Capítulo 7

De hecho, aquel día había empezado fatal. Uno de sus pacientes, un anciano adorable que había sido sometido a cirugía cardiovascular y que estaba recuperándose, había fallecido de repente.

Salir del hospital y contemplar el cielo plomizo no había ayudado a mejorar su estado de ánimo.

Justo cuando se preparaba para cruzar a la carrera hacia la parada del autobús había sentido una mano en su hombro.

Se había vuelto y encontrado a la altura de sus ojos una cara chaqueta de piel. Y debajo un jersey gris claro de cachemira.

Al alzar la cabeza, a duras penas había conseguido no emitir un inadecuado jadeo. En cuanto vio esos ojos profundamente oscuros el cansancio que había hecho que sus pasos resultaran pesados se había evaporado con la descarga de adrenalina.

Al menos había esperado que fuera adrenalina, pero si hubiera sido por sus hormonas, estaría metida en problemas porque había olvidado cómo respirar. La habría ayudado si él hubiera movido la mano, pero aún seguía sobre su hombro.

Había esbozado una leve sonrisa.

Durante la última semana había visto a Edward Cullen cada día. Había podido observar de primera mano la satisfactoria cicatrización de la herida que ella misma le había suturado. También había podido presenciar la devoción que le inspiraba su hijo y la capacidad que tenía de funcionar casi sin dormir.

Había permanecido junto a la cama de su hijo treinta y seis horas seguidas antes de marcharse el tiempo suficiente para darse una ducha, cambiarse de ropa y regresar afeitado. Si desarreglado y manchado de sangre había parecido más atractivo que lo que un hombre tenía derecho a estar… limpio simplemente había estado increíble.

—Señor Cullen —la humedad en la cara y el cabello pegado contra la frente sugerían que llevaba allí un buen rato.

—Me llamo Edward.

Enarcó una ceja, pero Bella se sentía demasiado agitada por su presencia, tan física, como para responder a la señal de curiosidad. Era dolorosamente consciente del contacto ligero sobre el hombro y la reacción tan poco casual que le provocaba a ella.

—¿Alberto la llama Bella?

Ella asintió, descubriendo que no podría apartar la vista de esas facciones marcadas aunque en ello le fuera la vida.

—Sí.

—Es un nombre poco corriente.

—Mi abuela era irlandesa. Me pusieron ese nombre en su honor.

—¿Se va a casa? —ella asintió—. Y está cansada y hambrienta porque ha trabajado durante su hora para cenar y —sonrió— ahora mismo se pregunta cómo sé estas cosas.

Bella se quedó boquiabierta.

—¿Cómo lo sabe?

—La observo.

Dos palabras, pero en ella surtieron el mismo efecto que el mundo desviándose de su eje, lo cual, si recordaba bien, podía dar como resultado el fin de toda vida en el planeta tal como la humanidad la conocía.

La idea de esos ojos oscuros siguiéndola le provocó una oleada de calor por el cuerpo.

—Me sentiría halagada si creyera que había algo más que mirar —indicó en un intento por quitarle trascendencia a su comentario.

Le costó más quitarle trascendencia a la expresión de su cara al recorrerle despacio el cuerpo.

Los músculos de su abdomen se contrajeron y siguieron temblando mientras luchaba por mantener a raya el insidioso letargo que le quitaba la fuerza de sus extremidades y le licuaba el cerebro.

—Nunca es una incomodidad mirar a una mujer hermosa.

—¡Yo!

La exclamación sorprendida hizo que él soltara una carcajada.

—Es infinitamente preferible observarla a usted que a su amigo, el musculoso jefe de enfermeros. ¿Quizá ustedes dos son pareja?

—¡John! —la sugerencia la sobresaltó—. No, claro que no.

—Él también la mira.

—No sea ridículo —replicó enfadada.

—Pobre John —musitó él—. Y ahora que he hecho que pensara en ello, comprende que es cierto. Es inútil negarlo. Tiene el rostro más transparente que jamás he visto.

Hizo que sonara como un defecto y tuvo ganas de coincidir con él. En ese momento por su cabeza pasaban pensamientos que hubiera preferido desconocer. La idea de estar transmitiéndoselos la horrorizó.

—Confunde la vida real con una telenovela. Creo, señor Cullen, que ha dispuesto de demasiado tiempo libre. Es evidente que su imaginación se ha desbocado.

En sus ojos brilló una luz que Bella no se atrevió a analizar mientras él le concedía la razón.

—Quizá tenga razón en que la imaginación no puede sustituir a la realidad. No cuando se torna dolorosamente frustrante… —murmuró, mirándole los suaves labios rosados de un modo que la paralizó.

—De hecho, señor Edward, a mí me parece que la realidad rara vez está a la altura de la imaginación —por ejemplo, esa boca que tanto la distraía. Era imposible que besara tan bien como sugerían esos labios sensuales.

—Eso no me ofrece una gran opinión sobre los hombres que ha habido en su vida.

Cuando lo asimiló, palideció.

—¡Yo no hablaba de sexo!

—Claro que no —la aplacó, divertido por su exabrupto—. La comida es un tema más cómodo. Pensé que tal vez le gustaría ir a cenar algo… comida real, no imaginaria.

Ella parpadeó desconcertada.

—¿Me está invitando a cenar?

—Los dos tenemos hambre y yo estoy solo aquí…

Lo dijo como un hombre sin un amigo en el mundo, algo tan inverosímil que ella tuvo ganas de reír.

—¿Y no podría telefonear o chasquear los dedos para disponer de una preciosa, amena e inteligente compañía?

Él sonrió.

—Pensé que valía la pena jugar la carta de la soledad —admitió sin pudor—. Usted es una compañía amena e inteligente.

—Las adulaciones no lo llevarán a ninguna parte.

—¿Y bien? —enarcó una ceja—. ¿Acepta?

—No puedo acompañarlo.

—¿Por qué?

—Llevo puesto el uniforme y usted… —calló, mirándolo de arriba abajo. Era el hombre más atractivo que jamás había visto.

—¿Yo qué, Bella? —sonrió.

El modo en que pronunció su nombre hizo que se ruborizara. Bajó la vista. Con semejante voz, podía hacer que la lista de la compra sonara sexy.

—La gente como usted no sale a cenar con gente como yo.

Cenaría con mujeres deslumbrantes que jamás vestirían un uniforme inapropiado y poco favorecedor.

—¿Hay una ley al respecto? —la vio fruncir los labios, reacia aún a mirarlo—. Hace que suene como si perteneciéramos a dos especies diferentes, Bella.

—Y prácticamente así es señor Cullen.

—Edward.

—Es muy amable, señor Cullen, pero no tiene que invitarme a cenar sólo por haberse tropezado conmigo. La mayoría de los padres expresa su gratitud con una caja de bombones.

—Me he quedado sin bombones —extendió las manos hacia arriba para ilustrar su comentario—. Y no tropecé con usted; la estaba esperando.

Ella lo miró a la cara.

—¿Y por qué haría algo así? —demandó, sin poder contener en su estómago un aleteo de entusiasmo.

—¿Por qué suelen esperarla los hombres, Bella?

—No lo hacen y deje de llamarme así.

—¿No es su nombre?

—No como usted lo dice. Usted hace que parezca el de otra persona.

—Bien, entonces no haga lo de siempre y suba al coche.

Giró la cabeza en la dirección que él indicaba.

—¿Qué coche?

¿Cómo lo había pasado por alto?

La limusina con las ventanillas tintadas que se detuvo junto al bordillo frente a ellos era enorme.

Sintió la mano de él en su hombro y no vio el daño que podría causar dejar que permaneciera allí durante un minuto.

—Necesita animarse.

—No lo necesito —protestó, liberando su brazo—. De verdad.

—Yo sí lo necesito —respondió él—. De verdad.

Algo en su voz hizo que se detuviera. Alzó la vista despacio y vio que estaba ceñudo y por primera vez percibió las ojeras y las arrugas de la tensión alrededor de su boca.

Costaba imaginar a un hombre menos propenso a despertar su instinto maternal.

—Tiene que estar muy cansado —«este hombre no necesita que lo cuiden», le señaló su voz interior lógica y racional.

—No me iría mal un cambio de ambiente. Pensé que le alegraría que siguiera su consejo. ¿No es lo que ha estado recomendándome durante días a través de su excelente jefe de enfermeros? —preguntó con tono inocente—. Un hombre más sensato daría por hecho que era reacia a hablar conmigo…

—Di por sentado que le resultaría más fácil aceptar un consejo si se lo daba un hombre.

—¿Cree que tengo algún problema con las mujeres fuertes? De hecho, me gusta una mujer que sabe lo que quiere y no le da miedo decírselo a un hombre.

Quizá era ella quien veía un matiz sexual que no existía. No obstante, se esforzó en mantener a raya el rubor.

—Aceptar los consejos de una mujer en las circunstancias adecuadas —prosiguió él—, puede ser muy agradable.

De inmediato se corrigió. ¡Claro que existía el matiz sexual!

Soslayó el peligroso tirón de excitación en su estómago y lo miró con seriedad. Pero sólo aguantó hasta que vio el resplandor que ardía en las profundidades de los ojos de él.

—¡No me mire así!

Dentro del hospital tenía el control; en el exterior no había ninguna placa identificativa tras la que esconderse. Sus papeles se invertían y eso la asustaba.

—¿Por qué?

—Porque no me gusta —no era una mentira completa… el agrado no tenía nada que ver con los escalofríos que le recorrían la espalda.

—Cene conmigo.

—No sería buena compañía.

—Me arriesgaré. Relájese. Usted tiene hambre, yo tengo hambre… ¿dónde está el problema?

En que relajarse con ese hombre era clínicamente imposible.

Giró la cabeza para hablarle en rápido italiano al chófer antes de abrirle a ella la puerta de atrás del lujoso vehículo.

Tras una pausa, Bella entró. Sólo era una cena y a veces había que vivir un poco peligrosamente… aparte de que en casa sólo la esperaba un plato de comida precocinada.

—¡Santo cielo, esto es más grande que mi cocina! —exclamó, sorprendida por el extravagante lujo como para mostrarse indiferente—. Este cacharro debe consumir litros de combustible.

—Sería un mal hombre de negocios si no supiera…

—Y no un «implacable genio de las finanzas» —citó ella con tono travieso.

Él movió la cabeza con sonrisa irónica.

—Supongo que esa cita del suplemento dominical me acompañará hasta la tumba.

—¿Es así como viaja un genio?

—No soy uno y por lo general me resulta más cómodo usar un helicóptero.

La respuesta le provocó una risa.

—¿Y lo de despiadado? —inquirió con curiosidad.

Volvió a dedicarle esa sonrisa carismática.

—Eso depende de con quién esté hablando.

—Hablo con usted.

—¿Y usted qué piensa?

—Que le es imposible ofrecer una respuesta directa. Quizá debería dedicarse a la política.

—¿O sea que quiere conocer al hombre que hay detrás de ese estúpido titular?

Ella movió la cabeza.

—No dispongo de ese tiempo. Sólo es una cena.

—No tiene por qué ser sólo una.

La calidez terrenal de su escrutinio hizo que el estómago le diera un vuelco. Intentó reír para reducir la tensión que había surgido en el espacio reducido, pero tenía las cuerdas vocales paralizadas.

—Probablemente hace bien en no comprometerse. Aguarde y veamos cómo marcha esta noche.