Capítulo 14
—¡Bella!
Edward se preguntó si el sonido de tacones sobre el suelo de mármol del pasillo eran en respuesta a su llamada.
Aunque últimamente ella apenas llevaba zapatos en la casa. Estaba en su último mes de embarazo y los pies habían empezado a hinchársele.
—¡Edward!
Se volvió y no vio a su esposa, sino a Irina. Su decepción fue demasiado intensa para ocultarla.
—Irina —miró más allá—. ¿Dónde está Bella?
La morena apoyó una mano en su brazo.
—Lo siento, Edward…
Esa pausa dramática sólo sirvió para irritarlo; lo mismo que el olor del fuerte perfume en el que parecía haberse bañado.
—Me temo que se ha ido… otra vez.
Se preguntó cuándo iba a perdonarlo y dejar de mantenerlo a distancia.
¿Y qué hacía fuera de casa en su estado ante la inminencia de una tormenta? Podía sentir el aire pegajoso en la atmósfera.
—¿Adónde? —mostró una expresión de disgusto cuando Irina se acercó más. El perfume de Bella, cuando usaba alguno, era sutil y delicado. Pensar en ello le provocó una descarga de deseo por todo el cuerpo.
Si ya había perdido el control de su mente, ¿por qué no también el de su cuerpo? Odiaba sentirse desvalido, pero ya empezaba a acostumbrarse.
La frustración le tensó los músculos del estómago.
—Bella —a veces experimentaba el impulso abrumador de pronunciar simplemente su nombre.
Ajeno al hecho de que Irina había retirado con presteza la mano de su brazo e incluso a la presencia de ella, se pasó una mano por la frente y fue hacia la ventana. Los árboles que se alineaban en los bordes de la larga entrada de coches se movían bajo un viento que era una brisa suave comparado con lo que soplaría luego.
Las tormentas de verano podían ser feroces y devastadoras en las colinas, y era la idea de que Bella experimentara su primera tormenta sola lo que hizo que cancelara las reuniones de la tarde y regresara directamente a casa mientras aún podía.
—¿Dijo cuándo volvería? —se levantó el puño de la camisa y miró la hora. Le daría diez minutos; si no había regresado por entonces, iría a buscarla.
—No va a volver, Edward.
Éste la miró con ojos entrecerrados y reservados.
—¿Dónde diablos está mi esposa? —bramó.
La sonrisa tenue de Irina se desvaneció y dio un paso involuntario atrás. La furia que ardía en los ojos de Edward iba destinada a ella… Las cosas no marchaban como se suponía que debían ir.
—Es lo que intento decirte, Edward —luchó por recobrar la compostura y se humedeció los labios secos—. Se ha marchado —«y yo he venido a ofrecerte consuelo».
La miró un momento, luego sonrió.
La sonrisa hizo que Irina se preguntara por primera vez si había cometido un error. No parecía un hombre que necesitara consuelo; parecía un hombre capaz de hacer lo que fuera para obtener lo que quería. Comenzaba a creer que ya tenía lo que quería y que haría cualquier cosa para recuperarlo.
—Sé que mientes, Irina —notó su palidez, pero no le inspiró simpatía alguna. De una cosa estaba seguro, y era que Bella no se marcharía sin decir una palabra.
«Y si lo ha hecho», dijo una voz en su cabeza, «¿de quién sería la culpa? Si hubieras tenido el valor de dejar de fingir, incluso ante ti mismo, y sincerarte con ella. Necesitas a alguien. La idea de pasar el resto de tu vida sin ese alguien es la peor pesadilla que puedes tener».
La amaba. Lo que había afirmado que más despreciaba había terminado por sucederle a él. Decir que algo no existía no hacía que desapareciera, sólo hacía que alguien quedara menos preparado cuando aparecía.
Ya no era el dueño de su propio corazón. En ese momento le pertenecía a Bella.
—Lo que no sé es por qué. Pero lo sabré —prometió suavemente—. Antes de que te marches de aquí lo sabré, y por si te queda alguna duda, sí, ha sido una amenaza.
Irina lo miró como si nunca antes lo hubiera visto. Jugó nerviosamente con el collar de perlas que llevaba.
—Estás alterado, Edward.
Éste luchó con el deseo de arrancarle la verdad a la fuerza.
—Y voy a alterarme más si no dejas de mentirme.
—No miento. Ya te ha dejado antes —le recordó con voz aguda—. ¿Por qué no iba a volver a hacerlo? La verdad es que era inevitable, y probablemente lo mejor a la larga —su expresión adoptó una mueca fea y maliciosa al añadir—: Nunca ha sido una de los nuestros —luego esbozó una sonrisa indulgente y lo reprendió con el movimiento de un dedo—. Debes reconocer, Edward, que tienes un gusto terrible con las mujeres. Primero la camarera y ahora ésta. ¿Te preguntas alguna vez lo diferente que habría sido la vida si te hubieras casado conmigo como habíamos planeado?
—¿Planeado?
—Cuando yo tenía veinte años dijiste que querías casarte conmigo.
Tardó un segundo en darse cuenta de que se refería a la broma adolescente… sólo que ella no bromeaba.
—Yo tenía dieciséis años —era evidente que esa mujer estaba ebria.
—Y tan atractivo. No me mires así, Edward. Yo entiendo que un hombre como tú necesita una esposa que lo aprecie, alguien que sepa que un hombre en tu posición necesita apoyo, no crítica.
A medida que la escuchaba, el nudo de miedo en su estómago se tensaba más. Su mujer embarazada había desaparecido y con cada segundo que pasaba quedaba más convencido de que esa mujer demente tenía algo que ver en ello.
—¿Quieres decir alguien que esté de acuerdo con cada palabra que yo diga? Dio! —bufó—. Me moriría de aburrimiento en cinco minutos. Prefiero pelearme con mi mujer que hacerle el amor a cualquier otra mujer de la Tierra.
Irina lo miró fijamente y movió la cabeza.
—No la amas… no puedes amarla.
—Ya es suficiente. Desconozco qué fantasías enfermas has estado alimentando, y con franqueza no quiero saberlo, ya que mi estómago no es tan fuerte… —la crueldad deliberada hizo que la morena se quedara boquiabierta—. Mi única prioridad es hacer que mi esposa embarazada vuelva sana y salva.
—¿Cómo sabes siquiera que el bebé es tuyo? —en el momento en que las palabras despectivas salieron de su boca, Irina supo que había ido demasiado lejos. Comenzó a retroceder mientras Edward, con ojos oscuros como dagas de hielo, avanzaba hacia ella con toda la amenaza de un tigre implacable.
—¿Qué le has hecho?
Mientras seguía retrocediendo, alargó las manos.
—No he hecho nada —farfulló—. Nada. Cuando llegué, ya estaba a punto de marcharse.
—¿Adónde?
—Dijo que Alberto y tú habíais ido de acampada a alguna parte de las montañas. Que desconocerías lo de la tormenta y que Alberto le había dicho que allí no había cobertura de teléfono —respondió.
—Cancelamos esa acampada hace semanas —en cuanto se dio cuenta de que ese viaje anual a la remota cabaña estaría a pocas semanas del alumbramiento.
El miedo a que el bebé fuera prematuro había hecho que decidiera trabajar desde casa pasado el fin de semana, pero Bella no lo sabía porque él no se lo había dicho.
La expresión de Irina adquirió un mohín petulante.
—Pues ella creía que estabas allí. Y se mostró bastante grosera conmigo.
—¿Grosera contigo cuando no intentaste detenerla? —pero sabía que si algo le sucedía a Bella y a su hijo nonato, no sería culpa de Irina, sino suya.
Porque durante semanas apenas había hablado con su esposa, porque sabía que si lo hacía, de sus labios podría oír las palabras: «Te amo».
Desterró esos pensamientos condenatorios. Ya habría tiempo para eso más adelante; en ese momento debía recoger a Bella antes de que estallara la tormenta. Ella desconocía la localización exacta de la cabaña, pero sí conocía el camino que tomaban para ir allí, propicio a corrimientos de tierra cuando llovía. Nadie que no fuera idiota lo intentaría sin un todoterreno.
Y Bella iba hacia allí. El pensamiento le congeló la sangre en las venas.
—¡Madre de Dio, la pequeña idiota! —susurró. Le dedicó a Irina una mirada que hizo que palideciera y añadió con voz lóbrega—: No quiero verte aquí cuando vuelva, porque te juro que no seré responsable de mis actos si un cabello de la cabeza de Bella sufre algún daño.
Luego emprendió la carrera.
Bella había subido aproximadamente medio trayecto por el camino escarpado antes de que resultara obvio que su coche ya no iría a ninguna parte. Se soltó el cinturón de seguridad y recordó los comentarios de Edward sobre esa ruta, los todoterrenos y los idiotas.
Habría sido más útil haberlo recordado un kilómetro antes, pero entonces había estado impulsada por la adrenalina, el pánico y la idea equivocada de que Edward, uno de los hombres con más recursos y autosuficientes del planeta, necesitaba su ayuda para estar a salvo.
Observó la lluvia que golpeaba el parabrisas.
Pues en una cosa se había equivocado: ni siquiera un todoterreno con tracción a las cuatro ruedas habría podido superar ese camino embarrado, ya que más adelante apenas había sitio para que pasara una bicicleta, o para una persona lo bastante temeraria como para completar el trayecto a pie.
No estaba muy segura de la parte del idiota.
Su plan no había sido malo, sólo el momento. Si hubiera logrado llegar hasta ellos antes de que empezara a llover, no habría sido más que un paseo agradable.
Pero la lluvia no mostraba trazos de querer parar pronto. Consideró las opciones que tenía… y eran limitadas.
Podía esperar en el coche o tratar de encontrar la cabaña. No podía estar tan lejos.
Apagó el motor y con severidad se dijo que no debía ser una quejica. Un poco de lluvia jamás le había hecho daño a nadie.
«Pero siempre hay una primera vez», susurró una voz en su cabeza. Además, hacía por lo menos quince minutos que la lluvia había dejado de ser suave. El sonido del diluvio torrencial resultaba ensordecedor con el motor apagado.
En algún momento eso debió de parecerle una buena idea, pero ya no supo muy bien cuándo o por qué. Sin embargo, se encontraba en un punto en el que resultaba más sencillo continuar que dar marcha atrás.
Quedó literalmente empapada hasta los huesos antes de cerrar la puerta del coche… lo que le costó, ya que el viento soplaba con más fuerza que la anticipada. Al trastabillar en su ascensión, con la cabeza inclinada y los dientes apretados, no se permitió pensar más allá del siguiente paso, hasta que diez agotadores minutos más tarde, ya no hubo siguiente paso.
No hubo camino; simplemente, se acabó. El terreno se elevaba escarpado hacia su derecha, a la izquierda había una caída vertiginosa y al frente había un terreno similar al que había hecho… con la excepción de que no se veía ni rastro de sendero o vereda.
Luchando por recobrar el aliento, se secó la humedad de la cara y escudriñó el frente. El fragor de un trueno lejano la sobresaltó.
No podía permitirse el lujo de reconocer el miedo que sentía empotrado como un trozo de hielo detrás de su esternón. De lo contrario, supo que sucumbiría al pánico que tenía tan cerca que podía olerlo.
Cerró los ojos y movió la cabeza, analizando los instintos primigenios que habían despertado cuando pensó que Edward y Alberto se hallaban en peligro.
«¿Qué pensabas que ibas a poder hacer?» Edward no estaba desvalido, tenía los suficientes recursos como para enfrentarse a casi cualquier cosa que apareciera en su camino.
Lo más probable fuera que en ese momento se encontraran ante un agradable fuego frente a la chimenea de la cabaña.
«Cómo me gustaría estar con ellos». Respiró hondo y alzó el mentón al manifestar en voz alta:
—Bueno, no vas a encontrarlos si te dejas llevar por la autocompasión, Bella.
Como si oyera esas palabras de ánimo, el bebé soltó unas pataditas y le provocó una mueca de dolor. Llevándose la mano al vientre, se preguntó si heredaría la misma naturaleza intrépida.
Su expresión se endureció al pensar si llegaría a tener esa oportunidad.
¿Qué clase de madre era, arriesgando la vida de su bebé de esa manera? Su rostro adquirió una gran determinación.
—Por mi culpa nos he metido en esto, pequeño, así que depende de mí sacarnos.
«¿Dónde diablos está esa cabaña?», se preguntó.
