Capítulo 15
Edward encontró el coche. Buscó en el interior de forma metódica. En el asiento de atrás estaban su bolso y una chaqueta fina, las llaves seguían en el encendido, pero no había ninguna señal obvia que indicara que había estado herida. Soltó el aire contenido.
Quitó las llaves del encendido. En el futuro inmediato no pensaba dejar que volviera a conducir ni iba a perderla de vista.
Cuando emprendió el trote por el sendero ascendente y medio bloqueado la tormenta se hallaba en su punto álgido. Pensar en Bella ahí sola en esas circunstancias le desgarraba las entrañas. ¿Qué diablos intentaba hacerle esa mujer? Cuando la encontrara le… si la encontraba…
Con la mandíbula apretada, desterró de su mente la imagen de pesadilla de un cuerpo destrozado en el fondo de un barranco. No era el momento para darle rienda suelta a su imaginación.
Los pensamientos negativos jamás habían sido su estilo y no pensaba cambiar en ese momento. La encontraría viva y, bueno… luego la estrangularía por hacerle eso.
Diez minutos más tarde descubrió que se hallaba viva y bien. No había tiempo para estrangularla. Seguía el lecho seco de un río. Se situó detrás de ella y pronunció su nombre, alzando la voz para hacerse oír por encima del viento.
Ella no lo había oído acercarse y comenzó a debatirse con frenesí antes de reconocerlo.
Al hacerlo, la oposición desapareció y comenzó a llorar y a decir su nombre una y otra vez. Edward pudo sentir los temblores que le recorrían el cuerpo como una fiebre.
La abrazó. Cerró los ojos y aspiró la fragancia de su cabello. Estaba mareado por el alivio, exultante.
En esos últimos minutos de pesadilla había visto la vida sin Bella y en lo más hondo de su alma sabía que abrazaba a la única persona que le daba a su vida algo de sentido.
Quería decirle lo que significaba para él. Las palabras estaban en la punta de su lengua cuando le alzó el rostro.
El recuerdo de ese temor primigenio que había experimentado lo invadió al pensar: «¡He estado a punto de perderte!»
—No he tenido ni un momento de paz desde que nos conocimos —gritó—. ¿Te esfuerzas en hacer estupideces o es que no puedes evitarlo?
Vio el dolor en los ojos vidriosos de ella, luego la furia.
—Intentaba salvarte. No sabía que no necesitabas que te salvaran. Dijiste que Alberto y tú ibais a venir a la cabaña —añadió a la defensiva—. Pensé que lo ibas a recoger directamente en el colegio y sabía que no había cobertura y pensé que si me daba prisa podría llegar hasta vosotros antes que la tormenta y advertiros…
—Te subiste a tu coche y decidiste salvarnos —¿cuántas mujeres habrían tenido el valor para hacer algo así?—. ¡Estás embarazada de ocho meses!
Se sonrojó. A posteriori costaba defender sus actos.
—Quería advertiros sobre la tormenta.
—Siempre me estás diciendo la cantidad de personal que tenemos. ¿No se te ocurrió delegar la tarea en alguno de ellos, o incluso contactar con los servicios de emergencia?
—Me entró pánico —reconoció abatida. Se pasó una mano por la cara para quitarse el exceso de humedad y parpadeó, luchando por contener el llanto—. ¿Alberto está bien?
—Sí. No hicimos el viaje. Lo cancelé hace semanas.
Bella sabía que el tiempo que tenía reservado para su hijo era sagrado. Debió de ser por algo realmente importante. Y se lo estaba perdiendo por ella.
Abrió la boca para disculparse y la cerró. Con las emociones tan exaltadas, costaba retener la lengua y temió las indiscreciones que pudiera soltar en cuanto comenzara a hablar.
Él vio cómo le temblaba el labio y deseó mucho besarla, pero era consciente de que ya se habían demorado demasiado allí.
Sabía lo peligrosos que eran esos lechos secos después de una lluvia torrencial en las colinas.
—¿Qué estás…? —protestó cuando la alzó en brazos.
—¿Has visto alguna riada? —preguntó, depositándola a salvo unos instantes después en un punto seguro protegido del viento detrás de una enorme roca—. Yo sí —indicó sin aguardar su respuesta.
Alzó la vista y vio la furia oscura en los ojos de Edward. Podía entender su enfado; hasta el momento ella ni siquiera le había dado las gracias. Y sin duda estaría pensando en todas las cosas que preferiría hacer en vez de perseguir a esa esposa alocada y muy embarazada por la montaña bajo una tormenta.
—¿Cómo supiste dónde encontrarme?
—Irina estaba en casa —respondió.
—¿La viste muy preocupada?
Él rió de forma peculiar.
—No se le notaba. Tu cara… —soltó un juramento y apretó la mandíbula al notar por primera vez el arañazo que mostraba en una mejilla delicada. Le ladeó un poco el rostro para verla mejor, luego, satisfecho de que la herida era superficial, bajó los dedos—. ¿Cómo te lo hiciste? —preguntó con voz ronca.
—¿Qué? —preguntó, deseando que no la hubiera soltado. Era ridículo, pero hasta un contacto ligero con él le bajaba los niveles de ansiedad. Se llevó la mano a la cara y tanteó el arañazo—. No lo sentí.
Él siguió mirándola y plantó las manos sobre sus hombros.
—¿Te has hecho daño en algún otro sitio? —preguntó con voz ronca mientras bajaba las manos por su cuerpo.
El contacto de Edward era de reconocimiento, la reacción de Bella no, lo cual, en esas circunstancias, resultaba un poco absurdo. «Tienes el atractivo sexual de una cría de elefante», se dijo. Hacía semanas que él no compartía su cama.
Desde que se enteró de su embarazo.
—No, estoy bien.
—No estás bien. Tiemblas como una hoja —descubrió.
Bella se encogió de hombros mientras él se quitaba la cazadora y se la pasaba por los hombros. ¿Qué se suponía que debía decir… «tiemblo porque me estás tocando».
—Tendrás frío —protestó.
—Sobreviviré —dijo al tiempo que le acariciaba la mejilla.
—Debes de pensar que soy una idiota.
Hubo una pausa, que se extendió mientras ella se esforzaba en no apartar la vista.
—No —contestó finalmente él—, pienso que yo soy un absoluto idiota.
La respuesta fue como una bofetada en la cara de Bella. Nunca antes le había dicho… que lamentaba haberse casado con ella.
—No podemos quedarnos aquí —oteó el horizonte—. Necesitamos un refugio.
—¡No puedes cargar conmigo! —volvió a protestar Bella.
La alzó otra vez en brazos y le sugirió que se agarrara bien, añadiendo con firmeza:
—No puedes caminar en tu estado.
—Pero ahora peso mucho.
—Soy fuerte.
—Lo he notado —cerró los ojos. Hasta ella pudo percibir el tono melancólico en su voz.
Sólo tardó cinco minutos en localizar la cabaña. Bella comprendió que en ningún momento había estado lejos del lugar.
En el interior había lo básico: una habitación con una chimenea de piedra en un extremo y camastros en el otro. Una mesa y dos sillas de madera.
Edward acercó una silla a la chimenea y con la cabeza le indicó que debería sentarse.
—No hay muchas comodidades, pero al menos está seco.
Bella aguardó que el dolor en su espalda pasara mientras se sentaba con cautela. Todavía no se permitía pensar en lo que podía significar ese dolor. Cuando su bebé llegara, iba a nacer en un hospital limpio y seguro.
—¿Crees que la tormenta durará mucho?
—¿Quién sabe?
Incapaz de compartir su indiferencia, observó con la mandíbula apretada mientras Edward abría un baúl de madera sitiado a un costado de la chimenea y sacaba una caja de cerillas y un puñado de ramas secas.
—Pero, ¿no oscurecerá pronto?
Tener un bebé era la cosa más natural del mundo… y los partos en el hogar eran cada vez más populares, aunque por lo general en casas con agua y teléfono. Pero a ella aún le quedaba un mes. Si una persona imaginaba que estaba de parto cada vez que sentía una punzada de dolor, ella habría pasado el último mes en el hospital.
Edward le dedicó una mirada curiosa antes de inclinarse ante la chimenea.
—Te da miedo la oscuridad… no pensaba que le temieras a algo.
No captando la admiración en su voz, lo tomó como una burla, una sugerencia de que carecía de las fragilidades femeninas que sin duda a él le resultaban atractivas, y se puso de pie en un momento llena de furia.
—¡Temerle a algo! —repitió con voz trémula—. ¡Me da miedo todo!
Tener a su bebé en una cabaña aislada, sin agua corriente o asistencia médica, figuraba en lo más alto de su lista de miedos. Tan rápido como surgió su enfado, la abandonó. Se llevó una mano a la cabeza en un gesto cansado y volvió a sentarse, consciente de que Edward la observaba.
—¡Una lámpara! —repitió con amargura—. ¿Por qué no lo dijiste antes? Estupendo, una lámpara… todos nuestros problemas se han solucionado.
Pensó que su principal problema en ese momento era mantener la boca cerrada. Le aterraba que Edward llegara a la conclusión de que sólo era desagradable y desagradecida.
—Escucha —musitó—. Siento haberte causado tantos problemas.
Él giró la cabeza despacio. Bella le devolvió la mirada con cautela, incapaz de interpretar su expresión. El lenguaje corporal de Edward era menos desconcertante. La rama que había estado a punto de echar al fuego se partió entre sus dedos.
—¿Causarme problemas…? —repitió con voz peculiar.
Ella asintió y decidió que le debía unas disculpas.
—Sé que he sido una molestia y que sentirlo no es suficiente recompensa por haberte estropeado el día y tenerte atrapado aquí, pero lo… siento.
—Y me lo dices a mí… madre de Dio! —movió la cabeza, cerró los ojos y se frotó el mentón.
El silencio se alargó, roto únicamente por la lluvia contra la ventana y el crepitar de las ramas en la chimenea.
—De verdad que lo siento, Edward.
Al sonido de su voz infeliz, la miró y dijo con voz ronca:
—Hoy he pasado por un infierno al pensar que podías estar herida y necesitándome, o algo peor —se frotó los ojos como si quisiera extinguir las imágenes trágicas con las que lo había torturado su mente—. Gustoso habría entregado mi alma si con ello te hubiera podido recuperar a salvo —alargó la mano insegura para apoyarla sobre su vientre—. Tú, y nuestro bebé —añadió emocionado.
Bella miró sus dedos bronceados como alguien sumida en un sueño. Pudo sentir el retumbar de la sangre en sus oídos. El corazón parecía a punto de salírsele del pecho.
Movió la cabeza, incapaz de permitirse creer en lo que él decía.
Mientras apoyaba su mano pequeña sobre la de él, se dijo que no podía hablar en serio.
Entonces, ¿por qué decía esas cosas?
«Antes de decir o hacer alguna tontería, recuerda que él sólo quería una amante y recibió una esposa y un bebé, ninguno de los cuales había figurado en su lista de cosas primordiales».
Miró los dedos bajo los suyos; esa mano grande era cálida sobre la tela fina y mojada de su vestido. Sintió un nudo en la garganta y que los ojos le escocían.
Si pudieran estar así para siempre, nunca más sentiría miedo, pero lo sentía. Tenía miedo de que si se movía, ese momento perfecto se desvanecería y lo único que le quedaría sería un recuerdo.
—Tú no quieres un bebé —se sintió impulsada a recordarle—. Y yo lo entiendo —le aseguró—. Sientes que estás siendo desleal con la madre de Alberto.
La sorpresa ardió en los ojos de Edward.
—Lo que sentí por Tanya no se parece en nada a lo que siento por ti —replicó ceñudo.
Bella sonrió, aunque por dentro tenía el corazón desgarrado.
—Lo comprendo —convino con ecuanimidad—. Sé que fue el gran amor de tu vida y yo jamás intentaré competir con eso —costaba competir con una amada muerta.
Edward soltó una risa incrédula.
—El modo en que funciona tu mente es una fuente constante de asombro para mí, cara —dijo—. ¿Has llegado a esa conclusión tú sola? ¿O tal vez recibiste algo de ayuda de la prima Irina…? —especuló.
Bella se sintió obligada a defender a la mujer mayor.
—Irina no me contaba nada que no supiera toda la gente. No era ningún secreto. Entiendo que te resulte demasiado doloroso hablar de ello.
—No entiendes nada —replicó.
—¿Por qué no soy capaz de entender esa grandiosa pasión? —preguntó embargada por la emoción—. No eres la única persona que tiene sentimientos, ¿sabes? —soltó, llevándose una mano al pecho agitado al escapársele un sollozo.
—El motivo por el que no hablo de Tanya o de nuestro matrimonio es porque resulta doloroso… porque a nadie le gusta sacar a la superficie los errores cometidos, aparte de que hay que pensar en Alberto…
—¿Errores? —repitió, creyendo que había oído mal.
—No Alberto —se apresuró a aclararle él—. Aunque si Tanya se hubiese salido con la suya, Alberto no existiría.
—¿No quería un bebé? —intentó no sonar conmocionada, pero oír algo así le resultaba inexplicable.
—La convencí de no abortar y de casarse conmigo a cambio —giró la cabeza y añadió con tono triste—: Y supongo que podrías decir que eso me hace responsable directo de su muerte.
—¿De qué estás hablando, Edward? —le tocó el hombro y de inmediato sintió la tensión en los músculos contraídos.
—Tanya desarrolló diabetes durante el embarazo. Los médicos dijeron que desaparecería en cuanto naciera el bebé.
—¿Y no fue así? —instó con gentileza.
Él movió la cabeza.
—Necesitaba inyectarse dos veces al día y lo odiaba. Al principio los médicos lucharon por estabilizarla, pero llevaba muchos meses bien cuando… sufrió un ataque de hipoglucemia un día que se hallaba de compras, pero la gente pensó que estaba borracha. Los síntomas no son tan diferentes. Cuando alguien comprendió que estaba enferma, ya era demasiado tarde. Había muerto antes de llegar al hospital.
Al escuchar esa historia trágica, sintió que los ojos se le anegaban.
—Es realmente terrible, pero no culpa tuya.
Se levantó de donde estaba sentado a sus pies para ocupar un sitio a su lado en el banco de madera.
—Yo tenía diecinueve años y creaba mi primera empresa cuando conocí a Tanya. Estaba lleno de ideales románticos y hormonas desbocadas… una combinación peligrosa —ironizó—. En aquellos tiempos era bastante intenso y propenso a tomarme las cosas en serio. Escribía poesía —reconoció como si confesara un vicio tremendo.
—¿Escribías poesía? ¿Era buena?
—En realidad, era espantosa. Debí de ser increíblemente aburrido, pero ella era una chica agradable, atractiva y más interesada en el sexo que en el sentido de la vida, lo que hacía que fuera mucho más inteligente que yo —expuso con naturalidad—. La verdad es que creo que Tanya me encontraba un poco raro, y sé que no se habría casado conmigo si yo no hubiera ganado ya mi primer millón. No digo que fuera codiciosa o nada por el estilo, simplemente, bueno… la tentó el estilo de vida.
—Tú la amabas —protestó ella débilmente.
—¡Amarla! —exclamó con desdén—. Puede que haya chicos de diecinueve años que conozcan el significado de esa palabra, pero yo no era uno de ellos. No lo descubrí hasta hace muy poco…
Bella lo miró con incredulidad.
—¿Tú me amas, Edward…?
—¿Cómo no hacerlo? —replicó—. Incluso cuando no era capaz de aceptar mis sentimientos por lo que eran, te amaba. Racionalizaba mis actos, mis sentimientos, pero desde que te conocí he estado intentando unirte a mí —le tomó las manos como si nunca quisiera soltarla—. Espero que algún día seas capaz de perdonarme… yo no puedo perdonarme a mí mismo, pero era mi miedo el que hablaba. Tanya murió porque llevaba a mi hijo. Si te perdiera…
La miró con una desolación que le atravesó el corazón.
—No vas a perderme, Edward —prometió.
—Si lo hiciera… —cerró los ojos y tembló—. Nada más verte, fui un cobarde por no reconocer que lo que sentía por ti era amor. Eras, eres, el alma gemela que había decidido que no existía.
Unas lágrimas cayeron por las mejillas de Bella al enmarcar el rostro de su marido con las manos y darle un beso en los labios.
—Te fuiste de nuestra cama —lo acusó, en una mezcla peculiar de llanto y risa. Su mente trataba de asimilar tanta sorpresa.
—Pensaba que era lo que tú querías —confesó—. Intentaba mostrarme sensible —movió la cabeza con una mueca—. Fue un infierno.
El reconocimiento le provocó una carcajada.
—No te hagas el sensible. No encaja contigo. Eres el tipo de hombre arrogante e incapaz de expresar sus sentimientos, aunque a partir de hoy tal vez tenga que replantearme eso —su sonrisa resplandeció—. De hecho, eres mi tipo de hombre y… —calló, haciendo una mueca.
—¿Qué sucede?
—Nada, espero.
—Entonces…
Le palmeó la mano.
—Que no te entre el pánico, pero creo… bueno, en realidad estoy segura de que nuestro bebé quiere nacer.
—No, la fecha no es hasta dentro de cuatro semanas.
—Díselo a él —sugirió, palmeándose el vientre al sentir otra contracción.
Edward se quedó totalmente en blanco mientras la observaba jadear hasta que finalizó la contracción.
Al terminar, lo miró con ojos ansiosos.
—¿Te encuentras bien?
«¡Ella me lo está preguntando a mí!»
Edward se sintió avergonzado mientras desterraba el miedo que lo paralizaba. Su cerebro se despejó y se puso de rodillas ante ella, tomándole las manos.
—¿Bien? Voy a ser padre. Estoy aterrado —acompañó sus palabras con una sonrisa.
—De hecho, yo también.
—No puede ser tan difícil. La gente lo hace todos los días.
—La gente, no —repuso ella, fingiendo indignación—. Las mujeres. ¿Quieres cambiar de sitio?
De hecho, si hubiera podido quitarle ese peso de encima, Edward no lo habría dudado, pero como no era una opción, tendrían que arreglarse con lo que tenían. Un vistazo alrededor de la cabaña le reveló que era muy poco.
—Supongo que no aguantarías hasta que te llevara al coche, ¿no? —ella negó con la cabeza—. Bueno. Tú eres enfermera.
—Enfermera, no partera. Jamás he ayudado a nacer a un bebé.
—No te preocupes, todo saldrá bien. No carezco de experiencia —esperaba que algunos de los datos que había encontrado en Internet acerca de los nacimientos anormales le fueran de utilidad.
—¿Has traído a un bebé al mundo?
—A un potrillo, pero el concepto básico es el mismo.
La risa de Bella fue un poco tensa, pero pareció más relajada.
—Creo que debería caminar. Ayuda a que las cosas se muevan.
Se puso a caminar por la cabaña, deteniéndose para respirar cada vez que sentía una contracción.
Él empezaba a creer que no estaba tan mal cuando Bella, más que respirar, gritó… y en su oído.
¡Madre de Dio!
—Cara, ¿qué viene después de la parte de caminar? —esperaba que fuera lo que fuera, no fuera muy doloroso.
—Puede que me saltara esa clase —controlando su pánico creciente, sonrió. Lo último que quería era traumatizarlo más.
Edward sacó los colchones de los camastros y los depositó en el suelo. Después de acomodarla sobre ellos, miró alrededor en busca de una cazuela. En las películas viejas, había visto que en todas el agua hervida era un factor.
—Deja que te cuente algunas cosas antes… puede que no me sienta con ganas de dar instrucciones cuando esté ocupada dando a luz.
Él escuchó y entendió aproximadamente la mitad, y sospechó que habría olvidado casi todo cuando llegara el momento crucial.
—De acuerdo, relájate y conserva energía —el consejo pareció fuera de lugar al ver que al acortarse el tiempo entre contracciones, descansar había dejado de ser una opción para Bella—. No puede faltar mucho —la consoló mientras ella jadeaba, la cara perlada de sudor que le empapaba el cabello rojo.
—Ya queda poco —dijo Bella de golpe—. Tengo que empujar.
—¿Es lo que tienes que hacer?
—¡Sí! —le gritó furiosa.
Esa fase fue relativamente rápida. Apenas pareció pasar tiempo cuando Edward exclamó maravillado al ver asomarse la cabeza del bebé y, momentos más tarde, su hija cayó, cálida, mojada y llorando a pleno pulmón, en sus manos que esperaban.
—¿Está bien? —preguntó Bella, tratando de incorporarse.
—Es absolutamente perfecta —musitó, todavía asombrado por esa cosita que sostenía. Besó a Bella, le apartó el pelo de la frente húmeda y dijo con total sinceridad—: Has estado increíble… brillante —antes de apoyarle el bebé en el pecho.
La visión de su cara al contemplar por primera vez al bebé de los dos… la expresión asombrada, el amor maternal que ardía en sus ojos… permanecería con él para siempre.
El enfermero que entró sonrió al captar toda la escena y dijo:
—No queda mucho que yo pueda hacer.
El hombre explicó la situación en rápido italiano y cuando se marchó, Edward se lo tradujo.
—Al parecer Alberto llamó a emergencias. Hay un helicóptero esperando llevarte a ti y a esta pequeña al hospital.
Ella le tomó la mano.
—No me voy a ninguna parte sin ti.
Él le sonrió.
—Debes hacerlo, cara mia, pero te prometo que no estaremos separados mucho tiempo. Jamás estaremos separados.
Bella acurrucó al bebé contra su pecho. No podía ver ningún fallo en ese plan, y estaba segura de que cualquier futuro en el que figurara Edward iba a ser mejor que bueno.
