Capítulo 8
La puerta de la limusina al abrirse le brindó la distracción necesaria para permitirle escapar del dominio sensual que la tenía inmovilizada y liberarse de esa mirada intensa.
Estaba tan agitada que al bajar no se percató de inmediato de que en esa zona residencial no había ningún local.
—Esto no es un restaurante —dijo, mirándolo con expresión acusadora al acercarse a la entrada cubierta de un edificio grande de estilo georgiano.
—Es mi casa.
—¿Qué parte?
—Toda.
Ella puso los ojos en blanco.
—Claro.
La puerta se abrió antes de que llegaran. Una mujer de pelo negro, de treinta y pocos años y con una falda azul marino, le sonrió agradablemente. Impulsada por el toque delicado de la mano de él en su espalda, entró en el recibidor elegante iluminado por arañas de cristal y dominado por una amplia escalera bajo la cual se podría haber acomodado una orquesta entera.
Deslumbrada por todo ese esplendor reluciente, no captó el nombre cuando Edward le presentó al ama de llaves. Después de un breve intercambio en italiano, la mujer de voz suave se despidió con tono cortés y desapareció por una de las muchas puertas que daban a la zona de recepción.
—Venga.
Tuvo que reconocer que su estilo autocrático la irritaba sobremanera.
La condujo a través de una serie de puertas y por un largo corredor. Al llegar al extremo, abrió una puerta y le indicó que lo precediera.
Bella entró en una cocina, aunque diferente a cualquiera que conociera. El único lugar en el que aparecían cuartos como ése, era en las revistas de decoración.
—Ésta es la cocina.
—Bien visto —aprobó Edward, dedicándole una rápida sonrisa irónica mientras se quitaba la chaqueta—. ¿Le gusta el risotto?
Lo vio abrir las puertas dobles de una nevera grande y comenzar a sacar ingredientes.
—¿Usted cocina?
—¿La sorprende?
—La verdad es que me sorprende que sepa dónde está la cocina.
Él rió.
«¡Ayuda! ¡Es tan atractivo!»
Pensó que parecía más relajado que nunca, aunque dado el entorno en el que lo había visto hasta ese momento, no le resultó extraño.
—¿No tiene chef?
—Varios. También tengo un chófer, pero eso no significa que no sepa conducir un coche. Aunque mi estilo de vida no me brinda la oportunidad de practicar mis habilidades culinarias tan a menudo como me gustaría. ¿Qué le causa gracia?
—Tiene varios chefs y cree que es algo normal… Es que es tan rico… —miró alrededor—. Es como si viviera en otro planeta.
Él se encogió de hombros.
—Vivimos en el mismo planeta, Bella. Las cosas importantes de la vida no traen una etiqueta con un precio. Y ahora, puede quitarse el abrigo y servir unas copas de vino… el refrigerador de los vinos está a su izquierda —con la cabeza indicó un armario de puerta de cristal—. Y póngase cómoda.
Él retiró una silla de la mesa donde había depositado los ingredientes. Ella se quitó el abrigo mojado, lo dobló sobre el respaldo de una silla y, poniéndose en cuclillas, abrió la puerta del refrigerador.
—¿Qué vino? —preguntó, sintiéndose totalmente fuera de lugar mientras miraba la enorme cantidad de botellas allí guardadas.
—Cierre los ojos y déjelo a la suerte —sugirió Edward antes de centrar su atención en una cebolla que procedió a picar con velocidad de profesional—. Sacacorchos —dijo, abriendo un cajón y tirándole el utensilio—. Buenos reflejos.
Bella abrió la botella y llenó dos copas. Sentándose, apoyó los codos en la mesa y, mientras bebía, lo observó cortar, trocear y mezclar con evidente destreza.
Al rato el cuarto se llenó con un olor delicioso.
—Tiene buena pinta.
Él alzó la vista del plato que preparaba.
—¿Tiene hambre? —ella asintió—. Bien —alzó una cuchara de madera hacia sus labios y asintió con expresión seria de aprobación—. Ya casi está. Si usted lo remueve, yo pondré la mesa. No se preocupe, no muerde —añadió divertido cuando ella estudió la cuchara con suspicacia.
Los dedos se rozaron cuando se la entregó y Bella sintió un hormigueo que la aterró y la estimuló al mismo tiempo.
«¿Qué hago aquí? Éste no es mi mundo». Giró la cabeza para mirarlo y pensó: «Es su mundo y aquí no pinto nada».
—Siéntese —retiró una silla y le indicó que la ocupara mientras encendía la vela que había puesto en la mesa.
Sólo faltaba una música suave para que fuera una clásica escena de seducción.
El corazón le latía deprisa, se sentía sin aire, casi mareada.
«Cualquiera pensaría que quiero ser seducida».
Descartó la idea. Jamás se había sentido tentada por las relaciones casuales; la idea de intimidad sin amor la dejaba fría.
Entonces, ¿por qué sentía la piel tan encendida?
Sin mirarlo a los ojos, tembló por dentro, le dedicó una media sonrisa y ocupó la silla que le ofrecía.
Cenaría y se marcharía. Se dijo que corría el peligro de complicar demasiado la situación, dándole demasiada importancia a una mirada casual. Debía dejar de ver cosas que no estaban ahí.
Edward se sentó enfrente. Fue a rellenarle la copa, pero ella movió la cabeza.
—No, gracias.
Notó que él tampoco se servía. Como no hizo ademán de alzar su tenedor; esperó, con los codos sobre la mesa y el mentón apoyado en las manos, hasta que ella probó la comida.
—¿Y bien?
—Está delicioso —admitió Bella con sinceridad—. ¿Va a regresar al hospital esta noche?
Él movió la cabeza.
—No, Alberto se encuentra mejor y me ha echado.
—Tiene más agallas que el resto de nosotros.
Mientras cenaban, los temas de conversación fueron intrascendentes, variados, y Bella empezó a… relajarse era una palabra demasiado contundente, pero sí bajó levemente las defensas y la tensión se evaporó de su espalda rígida. Sin embargo, todo el tiempo que hablaron sin decir mucho, fue consciente de que estaba con Edward Cullen, un hombre peligroso acostumbrado a conseguir lo que deseaba.
«¿Y si me desea a mí?»
Se puso de píe con tanta celeridad, que estuvo a punto de tirar la silla.
—Ha sido una cena deliciosa, pero es tarde —tarde para fingir que no se había sentido atraída por él desde el primer instante en que lo vio—. Debería irme —«de hecho, no debería haber venido».
Edward dejó a un lado la servilleta y se incorporó con la fluidez que caracterizaba todos sus movimientos.
—Es temprano —protestó, yendo hacia el lado de la mesa en que se encontraba ella.
Bella se quedó quieta, con el corazón martilleándole, retorciendo la servilleta blanca, incapaz de mover los pies, hasta que él se acercó lo suficiente como para sentir el calor que emanaba de su cuerpo.
Dejó la vista clavada en la copa de vino en la mesa.
—Realmente debería…
Él posó el dedo pulgar en el labio inferior de Bella, sobresaltándola al tiempo que despertaba una expresión de curiosidad.
—Tu boca… se ve tan suave y exuberante.
Sus ojos conectaron y el calor y el apetito que ella vio reflejados en la superficie oscura de los de Edward le generaron una descarga sensual.
—Esta velada no va en la dirección que crees que está yendo —soltó ella, llevándose una mano al pecho, ya que daba la impresión de que su corazón luchaba por liberarse.
Él puso expresión sarcástica.
—¿Y cuál es?
Ella movió la cabeza para tratar de despejarse.
—En realidad, no soy una persona de una aventura de una noche.
—Una aventura de una noche no bastaría.
La observación ronca hizo que emitiera un leve gemido que trató de ocultar con una risa frágil.
—La verdad es que no creo que ayude a tu reputación que te vean conmigo en los lugares adecuados.
—No me interesa mi reputación y el único lugar en el que me interesa verte es en mi cama —ladeó la cabeza y observó su rostro encendido—. ¿Te he conmocionado? No estás cómoda hablando de sexo.
—Toda esta conversación me resulta incómoda.
—¿Preferirías hablar del tiempo? Podríamos, pero los dos estaríamos pensando en el sexo.
Alzó el mentón y le lanzó una mirada desafiante.
—Habla por ti.
—Me decepcionas. No pensé que fueras una hipócrita.
La acusación la enfadó.
—No lo soy, pero tampoco me domina el sexo.
De hecho, era lo opuesto… al menos hasta ese momento. Porque su libido se había globalizado. Había cerrado las manos porque no confiaba en no arrancarle la ropa.
Él inclinó la cabeza y su aliento le acarició la mejilla.
—Me deseas —musitó con voz ronca—. Y sabes que yo te deseo y eso te gusta. Te excita. Yo te excito.
Movió la cabeza, porque supo que si hablaba podría darle la impresión de que deseaba que continuara diciendo ese tipo de cosas.
¿Y no era así?
Volvió a mover la cabeza, asustada por el torrente de emociones que la recorría.
—Llevo una semana entera deseando besarte. Voy a hacerlo ahora, ¿si eso te parece bien…?
Su voz seductora no pedía permiso, simplemente incrementaba con habilidad la tensión sexual. La verdad era que no esperaba que ella se negara, porque las mujeres le habían estado diciendo que sí toda la vida.
«Y al parecer yo no soy distinta», pensó Bella.
Y no lo era… para él eso era sexo sin obligaciones. Reconocerlo no bastó para que se sintiera menos desesperada por Edward. Realizó un último intento de irse.
—De verdad es muy tarde —incluso sus oídos captaron la falta de convicción en la protesta murmurada.
—¿Qué prisa hay? Mañana no trabajas.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo comprobé.
—¿Por qué hiciste algo así?
—La información es poder, Bella —esbozó una sonrisa perezosa y bajó la mano.
Ella quiso que la tocara.
Alzó el mentón y trató de parecer divertida.
—No tienes poder sobre mí —lamentó que sus hormonas no mostraran una autonomía similar.
—Es una pena, porque a mí me tienes en la palma de tu bonita mano —le tomó la muñeca y le abrió los dedos cerrados como los pétalos de una flor—. Una mano preciosa —susurró.
Su contacto le infligía un daño terrible, probablemente irreparable, al sistema nervioso. Con una mezcla de miedo y anhelo en los ojos, suspiró y admitió:
—La verdad es que no me quiero ir.
Algo ardió en la profundidad de los ojos de él, una satisfacción masculina primitiva con algo menos fácilmente identificable.
—Entonces, quédate, cara.
—Pero ni siquiera estoy segura de que me gustes.
Él rió.
—Si te hace sentir mejor, durante las primeras veinticuatro horas yo también estuve convencido de que no me gustabas.
—No lo ocultaste muy bien —trató de sonreír, sin éxito… la embargaba la emoción.
—Quería sexo contigo incluso cuando no me gustabas —sonrió—. Vuelves a mostrar esa expresión conmocionada.
Ella bajó los párpados. Se sentía excitada, lo que resultaba mucho más inquietante.
—Me sorprende que esté haciendo esto.
El corazón se le disparó cuando él inclinó la cabeza. Desde tan cerca podía ver los extremos dorados en sus pestañas largas y oscuras y la fina textura de su piel bronceada. Al acercarse más, todo se convirtió en un calidoscopio desenfocado y el latir del corazón se le hizo más rápido y fuerte.
La anticipación se cerró como un puño en su estómago al separar los labios bajo la gentil pero insistente presión de la boca de Edward.
Cuando le introdujo la lengua en la boca, Bella emitió un gemido bajo y le aferró los hombros, pegándose a ese cuerpo fibroso, duro y vital al tiempo que le devolvía el beso con una ansiedad próxima a la desesperación.
—Dio mió! —él respiró entrecortadamente y ladeó la cabeza para estudiarla cuando al fin se separaron—. Eres todo lo que imaginé y mucho, mucho más.
El resplandor de deseo intenso que vio en sus ojos la dejó sin aliento y le hizo dar vueltas la cabeza antes de que volviera a besarla. Deslizó la mano hacia la curva de un pecho y las rodillas de Bella se volvieron de gelatina.
—¡No es suficiente! —jadeó ella después de unos minutos de esa tortura.
Edward se obligó a apartar un poco la boca.
—¿No es suficiente qué? —preguntó.
Ella suspiró y le pasó la lengua por la curva sensual del labio superior.
—Tú —reveló.
—¿Quieres más de mí?
Con los ojos dilatados, ladeó la cabeza para enfocar sus facciones.
—No, quiero todo.
Edward contuvo el aliento, metió los dedos en el cabello rojo y le echó la cabeza hacia atrás con el fin de dejar expuesta la delicada curva de esa pálida garganta.
Bella cerró los ojos y él pegó los labios en el hueco de la base de su cuello y luego fue subiendo hasta su boca con una serie de besos eróticos.
Ella soltó una exclamación cuando la alzó en vilo.
—¿Qué haces?
Fue hacia la puerta y la abrió con el pie.
—No quiero que la primera vez sea en la mesa de la cocina.
—A mí no me importa donde sea mientras suceda —atónita, se preguntó si había hablado ella.
