Capítulo 9
Jadeante, aunque no por el esfuerzo de subir los escalones de dos en dos, abrió la puerta de su enorme dormitorio dominado por una gran cama con dosel.
Bella no fue capaz de fijarse en nada más. Toda su atención se hallaba centrada en el hombre que la depositó con cuidado en el centro de la vasta cama antes de encender una lámpara.
Seguía jadeando al sacarse la camisa de los pantalones y desprenderse de ella.
El gemido de Bella resultó audible. El deseo le atenazó el vientre mientras lo miraba con asombro silencioso.
Era duro y esbelto, sin un gramo de grasa que estorbara la perfección de esos músculos definidos.
Quería tocarlo, sentir esa piel desnuda contra la suya; quería probarlo y experimentar las manos de él sobre su propio cuerpo. No fue consciente de que había expresado esa creciente desesperación de realizar dichas ambiciones hasta que él se desabrochó la hebilla del cinturón y prometió con voz gutural:
—Lo harás, cara, lo harás…
No dejó de mirarla ni un segundo mientras se bajaba los pantalones por la cintura estrecha y los apartaba con los pies. Permaneció allí un momento, con unos calzoncillos que apenas lograban ocultar el poderío de su erección.
Se echó en la cama apoyado en un codo y acomodó el cuerpo largo junto al suyo. Le dio una serie de besos por la mandíbula al tiempo que buscaba el bajo de su top.
Bella realizó un movimiento sensual y sinuoso para ayudarlo a quitárselo por la cabeza y ver cómo lo tiraba por la habitación.
Disfrutando de la sensación, apoyó las manos sobre el estómago plano de Edward y notó la contracción convulsiva de los músculos debajo de la piel sedosa y velluda.
—Esto es una agonía —soltó al palpitar duro y ardiente contra las restricciones de su mano.
No sólo le llenaba la mano, sino el alma y la mente, estirando su capacidad emocional al límite, a un nuevo nivel mental.
Se situó sobre ella, observando con ojos encendidos y hambrientos el rápido subir y bajar de los pechos contenidos en el sujetador de encaje.
—Blanco virginal —murmuró él, invitándola con la sonrisa a compartir la broma mientras le soltaba el cierre frontal.
¡Vaya broma!
El recordatorio involuntario la puso tensa, pero entonces sus manos le coronaron los pechos y se los masajearon. La sensación increíble dejó poco espacio en el cerebro dominado por el placer para cualquier inquietud.
Cerró los ojos mientras lo escuchaba decirle que era perfecta y sonaba sorprendido por el descubrimiento.
Cualquier reparo residual se evaporó cuando el dedo pulgar de Edward comenzó a provocar primero un pezón y luego el otro, concediéndoles una vida propia antes de aplicar los labios y la lengua a la misma tarea.
Estremecida por el placer, con el cuerpo respondiendo al contacto más ligero, apenas fue consciente de que primero le quitaba los vaqueros y luego las braguitas con rebordes de encaje hasta que sintió los dedos deslizarse entre los rizos claros en la cumbre de sus muslos, buscando el centro lubricado y ardiente.
Tembló con una necesidad sin nombre cuando él le besó los párpados cerrados y le tocó la piel anhelante y sensibilizada del centro de su feminidad. La invasión asombrosamente íntima le arrancó un grito de placer sobresaltado. Las caricias la llevaron al borde de algo que estaba más allá de su experiencia, pero Edward se retiró literalmente antes de que llegara a la cima.
—Oh, Dios, yo…
—Eres perfecta; somos perfectos —le dijo antes de bajar por su cuerpo dejando una estela de besos por la curva delicada de su estómago—. Y esto —añadió, arrodillándose entre los muslos separados— también será perfecto.
Bella suspiró mientras observaba con codicia el magnífico cuerpo desnudo.
—He de tenerte… Bella, me estás volviendo loco.
Ella respondió enlazando los brazos alrededor de su cuello, arqueando la espalda y pegando de forma provocadora los pechos desnudos contra su torso.
Sintió el aliento de él en el cuello mientras se abría paso entre los labios vaginales para penetrarla. Arqueó el cuerpo y exhaló un suspiro de asombro desde las profundidades de su ser.
—Per amor di Dio!
Apenas consciente de esa exclamación atónita, Bella le pasó las piernas alrededor de las caderas y se aferró a sus hombros sudorosos. En algún momento notó los temblores que sacudieron su cuerpo grande al contenerse, pero sucedían tantas otras cosas maravillosas que prácticamente sólo se percató de lo increíble que era tenerlo dentro de ella.
—Esto es fantástico, eres… ¡oh, cielos! —jadeó Bella cuando la penetró aún más.
Gritó su nombre una y otra vez como una letanía mientras le llenaba el vacío que no había sabido que existía en su interior, impulsándola hacia el momento de total realización, su propio cuerpo temblándole por el esfuerzo de la contención.
Entonces, en los momentos finales mientras se equilibraba ante el abismo, él prescindió de esa contención y con un grito la penetró una última vez hasta que ambos alcanzaron el devastador clímax al unísono.
Temblando durante las últimas convulsiones del orgasmo, se entregó a él sin reserva alguna.
—¡Oh, Edward! —jadeó, enmarcándole la cara con las manos y dándole un beso ardiente—. No te haces idea de lo contenta que estoy de haberme quedado. Eres perfecto —afirmó somnolienta.
Entonces, se acurrucó en sus brazos y soltó un suspiro satisfecho.
Jamás olvidaría aquel momento en que había comprendido que había seducido a una virgen.
Al tenerla en brazos y contarle que jamás se le había pasado por la cabeza la posibilidad de que fuera virgen, le había confirmado lo ingenua que era cuando le dijo con expresión arrepentida:
—Lo has notado, entonces. Me preguntaba si lo harías.
—¿Cómo es posible? Tienes veintiséis años.
Con una gracilidad felina que le fascinó, se situó arriba y se deslizó con asombrosa falta de timidez hasta él. Le pasó un dedo por el torso sudoroso, insinuando la curva femenina de la cadera al pasar un muslo esbelto por encima de sus piernas.
—¿Cuántos años tenías tú la primera vez? —musitó, suspirando con voluptuoso placer—: Dios, esto es estupendo y tú eres absolutamente magnífico. ¿Te vas a quedar dormido?
—No, no me voy a quedar dormido —prometió él, riendo.
Nunca antes había asociado la risa con el sexo, aunque tampoco tenía por costumbre bromear o retozar después de la consumación.
El sexo se centraba en satisfacer una mutua necesidad primaria. La sociedad moderna sentía la necesidad de adornarlo y disfrazarlo y hablar de conexiones espirituales y emocionales, pero él no caía en ese engaño.
—Bueno, ¿cuántos años, tenías? —insistió ella.
—Pareces fascinada por mi historia sexual.
Con la lengua entre los dientes, le pasó un dedo por el torso, coqueteando con él con sus ojos verdes. Le divirtió verla descubrir el poder de su sexualidad femenina y disfrutar tanto de ella.
La mano exploradora bajó más y rió entre dientes al sentirlo temblar al tiempo que su cuerpo despertaba.
—Me fascinan muchas cosas tuyas —reconoció.
Muy consciente de la mano pequeña que en ese momento tenía la palma apoyada contra su estómago, repuso:
—No tenía veintiséis años —siempre que podía evitaba pensar en lo idealista que había sido con diecinueve años—. ¿Cómo es posible que una mujer tan hermosa como tú jamás haya tenido un amante?
—Gracias. Es muy bonito lo que has dicho. Tienes unos modales encantadores.
—¿Modales? Dio, dices cosas muy raras. No es bonito; es un hecho… eres preciosa —le alzó la cara por el mentón y la miró profundamente a los ojos.
Bella no apartó la vista, aunque había timidez en su mirada directa. Cuando él posó el dedo pulgar en sus labios, aún inflamados por los besos, y recorrió su suavidad, ella bajó los párpados.
Se los besó y murmuró:
—Muy hermosa y deseable. Lo pensé nada más verte —vio que se le dilataban los ojos hasta que sólo quedó un pequeño anillo verde. Despertaba una excitación en él que amenazaba el control del que tanto se enorgullecía—. Lo que necesitas, cara, es práctica, mucha práctica.
—¿Y tú me la darás? —antes de que pudiera asegurarle lo dispuesto que estaba a complacerla, de repente gimió—: ¡No, esto está mal!
—¿Mal? —a él le parecía muy bien. La frustración aleteó en su estómago.
—Los pacientes son vulnerables —explicó ella con expresión solemne—. A veces se entregan a las personas que cuidan de ellos, imaginan que es una forma de agradecimiento. Es una verdad bien documentada. Aprovecharse de alguien vulnerable es despreciable… y ni siquiera puedo aducir que no sabía lo que hacía. Lo sabía muy bien.
Necesitó unos segundos para interpretar esa explicación enrevesada y ansiosa.
—¿Piensas que te estás aprovechando de mí? —tuvo que contener la carcajada porque vio que ella se lo tomaba muy en serio—. Si se pudiera acusar a alguien de algo así, debería ser a mí. Tú eras la virgen —ella descartó el punto con un movimiento de la mano—. Y hoy estabas abatida por haber perdido a una paciente.
—Soy enfermera y trabajo en una unidad donde la gente está grave, donde los pacientes mueren.
—Y tú mantienes la objetividad… ¿quieres que me crea eso? —preguntó incrédulo—. Te he observado. Irradias empatía.
Lo miró desconcertada.
—¿Eso es malo?
—No para el anciano solo al que visitaste en tu día libre.
—El señor Newton no tenía familia aquí. Su hija había emigrado, estaba de camino y…
—No necesitas darme explicaciones por tus actos, Bella. No soy tu paciente.
—Pero tu hijo sí.
—No por mucho más tiempo —en cuanto superara la infección que había demorado un poco su mejoría, los médicos decían que podría estar bien para que lo trasladaran a convalecer a un hospital situado a media hora de la casa que tenían en Florencia.
Ella asintió.
—Volveréis pronto a casa.
Edward vio cómo sin previa advertencia las lágrimas comenzaban a caer de los maravillosos ojos de ella.
—Dios mío —gimió, mirándolo arrepentida mientras se las secaba—. Lo siento mucho.
—¿Por qué lloras Bella? —preguntó.
Por lo general, las lágrimas eran el indicio que le recordaba que debía estar en otra parte. Mantenía un punto de vista cínico acerca de las lágrimas de las mujeres, ya que era de la opinión que tenían más que ver con la manipulación que con el sentimentalismo.
Aunque empezaba a ver que a diferencia de otras amantes que había tenido en el pasado, esa pelirroja no sabía nada sobre la manipulación o, ya puestos, del instinto de conservación.
Cerró los puños al pensar que ese ser inocente podía caer en las garras de algún canalla que se aprovechara de su naturaleza confiada.
—No lloro. ¡Oh, Dios! —espetó, mirándolo enfadada—. ¿Es que una chica no puede suspirar sin verse sometida a un interrogatorio?
—Estás molesta y quiero saber la causa —había experimentado una cierta incomodidad al darse cuenta de que de verdad quería saberlo—. ¿Lamentas lo que hemos hecho?
—¿Lamentarlo? —repitió, sobresaltada por la sugerencia y luego irónicamente divertida mientras le respondía—: Nada más alejado de la verdad.
Se sintió aliviado, pero perplejo por la extraña inflexión en la voz de ella.
—Entonces, ¿por qué…? —ella movió la cabeza en silencio y se apartó, dándole la delicada espalda. La hizo girar con una mano en el hombro—. ¡Mírame! —ordenó.
Pasado un momento, lo hizo. Sus ojos se encontraron y el silencio se alargó hasta que de la garganta de Bella escapó un leve sonido ahogado. Con un movimiento fluido, se puso de pie junto a la cama. Parecía ajena a su desnudez mientras permanecía literalmente temblando, la piel pálida brillando con un fulgor opalescente.
En ese instante Edward había sabido que esa imagen de ella permanecería para siempre en su memoria.
—Me afanaba en encarar todo esto de forma adulta, pero si lo quieres saber, ¡perfecto!
Alzó los brazos, haciendo que sus pequeños pechos de puntas rosadas se movieran de un modo que lanzó una oleada de deseo por el cuerpo ya excitado de Edward.
—Lloraba porque te echaré de menos cuando te vayas a casa —cerró los ojos con fuerza y movió la cabeza, luego lo miró con desafío—. Y antes de que lo digas, sí, sé lo estúpido que suena eso y lo ridícula que estoy siendo. Apenas te conozco. No tenemos nada en común y…
—¿Me echarás de menos? —vio cómo se ruborizaba al tiempo que se inclinaba para recoger una manta que había caído al suelo y se envolvía en ella.
—La verdad es que no sé lo que digo. Ha sido un día muy emocional.
Edward palmeó la cama. Fue una invitación que ella aceptó pasado un momento, aunque para su pesar no se quitó la manta al sentarse en el borde.
—Ven conmigo —se oyó decir.
La expresión de ella reflejó la incomprensión que sentía él.
—¿Ir…?
—Ven con nosotros cuando regresemos a Italia.
—Eres muy amable, pero no me queda ningún día de vacaciones para este año.
—Para que quede claro, Bella, no soy un hombre amable y no hablo de unas vacaciones. Te gustaría Italia.
—¿Te refieres a vivir allí?
—¿Por qué no?
—Hay cien razones —replicó, tratando de reír sin éxito mientras le recordaba—: Mi trabajo está aquí, Edward.
—Hay hospitales en Italia.
—No hablo el idioma, se requiere tiempo para aprenderlo y he de ganarme la vida… Dios, ¿escuchas lo que digo? —exclamó, poniendo los ojos en blanco—. Sueno como si de verdad fuera a considerarlo.
—No debes preocuparte por ganarte la vida nada más llegar… no soy exactamente un hombre pobre.
Ella se puso rígida.
—¿Sugieres que deje mi trabajo y a mis amigos y vaya contigo a Italia como tu amante?
—No amante, precisamente —admitió.
Pero una vez que pensó en ello, pudo ver las ventaja de ese plan. Sin embargo, cuando ella giró la cabeza comprendió que no le entusiasmaba la idea.
—Bien, ¿qué otro nombre le darías a una mujer cuando un hombre paga sus facturas a cambio de ciertos favores? —inquirió con manifiesto desdén—. ¡Nunca en la vida me había sentido tan insultada!
A Edward su furia le resultó totalmente inexplicable.
—¿Te sientes insultada? —sabía que muchas mujeres habían anhelado ese puesto durante años.
—Exacto —apretó los dientes—. ¿Te parezco la clase de mujer a la que le gustaría depender de un hombre? ¿Una mujer que cedería su independencia? Haber esperado hasta los veintiséis años para descubrir el sexo puede dar la impresión de que he sido tonta, pero yo no me considero tonta.
—¿Es eso? Ahora que has descubierto el sexo estás ansiosa por experimentar —por su cabeza pasó la imagen de los hombres sin cara que continuarían con la educación que él había iniciado. Le palpitaron las sienes.
Después de mirarlo en silencio atónito durante un rato, ella echó la cabeza atrás y rió. Los ojos le brillaban indignados al responder:
—Y he de agradecerte a ti mi liberación sexual.
—No confundas la promiscuidad con la liberación —indicó con severidad, imaginando todavía esa hilera de hombres sin cara.
—¿Tú me acusas a mí de ser promiscua? ¡Lo que me faltaba! Tal como yo lo entiendo, cambias de mujer con la misma facilidad que un hombre normal cambia de camisa. Si fueras una mujer y no tuvieras tanto dinero, la gente te llamaría con nombres desagradables. ¡Y tendrían razón! ¿Sabes? Eres la clase de hombre que es incapaz de hablar de sus sentimientos y considera eso una señal de fortaleza.
—De pronto sabes un montón de hombres… y de mí —observó con tono lóbrego.
Lo miró furiosa.
—Conozco lo suficiente sobre ti como para saber que no quiero volver a verte jamás —recogió la ropa dispersa y huyó de la habitación.
Él se dijo que ese giro, aunque frustrante, a la larga sería lo mejor. Al apartar el edredón y ponerse de pie, un dedo se le enganchó con el sujetador de Bella.
Se lo devolvió una semana más tarde cuando se declaró.
