Epílogo

Edward se pasó la mano por el pelo.

—¡No me lo puedo creer!

El chofer miró a su jefe y le dedicó una mueca de disculpas.

—Al parecer un camión volcó en el cruce…

La frustración de Edward estalló.

—¿No se te ocurrió comprobarlo antes de salir? ¡Ya no hay vuelta atrás!

—Edward, no tiene sentido gritar. No es culpa suya. Lo siento, Mark, no le haga caso.

Con una leve sonrisa, el chófer inclinó la cabeza con cuidado, sin mirar en la dirección de su furioso jefe.

En cuanto se cerró el compartimento que los separaba, se volvió hacia su esposa con expresión indignada.

—¿Es que no estás preocupada? —demandó.

Ella le sonrió con serenidad.

—¿Por qué iba a estarlo? —se palmeó el estómago—. Me acompaña una partera perfectamente capaz. Papi fue bueno para ti, ¿verdad, cariño? —le preguntó a la pequeña.

Renesmée Alessandra tenía dieciocho meses. Exhibía el cabello fuego de su madre, los ojos de su padre y una sonrisa que era exclusivamente suya. Su hermanastro era su esclavo y su padre bailaba al son que ella dictaba.

—Este bebé nacerá en un hospital, con médicos y sábanas limpias.

—Como sea igual que su padre, nacerá donde le apetezca —la ecografía había revelado sin lugar a dudas que se trataba de un varón.

—No puedo creer que esto se repita.

—No estamos en una montaña en la Toscana, Edward.

—No, ahora es en una autopista, vaya diferencia. Oh, cara, lo siento. Quería que esta vez fuera perfecto para ti, después de lo que tuviste que soportar. ¡Y sucede esto! —exclamó disgustado.

Bella lo miró con ternura.

—Edward, la última vez fue perfecta para mí. Siempre he sabido que nada superaría aquello y me gustaría que dejaras de angustiarte. Aún estoy en las primeras fases. Da igual estar sentada aquí que en mi habitación del hospital.

Él pareció apaciguarse con el comentario sereno.

—Supongo que tienes razón. Pero, ¿cómo puedes decir que la última vez fue perfecta? Fue el par de horas más aterrador de mi vida. Tuve en mis manos tu vida y la de Ness.

—No hay mejores manos en las que preferiría estar —le tomó una y se la llevó con cariño a la mejilla—. La cuestión es que me asusté, y mucho, pero también fue uno de los momentos más maravillosos de mi vida. Dijiste que me amabas y trajiste a nuestro bebé milagroso al mundo. ¿Cómo puede haber algo mejor que eso? Y siento que este bebé está a salvo —le bajó la mano hasta apoyarla sobre el vientre.

—¿Has sentido eso? —inquirió él.

Bella rió.

—Cuesta no hacerlo.

—Creo que entonces nuestra familia estará completa… tres hijos es suficiente para cualquier hombre. No quiero ser codicioso —observó—. A pesar de lo sexy que se te ve embarazada, tengo ganas de volver a tenerte sólo para mí.

—El tráfico se mueve.

—¡Gracias al cielo!

—De hecho, Edward, creo que podría ser una buena idea pedirle a Mark que dé media vuelta.

Su rostro adquirió una expresión cómica.

—¿Otra falsa alarma?

Ella asintió.

—Lo siento.

—¿Sabes? —comentó con tono sombrío—, tengo la insidiosa impresión de que este bebé vendrá cuando menos lo esperemos. Intenta sumirnos en una falsa sensación de seguridad —musitó.

—Edward, la verdad es que a veces puedes ser muy bobo —comentó ella con indulgencia.

Anthonny Lissandro nació con un peso de tres kilos, seiscientos gramos, a las dos de la mañana del día siguiente, después de que decidieran que se trataba de otra falsa alarma. Cayó en las manos de su padre llorando como si fuera el fin del mundo. Y, por supuesto, con sábanas limpias.

Fin