Oh, fuck, lo sé, lo sé, debería darme vergüenza volver por aquí u. u El caso es el de siempre: muchos exámenes, exposiciones, asuntos en casa… Pero bueno, últimamente lo que me mantiene ocupada también me ayuda. Hace dos días, mismo, me pude quedar embobada mirando la luna y las estrellas en todo su esplendor en el único lugar de mi ciudad en el cual es posible esto, aunque lo estén nivelando los cabrones de los políticos -.- y ya no sea lo mismo… a pesar de eso, es impresionante poder vivir esas cosas, y esto también me inspira enormemente, así que, no es todo tan terrible e.e

La frasecilla de hoy es de "Yo te esperaré" de Kali y El Dandee. No suelo escuchar ese tipo de música, pero esto no tiene desperdicio (sobre todo la parte en que la vocecita de niño/chica canta esa frase *-*), aunque qué os voy a contar, si seguramente ya conoceréis la canción. So, shut up, Aika xD

Inazuma Eleven me pertenecerá cuando nuestro odioso alcalde deje de destrozar el encanto escaso de mi ciudad construyendo edificios y paseos horrorosos donde antes había bosques y lugares casi mágicos T-T Hasta entonces, esta serie es de Level-5

CAPÍTULO 6

"Si tú te vas no queda nada, sigo cantando con la luz apagada, porque la guerra me quitó tu mirada, y aunque se pase toda mi vida, yo te esperaré."

Yuuka se subió al borde de la fuente, que se encontraba en medio de la plaza y, manteniendo el equilibrio a la perfección de la mano del peli rosa, caminó por las piedras que contenían el agua, con un Chupa-chups en la boca. Con un casco puesto, y el otro colgando, escuchaba Double Vision, de 3oh3, reproduciéndolo después desde su garganta en voz alta, casi en grito, y Atsuya sonreía, murmurando entre dientes: "ojalá esa canción se hiciese realidad" (para hacerse una idea, el comienzo es: el sol calienta, las bebidas están heladas, y tu ropa cae). La peli castaña no le prestaba atención, y bajó de un salto del borde de piedra cuando la fuente seguía por otro camino, diferente al suyo. Se pegó más al brazo de él, escogiendo distraídamente otra canción.

Atsuya miraba a un lado y otro, intentando aprenderse el camino. Por esas calles iba a tener que caminar durante al menos los dos años de bachillerato de artes. No sabía por qué la pequeña Goenji se sabía a la perfección la localización de aquel lugar, pero podía pedirle a ella que le acompañara, hasta memorizar cómo llegar. No les quedaba mucho tramo, ya.

-¿Qué asignatura te gusta más? –le preguntó ella, tirando el palito vacío del caramelo que minutos antes comía, a una papelera, sin encestar y sin molestarse tampoco en ir a tirarlo adecuadamente.

-Improvisación, creo. Aunque solo he ido un día, tampoco he hecho mucho.

-¡Pues me han contado que tienen un teatro enorme! Con aforo de más de quinientas personas, y un escenario amplísimo, ¿te imaginas todo lo que se podrá hacer allí? –le informó, con los ojos brillantes, haciéndole reír.

-Genial, sabes tú más que yo de esa escuela.

-Es que es fantástica. Qué suerte tienes, cabrón.

-Oye –comentó el oji verde, sacando a relucir una idea que ya llevaba un rato dándole vueltas en la cabeza, a raíz de las muchas flores que Yuuka le echaba a la escuela-, y si tanto te gusta, ¿por qué no te metes tú también, el año que viene?

-Sabes que entre lo que no me decido es letras para estudiar derecho, o ciencias para medicina. ¿Cómo me voy a ir a una escuela de artes? No me serviría de mucho –respondió con melancolía mal disimulada.

-Pero si a ti lo que te gusta es la danza –dijo él, contrariado. Aunque sospechaba que eso de estudiar derecho y medicina eran ideas del difunto padre de su novia, y sacar ese tema no era la mejor idea que a uno se le pudiera pasar por la cabeza, si quería que Yuuka estuviese alegre- Yo creo que deberías seguir tu vocación. Además, he ido a verte bailar y lo haces genial, te presentas a ocho o nueve concursos al año y ganas siempre alguna cosa en más de la mitad… ¿por qué abogada?

La miró a los ojos y Yuuka arqueó una ceja, negando con la cabeza.

-Porque es lo mejor que puedo hacer. Encima, ¿no eras tú el que decía que tengo un cerebro brillante? Pues debo aprovecharlo.

-Pero cuando bailas eres feliz.

-Escucha, Atsuya –suspiró la oji negra, perdiendo un poco la paciencia- bailar no va a darme de comer cuando sea mayor y tu hermano ya no tenga mi custodia, y por lo tanto, no tenga la obligación de mantenerme. ¿Entiendes ahora?

-Yo no te veo feliz cuando estudias cinco temas para un examen de algo tan aburrido como las ciencias sociales o la biología.

Yuuka ralentizó el paso hasta detenerse, mosqueada, y gritarle:

-¡No se trata de divertirme, se trata de no morirme de hambre, idiota! –el peli rosa se paró a su lado y frunció el ceño.

-Ah, entonces yo sí voy a morirme de hambre, porque como estudio artes… -ella cerró los ojos con fuerza y sacudió la cabeza.

-¡NO! ¡Porque tú vales para eso y aparte, no tendrías nada que hacer en una carrera de ciencias ni letras! ¡Pero yo sí!

-Dios, ¿cómo puedes ser tan cabezota? ¡A ti no te gustan las ciencias!

-¡Déjame en paz! –soltó su mano y se cruzó de brazos. Algunos viejitos sentados en un banco los miraban, cuchicheando, y haciéndoles sentir observados.

-¡Pero…! –el chico cerró la boca. Sabía cuándo callarse, aunque a veces no hiciera ni caso a su intuición- Lo siento.

-Bah, cállate. Vamos. Tenemos que inscribirte definitivamente, ya que el día de prueba te ha gustado.

Atsuya rodó los ojos. No había nada que hacer. Con lo lista que era Yuuka, incluso la consideraba más inteligente que él, y veía que iba a cometer un error garrafal, haciendo lo que no le gustaba. Y no le salvaba el que su padre hubiera querido que fuese algo de provecho en la vida, por muy estricto que el hombre fuera, no le hubiese impedido a su hija cumplir su sueño. Pero no hay cosa más difícil que ayudar a una persona que no se deja. Y en cuanto a la muerte de su padre, Yuuka se mostraba más que cerrada, blindada. Por lo que si ella acababa en la escuela de artes, tendrían que cambiar muchas cosas antes.

Eran las dos y media de la madrugada. Al avión le faltaban escasos minutos para partir y esos dos seguían dándose el lote, apoyados en una máquina expendedora de aperitivos, bajo la mirada de reproche de Arata. Aunque Amaya lo mantenía alejado de su hijo, sabiendo mejor que nadie cuánto necesitaba Ryuuji aquello. El peli negro frunció el ceño e intentó soltarse sin éxito de la mano de la mujer.

-Al final se le va a ir el avión –Amaya chasqueó la lengua.

-Sé comprensivo, tardará mucho en volver a verla.

Arata la miró, extrañado.

-¿Una semana te parece mucho? –ella se mordió la lengua y asintió, haciéndose la sueca.

-Cualquier espacio de tiempo es demasiado para dos personas que se aman –su esposo puso los ojos en blanco. Cuando se casó con ella, no le pareció tan sentimental y soñadora. Suspiró. Al final en vez de encontrar a una mujer pragmática como la que siempre había buscado, se topaba con alegrías de la huerta como Amaya, o como lo había sido también Annmarie, la madre de la razón por la que en esos instantes comenzaba a perder los nervios.

-¡Si no me parece mal, pero podría fingir un poco de responsabilidad en un momento como este!

Ulvida, oyendo a Arata, se separó de los labios del moreno, que entonces la estrechó más contra su cuerpo, intentando impregnarse de su aroma para no olvidarlo en mucho tiempo. Ella se rió.

-Parece como si te fueras a ir a la guerra, chico.

-Me gusta pensar que lograr cumplir un sueño es una lucha larga y agotadora –Reina arqueó una ceja. Ya estaban frente a frente, solo contactados por las manos, que Mido entrelazaba con más fuerza, por quién sabe qué razón. Puede que por miedo a lo que le esperaría allí fuera. No obstante, era extraño decir del peli verde, que sintiese miedo.

-¿Te gusta pensar eso? Si cuando digo que eres raro… -el chico sonrió y sin pedir permiso ni dar señales de nada, se lanzó de nuevo a su boca, esta vez interrumpido por Arata, definitivamente.

-¡Eh! ¿No has oído el altavoz? Último aviso para subir al avión.

El peli verde resopló y se dio la vuelta, recogiendo antes del suelo su equipaje de mano.

-Voooy… -abrazó a Amaya y sonrió a Yagami, que le dijo adiós con la mano, emocionada. Luego fijó los ojos en Arata- Bueno… adiós.

-Adiós, Ryuuji –el hombre carraspeó- Aprovecha bien esto, anda, y… cuídate… -añadió, sin mirarle directamente. El oji negro asintió y se metió en el túnel que le conduciría a la pasarela y a su destino, sin mirar más atrás. Ulvida le siguió con la mirada, quedándose con la sensación de preocupación que Mido le había transmitido. Como si esa no fuera toda la verdad. Como si fuese a pasar mucho más tiempo del que ella pensaba, antes de volver a verse.

Se mordió el labio. Ahora, dos días después, sábado por la mañana, nada la hacía dejar de pensar en ese recuerdo. Podría haber asumido que el nerviosismo, la preocupación y todos esos suspiros que le había visto exhalar al moreno se debían simplemente al miedo de empezar una nueva vida, de salir al mundo y que el mundo le viese a él. Se dio la vuelta en la cama, mirando al techo.

Sin embargo, su intuición le insistía en que eso no podía ser todo lo que pensaba Mido. Tenía que haber algo más. ¿Pero el qué? ¡O incluso quién! ¿Otra? Siempre había dado por sentado que si él conociera a otra se lo diría, y no andaría engañándola. Y conocía bien a su novio, no, él no le haría eso.

La gente tiene esa absurda creencia de que, en los peores momentos, se pone a llover. Y es mentira, en realidad, hay tantas personas que viven esperando las gotas del cielo para inspirarse, para cosas como dibujar, que era lo que la peli azul oscura lograba tras semanas con las manos paralizadas respecto a lo artístico, y agradeció el pequeño chaparrón de principios de otoño que en esos instantes observaba desde la ventana del salón de su casa.

Su casa. Mordió el borde del lápiz mientras imaginaba lo que sería vivir en su casa algún día, sola, o con alguien. Con Shiro, por ejemplo. Ya habían durado bastante, ¿por qué no empezar a imaginar ese tipo de cosas? Bueno, a lo mejor no era el hombre de su vida. Sacudió la cabeza y emborronó el último trazo que había dado, para después borrarlo con suavidad y cuidado de no dejar una horrenda mancha negra en el dibujo. ¿Y ese pensamiento? Esas ideas que venían a su mente cuando intentaba convencerse a sí misma de que Shiro era la mejor opción. Haruna solo quería saber por qué.

Por qué no podía olvidar a Kazemaru y ya está, por qué tenía que aparecer en todos sus recuerdos, aunque hiciese años que no hablaba con él. Había empezado a ser preocupante, de hecho, desde el primer momento en que decidió aceptar ser la novia del peli plata. Y no creía que le pasara porque Fubuki no le atrajese, pero tenía siempre la sensación de que con Ichirouta las cosas iban un punto más allá, de una manera extraña, ya que realmente no habían estado nunca juntos, y sin embargo, era como si el rostro de Shiro fuese sustituido por el de Kaze en la mente de la Otonashi cuando estos estaban juntos.

Y eso que Kazemaru había sido solo un error, o eso pretendía Haruna, intentando convencerse a sí misma de que el peli azul era como ese borrón en su cuaderno. Pero entonces la atormentaba una pregunta, y es que, ¿si tan solo era un error, por qué seguía estresándose con su recuerdo?

Su tan deseado apartamento al final resultó ser aquello: seis paredes que reducían su creatividad. Aunque visto desde el lado bueno, era algo que le había animado las noches anteriores a salir y explorar la maravillosa ciudad que tenía la gran oportunidad de conocer, esa ciudad de sueños encerrados y escondidos entre bloques de hormigón. Aún así, la echaba de menos, la extrañó desde que ese último beso en el aeropuerto se terminó.

-Será posible… -Midorikawa desistió y apagó la vitrocerámica en la que intentaba cocinar uno de esas tortitas que a su madre le salían tan bien cuando él era un enano de menos de un metro.

¿Por qué me pongo a hacer esto ahora? Debe de ser el día mundial de la nostalgia, carajo. Agarró el primer paño que encontró y se secó las manos. ¿Cómo puede uno llenarse de aceite de pies a cabeza cuando lo único que ha hecho es ponerse frente a una simple sartén? Eso se preguntaba Ryuuji, mientras se desplomaba en un destartalado sofá que no aguantaría muchas caídas libres como esa, predijo el peli verde. En efecto, en cuestión de milésimas se encontró sujetándose para no acabar en el suelo, aunque… sin ganas de mucho, y decepcionado, tan decepcionado como estaba, se dejó caer con un suave golpe y miró al techo, con brazos y piernas extendidos a su alrededor.

Las cosas habían dado giros. Giros malos y… no, buenos, ninguno, o eso era lo que veía él desde su deprimida perspectiva. Y ni siquiera podía tener a alguien a su lado que le besara y le mintiera, diciéndole que todo saldría bien al final. No había podido pagar la factura para que su teléfono funcionase en otro país, así que se resignó a cinco minutos en una cabina cutre, en los que aparte de su peli azul, se habían puesto al auricular dos terceras partes de sus amigos, por lo menos. Todo se había quedado en nada, ni llamada romántica ni hostias.

El día que llegó, para empezar, se cruzó con un extraño hombre que insistía (en inglés cerrado, para desgracia del oji negro) en que la maleta que este llevaba, era suya. Y aprendió una cosa: eso de mirar el lado positivo, a veces es una mierda. No se aprende mucho más en el calabozo de un aeropuerto… bueno, eso, y que ser extranjero en una cárcel no juega puntos a favor de un individuo de dudosa categoría social.

Después estaba el otro gran acontecimiento. ¿Cómo iba él a saber que pasar por Chinatown hablando alegremente en japonés, le aseguraría una carrera involuntaria hasta la primera comisaría, perseguido por los dos hermanos de una hermosa muchacha china?

Se incorporó, teniendo una idea de repente. Podría darle a Reina una sorpresa, la anterior llamada había sido desastrosa y no había podido decirle todo lo que quería. Se acarició la barbilla, pensando en que no estaría nada mal ir pensando en poner un ordenador en aquella casa, y se encogió de hombros. También habría estado bien llenar la nevera.

Había que decir que tardó más en bajar de su edificio (ya que el único ascensor paró en ocho de los doce pisos) que en cruzar la calle y marcar el teléfono de Ulvida, que ya sabía de memoria tras todo ese tiempo ocupando las líneas telefónicas de ambos durante horas. Contestaron al segundo piiip.

-¿Diga?

-¡Hola, señor Yagami! ¿Cómo está? –saludó el peli verde de inmediato, reconociendo la voz al instante.

-Eh, bien… ¿Midorikawa?

-Sí, soy yo –al menos se había aprendido su nombre. Los primeros meses, el buen señor se limitó a llamarle ese chico de pelos raros, algo que a Reina y a la familia del moreno, les hacía mucha gracia- Verá, no tengo mucho dinero, estoy en una cabina… ¿está Ulvida en casa? –entrecerró los ojos, medio rezando.

Por su parte, el señor Yagami inició una de sus épicas y rutinarias conversaciones a grito pelado, lo que podía tomarse cómicamente desde el punto de vista de un espectáculo en el que todos los miembros de la familia participaban demostrando su increíblemente enérgica capacidad pulmonar. El oji negro se apartó del auricular, podría haberlos oído a dos metros de distancia.

-¡REINA, AL TELÉFONO TU PROMETIDO!

-¿¡OTRA VEZ ÉL! ¡PERO NO ESTABA EN NUEVA YORK! –se oyó la voz de la pequeña Emi.

-¡PERO QUIERES DEJAR DE LLAMARLE ASÍ DE UNA JODIDA VEZ! –replicó por su parte la mayor de las hermanas.

-¡EN ALGÚN MOMENTO LA TENDRÁ QUE LLAMAR, NENA, CREO QUE LLEVAN TRES DÍAS SIN HABLAR! –y mientras la madre contestaba a Emi, los demás seguían su conversación de locos.

-¡A VER SI TE VOY A LAVAR LA BOCA CON JABÓN! –amenazó el padre, a pesar de que no habría hecho daño ni a una mosca.

-¡OH, CÁLLATE Y DÉJAME VIVIR, YA SOY MAYORCITA, TENGO EL DERECHO A EXPRESARME COMO ME DÉ LA GANA! ¡MAMÁ, HAN SIDO DOS DÍAS!

-¡NO MIENTRAS VIVAS BAJO MI TECHO, QUERIDA! –contestó el hombre.

-¡¿SOLO DOS? ¡PUES ENTONCES DEJA DE QUEJARTE DE QUE LE ECHAS DE MENOS, SO CANSINA!

-¡Lo que tú digas, plasta! ¿Mido? –el nombrado suspiró y sonrió mirando al cielo. Era increíble lo empalagoso que se sentía, al aliviarse tan exageradamente solo con oír su voz.

-Así que me echas de menos…

-¿Prefieres que no lo haga? Porque no veas la de pretendientes que me han salido de repente, ahora que tú ya no estás.

-No cuela.

-¿Perdona? No sabes el mercado que doy yo, guapo.

-Guapa tú.

-Pelota. ¿Cómo te va? ¿¡Ya has ido al Empire State! –él volcó los ojos, resignado.

-No, tuve que pelearme con un vagabundo por una bandeja de filetes caducados que repartían en la puerta trasera de un supermercado –Ulvida abrió la boca involuntariamente, sorprendida.

-¿Lo dices en serio?

-Ya te digo, y lo peor de todo es que no gané… -reflexionó en voz alta a pesar de suave- Pero no te preocupes, estoy bien. Mi gran problema ahora es que no tengo sofá –hizo una mueca- Bueno, y que no me pagan hasta el fin de semana, así que ya me estoy viendo en el albergue, luchando cuerpo a cuerpo con ese buen hombre, por un plato de sopa con sorpresa.

-¿Con… sorpresa?

-Sí, cucarachas, moscas…

-¡Mido!

Rió.

-¡Era broma! –soltó antes de volver a ponerse serio y fastidioso- Aunque con lo de las cucarachas me estoy poniendo en el mejor de los casos.

La peli azul sacudió la mano delante de su cara, como espantando un hedor insoportable. Demasiadas guarradas para llevar solo un minuto hablando, y no del tipo agradable precisamente.

-Ok, veo que aunque pases hambre, no pierdes tu siniestro sentido del humor.

-¡Eh! No es siniestro. Es rebuscado y desagradable, si lo quieres describir.

-Idiota. Te echo mucho de menos.

-Y yo a ti, cielo, y me temo que te voy a seguir echando de menos algo más de lo que te dije –se mordió el labio. Nunca sabía cómo iba a reaccionar su peli azul, y desde luego jamás era optimista al esperarlo.

-¿Cómo que algo más?

-No te preocupes, solo serán dos o tres meses… -cerró los ojos apretándolos, como si ella pudiese pegarle a través del teléfono y estuviera preparándose para el golpe- …seis, como mucho.

-¿Qué…? –La oji celeste se vino abajo de repente. Ya lo había pasado mal solo siendo dos días. Seis meses eran como ciento ochenta y tres días, sin verle, sin abrazarle. Solo de pensarlo… Y la rabia se apoderó de su ser, y como si necesitara descargar la impotencia, arrojó el teléfono contra la pared y se llevó las manos a la cabeza, apretándose las sienes- ¿¡CÓMO QUE SEIS MESES, HIJO DE PUTA! –le gritó al aparato estampado, que ahora reposaba encima de su escritorio, milagrosamente intacto. Se mordió el labio hasta que saboreó su propia sangre y se levantó bruscamente a por el inalámbrico- ¡Ni siquiera podías decírmelo antes de irte! Eres un cabrón.

-¡Oye! Yo no lo sabía, ¿vale? Y eso que has dicho de mi madre, sobraba –añadió, molesto.

-Vete a la mierda, Ryuuji. Ni siquiera me lo dijiste la primera vez que llamaste.

-¡Que no lo sabía! –Tras una pausa, el moreno frunció el ceño- ¿No vas a disculparte?

-… -ella respiraba fuertemente, viendo subir y bajar su pecho rápido, sabiendo que si hablaba, se le escaparía una lágrima, y que si se le escapaba la primera, no sería ni de lejos la última.

-Bien, Yagami, bien –resolvió el peli verde, malinterpretando su silencio- Te lo voy a repetir, ¿no te disculpas, siquiera? –Inspiró con algo de cabreo- Pues adiós, ¿eh? Ya hablaremos en otro momento, porque yo me niego a malgastar el poco dinero y tiempo que tengo, en discutir contigo. Y gracias por la parte que me toca.

-Espera… ¡Mido! –se separó el teléfono de la oreja y lo miró con tristeza- Mierda…

-No lo envuelvas en papel de aluminio, los de seguridad no me dejan pasar con ello, si no –le recordó Natsumi Raimon a su cocinero, que acababa de preparar un buen aperitivo de onigiri para llevarle a Shuuya. Entró en su cuarto una última vez, acordándose de que sus pendientes eran de plata, y pitarían. Se los quitó con un suspiro.

Durante aquellos últimos seis meses llevaba un look impecable, con la tontería de tener que ir al centro, todos, o casi todos los días. Ahora compraba solo vestidos de tela, sin chapas metálicas ni adornos extraños, normalmente de flores. Las flores la ayudaban a pensar que al contrario de lo que su sensatez le obviaba, la situación no se había vuelto decadente. Sus zapatos eran de tela, plástico o piel. No había horquillas en su pelo, y tenía cuidado con retirar de los sostenes, los aros que iban dentro de estos, pues también estaban hechos de metal.

Siempre que podía, además, le llevaba algún postre con el que alegrarle el día. Las paredes acolchadas y las rejas que lo tenían encerrado tan solo lo ponían nervioso, y al verla, de vez en cuando era un poco sensato y podían hablar como antes. Y si traía postre, había más posibilidad de tener de nuevo esas charlas.

Se colocó las gafas de sol (de plástico, por supuesto) y cogió del asiento del copiloto, la bandeja con los onigiri, finalmente envuelta en plástico transparente.

-Buenas tardes, señorita Raimon –la peli roja le devolvió el saludo al vigilante sin hacer mucho hincapié en resultar amable, y dejando su bolso en la cinta de rayos x, pasó por debajo del maldito detector de metales, cuyo pitido infernal había estado evitando a toda costa. Sonrió minúsculamente, habiéndolo conseguido una vez más. Ya que eso era uno de los pocos logros y alegrías que tenía últimamente.

Recorrió como de costumbre, el camino hasta la celda 488, acompañada por un guarda, y sin hacer caso del resto de internos, que la observaban con mirada lujuriosa y obsesiva, se reían sin motivo aparente cuando pasaba por delante, o gritaban pidiendo auxilio al verla. El hombrecillo que iba delante de ella sacó su manojo de llaves y se detuvo ante dicha celda, dejando entrar a Natsumi y quedándose él fuera, aunque vigilante. Raimon dejó la bandeja de onigiri en la mesa que le servía a su novio para comer, y se lo quedó mirando con cara de circunstancias.

Goenji, tumbado en la cama del fondo de la estancia, volvió la cara hacia ella y entrecerró los ojos con recelo. La pelirroja solo suspiró y miró para otro lado. El moreno se incorporó y se acercó a una distancia prudencial, como observando si era de fiar.

-¿Quién eres tú?

La chica suspiró. Hoy tampoco habría suerte.

-Natsumi.

Shuuya meditó unos instantes, aunque luego contestó muy decidido.

-No conozco a ninguna Natsumi.

Ella negó con la cabeza.

-Sí, sí que me conoces. Soy Natsumi Raimon, tu novia, yo misma te traje… -tragó saliva- Bueno. Yo soy, digamos, una de las únicas tres personas que perdonan tu crimen.

-Crimen… -dijo primero en voz baja- ¿Crimen? –Y arqueó una ceja lentamente- ¡Ja! ¡Jajaja! ¡Crimen, dice! –exclamó, para después, inmediatamente, cambiar la cara a una de total seriedad- Yo no he cometido ningún crimen. Y ninguna loquera infiltrada va a conseguir que cambie mi versión.

Llegados a este punto, Raimon exhaló, harta, una bocanada furiosa de aire.

-No soy ninguna loquera, Shuuya, ¡no lo soy! Soy tu novia, y vengo a verte cada día. Me parece increíble que a veces te olvides de mí, así por las buenas, cuando no hace mucho habrías dado hasta tu vida por mí, ¡y me lo decías cada día que pasábamos juntos! –se secó los humedecidos ojos, pensando que no sería conveniente exaltarse demasiado, por el bien de la salud mental de Goenji. Sin embargo, y sorprendentemente, el chico se había ablandado un poco al escucharla, y ahora le pasaba un brazo por los hombros, apenado. Ella lo miró y rió con tristeza. Luego apoyó la barbilla en su mano derecha- ¿Y ahora qué? ¿Quieres ligar conmigo, como el otro día, cuando tampoco me reconociste? He de reconocer que fue divertido, pero…

-No –la cortó el rubio, y bajó los ojos- Si te soy sincero, no recuerdo quién eres, ni haber intentado ligar contigo, aunque lo haría de nuevo, si es así.

-Ay, Shuuya…

-Me das confianza y no sé por qué –la miró intrigado- A lo mejor es verdad eso de que no eres una loquera.

Natsumi sonrió dulcemente. Quizá Goenji no estaba tan mal como decían los médicos. Solo necesitaba recuperarse de ese trauma, u olvidarlo, que sería lo mejor, a su parecer. La cuestión era cómo olvidar. No era fácil. Incluso a ella le daba escalofríos pensar en la nítida escena que se reproducía en su cabeza día y noche desde el accidente.

-¿Estás bien? –le preguntó él, preocupado al verla decaer.

-Sí, tranquilo –miró a la puerta, y el hombrecillo le hizo una seña. Suficiente por ese día. Natsumi volvió a suspirar, y entonces se le ocurrió una idea para no marcharse tan deprimida como había entrado- ¿Me haces un favor, Shuu?

-Hm…

-¿Me das un beso, antes de irme? –casi suplicó.

Y para su sorpresa, su amado decidió, dentro de su descolocada cabeza, que no había nada de malo en aquello y juntó sus labios. Para Natsumi, los besos eran ya la única forma que sabía de volver a encontrar a su verdadero "él" dentro de un cuerpo cansado, y unos ojos y orejas que habían visto y oído demasiado como para mantener la cordura de su mente.

A diferencia de otros días, en los que se largaba del centro médico llorando melancólicamente, salió de allí y entró en su coche con una sonrisa de felicidad pura en la cara. Al menos, se había llevado una pequeña parte de lo que quedaba de Shuuya, y del amor que sentía por ella, y que quién sabía si un día volvería a sentir él otra vez.

Corto aquí porque si no, sí que se hace largo, ¡pero ya he empezado el siguiente! Y en unas dos semanas estaré libre (de exámenes, conciertos y de mi viaje de fin de curso a Roma e.e), así que el "plazo de entrega" será hasta dentro de tres semanas, como mucho, lo prometo. Ya me he enganchado con la historia y tengo ideas bastante detalladas. Y además en lo que respecta a mi ánimo y mi felicidad, estoy mejor que nunca, me siento increíblemente bien, algo que como es lógico, me ayuda mucho al ponerme a escribir ^^

Un beso muy grande a todos, y buena suerte, y que disfrutéis de la vida, y amor, y todas esas ñoñeces que nos hacen, estúpida pero estupendamente, irradiar felicidad.

¡Os quiero muchísimo, mis queridos lectores! Vosotros hacéis que esto funcione (:

¡Hasta (más) pronto (que otras veces)! xD