CAPÍTULO 11
"Cuando era joven, mucho más joven que ahora, no necesité jamás la ayuda de nadie"
Ya que la noche anterior no había pegado ojo, pensando en la disparatada propuesta de Shuuya, el domingo lo dedicó a repasar sus apuntes desde el sofá. Natsumi adoraba la medicina, pero sin duda, la genética le parecía infumable. Aún así, logró concentrarse el maravilloso rato de quince minutos; y luego sus pensamientos se dirigieron al rubio que, pacientemente, esperaba en su celda la respuesta a una pregunta que quizá ni siquiera recordaba.
Natsumi suspiró.
Desde un punto de vista coherente, quedarse embarazada de un trastornado mental (con todo el respeto y por mucho que le amara) le seguía pareciendo una tremenda equivocación, una y otra vez. Y no obstante, aún no había sido capaz de desechar la idea. ¿Por qué? Si su respetado y sabio padre supiera de esos pensamientos, no volvería a dejarla entrar en casa hasta meses después, y siempre y cuando él mismo comprobase que no había cometido la absurdez del año.
Al ingresar a Shuuya en el Suni Sun, le ofrecieron la utilización de un programa de visitas conyugales, tenía el folleto en su escritorio. Diablos, ¿en qué piensas, Natsumi? Ya he decidido que no lo haré.
Entre otras cosas, ¿quién mantendría a ese pobre niño? ¿Quién lo cuidaría mientras fuese pequeño? Claro, pero tenerlo parecía tan tentador, teniendo un padre rico que siempre la apoyaba en sus decisiones, cualesquiera que fuesen… Pero Goenji no se acordaba. ¿No?
Se seguía sintiendo como la mala, aún así; él solo le había dicho lo que le gustaría, ni la había obligado ni había vuelto a mencionarlo. ¿Pero, porque no se acordaba o porque no quería presionarla? Era tan caballeroso, que habría sido capaz de guardarse algo así. Era caballeroso y estaba encerrado en un manicomio… la vida es muy injusta para los buenos. Deberíamos volvernos todos malos, a los malos nunca se les chafan los planes. No, Natsumi, menuda estupidez.
Abriendo la puerta bruscamente, la joven asistenta irrumpió en la pequeña biblioteca de los Raimon, a quitar el polvo; retrocedió un paso al ver allí a la hija del director. Ella suspiró, aunque acostumbrada.
-Puedo volver en otro momento –casi murmuró la criada, sonrojada.
-No te preocupes, Niki, me voy. Creo que es un buen día para visitar a mi amigo Goenji –y la pelirroja le sonrió a su criada, dejándola perpleja.
Pocas veces se mostraba así de simpática la amargada señorita; la asistenta, morena y fastidiada por tener que sonreír a esa tonta. La conocía del colegio y del instituto, Natsumi era la pija insoportable tras la que todo el mundo babeaba, soñando con ser su amigo. Niki no pertenecía a ese grupo, siempre la rehuyó, y Natsumi a ella; e irónicamente, ahora Niki era su chacha. La odiaba.
…
Mido sabía perfectamente que jamás habría seguido su vocación hasta el mismo Nueva York, si Ulvida no hubiese estado tan ocupada con su carrera. No le estaba echando la culpa ni atribuyéndole el mérito (según se mirase), simplemente era la verdad. Él estaba más que dispuesto a seguir a la peli azul sin tener en cuenta lo suyo, cuando dos años después, el negocio de la música no le había dado demasiadas alegrías. Y no era infeliz del todo.
Se bajó del autobús, del mismo que, años antes, había llevado a Ulvida lejos de sus brazos tras componer Lead the way. Recordaba esa tarde claramente, como si fuese su presente; ella le dijo que olía a magdalenas, se dejó abrazar mientras hablaban en su cama… Sonrió. En esos momentos, no imaginó en absoluto cómo acabarían las cosas de bien. Más que eso.
Aunque no todo eran alegrías cuando pisó de nuevo su antiguo barrio. Se alojaba en un hotel y la falta de secadores en dicho antro le obligó a llamar a Arata y Amaya para avisarles de que vendría. Y allí estaba. Se miró los pies. Ahora sus ojos estaban más lejos del suelo. Sí, los tiempos cambian, por lo que al fin reunió los ánimos necesarios y subió las escaleras de su portal.
La mujer que le abrió y su mirada, resultaron inconfundibles para el peli verde que, esperando que le abriera el serio hombre de la casa, recibió una de las pocas ventajas que le traía volver. Así mismo, Amaya abrió sus ojos, llena de felicidad, y ahogó un grito de sorpresa.
-¡Ryuuji, cariño!
-Hola, mami postiza –bromeó afectuosamente el oji negro, abrazándola con fuerza- ¿Qué tal estáis por aquí? Te he echado muchísimo de menos, creo que no he comido nada decente desde verano, cuando me fui… ¡Oh! ¿Y Hotaru? Estará enorme… -supuso, feliz al recordar al rechoncho hijo de Amaya y Arata, al que apenas había conocido. La mujer peli naranja le quitó importancia a ese asunto en concreto, con un gesto de la mano, y le miró a los ojos.
-Hotaru está durmiendo –frunció el ceño- y deja de mofarte, ¡no está gordo! –Protestó ella- solo un poco rellenito, nada más –añadió. Después, sacudió la cabeza haciendo reír a Mido, y volvió al tema- Ahora me toca preguntarte a ti, ¡cuéntamelo todo sobre Nueva York! Siempre quise ir, pero, por una cosa o por otra…
-¿Ryuuji? –interrumpió la voz de Arata a su mujer. El mencionado cambió el rostro, tensándolo, y se dio la vuelta para dirigirle apenas una mirada. El hombre, sin embargo, intentó cogerle la mano, a lo que su hijo la apartó bruscamente- Todavía no nos has perdonado.
-¿Perdonar? ¿Perdonar qué?
-Por favor, escúchame, te lo suplico, de verdad. Yo no lo supe hasta que lo vi en el funeral de tu madre, ¡ella no tenía ningún hermano! Y entonces me di cuenta y…
-Cállate, por favor, papá.
-No lo soy…
-¡Sí lo eres!
-No –murmuró, entristecido. Amaya tenía cara de sufrimiento, y el chico resopló.
Ryuuji alzó los brazos al techo, cansado, y arrojó su bolsa sobre el banquito del pasillo de las habitaciones, como en los viejos tiempos. Entró en su viejo cuarto, adonde habían ido a parar todas las cosas que no se llevó a su piso, aquel verano que supo que habían vuelto a mentirle. Pero ese pensamiento flotó fuera de su ser, junto con los ruegos de Arata porque le perdonara. Allí se encontraba su primera guitarra, "Green", y su teclado, su violín (lo había intercambiado hacía años, por una consola, y su padre casi lo mató cuando se enteró), su poster firmado de Aerosmith… Su ropa ancha y larga, que Reina odiaba y que él fue sustituyendo, aunque no terminó de tirar. Sus muñequeras de pinchos. Se rió.
Y mientras, Arata detrás, haciendo su monólogo.
-…no sabes cómo me sentó saber que mi hijo no era mi hijo, justo después de que mi mujer muriese –seguía hablando-; y no te estoy echando la culpa, Ryuuji, pero debes saber que si no te lo dije no fue porque yo quisiera… -al final, el asunto consiguió enervarlo.
-¿Ah, no? ¿Y por qué esperaste catorce años para contármelo? –quiso saber.
-Yo no soy el único que debió hablar contigo, ¿entiendes? –Mido rodó los ojos y Arata suspiró.
-Claro que entiendo, pero no te pregunto por Akashi, sino por ti.
-Porque no podía –el chico arqueó una ceja, esperando algo más, y Arata finalmente accedió con los ojos- Él no quería involucrarse tanto, y yo respeté su opinión. Tu tío… bueno, tu padre, se conformó con ser tu tío y estar cerca de ti.
-Eso no es suficiente motivo para no decirme que Akashi es mi padre –repuso el peli verde, dándole la espalda.
-¡Bueno, y además yo no quería que te fueras con él! –confesó en un grito su "padre". Mido se dio la vuelta, algo boquiabierto- No me quedaba nada más que tú. No me pareció mal tener compañía, por eso dejé que Akashi se quedase a vivir con nosotros, ¿entiendes? –el peli verde lo miró fijamente, inexpresivo.
Fue a por su bolsa y metió algo de ropa, algunos de sus recuerdos, como su guitarra, y el secador. Antes de salir por la puerta, se paró sin darse la vuelta para mirar a ninguno de los dos.
-Si te pones así, claro que te perdono…
-¡No te vayas!
-Volveré por aquí antes de volver a Nueva York.
Ya tendría tiempo de hablar de ello cuando viniese, en Navidad o cuando fuera. Esos días prefería disfrutarlos junto a Ulvida, ya que solo le quedaban seis, y por lo que le habían contado, la peli azul le necesitaba mucho más de lo que ella misma quería admitir.
…
Cuando llegó a la celda apretó con fuerza el folletito en su mano, ese que había estado doblando y doblando hasta difuminar algunas letras, durante todo el camino en el taxi. Esperó a que el guardia comprobara el estado del rubio, afuera en uno de los banquitos de plástico del pasillo. Un enfermero le hablaba, por ser la primera vez que lo solicitaba, de las normas por las que se regían las visitas conyugales. El teléfono sonaría cada siete minutos. Existía un botón justo al lado de la cama, por si ella tenía problemas; los guardias de seguridad entrarían enseguida a socorrerla.
-No creo que necesite pulsarlo –comentó Natsumi. Suspiró- En caso de que Shuuya acepte…
El enfermero, delgado, rubio y algo amanerado, le sonrió comprensivamente.
-Estoy seguro de que querrá –se acercó un poco más a ella-, solo teniendo en cuenta que todo aquí es muy aburrido, querrá –le susurró con confidencialidad, y los dos rieron.
Oh, Natsumi, ¿qué narices estás haciendo? La puerta se abrió al cabo de pocos minutos, y la mandaron a una habitación donde había una cama de matrimonio, algo pequeña, suficiente para sus propósitos.
De pronto, la pelirroja tiñó sus mejillas del color de su pelo, imaginando qué pensarían de ella los empleados del centro que se habían enterado de lo que pensaba hacer; Shuuya no dejaba de ser un enfermo mental, y a lo mejor ni siquiera la recordaba cuando entrase en aquella fría estancia. Exacto, frío, era todo tan frío que resultaba muy difícil concentrarse.
Un enfermero grandote y fuerte desesposó a Shuuya y lo dejó allí dentro. Los dos se miraron, el rubio, algo confuso.
-Hola.
-Hola. Supongo que no recordarás... -¿cómo iba a decírselo?- Verás, no sé si te acuerdas, pero hace unos días, tú… oh… bueno, querías –señaló a la cama- eso. Así que aquí estoy –agachó la cabeza algo avergonzada por su pequeña mentira, y por su vista periférica creyó haber visto a Goenji reír, aunque al levantar los ojos seguía igual, solo que sentado en la cama.
-Entiendo –respondió él, serio. Natsumi abrió los ojos aún más.
-¿De verdad… te acuerdas?
-¿Por qué no iba a recordarlo? –pero entonces también tenía que recordar que no fue exactamente sexo lo que pidió. O a lo mejor no quería presionarla. O a lo mejor había cambiado de opinión y era una forma de salirse por la tangente. Mierda. La pelirroja no tenía ni idea, así que siguió con indirectas.
-Bien. Pero si has cambiado de opinión, dímelo, no pasa nada. Esto lo hago por ti –dijo.
-Lo sé –y sonrió como lo hacía antes, con unos ojos cuerdos y enormes, y sexys…
…
-¡Atsuya Fubuki, sal de este cuarto! –gritó Yuuka, histérica, envuelta en una toalla. Por poco no le tiró un zapato al peli rosa, que seguía empanado, mirándola desde su puerta ABIERTA- ¡He dicho que te largues!
Atsuya sacudió la cabeza.
-¿Por qué? Me gusta mirarte.
La pequeña soltó una carcajada, con unas pocas ganas de más de matarle que de costumbre. No se había atrevido a tocarla cuando ella se lo puso en bandeja, ¡y no habían sido pocas veces!, y ahora, AHORA, le decía que básicamente quería mirarla desnuda. Pues no señor.
-Pues a mí no me apetece que me mires.
-¿Por qué no?
-¿Por qué te entra el pánico cada vez que me desnudo para ti y me tocas las narices a dos manos cuando por casualidad me ves duchándome? –Se tumbó en la cama. Estaba cansada, Atsuya era pesadísimo, y encima le tocaba a Haruna hacer la cena. En serio, agg. El peli rosa se sentó en la cama, a su lado sin dejar de mirarla- Vete.
-¿Y no crees…? Eh, bueno –apartó los ojos, al fin, pero estaba pensando; y tratándose de Atsuya Fubuki, algo no muy bueno se avecinaba- ¿a ti no te parece un buen momento ahora?
-¿Un buen momento para qué?... ¡NO! –Abrió los ojos, exaltada- ¡Haruna y Fubuki están abajo, inconsciente! Podrían entrar en cualquier momento –el menor de los hermanos rodó los ojos.
-Tampoco es para que te pongas así, ¿o es que no sabes la de veces que esos dos han copulado libremente cuando nosotros estábamos en casa?
-Por favor, Atsu –le interrumpió la castaña con una mueca de desagrado.
-¡Y a veces, incluso en la habitación de al lado! –añadió, pensando que estaba construyendo un argumento irrebatible que la convencería con creces. Yuuka, por su parte, se tapó la cara con la almohada y gimió desesperada. Atsuya levantó el cojín y la miró con ojitos de cordero degollado, tumbándose a su lado- Venga, cielo… Para una vez que no eres tú la que suplica.
Yuuka se rió ligeramente.
-Yo nunca te he suplicado. Ese eras tú, hasta que te rajaste; yo únicamente intento convencerte –Atsuya sonrió- Pero ahora no.
La puerta de la habitación se abrió antes de que el peli rosa pudiera replicar; era Shiro, que dudó si volver a cerrar e irse al verlos allí tirados. No vio sobresalto alguno, así que anunció:
-La cena está lista.
-Protégenos de un envenenamiento, señor –murmuró la pequeña, mirando al techo. Atsuya miró a su hermano lo miró con ojos asesinos.
…
Y fin del capítulo.
En el próximo capi descubriré una de las ideas sobre las que gira parte del argumento: se descubrirá lo que le ocurre a Hiroto. CHAN CHAAAAN XD
A finales de semana me largaré a mi aldea natal :P lugar donde NO hay internet ni nada mínimamente moderno. Por no haber no hay ni señal de radio.
Volveré sobre el día 28 o así... no sé, probablemente a principios de agosto tengais noticias mías.
Espero acabar este fic pronto, lo hago más por no dejarlo a medias ya que no lo lee mucha gente u.u y tras esto ya veré si sigo en FF.
Matta ne, queridos lectores :33
