Capítulo 13
Tenía que haber algún error. Bella no podía tener un bebé. ¿Por qué Irina daría por hecho que así era? Rememoró su rostro pálido, el cansancio, las visitas tempranas al cuarto de baño.
Dio mió! Respiró hondo y abrió la puerta del coche.
Depositando en la cama el vestido de noche, una creación de satén verde claro con un corpiño ceñido y falda amplia, Bella, con el sujetador rosa sin tirantes a juego con las braguitas, se sentó ante el espejo del tocador.
El collar de diamantes que ya se había puesto en el cuello centelleó contra su piel clara mientras recogía los pendientes también a juego. Todo había sido un regalo de Edward justo después de que regresara a casa y él le había pedido que los llevara esa noche.
Esbozó una sonrisa soñadora.
En cuanto se lo contara, ya no dispondría del lujo de fantasear, de refugiarse en un romanticismo ilógico, imaginando que se le nublaban los ojos y que la paternidad era exactamente lo que él había buscado.
Cada vez que especulaba con la reacción que tendría, se ponía enferma. Durante los momentos racionales sabía que se movería entre la furia y la aversión.
Su única esperanza era que con el tiempo se entusiasmara con la idea.
Se decía que era eso lo que sucedería cuando el reflejo de un movimiento a través del espejo la hizo girar la cabeza.
Edward estaba allí de pie, apoyado contra el marco de la puerta, con una expresión que no la animó a considerar que alguna vez volvería a entusiasmarse con algo.
Sintió un nudo en el estómago.
—Lo sabes.
Él respiró hondo y se apartó de la puerta.
—Entonces, ¿es verdad? —preguntó con dureza.
—¿Cómo…?
Descartó la pregunta con un movimiento de la cabeza.
—Eso carece de importancia.
—Siéntate —suplicó—. No puedo hablar contigo mientras estás…
—¡Hablar! —espetó con disgusto—. Creo que el momento para hablar ya ha pasado.
—Sé que debería habértelo contado —reconoció ella.
—¿Contarme qué… una sarta de mentiras?
La intimidó la hostilidad que había en su voz.
—Jamás te he mentido —sólo unas pocas omisiones acerca del tema del amor—. Excepto en lo de la cita con el dentista.
La miró desconcertado.
—¿El dentista?
—El día después de haber llevado a Alberto a casa.
Edward palideció.
—¿Lo supiste entonces?
Bella asintió.
—Fue una conmoción para mí. Ni siquiera sospechaba que…
—Una conmoción para ti. Madre de Dio! ¿Qué crees que ha sido para mí? Me dijiste que no podías tener hijos. ¿Cuántas otras mentiras me has contado? —se preguntó con amargura.
—¡Tú…! —sintió que su furia despertaba; no era justo. ¿Por qué no podía ver que era algo bueno?— Esto no es todo sobre ti. No es una conspiración o un plan retorcido. ¡Se me informó de que las posibilidades que tenía de quedarme alguna vez embarazada de forma natural o con cualquier ayuda médica, rayaban en lo imposible! Yo lo creí.
—¿O sea que es una concepción milagrosa?
Su desdén la crispó aún más.
—Por lo que a mí respecta, así es.
La serena dignidad de su respuesta pareció desconcertarlo.
—¿Quieres a este bebé?
—Nuestro bebé —lo corrigió.
—Entonces, ¿yo no tengo voto en el tema?
Bella se quedó helada.
—¿Estás sugiriendo que aborte?
Él pareció impactado por la sugerencia, pero Bella se sentía demasiado encendida para notarlo.
—¿Qué? ¡No! Claro que no…
—Pero no derramarías ni una lágrima si perdiera al bebé. Dios, eres tan egoísta. No sé por qué no lo vi antes —lo miró con profunda desilusión. Él la observó con mirada pétrea—. No pienso dejar que hagas que me sienta como si acabara de realizar algo de lo que debería avergonzarme —declaró con orgullo. Luchando con el cierre del collar, desesperada de pronto por quitarse su regalo, comenzó a llorar de frustración—. ¡Maldita cosa, no quiere soltarse! —tiró de él hasta que le dejó una marca roja en la piel delicada.
—Dio mió, para… te harás daño —dijo, apartándole las manos a la fuerza de su cuello.
Bella se quedó rígida mientras sus dedos le tocaban la garganta, profundamente avergonzada por la punzada de deseo que le provocó el contacto.
—Ya está —dijo, soltando el collar en la palma de la mano de ella.
—Me quedé embarazada de forma fortuita… y por si lo has olvidado, no sin cierta ayuda. ¡No he robado un banco! —se mordió el labio trémulo, apartó la vista y añadió—: ¡Aunque por el modo en que te comportas, preferirías esto último!
—Me dijiste que no podías tener hijos —de haberlo sabido, habría usado protección y la habría mantenido a salvo.
Con los dientes apretados, le devolvió la mirada centelleante.
—Es lo que me dijeron a mí —alzó las manos—. ¿O crees que me inventé todo mi historial médico por algún motivo siniestro? No planeé que esto sucediera, pero no dudes de que estoy contenta de que pasara. Es algo que jamás pensé que tendría lugar, pero ha ocurrido, y puedes despreciarlo cuanto quieras, pero se trata de un milagro y no me importa lo que tú pienses o digas… pienso ser feliz —declaró antes de ponerse a llorar.
Él miró impotente mientras Bella lloraba. Las acusaciones reverberaron en su cabeza. Quería decirle cuan equivocada estaba, pero no podía sin revelar su culpabilidad y temor.
¿Cómo explicarle que para él el embarazo no era sinónimo de felicidad? En su mente se hallaba inextricablemente ligado a la enfermedad y el peligro.
—Lo siento, Bella. Siento no poder tomarme esto del modo en que tú quieres que lo haga.
Alzó el rostro surcado por las lágrimas. Se sentía emocionalmente exhausta y vacía; hablar representaba un esfuerzo.
—Esto es nuestro bebé —apoyó una mano en su estómago.
Él asintió.
—Lo sé. Ha sido una sorpresa.
—Y lo has disimulado muy bien.
—Ya lo resolveremos —si algo le pasaba a Bella por el embarazo jamás podría vivir consigo mismo. Ni podría vivir sin ella, porque la amaba.
—No hay nada que resolver. Voy a tener un bebé, y si por activa o por pasiva alguna vez haces que se sienta no querido, nunca te lo perdonaré.
Edward fue a su despacho, se sirvió un coñac y luego, después de mirar el contenido de la copa, la vació en una maceta.
Junto con el juego, su padre había bebido en exceso cuando tenía algún problema… por lo general la última deuda de juego. Nunca había sido un modelo a emular, ¿por qué empezar en ese momento?
Una vez había perdido en la lotería del amor-matrimonio; eso no significaba que debía dejar que la historia se repitiera.
Podía comportarse como un hipocondríaco imaginando terribles sucesos o cerciorarse de que Bella y el bebé de ambos estuvieran seguros.
Aún planeaba la estrategia a seguir cuando ella entró sin llamar. Llevaba puesto un camisón largo que resultaba transparente a la luz. En otra ocasión habría podido pensar que lo había elegido para seducirlo, pero no era el caso en ese momento.
Primero lo miró a él y luego la botella abierta en el escritorio.
—¿Has estado bebiendo?
—No, cambié de idea.
—¿Vas a venir a la cama?
—¿Sería bien recibido? —ella desvió la vista y se encogió de hombros—. Por la mañana me encargaré de contratar a una enfermera, alguien que viva con nosotros, y tus revisiones médicas las harán médicos de aquí. Emmett conocerá a los mejores.
—Eso no es necesario —aunque evidentemente sí lo era para él. Comprendió que al rodearla de atención profesional dispondría de la libertad de distanciarse.
Reconocer sus motivos la llenó de una tristeza profunda. Había llegado a creer, incluso después de lo sucedido esa noche, que tal vez pudiera llegar a gustarle la idea.
