Capítulo 11

Estaba oscuro cuando despertó.

—Edward… —alargó la mano y palmeó la cama a su lado. No había nada salvo un hueco cálido. Se sentó y volvió a llamarlo, más alto.

En esa ocasión obtuvo respuesta. La puerta del cuarto de baño se abrió y él quedó enmarcado en el umbral.

—Hola, bella durmiente —fue hacia ella con una toalla alrededor de las caderas y otra colgándole del hombro.

Le sonrió somnolienta cuando se sentó a su lado y le dio un beso cálido en los labios.

—Estás mojado —le revolvió el pelo chorreante.

—Y tú incitadora —repuso con voz ronca, apartando la sábana que le cubría los pechos y respirando hondo—. Mmmm… y también hueles bien.

—¿Qué hora es?

—La una y media.

Abrió mucho los ojos.

—He dormido durante horas. ¿Por qué no me despertaste?

—Porque estabas cansada.

Apaciguada por la explicación, se apoyó en la almohada.

—¿Y Alberto?

—¿Qué pasa con Alberto? Ya no necesita que lo arrope.

—No seas muy duro con él. Intenta recordar lo que es ser un adolescente lleno de hormonas.

—Creo que puedo recordar muy bien lo de las hormonas —también podía recordar lo que se sentía al tenerla en brazos.

—¿Crees que puede ser por la época de exámenes? Recuerdo que a mí me ponían muy nerviosa —miró a su marido, convencida de que jamás había sentido un atisbo de nervios durante un examen—. Además, tú eres un ejemplo exigente para cualquier niño. Tal vez se sienta intimidado… —sugirió un poco a ciegas.

—Lo dudo —repuso con sequedad—. En cuanto a igualar mis logros académicos, no le resultará difícil. No tengo ninguno.

—¿Qué quieres decir con ninguno?

—Que no llegué a realizar ningún examen.

—¿Ninguno?

—Faltaban unos meses para hacerlos cuando se me pidió que abandonara la universidad.

—¿Te expulsaron?

—Nada tan carismático —le pasó un dedo por la mejilla y rió.

—Entonces, ¿por qué te fuiste? —él jamás hablaba de su pasado y no podía pasar por alto esa oportunidad.

Se encogió de hombros con gesto resignado.

—Imaginas un misterio donde no lo hay —dobló una almohada y se echó a su lado.

—Eres un exhibicionista —acusó, continuando antes de verse completamente distraída por su cuerpo—. Entonces, ¿por qué dejaste la universidad?

—Por impago de la matrícula.

Ella abrió mucho los ojos.

—¿Y entonces te pidieron que te marcharas? Eso es terrible —se mostró indignada—. ¡Cruel! —añadió.

—De hecho, se mostraron muy pacientes a lo largo de los años. El tesorero se dirigía a mí con diplomacia para decirme que el pago se retrasaba. Por lo general había algún cuadro o joya que se podían vender, hasta que no quedó nada —se encogió de hombros con indiferencia—. No te muestres tan trágica, cara mia. La educación formal no era para mí; resultaba demasiado… limitadora. En realidad, me hicieron un favor. Al mes de dejar la universidad había fundado la empresa punto com, que vendí antes de que estallara la burbuja, y el resto, como se dice, es historia.

—¿No te importa que tu padre actúe como si el palazzo fuera suyo cuando va de visita?

—Es una cuestión de orgullo. ¿Qué sentido tiene hurgar en la herida? Además, en la actualidad es un hombre reformado, tal como puede estarlo cualquier ludópata.

—Creo que eres un hombre increíblemente generoso —dijo de forma impulsiva—. Teniendo en cuenta por lo que os hizo pasar a tu madre y a ti.

—Todos tenemos nuestras debilidades, Bella.

Lo observó dubitativa.

—¿Incluso tú?

—Incluso yo —confirmó.

—No te creo.

—Deberías. Mi debilidad es una pelirroja que apenas me llega a los hombros —y se hallaba tan inmerso en su hechizo, que ya no deseaba escapar.

La declaración la asombró.

—¿Eso es un cumplido…?

Se quitó la toalla que tenía alrededor del cuello.

—No sé nada de eso, salvo que es la verdad. Acerca de la calidez, cara mia… ¿te apetece compartirla conmigo?

Lo miró con timidez y retiró el edredón.

—Me gustaría cobijarte.

Y lo hizo.

Cuando volvió a despertar había luz y la cama a su lado estaba vacía y fría.

Se apoyó en un codo y estaba a punto de llamarlo en voz alta cuando vio el despertador. Atónita, comprobó que era mediodía.

Sacó los pies por el borde de la cama y se apartó el cabello revuelto de la frente al tiempo que se dirigía a la ducha.

Edward debería haberla despertado.

Le dijo lo mismo al bajar y encontrarlo en la cocina.

—Lo intenté —apoyó una mano en el trasero cubierto por unos vaqueros y con la otra le alisó los bucles aún mojados que caían sobre su mejilla—. Intenté despertarte a besos, pero tú te diste la vuelta y te acurrucaste como una gatita dormida.

Suspiró y lo miró.

—No debieron ser besos cariñosos —bromeó.

Él le dedicó una sonrisa sexy y sin advertencia previa le enmarcó el rostro entre las manos y le cubrió la boca con los labios.

—¿Ves? —indicó mientras trataba de recuperar el aliento—, ése sí me habría despertado.

—Te repito que no lo conseguí, y me habría quedado a hacerte compañía, pero debía realizar unas llamadas —sus ojos se oscurecieron—. Sabes que me quedo en la cama si recibo el estímulo apropiado. ¿Te sientes —le levantó un mechón de pelo de la mejilla— predispuesta a suministrármelo?

Pensando en su cita de último momento en la clínica de fertilidad, bajó la vista.

—Me gustaría, pero tengo un cita…

Controlando su insatisfacción, dejó caer la mano.

—¿Adónde vas?

Se adelantó para servirse un café, permitiendo que el cabello le ocultara medio rostro.

—Tengo hora con el dentista. Se me ha caído un empaste.

Lo miró nerviosa. La mentira le sonó tan falsa a ella misma, que esperaba que él la descubriera al instante.

—¿Por qué no me lo dijiste, cara? ¿Te duele? —preguntó él preocupado.

—No, no está tan mal, sólo sensible con el frío y el calor —continuó con la mentira, sintiéndose más culpable que nunca.

—Te acompañaré.

—No… ¡no! —con una sonrisa moderó su tono—. Creo que deberías aprovechar la oportunidad de mantener una charla con Alberto —bajó la voz al mirar hacia donde el joven desayunaba sentado a la mesa, moviendo la cabeza al ritmo de la música que escuchaba a través de unos auriculares—. Seguimos sin saber por qué huyó —su preocupación al respecto no era fingida—. Y quizá le resulte más fácil hablar si yo no estoy presente. Tenías razón… a Alberto podría molestarle que interfiera.

—No podrías lograr que a Alberto le molestara tu presencia aunque lo intentaras —la miró con expresión peculiar—. No eres una intrusa en esta familia, Bella, eres un miembro de pleno derecho. No necesitas excusarte para brindarnos tiempo a solas.

La emoción le atenazó la garganta. El día anterior había hablado en serio. Si se había sentido culpable por mentirle antes, en ese momento se sintió desolada.

Después de ese día, se prometió que ya no tendrían más secretos.

El doctor escuchó con educación cuando ella le explicó que después de haber hablado del asunto con su marido, habían decidido no tomar parte en la prueba clínica.

—De hecho, señora Cullen, he de informarle de que ya no es candidata a la prueba.

Recibió esa noticia con un silencio aturdido.

—¿O sea que no existía la oportunidad de que me quedara embarazada?

Encogió los hombros. No supo si sentirse aliviada o decepcionada…

—A mí me parece evidente que ya lo está, señora Cullen.