al unísono en busca de otro donut al tiempo que sonaba el teléfono.

Alice fue a contestar, pero Bella la frenó.

—¡No, déjalo!

Su amiga se encogió de hombros y se reclinó en el sofá.

Con los dientes apretados, Bella contó hasta diez antes de no poder aguantar más y alzar el auricular.

—Hola.

—Bella.

Habría podido distinguir esa voz en medio de un coro masculino.

La mente se le quedó en blanco.

—Bella, ¿eres tú?

Suspiró y se secó la palma húmeda de la mano sobre el muslo.

—Hola, Edward, ¿cómo estás? —«¿Cómo estás? ¿Y por qué no completar la estupidez preguntándole cómo está el tiempo por allí?»

—¿Cómo crees que estoy, cara?

Hizo una mueca ante el tono mordaz y sintió que su propia furia y resentimiento se agitaban. Como si fuera el único que estaba sufriendo.

—¿Cómo puedo saberlo? Cuesta interpretar el silencio y no puedo ver la expresión de tu cara. De hecho, me siento muy honrada de que hayas dedicado un momento para llamarme.

—O sea que me has echado de menos —comentó él tras un silencio.

Sonó tan presumido que si no los hubieran separado cientos de kilómetros, lo habría golpeado.

—En realidad, he estado demasiado ocupada. No he tenido tiempo. He ido de compras, almorzado con amigos. De hecho, ahora mismo íbamos a salir. Me has pillado de casualidad.

En el otro lado de la línea, Edward rompió el lápiz con el que jugaba entre los dedos.

—Bueno, si pudieras dedicarme un minuto de tu apretada agenda social…

Bella se mordió el labio inferior. Si había llamado para pedirle que volviera, ¿qué iba a hacer? Aunque también podía haberlo hecho para decir que cortaban definitivamente. Esa segunda posibilidad estuvo a punto de sumirla en el pánico.

—Si tienes algo que decir, Edward, dilo —fuera lo que fuere, podría encajarlo.

—Tenemos un problema, Bella.

Cerró los ojos, convencida de lo que se le avecinaba: era la segunda posibilidad. Iba a cortar… iba a decirle que esa relación representaba más problemas que alegrías.

Siempre se había preguntado qué sentiría al llegar ese día. Ya lo sabía… no iba a sentir absolutamente nada.

Estaba embotada.

—Bueno, podría ser peor… podrías haberme enviado un correo electrónico —quizá algún día fuera posible poner fin a un matrimonio de esa manera. Tuvo ganas de decirle que era muy afortunado de que lo amara y que él se lo perdía.

—¿Un correo electrónico? ¿De qué estás hablando? No, no me lo digas, no hay tiempo. Se trata de Alberto.

—¿Alberto? —repitió—. ¿No del divorcio?

—¿Divorcio? —soltó una retahíla de palabras italianas que no se aprendían en clase de lengua—. ¿Has hablado con Alberto?

—No.

—Alberto se ha escapado.

Necesitó varios momentos para asimilar esa declaración contundente.

—Oh, Dios mío, no, ¿está…? ¿Hace cuánto? La policía… —se reclinó y susurró—: Me siento mareada.

Luchando por contener las náuseas, gimió. Su hijo no estaba.

Si algo le pasaba a Alberto, no podía soportar pensar cómo reaccionaría Edward. Adoraba al niño. Igual que ella.

«Debería estar con él».

Consumida por la culpa de no estar a su lado cuando más la necesitaba, se puso de pie. No era momento para debilidades.

—Está a salvo. Me llamó desde Calais —explicó él.

Con un jadeo de alivio, musitó:

—¿De verdad? ¿Alberto está a salvo?

—Está bien, cara, aunque no será así cuando le ponga las manos encima —esa observación sombría provocó una risa floja de Bella—. Tomó un ligero desvío de la excursión del colegio y terminó en Calais. Hay que reconocer que el chico posee ingenio. Llamó desde el ferry. Al parecer, va camino de Inglaterra.

—¡Viene hacia aquí! Bueno, al menos sabes que está bien. Me pregunto qué lo habrá impulsado a hacer algo así —Alberto era el adolescente más equilibrado que había conocido. Era completamente ajeno a la angustia adolescente—. Es tan impropio de él.

—¿Quién sabe qué motiva a un adolescente?

Algo en la voz de Edward hizo que se preguntara si sabía algo que no le estaba diciendo. Dolía que volviera a excluirla.

—¿Puedo hacer algo?

—Sí, por eso he llamado.

«No porque necesitaras oír mi voz». Por un momento, anheló con todas las fibras de su ser que Edward la necesitara tanto como ella lo necesitaba a él. Alberto aún era un niño y era lo único que le quedaba de la mujer que había amado… de modo que Edward ya conocía ese doloroso vacío.

—Lo que sea —dijo con más fuerza que la que había querido emplear.

—Es una oferta impulsiva.

—Es una oferta sincera. Yo también quiero a Alberto, ¿sabes?

—Lo sé. También Alberto habla muy bien de ti.

En esa ocasión captó con claridad el temblor en la voz de él.

—Intenta no preocuparte —dijo, porque no se le ocurría nada que no fuera «te amo».

—Voy a enviar a Mark con el coche. Estará allí en una media hora. ¿Podrías ir a recibir a Alberto al ferry y llevarlo a casa?

—Sí, por supuesto.

—Yo llegaré en cuanto pueda.

—Bien, te veré entonces —confirmó, tratando de emular su tono serio y directo, fracasando. Cortó y se volvió hacia Alice—: ¿Has oído la conversación?

Su amiga asintió.

—Vas a vigilar al niño hasta que se presente papá —Bella también asintió—. ¿Y después?

—Después, supongo… —alzó los hombros esbeltos—. La verdad es que no lo sé —reconoció—. Llegará en aproximadamente media hora. Será mejor que prepare mis cosas.

—Puse tu bolsa de viaje en mi dormitorio.

—Gracias.

Alice la siguió a la habitación y la observó mientras abría la cremallera para observar el contenido.

—¿O sea que no vas a volver?

—Supongo que eso depende.

—¿De si eliges a Edward o a un bebé?

Oírlo expuesto sin ambages hizo que palideciera.

—¿Sabes?, nunca supe que quisieras tener un bebé. Creía que habías asimilado por completo la situación.

—Y así era, o al menos es lo que pensaba —corrigió—. Tal vez jamás conocí a un hombre con quien quisiera tener hijos —especuló mientras recogía el neceser.

—Realmente lo amas, ¿verdad?

Bella rió, sacó una liga de la bolsa y se recogió el pelo.

—Él es el único que parece no darse cuenta de eso, lo cual, teniendo en cuenta que posee una mente muy aguda, resulta irónico.

—¿No podrías decírselo?

Miró a su amiga con expresión incrédula.

—Es lo último que quiere oír.

—Quizá debería oírlo. ¿Qué vas a hacer con el tratamiento de fertilidad?

—Supongo que deberé olvidarlo.

—¿Podrás?

Bella sintió angustia.

—No será sencillo. Era mucho más fácil aceptar que nunca podría tener un hijo propio mientras sabía que no había esperanzas, pero ahora… —calló, incapaz de continuar.

Su visita al especialista en fertilidad le había abierto toda clase de posibilidades en las que hasta ese momento nunca se había permitido pensar.

Antes de que Edward hubiera entrado en su vida, sinceramente había creído que había aceptado su infertilidad. Después de todo, en la vida había otras cosas que los niños.

No la hacía ser menos mujer.

¿O sí, al menos a los ojos de Edward?

Nunca había sido capaz de desterrar esa pregunta de su cabeza. Era un padre tan bueno para Alberto, que le parecía imposible que no quisiera otros hijos y a una mujer que pudiera proporcionárselos.

Resultó que sus temores habían sido totalmente infundados. Edward no quería sus hijos.

—Las posibilidades que tengo de concebir de forma natural son prácticamente nulas. O «entran en el terreno de lo milagroso», por citar al especialista en fertilidad que vi.

—¿Ya has ido a ver a un especialista?

Pudo comprender la sorpresa de su amiga, en particular después de haber dicho siempre que no entendía a las mujeres que repetían esos procesos de fertilidad cuando las posibilidades de concebir eran estadísticamente tan bajas.

—Sé que dije que jamás pasaría por ese tipo de cosas, pero en su momento no era una opción viable para mí. Si no puedes tener algo, a veces facilita la vida decirte que en realidad no lo quieres. El médico mostró un optimismo cauto, pero se trata de una técnica nueva y buscan a pacientes adecuadas para participar en una prueba clínica. Las probabilidades son tan escasas que tampoco funcionará —cerró la bolsa y la colgó al hombro.

—El matrimonio es un compromiso.

A mitad de camino hacia la puerta se detuvo y dijo con los ojos húmedos:

—¿Sabes? Cada vez que me estoy acercando, él me aleja. No le importo del modo en que… —calló de golpe, abochornada por lo que había dejado escapar por los labios—. Será mejor que baje y espere a Mark.

Bajaba cuando la voz de Alice reverberó por las escaleras.

—Quizá le importas demasiado, Bella, y lo asusta. Sólo es una idea…

Las intenciones de Alice eran buenas, pero no conocía a Edward; nada lo asustaba.

La limusina la esperaba. Nada más verla, el chófer bajó y le tomó la bolsa de viaje, preguntándole educadamente cómo se encontraba.

—Hola, Mark —murmuró antes de sentarse en la parte de atrás.

Cuando el vehículo arrancó, no pudo evitar que sus pensamientos regresaran a la primera vez que había viajado en ese coche.