¡Hallooo!
Buenos días, tardes, noches, feliz madrugada o cuando sea que leáis. Sé que dije 10 días, pero creo que han pasado 11… no mentiré, me olvidé por completo -.- Qué rápido pasa el tiempo, ¿no? :O Pero al fin, aquí está :D
La frase de hoy es de El Atrapasueños, de Mägo de Oz (evidentemente el grupo de música, no la peli) (sí, pegadme ya un tiro)
Inazuma Eleven no me pertenece legalmente, pero sigue siendo robable. Y secuestrable. Y hurtable. Y muchas cosas más acabadas en able *-*
CAPÍTULO 8
"Hay que fracasar y a veces fondo tocar para ver la luz y esta vida apreciar"
Con música o sin ella (Haruna no sabía si aquello que sonaba estaba dentro de su cabeza o fuera), la sensación era horripilante. Miró a su alrededor. Borroso. Se frotó los ojos. Le picaba todo el cuerpo. Se incorporó, pero seguía sin distinguir forma alguna.
-¿Hola, hay alguien por aquí? ¡Eh! Ahh… -se frotó las sienes. Qué dolor, joder.
La peli azul suspiró y miró sus borrosas manos, preguntándose qué era lo que habían estado haciendo anoche. Que era de día se notaba: la luz solar matutina entraba por unas ventanas que estaban a ambos lados de la Otonashi. Las ventanas, de hecho, tenían una forma extraña… ¡las de un coche! Vale, era un avance, estaba en un coche.
A continuación intentó recordar, pero al hacerlo fue como si le dispararan con una ametralladora a cinco centímetros de la oreja y desistió.
Ya se estaba cansando también de forcejear con la manilla cerrada del vehículo cuando abrió los ojos, acordándose de por qué no veía un pimiento. Buscó sus gafas tanteando el suelo y las encontró medio rotas al mismo tiempo que descubría que lo único que cubría su cuerpo era una manta vieja y de dudosa procedencia. Puso cara de asco, y luego de preocupación. Y aquel fue el momento en que al fin se hizo "la pregunta"
-¿Cómo he llegado yo aquí?
Lo último que recordaba era haberse acercado a Kazemaru y que este había intentado huir. Luego, como un destello fugaz, su memoria le brindó una escena en la que seducía al guarda de seguridad para que no dejase salir a Ichirouta, y ahí fue donde le pilló.
Estaba muy flaco y no parecía feliz, verdaderamente. Y no había pasado tan poco tiempo, ya hacía seis meses que desapareció de la vida de todos paulatinamente. Haruna siempre había imaginado que no soportaba verlos a ella y a Shiro tan felices cuando él había sido rechazado aun habiendo pasado más de un año desde que la había fastidiado con Reika. ¿Que por qué le dio tanta importancia? Bueno, al principio estaba segura de que aquella era una de las cosas por las que las mujeres no salen con ciertos hombres.
Pero los días pasaban y Kazemaru seguía enviándole cartas y dibujos de flores y escenas románticas, descargados de Deviantart. Ella sonreía al recibir esos regalos, era original y romántico que se acordase de lo que le gustaba y lo tuviese en cuenta, pero no se sentía capaz de perdonarle.
A veces se sentía culpable. Al fin y al cabo, un mes después él seguía pidiéndole perdón y parecía realmente arrepentido. Le daba tanta pena… Estuvo a punto de disculparle tres veces, pero siempre había algo en el pecho que la detenía. ¿Miedo, quizá?
Sacudió la cabeza. Volviendo al tema… ¿qué narices hacía en un coche cerrado y en pelotas? ¿Cómo iba a explicarle eso a Fubuki, si ni ella misma recordaba el por qué? ¿Y por qué el cuerpo le picaba tanto?
De pronto se encendió una lucecita allí arriba en su cabeza.
-¡Dios mío, pulgas! –y lanzó asqueada la manta al otro lado del asiento trasero. Claro, ese aspecto roñoso lo explicaba todo.
Antes de que tuviese tiempo de pensar la respuesta a todas sus otras preguntas, alguien golpeó la ventanilla del coche.
Haruna tragó saliva.
Era un policía.
-Señorita, ¿se encuentra bien? –ella sonrió y asintió, hasta que se acordó de su estado de desnudez y se abrazó así misma, resoplando.
-No.
El hombre intentó abrir la puerta. Eran aproximadamente las once de la mañana, y la gente ya despertaba para hacer sus tareas diarias. Algunos curiosos se detenían a ver quién estaba dentro del coche parado en medio… ¡DEL PATIO DE UN COLEGIO!
Cuyo portón estaba clandestinamente abierto (la cerradura brutalmente forzada lo demostraba) y dejaba ver su asombroso interior.
Finalmente, la puerta cedió y ella se asomó, tímida. Intentaba por todos los medios no alegrarle mucho más la vista al agente, este se dio cuenta e inmediatamente le tendió su chaqueta, que por fortuna era lo suficientemente larga.
El policía frunció el ceño.
-¿Puedo ayudarla en algo más?
-Ejem –carraspeó, y respondió todo lo digna que pudo, en sus circunstancias- No, está todo bien, señor agente. Yo misma pararé un taxi, no se preocupe –él arqueó una ceja. Parecía divertirse con la situación, él, y medio barrio que pasaba por allí.
-¿En serio? ¿Y con qué dinero lo pensaba pagar?
-Bueno, yo… -se miró. Había buscado y en el coche no estaban ni su móvil ni su reloj ni su cartera. Fijó la mirada en el agente- Le pagaré al taxista en cuanto llegue a mi casa.
El hombre rió.
-Ya. Pero tenemos un problema –la Otonashi alzó las cejas, interrogante. El policía señaló el coche parado y la puerta forzada e inquirió- Antes de su marcha, alguien tiene que explicarme todo esto.
Haruna chasqueó la lengua y entrecerró los ojos.
-Pues si encuentra a ese alguien me encantaría oír su versión de los hechos…
…
-Yo también te quiero.
Ulvida apartó sus azules ojos a una esquina embarrada de la calle. El día se presentaba lluvioso, las hojas anaranjadas y marrones que habían caído ya de los árboles se pegaban a las ruedas de los coches que pasaban por encima de ellas, y el otoño se hacía sonar en aquel día de mediados de octubre.
Qué eterna había sido la espera, pero qué dulce era el sabor del premio de esta. A cambio de una disculpa, por supuesto había un precio a pagar. Y en su caso era la soledad sin rechistar.
Si hubiese seguido por el camino como empezó con Mido, ahora continuarían de morros el uno con el otro. Sin embargo, no había podido más y le había enviado un e-mail. El ser humano es débil.
-Oh, cariño… siento haberte dicho todo eso.
-Y yo también. Encima por teléfono… bueno, ¡no hablemos más de ello, vale! –Él sonrió- Vamos, te invito a algo en esa cafetería.
La parejita que Ulvida tenía sentada a su lado en el banco del parque al que llevaba a su hermanita a jugar se levantaron y, felices como en un cuento de hadas, se dirigieron cogidos de la mano a algún rincón escondido de las miradas inquisitivas de los viejitos que no tenían otra cosa que hacer que sentarse en un banco y escudriñar a sus vecinos.
La chica suspiró, y se dio una palmada en la frente, cerrando fuertemente los ojos.
-Qué tonta soy.
-¡Ulvidaaa! Me voy a merendar con mi amiga Gen –anunció Emi de pasada, en su carrera hacia el coche de los padres de su amiga. La mayor se encogió de hombros. Otra persona más que parecía no necesitarla.
Se levantó del banco. Los días pasaban cada vez más lentos, la gente en su rostro mostraba la misma parsimonia que el ralentizado paso del tiempo que tanto la enfermaba. Sentía que la vida se le había parado en el peor momento en que podía hacerlo. No había noticias de Midorikawa. Haruna esa mañana no contestaba al teléfono.
Entonces, el aparato sonó, con Hangover como tono, como el día de la resaca en casa de Hiroto. Le parecía muy lejana esa situación. Solo había pasado algo más de una semana, y ahora estaban peleados, otra vez. Empezaba a hartarse de esas cosas.
-¿Sí? –Se oyó primero un ruido sordo debido a la mala cobertura y luego nada, así que volvió a preguntar- ¿Hola?
-Hola, soy yo.
-Ah… perdona, ¿y quién es "yo"?
-¿Cómo puedes preguntar eso? –respondió la voz, decepcionada- A ver, bonita, no quiero que te asustes ni que me grites, y mucho menos que me cuelgues porque solo me dejan hacer una llamada, y no la puedo desperdiciar, ¿vale?
-Vale –contestó, cautelosa- ¿Pero quién eres?
-¡Haruna, joder!
Reina rodó los ojos. Claro, cómo no. Si la había llamado tres veces porque pensó que no lo oiría… aunque no llamaba desde su móvil, sino desde un número privado. Y ¿había dicho que solo le dejaban hacer una llamada? Eso sí que no era propio de ella ni de sus padres.
-¿Dónde estás? –decidió soltar, resumiendo así todas sus preguntas.
-En la comisaría –al otro lado de la línea, la peli azul oscura se mordió el labio, esperando una reacción sino buena, moderada. Afortunadamente, el pensar en Midorikawa le quitaba a su mejor amiga de preocuparse por muchas cosas más- ¿Sigues ahí?
-Sí, sí –Ulvida se llevó una mano a la cabeza y cerró los ojos con paciencia- Vamos a ver, Haruna, ¿puedes explicarme qué narices ha pasado?
La Otonashi hizo un gesto con la mano como para quitarle importancia.
-Bah, nada. Es una muy larga historia, me topé con Kazemaru y quería hablarle porque parecía bastante… demacrado. Pero huía de mí. Y ya sabes que soy tímida para estas cosas, así que cogí unas cuantas copitas y comencé el proceso de desinhibición –sonrió, orgullosa de su plan. Algo contradictorio, ya que gracias a él estaba ahora en manos de la policía.
-Señorita, por favor, sea un poco más breve –le pidió otro policía un poco más joven que se había ocupado de su caso ya en la comisaría. Haruna asintió indiferente y continuó su relato. Ya se sentía como en casa.
-Ya, ya. Bueno. El caso es que recuerdo que seduje al portero del local para que no dejase irse a Kaze, y le pillé. Hablamos, y eso… al principio me respondía con evasivas, pero me parece, por lo poco que recuerdo, que después de conseguir que se riera se abrió. Debí soltar alguna de mis barbaridades de borracha. Lo malo es que no recuerdo NADA de todo lo que vino después –concluyó, haciendo una mueca con la boca.
Su amiga escuchaba atentamente, con las cejas alzadas.
-Madre mía, ¿qué has hecho?
-¡No! No creo que haya… na, lo dudo –afirmó, tras una breve reflexión.
-No lo sabrás a menos que le preguntes a él.
-Sí.
-En fin… -Yagami suspiró de nuevo. De pronto la asaltó un pensamiento de ansiedad. ¿Y si mientras hablaba con Haruna estaba llamándola Mido? Oh, mierda. Tenía que colgar- Ya hablaremos, Haru, estoy esperando a que llame Ryuuji y…
-¡Eh! Aún no sabes por qué estoy en la comisaría.
-Dios, ¿pero es que hay más?
-Cuando me desperté estaba desnuda, encerrada en un coche en medio del patio de un colegio que tenía la puerta forzada, y solo me cubría una manta vieja y mohosa que tenía pulgas, asquerosos bichitos que se me han pegado.
Eso sería suficiente para concentrar la atención de Yagami. Y vaya si lo era. La chica tropezó y se cayó al suelo, rasgándose los vaqueros y pegando un grito. En cuanto recuperó el móvil en el ajetreo de la caída, gritó:
-¿¡DESNUDA Y CON PULGAS DÓNDE!?
Lo dijo antes de darse cuenta de que aquello podía atraer la atención de todas y cada una de las personas del parque, que la miraron con miedo o algo extraño en los ojos y pasaron de largo, sin ni siquiera ayudarla a levantarse. Pero le daba igual, se puso en pie enseguida y se sacudió la ropa, protestando mentalmente por el desgarrón, pero Haruna era su prioridad.
-En un coche cerrado en un colegio que… -se dispuso a repetir la chica, en tono cansado.
-Ya, ya he oído eso –no podía cerrar la boca de la impresión- La madre que te parió, Otonashi, la madre que te parió…
-Te juro que no sé cómo llegaron las cosas a ese punto –se encogió de hombros y jugueteó con un papelito de encima de la mesa de la oficina desde la que llamaba. El agente le frunció el ceño y ella sonrió y puso los pies encima de la mesa- ¡En resumen! Tienes que venir a buscarme.
-De acuerdo, voy para allá. ¿La comisaría Sur o Norte?
-Sur.
-Eso está lejísimos de tu casa. Madre mía, tu madre va a matarte.
Colgó, y se extrañó al mirar el registro y no ver ninguna llamada perdida reciente. Tampoco le llegó en todo el día ningún mensaje avisando de que un número extraño había realizado una llamada.
…
Goenji Shuuya solía inventarse para sí mismo que en otros tiempos era un galante conquistador, amante insuperable e inteligente hombre de negocios. Otras veces era un solitario sin apenas contacto humano, lleno de misterio y preguntas.
De repente sintió un escozor y la sensación de un líquido intruso metiéndose en sus venas.
Uno de los enfermeros del Centro le había inyectado clandestinamente el tranquilizante cuando Goenji no miraba. Cómo odiaba que le hicieran eso. ¿Qué pensaban que haría si le avisaban de lo que iban a hacerle? ¿Tirar de las cuerdas, romperlas y escapar? Qué absurdo. Para empezar, dos tipos cuadrados como armarios custodiaban la puerta, y además el director del Centro se encontraba delante de él para evaluarle de nuevo. No le convenía causar problemas entonces, prefirió emitir un gruñido quedo y guardar sus críticas respecto al trato con los internos "peligrosos" como él.
-Hola, Shuuya –maldito ser repelente y asqueroso, ¿quién le había dado permiso para utilizar su nombre? No dejaba de ser un cliente de aquella mafia que se aprovechaba de la salud mental de los demás para sacar beneficios.
Sin embargo se obligó a sí mismo a tragar y responder pacíficamente.
-Hola.
-Sabes por qué estamos aquí, ¿no es cierto?
-Sí.
-Ya hemos venido otras veces.
-Lo sé –se obligó a sí mismo a no poner los ojos en blanco como respuesta al ridículamente infantil tono de voz que el director utilizaba con él. El hombre cerró los ojos, complacido.
-Bien –dijo-. Te voy a evaluar.
Puso los ojos en blanco.
-Ya le he dicho que sé perfectamente por qué estamos aquí, soplagaitas.
Se había hartado. El director meneó la cabeza y chasqueó la lengua.
-Mmm… episodios de hostilidad… -murmuró mientras apuntaba en esa odiosa libreta que tanto había detestado Goenji en esos meses.
-¡Joder! –protestó.
Las cosas no habían empezado demasiado bien.
Fuera de la sala, al otro lado de la puerta blindada de la Habitación de las Evaluaciones, la situación seguía igual de tensa aunque Natsumi ya se había soltado un poco más. Había empezado a llorar, y ahora Shiro le pasaba el brazo por encima del hombro. Suspiró. ¿Qué era peor, la banda o el manicomio? Daba la impresión de que allá donde fuera Shuuya había problemas, y que arrastraba a su mejor amigo hasta el centro de ellos.
La pelirroja sostenía una bolsita de hielo contra su ojo hinchado. Tras el pequeño contratiempo ella se había escabullido en el revuelo de enfermeros y seguratas que apresaban a Shuuya para llevarlo a Máxima Seguridad y sin saber qué más hacer, se había metido en el coche y estalló. Mantenía la compostura delante del personal del Centro, pero en cuanto estuvo sola no pudo más. Entre un sollozo y otro, pensaba y asimilaba, o intentaba hacerlo. No podía creer que su Goenji la hubiese pegado. Aunque fuera en defensa propia. Él decía que no recordaba la conversación que precedió al beso, y Raimon le creía, ¿qué otra cosa podía hacer? Él no estaba bien, sabía que en el fondo era vulnerable. Si ella no creía en él, nadie más lo haría, seguro.
Después, había tenido la sensatez de llamar a Fubuki y pedirle ayuda. Y allí estaban.
-¿Cómo estás? –le preguntó el chico peli plata, cogiéndola de la mano.
-No sé… llevan ya quince minutos ahí dentro. Y le habrán atado. A Goenji no le gusta que lo aten –repuso. Shiro asintió.
-Ya lo sé. No creo que consigan nada con eso, pero es su política, Natsumi. Aún así… -la miró con cansancio, habían estado despiertos toda la noche, porque si se iban Natsumi comenzaba a llorar y a preocuparse- … aún así, ¡cómo demonios se te ocurrió besarle! Sabes lo de las pérdidas de memoria a corto plazo, es estúpido, es como hipnotizar a un hipopótamo e ir a darle un abrazo.
Ella frunció el ceño y tensó los hombros. No había sido tan estúpido, si él estuviera en su lugar comprendería que de vez en cuando ella lo necesitaba. Para seguir.
-Precisamente por lo de su memoria, los doctores deberían entender lo que ha pasado –resopló, frustrada- Pero no, tienen que calificarlo como "sujeto peligroso" y reducir las horas de visita semanales… ¡Eso no me sirve de nada! –Exclamó con exasperación, que pronto se convirtió en más lágrimas- ¿Por qué no me preguntan, Shiro? Quiero decirles que es culpa mía, soy yo la tonta.
-Bueno, pero fue él quien te pegó.
-¡Cállate!
-No le estoy echando la culpa. Solo digo que así es como lo ven ellos.
-Pero… -bajó los rojizos ojos- yo soy su responsable, debería poder decidir lo que hacen o no hacen con él. Es injusto.
-¿Familiares o amigos de Goenji Shuuya? –Natsumi se levantó de un salto. Un enfermero más bien corpulento se asomaba desde la puerta, llamándolos.
-Sí.
-Pasen.
Dentro, la atmósfera estaba de algún modo más fría.
…
Atsuya y Yuuka no tenían la casa sola para ellos normalmente, por muchas ventajas que acumulara no vivir con un padre ni una madre. Shiro intentaba ser algo así pero dejaba de lado todas esas cosas en cuanto Haruna aparecía por la puerta. Así mismo, ser el compañero de piso de tu pareja cuando eres un adolescente no es tan maravilloso como a ellos les pareció cuando supieron que iban a compartir casa. Que Shuuya y Yuuka vivirían en el chalé con los Fubuki, ya que los cuatro estaban solos.
-¡Ajá! Muy listo, pero yo tengo una escalera, así que… ¡te he vuelto a ganar! –exclamó Yuuka orgullosa, sin ni siquiera sospechar que su novio hacía tres partidas que se dejaba ganar para tenerla de buen humor. Ella no soportaba perder y él no la soportaba a ella cuando estaba de morros.
Sí, evidentemente, seguía en su empeño de llevársela a la cama. Y sabía perfectamente (aunque se hacía el loco cuando Yuuka le preguntaba, solo por tenerla en vilo) que la noche en casa de Kiyama solo habían subido hasta una habitación para quedarse fritos a los dos minutos. Estaban demasiado borrachos.
Y ahora que la tenía sobria, contenta y estaban por primera vez solos en casa, el muy gilipollas se ponía a jugar a las cartas. Así se sentía Atsuya. Pero llevaban una hora allí y él tampoco cortaba el juego.
De pronto, Yuuka pareció caer en la cuenta de la situación.
-Qué raro que tarde tanto tu hermano –comentó.
-Sí, muy raro… ¿a qué jugamos ahora? ¿A la escoba? ¿Al mentiroso?
-No sé –la castaña suspiró aburrida. Las cartas ya cansaban. Miró el cajón de la mesilla de noche de su habitación, en el que desde hacía unos meses guardaba cierta cajita. No los había comprado con la intención de utilizarlos, solo le inspiraban curiosidad, aunque unos días atrás había estado practicando con otros objetos. Tenía que gastarlos. Si Atsuya los encontraba, insistiría aún más, y estaba hasta las narices de que la presionara. Por mucho que él dijese que no, que sabía esperar, le parecía que no pensaba en otra cosa.
-O si quieres podemos encender la Xbox –sugirió el peli rosa. Ella frunció el ceño, estaba realmente sorprendida de que aún no hubiese intentado nada verde. Lo conocía mejor que nadie.
Mirándolo de reojo decidió, con una malvada sonrisa en el rostro, que jugaría a provocarle. Para ver qué cara ponía. Y porque no tenía nada de ganas de jugar a la Xbox.
-O también podríamos –carraspeó, dándose tiempo para acercarse. Estaban sentados en la cama. Gateó un poco hasta él- jugar a algo mucho más divertido. ¿Eh, qué dices?
-¿Más divertido que matar monstruos en la consola? No se me ocurre qué –contestó el gran idiota, sin darse cuenta de las intenciones de la pequeña Goenji. Pero esta no desistió, volvió a hacer un intento de insinuarse.
-¿De verdad no se te ocurre nada? –le susurró al oído.
Casi se cae de la cama del bote qué pegó el oji verde cuando cayó y comprendió lo que le estaban proponiendo. Yuuka rió. Para tener tantas ganas había tardado mucho en pillarlo. Naturalmente que sería un fiasco para él, pues no pensaba ir más allá de lo de siempre.
-Espera, espera, ¿me estás diciendo lo que yo pienso? –preguntó, con un leve tartamudeo.
Ella asintió y luchó para no descojonarse en su cara cuando se le ocurrió bajarse un tirante de la camiseta que llevaba, como había visto en las películas. Qué ingenuo era su novio en el fondo. Se dejaba engañar muy bien, eso sí.
Inmediatamente después de entenderlo todo, el peli rosa comenzó a mirarla con otros ojos, que no tenían nada que ver con los que usaba para las cartas.
Yuuka de momento se dejaba hacer, si total, no perdía nada. Pero aquella vez… si era sincera, no se sentía presionada. Por lo que cuando ya no les quedaba mucha ropa encima, no se apartó bruscamente y se fue. Siguió a lo que estaba. Le estaba gustando, no lo podía creer. Pero en fin, eso era bueno, ¿no? Después de tanto tiempo, podía darle lo que pedía Atsuya.
En la mente del chico, sin embargo, las dudas que sus hormonas habían acallado durante meses empezaban ahora a aflorar de manera muy clara. ¿Y si no salía como esperaba? ¿Y si… bueno, y si fallaba? De pronto todo eso le aterraba.
Ella lo besó, antes de alargar la mano hasta el cajón. Era el momento, podía sentirlo…
-Ah, así que era eso lo que vigilabas tanto –murmuró Atsuya comprendiendo.
-Claro. Creí que ya habrías entrado tú mismo aquí a ver qué era.
-No lo pensé, la verdad –la oji negra se encogió de hombros y abrió el envoltorio de un condón, o al menos lo intentó. Tenía las uñas largas, pero ese cabrón seguía bien cerrado. "Mierda…" murmuró entre dientes.
-¿Me lo abres tú?
Al tenerlo tan cerca de las manos, el menor de los Fubuki se mordió el labio. ¿Que si lo abría? Pues… Pues…
-Pues… no. No, no, no. No. No, no.
-¿Pero qué cojones…?
-No… no me apetece –resumió, sonrojado.
Yuuka abrió la boca, pero no se le ocurría nada que decir. ¿No me dejes colgada, capullo? ¿Te acordarás de esto cuando me hagas tus súplicas de cada noche, pedazo de mierda cobarde? No parecía una buena idea soltar eso.
Finalmente, el peli rosa se empezó a vestir, ante su atónita mirada.
That's all today!
Encantada de haberos tenido por aquí, ¡el próximo capítulo muy pronto! Este también lo tengo ya terminado (qué gozada poder decir eso e.e)
Tengo que dar hoy también las gracias a todos los que me mostraron su apoyo cuando conté media vida en los comentarios del capítulo anterior xD El tema de la ruptura y todo eso… En serio, fue muy considerado y ya me siento muy bien, en parte gracias a ese apoyo ^^ Gracias a Albota Rules y Ester sM (y a Ane, pero ella ya sabe todo lo que le agradezco que me aguante, tanto cuando estoy mal como cuando estoy bien xD)
¡Adiós, mis queridos lectores!
