Capítulo 12
Fue vagamente consciente de que la guiaba a una silla. Miró fijamente el vaso con agua que no sabía cómo había llegado a su mano.
El zumbido en sus oídos se mitigó un poco.
—Lo siento —se disculpó con risa tensa—. Por un momento pensé que decía que estaba embarazada.
—¿No lo sospechaba?
—¿Sospecharlo? —repitió, pensando en los cambios de estado de ánimo, en la súbita aversión al café, en los pechos sensibles—. ¿Cómo podía sospecharlo? —demandó. Las señales habían estado allí, pero ella no había estado buscándolas… ¿qué motivo había para ello?—Usted mismo dijo que para que pudiera concebir de forma natural se requeriría un milagro —protestó—. Y lo habría sabido… Las mujeres lo notan, ¿no?
—No es inusual que una mujer no se dé cuenta de que está embarazada hasta que el embarazo se encuentra bien avanzado, y los milagros, incluso en este mundo cínico, no son tan raros como pueda imaginar. En mi trabajo veo milagros todos los días, el nacimiento mismo lo es.
Bella soltó un suspiro trémulo e instintivamente apoyó las manos sobre el estómago. Alzó una para cubrirse la boca y comprendió que temblaba con fuerza.
Movió la cabeza, todavía incapaz de creer del todo que no se trataba de un sueño.
—¿No ha confundido mis resultados con los de otra mujer?
—Seguro —el doctor pareció más divertido que ofendido por esa pregunta suspicaz—. Está embarazada.
—¡Oh, Dios mío! —¿qué iba a decir Edward? Descartó ese pensamiento. Ya era bastante complicado asumir los hechos básicos como para abordar ese tema—. ¿De cuánto tiempo?
—Por el reconocimiento médico, diría que de doce semanas, pero podré informarle con más precisión después de la ecografía.
«Mi bebé…» Por primera vez se permitió creer y se sintió embargada por el júbilo.
—¿Me va a hacer una ecografía? —si veía a su propio bebé parecería más real—. ¿Cuándo?
—Ahora mismo, si usted quiere.
—Me gustaría.
Bella no podía apartar sus ojos fascinados de la pantalla.
—Realmente es un bebé —susurró, secándose con gesto distraído la humedad de la cara—. Un milagro —añadió con voz ronca—. ¿Está bien? ¿No hay nada…?
—Su bebé está perfecto y de acuerdo con las medidas… sí, el embarazo es de unas catorce semanas.
—Realmente esto me desborda. Debería hacerle preguntas —movió la cabeza—. No sé… Jamás pensé que me encontraría en esta situación… —la voz se le quebró.
El médico sonrió y le entregó un pañuelo de papel.
—Encantado responderé cualquier pregunta. ¿Por qué no pide cita para volver con su marido una vez que hayan asimilado la noticia? Estoy seguro de que él querrá involucrarse.
Bella, que estaba igualmente segura de lo contrario, sintió un aguijonazo de dolor que la hizo jadear.
—Es usted muy amable. Muchas gracias.
Se marchó de la clínica y, aún aturdida, dio un paseo por el parque. Su estado emocional fluctuaba entre la euforia y el temor.
Seguía sin sentirlo como algo real.
¿Cómo hacerlo?
Tener un bebé no era algo sobre lo que se hubiera permitido pensar hasta hacía poco. Y había tomado una decisión consciente de abandonar ese sueño. Porque de lo contrario, habría destruido su matrimonio.
Quería tener el hijo de Bella y lo quería a él. No podía tener a ambos.
Atribulada, se sentó en un banco y enterró la cara en las manos.
Al levantarla, estaba pálida pero decidida. ¿Por qué no podía tener a ambos? Edward había parecido estar en contra de la idea del bebé, pero una parte de ello se había debido a la falta de entusiasmo ante la naturaleza invasiva de la intervención médica.
Tenía un hijo y era un padre magnífico. Sería estupendo con el hijo de ambos una vez que se acostumbrara a la idea.
De pronto por su cabeza pasó la imagen de cuando le había dicho que no querría volver a tener hijos jamás.
Apretó los dientes y desterró esa imagen. Eso había sido en el pasado, su embarazo era el presente. Las cosas habían cambiado.
No era el momento para tener pensamientos negativos. Movió la cabeza para despejarla.
Pero no era la clase de información que podía soltarle así sin más, todavía no. Lo más sensato sería dejar caer indirectas, aunque aún no tenía claro qué clase de indirectas.
Él simplemente necesitaría tiempo para aceptarlo.
Respiró hondo, irguió los hombros y pensó: «No tiene otra alternativa».
«Porque tiene que querer este bebé tanto como yo».
Llevaban juntas otra vez una semana y la vida era tan perfecta como Bella podía imaginar.
Habría sido perfecta salvo por su secreto. Colgaba sobre su cabeza como la proverbial espada. Y ella seguía esquivándola junto con la verdad.
Debía contarle a Edward que estaba embarazada. No era algo que pudiera ignorar, y Bella tampoco lo quería. No tenía elección y el tiempo se agotaba; faltaba poco para que empezara a notársele.
Su cuerpo ya había experimentado algunos cambios sutiles y fascinantes. Cambios que parecían tan drásticos que no podía creer que Edward no los hubiera notado. Pero aparte de una entusiasta observación sobre el aumento de sus pechos, parecía ajeno a todo lo demás.
Cada vez era más obvio que el momento perfecto que había estado esperando no se iba a presentar más allá de sus fantasías. ¡E incluso en ellas jamás era muy convincente!
Aunque también podía resultar cierto que exageraba y sufría esas pesadillas por nada. No había motivo para dar por hecho que él odiaría la idea. Cuando se enfrentara a la realidad de un bebé, Edward podría dar un giro radical; tal vez quedara tan encantado como ella con la idea.
Pero también era posible que no fuera así.
Era la posibilidad para la que tenía que prepararse, pero no podía.
Cada vez que intentaba predecir su reacción, se ponía a sudar. Sólo había una manera de averiguarlo.
Debía contárselo.
No había nada peor que estar embargada por esa permanente sensación de culpabilidad. Nada podía ser peor que eso, salvo, posiblemente, que tu marido te odiara y que tu matrimonio se destruyera…
Y no iba a ser así.
No dejaba de recordar la expresión en la cara de Rosalie cuando le había comunicado su embarazo.
—Jamás me había considerado una persona maternal —le había confiado la otra mujer—. De modo que nunca había esperado sentirme de esa manera, y cuando se lo conté a Emmett, lloró… lloró de verdad. Ya sabes, no pensaba que pudiéramos estar más unidos, pero me equivoqué. Este bebé nos ha acercado aún más.
¡Parecía tan injusto!
Contarle al hombre al que amas que esperas un hijo de él debería ser un gran motivo de felicidad.
Después de pasar la mañana en el orfanato infantil, tuvo la certeza de que la vida no era justa.
Se marchó de allí con un objetivo renovado. Tenía las cosas más claras que nunca.
«Se lo contaré esta noche», decidió al subir al coche.
Esa noche había una cena benéfica, y al día siguiente sin duda buscará alguna otra excusa para considerar que no era el momento propicio, por lo tanto, ¿qué sentido tenía esperar?
—Sí, decididamente esta noche —afirmó.
No habría esperado tanto si no hubiera quedado para almorzar con Irina. Habría ido directamente a la oficina de Edward en Florencia, pero ya había rechazado la invitación de la mujer mayor dos veces desde el regreso al hogar.
«Hogar». Lo sentía como su hogar más que cualquier otro lugar que hubiera conocido. Pero, tópico o no, sabía que cualquier sitio donde estuviera Edward sería su hogar.
Valía la pena luchar por lo que tenía, y si no le quedaba más remedio que golpear a Edward con un palo en la cabeza para lograr que se diera cuenta de que un bebé era causa de celebración, ¡lo haría!
Al llegar al restaurante, Irina ya estaba sentada a la mesa bebiendo agua mineral.
—Lamento el retraso —dijo cuando la otra mujer se levantó y le dio un beso en cada mejilla. Demasiado sensible a los olores últimamente, experimentó una oleada de náuseas al quedar envuelta en la nube del fuerte perfume de Irina.
—Se te ve preciosa —comentó Irina cuando se sentó frente a ella y le pedía al camarero una botella de agua mineral—. Y qué zapatos tan cómodos —admiró—. Cielos —suspiró—, cómo me gustaría no ser una esclava de la moda. Y ahora, antes de que empecemos, deja que te informe de que le he dicho a todo el mundo que no es más que un rumor tonto.
Bella dejó el menú.
—¿A qué te refieres?
—Cuando te marchaste de esa manera se habló un poco, pero yo dije…
—¿Se habló? —se sintió consternada. No había imaginado que su breve ausencia atraería tanta atención y la idea de ser el blanco de rumores la descorazonaba.
—De divorcio, pero no te preocupes, yo dije que todas las parejas discuten y que Edward jamás te engañaría.
—¡Claro que no!
—No te preocupes, soy una persona absolutamente discreta.
—No hay nada que requiera discreción.
—Es lo que yo les dije —le dedicó una sonrisa alegre y se concentró en el menú—. Comenté que tenían que ver lo felices que erais ahora, porque nos preocupamos mucho por Edward cuando murió Tanya. Fue un tiempo terrible. De no haber sido porque Alberto lo necesitaba, algunas personas incluso sugirieron que habría sido capaz de cometer una tontería… —calló mientras le dedicaba una mirada significativa.
—¡Nunca! —la protesta de Bella salió del corazón.
Edward no era de los que abandonaba; sin importar lo dura que pudiera tornarse una situación, nunca tomaría la salida fácil.
La otra mujer, desconcertada por la vehemencia de Bella, se mostró de acuerdo de inmediato.
—Estoy segura de que tienes razón. Tengo entendido que aquí sirven una langosta magnífica.
Bella prefirió algo más ligero. Aun así, acababa de empezar a comer cuando tuvo que ir al aseo.
Un breve vistazo al espejo después de refrescarse la cara le mostró que el poco maquillaje que había llevado había desaparecido por completo.
Irina la miró fijamente cuando regresó del aseo.
—Estás embarazada, ¿verdad?
Bella se sobresaltó. Estaba tan consternada por que hubiera descubierto su secreto que no notó la dureza en la voz de la otra mujer.
—Sí.
Los labios finos de la mujer mayor se curvaron en una sonrisa rígida.
—Felicidades.
—Gracias. Te agradecería que aún no se lo comentaras a nadie. Todavía no es… no es algo público. Ni siquiera privado.
—Muy inteligente, teniendo en cuenta todas las cosas que pueden ocurrir en los primeros meses. He leído que un gran número de embarazos no llegan a su fin en…
La voz de Bella la cortó.
—¡No! Mi bebé está bien —soltó, acalorándose.
Carla enarcó una ceja fina.
—Por supuesto. No era mi intención sugerir que pudiera pasar algo; sólo coincidía con tu decisión de no hacerlo público tan pronto.
—En realidad, no es tan pronto.
—No diré una palabra. Edward debe estar encantado.
La culpa hizo que Bella se sonrojara.
—Bueno, en realidad aún no se lo he contado.
—¿En serio?
—Seguro que te parece raro.
—Estoy segura de que tienes tus razones —sonrió, revelando unos dientes parejos y blancos contra unos labios carmesíes—. Pero no te preocupes, no diré ni una palabra.
Dos horas más tarde, Irina estaba sentada en la terraza de la cafetería situada enfrente de la entrada posterior del Edificio Cullen, la misma a la que acudía Edward.
Al ver la alta figura de su primo salir por la puerta, se puso de pie y, cruzando por la ruta más directa, chocó contra él de forma habilidosa antes de que llegara al coche aparcado.
—Lo siento. ¿Está bien? —la mano de Edward fue de forma automática a sujetar a la mujer que se había topado con él. Enarcó una ceja al identificarla—. Irina, vas con prisas.
—Se me hace un poco tarde —reconoció, chasqueando la lengua al mirar las bolsas de las boutiques de lujo con el contenido volcado en la acera.
—¿Has estado de compras?
Edward pensó que había poco más en la vida de esa mujer. Y si lo había, ella jamás lo mencionaba.
Fue incapaz de imaginar a su esposa satisfecha con una existencia tan hedonista y superficial, aunque tuvo que reconocerse que a veces Bella lo llevaba a extremos.
Así como estaba orgulloso de lo que había conseguido poniendo en marcha el proyecto del orfanato en tan poco espacio de tiempo, le preocupaba que asumiera demasiadas cargas. Sabía que mucha gente daba por hecho que él había sido la fuerza motriz detrás del plan.
Y no había nada más alejado de la verdad, aunque Bella no parecía preocupada por el reconocimiento a su duro trabajo.
A veces le daba la impresión de que desconocía el significado de la palabra delegar, incluso de un simple no… alguien le pedía que hiciera algo y lo aceptaba sin tomar en consideración el esfuerzo para ella.
Cuando había hablado del tema con ella, no había tomado en serio sus comentarios.
—Me gusta mantenerme ocupada… y mira quién fue a hablar. ¿Cuándo fue la última vez que te tumbaste en la hierba a contemplar el cielo?
—¿Y por qué iba a hacerlo?
Cuando Irina dejó de reír, se encogió de hombros.
—Creo que me acabas de dar la razón. Te creces con la presión, Edward.
—Conozco mis limitaciones.
—Eso es tan poco cierto que ni siquiera resulta gracioso.
Había dejado el tema, pero reconocía que había sido un error. Frunció el ceño al recordar lo pálida y cansada que parecía Bella aquella mañana, antes de marcharse.
—¡Ay!
El grito agudo lo devolvió al presente y a la mujer que trataba de recoger las compras del suelo. Sus esfuerzos se veían entorpecidos por una falda extremadamente ceñida y zapatos con diez centímetros de tacón.
Edward se agachó.
—Déjame —lo primero que recogió fue un pijama para bebé.
Con una carcajada, Irina se lo arrebató de las manos.
—Tendrás que fingir que no lo has visto cuando Bella lo desenvuelva —alisándose la falda, se incorporó y sostuvo la diminuta prenda ante él—. ¿Crees que a Bella le gustará? —calló cuando pareció ocurrírsele una idea—. Oh, ¿dime que no ha comprado una igual?
Edward observó el pijama y respondió:
—Estoy completamente seguro de que no lo ha hecho.
Carla emitió un exagerado suspiro de alivio.
—Bueno, me alegro mucho. Estuve a punto de comprarle una rebequita, pero pensé, ¿es adecuada la cachemira para un bebé? —interceptó la mirada gélida de él y volvió a reír—. Lo siento, me entusiasmo demasiado, pero vas a tener que acostumbrarte a eso —bromeó.
El sonido artificial de su voz empezaba a crisparlo.
Edward colocó el resto de los paquetes en las bolsas y se puso lentamente de pie.
—Gracias —dijo ella, plantándole un beso en la mejilla al tiempo que aceptaba las compras—. Tienes que estar tan entusiasmado —ajena al hecho de que parecía un bloque de hielo, volvió a darle otro beso antes de cruzar hacia la terraza de la otra acera.
