¡Perdón por la tardanza! Juro que tenía esto acabado mucho antes, pero solo lo he podido subir ahora.
No voy a joder entreteniéndoos más, ¡dentro fic!
CAPÍTULO 13
"Si volvemos es porque lo necesitamos; la necesidad une lo más débil."
Llegó la dulce Navidad a Inazuma.
Ryuuji lo habría dejado todo por Reina, si es que le necesitaba de verdad. Adivinar las costillas bajo la piel de la chica sin tener que apretar demasiado parecía ser una señal de que definitivamente, no podía mantenerse tan lejos de ella.
Así que no necesitó decirle adiós, pasado el primer día de enero.
Intentaba buscar otro trabajo, mientras insistía al productor de Nueva York por correo electrónico; no parecía dar muy buenos resultado. Y encima, el cretino de su ayudante le decía que era normal que lo rechazaran, ya que ellos buscaban a alguien dispuesto a sacrificarse. Cuando Mido escuchó eso, le gritó que era un inepto chupasangre y le colgó el móvil.
Los padres de la peli azul no habían puesto pegas a que se quedara en la casa hasta que encontrase un buen lugar para vivir. Lo que no sospechaban era que la pareja había planeado marcharse ambos de allí. De haberlo sabido, seguramente se habrían negado, y además hubiesen intentado convencer a su hija de que no se juntara tanto con "ese chico de pelos extraños", como su padre –que seguía sin aprenderse el nombre de Mido- lo llamaba.
El chico salió de la casa de los padres de Ulvida, sin cerrar con llave porque no tenía. Eso le recordaba que, a pesar de los casi tres años, aún no les acababa de caer bien a los padres de su novia. Se encogió de hombros.
Lo peor de no tener trabajo era que no podía llevar otra cosa a las entrevistas que su desvencijada moto de adolescente, que no se había oxidado ya por todas las capas de pintura que Ryuuji le había dado, y que apestaba a aceite. Y eso no causaba muy buena impresión, sobre todo si el caballete fallaba y descubrías que el coche aparcado junto a tu moto era el del director de la empresa que casi te contrata, cuyo vehículo había quedado como si lo hubieran lavado con un rallador de queso.
En eso pensaba al quitarse de nuevo el casco. Lo llevó bajo el brazo hasta la puerta de la pequeña mansión y llamó al timbre con pereza. Un Hiroto sonriente le abrió la puerta con el pie, y le ofreció uno de los dos cafés que sostenía en las manos. Mido lo cogió, y sonrió ligeramente. Un café no era la solución a sus problemas, pero ayudaba.
-¿Ya te ha contestado Red One? –al oír esa pregunta, al peli verde le salió la vena de rabia.
-No… ¿te lo puedes creer? ¡Pretende que abandone a mi novia cuando me necesita, por un trabajo de mierda! –Kiyama abrió los ojos como platos.
-¿De mierda? ¿No era el trabajo de tus sueños?
-¡También! –Aflojó los hombros- Pero creo que prefiero estar a su lado –lo miró- Tú ya podías haberte dado cuenta de lo que estaba haciendo.
-¿Qué culpa tengo yo?
-Ya, perdona, olvidaba que estabas ocupadísimo con tus asuntos de faldas, desde que no está Keeve –Hiroto tragó saliva.
-Bueno, eso no es del todo cierto.
-Ya –mezcló una carcajada con sus palabras y con un sorbo de café, y Kiyama apartó la mirada, cosa de la que Mido no dio en absoluto cuenta- ¿Y qué te cuentas?
Ni sabía ya para qué hablaba con Midorikawa. La mayoría de las cosas que sabía no se las podía contar, y el resto, no quería. No aún. Para los problemas con sus padres ya no quedaba ningún minuto en su día, o casi ninguno, y Toramaru paliaba el otro gran vacío, la soledad. Parecía, de hecho, estar convirtiéndose en su nuevo mejor amigo. Bah, mejor amigo, qué término tan pomposo, ni que estuviesen en el instituto. Tora sí lo estaba, pero jamás lo parecía cuando salían; su inteligencia era como un muro que no dejaba ver a nadie lo nueva que era la pintura de su fachada, lo nuevo que era él en todo. Pero, insistía, no lo parecía.
El pelirrojo había decidido introducir a Toramaru en la mente de Mido lentamente, con un filtro de chismorreos para suavizar la noticia. Una cosa llevaría a la otra, y entonces podría contarle a su amigo su verdadera nueva vida. Cambió de postura en su sofá, cruzando las piernas. Mido ya había adoptado la suya propia de siempre: pies en la mesa y los brazos tras la nuca, como una almohada.
-Pues… dicen por ahí que Natsumi Raimon está preñada –oh sí, eso tiene tanto que ver con tu orientación sexual, Hiroto.
No obstante, eso distrajo a Ryuuji, que lo miró con ojos como platos.
-¿De Shuuya? –Kiyama asintió, sumido en sus pensamientos- Pero… ¿y el manicomio? ¿Qué narices ha pasado?
Y Hiroto se dispuso a contarle lo que sabía, intentando llevar la conversación justo al límite de lo que de momento quería contarle. ¿Querrían ellos tener hijos algún día? Mido respondió un "bueno…" con los ojos iluminados y sin molestarse en disimularlo. Él tenía esa forma de ser: si no quería decir algo directamente porque le parecía poco masculino o alguna otra estúpida razón, lo deslizaba en forma de susurro a gritos. Hiroto había resoplado y contestado que adoptados, en cualquier caso.
Claro estaba que el oji negro no había pillado todo el sentido de la frase. Pero Hiroto tenía tiempo. Eso creía.
…
"Todas las cosas ocurren por alguna razón. O casi todas. Por ejemplo, el que tú vayas a existir dentro de tres meses. No sé ni si es bueno. Me harás feliz o destrozarás mi vida, pero no me importa porque es lo que Shuuya quería"
Natsumi cogió su chaqueta y se tapó la abultada tripa todo lo que pudo, antes de salir de la biblioteca. Hacía un par de semanas que admitió que ya era imposible ocultar el embarazo. Y ese mismo tiempo hacía que se lo había contado todo a su padre.
Ahora vivía con Niki. ¡Con Niki! Sabía que ella la odiaba, por los viejos tiempos en el instituto, y sin embargo había sido su empleada quien le había ofrecido una habitación en su apartamento; una de las chicas con las que compartía casa se había ido. No, el padre de Natsumi no la había echado de casa, se había ido ella. No aguantaba sus miradas acusadoras ni un solo día más. Además, tenía veintiún años y un fondo para la universidad a rebosar, gracias a la herencia de su difunta madre. Y un bebé en camino. Y estaba prácticamente sola.
Se encontraba en su segundo año de carrera, pero sabía que en cuanto su hijo naciera no iba a tener tiempo de estudiar, y menos una disciplina como la medicina, que necesitaba de toda su dedicación. Normalmente, los médicos esperan a ser residentes para formar una familia, y es precisamente porque necesitan años para formarse.
Lo cual significaba que la pelirroja había tirado la casa por la ventana, y que ya no podría ser cirujana, como había soñado desde niña. Para curar a gente como no habían curado a su madre, se suponía ella. Aunque a parte de esa razón, le encantaba su carrera y su futura profesión.
Ya había pensado qué hacer para mantener al bebé y a ella: trabajaría en alguna hamburguesería mientras aprobaba los exámenes para acceder al título de enfermera, que no era ni de lejos cirugía, pero al menos se acercaba a su vocación. No le resultaría difícil aprobar, pensó, pues con dos años de medicina estudiados la enfermería le iba a parecer fluidísima. Y en cuanto obtuviese el título, se pondría a trabajar, y empezaría a ganar una cantidad de dinero suficiente para comprarse su propia casa, para ella y su hijo y… Shuuya.
Confiaba en que el peli crema recuperase la cordura algún día. Cuando ingresaron a Goenji en el psiquiátrico por asesinar a su propio padre, ella fue a la casa de él, a ayudar a Yuuka y a guardar algunas de sus cosas en su propia casa. Meses después del ingreso, Natsumi le dio la buena noticia de que Shiro había conseguido la custodia de Yuuka, y que la chica estaba viviendo con él y Atsuya en casa de los Fubuki. Y al oír que su hermanita estaba bien –el primer acontecimiento positivo desde el incidente del atropello- el de piel tostada se emocionó tanto que la besó. También por primera vez desde que lo habían ingresado. Y a partir de entonces, Raimon nunca perdió la esperanza, pues era en esos besos donde recibía la seguridad de que Shuuya no estaba tan loco como hacía creer a los médicos y a todo el mundo, incluida ella.
Natsumi entró en su casa compartida, se quitó la chaqueta y los zapatos y encontró a Niki roncando en el sofá y al horroroso gato sentado sobre un cuenco volcado de palomitas. La televisión estaba encendida, mostraba una película de cine mudo. La otra compañera de piso, Keeve, no volvería hasta una semana después, de visitar a sus padres en Okinawa.
Apagó la televisión y recogió el cuenco y las palomitas, tras espantar al minino con un amago de patada. No es que le gustasen mucho los animales. Y tampoco iba a dejar que a su hijo lo olisquease un asqueroso gato maloliente.
Pidió una pizza, pues ni ella misma tragaba lo que cocinaba, y se tumbó en su cama a descansar. Se acarició la barriga. Le dolía la espalda. Hacía tiempo que notaba las patadas del bebé… y no era tierno para nada. Solo sumaba uno a las partes del cuerpo que le dolían por culpa del maldito embarazo. Aunque así sabía que el niño estaba bien. Era un niño, el médico se lo dijo con una sonrisa, y Natsumi forzó la suya, aunque no es que hubiese reaccionado mejor si le hubieran dicho que fuera niña.
A Goenji aún no se lo había dicho, pero estaba claro que tendría que hacerlo pronto. Se preguntaba cómo reaccionaría. Él, cuando todo estaba normal, la sabía poco altruista. Natsumi supuso que para empezar, no se iba a creer que hubiera estropeado su carrera por hacerle feliz a él.
Sería al día siguiente cuando la pelirroja se lo contaría. Él pondría una mano sobre su vientre y se quedaría quieto, muy quieto. Le besaría después la mano, y entonces se tumbaría en la cama de su celda, dándole la espalda a ella y a su hijo, y Natsumi en ese momento, sabiendo que ni siquiera aquel gran sacrificio le había hecho volver a ser quien solía ser, se echaría a llorar incontrolablemente sin importarle las odiosas miradas de penosa compasión de los guardias ni del director.
Saldría de la celda, dando un portazo despechada y desolada y se iría del manicomio para no volver hasta mucho después. Y gracias a esa desafortunada separación, todos sus planes cambiarían por fin para alzar sus ánimos al punto más alto desde el accidente.
Porque Shuuya pensaría entonces en todo, viéndolo claro de una vez, sin fantasmas que emborronaran sus recuerdos. Y sería hora de salir de allí.
…
Haruna le acarició el pelo. Seguía diciéndole que no pasaba nada. Kaze, por su parte, seguía sin creerla.
Para empezar, seguía sin poder casi ni moverse de casa. Y de tanto tiempo que la peli azul oscura pasaba allí para hacerle compañía, el padre de Ichirouta ya los llamaba "pareja de tórtolos". Para seguir, no eran ninguna pareja de tórtolos. Kazemaru se lo había pedido, después de recuperarse del infarto que le dio en el jardín de los Fubuki. De hecho, aún debía permanecer recostado en su cama cuando lo hizo; pero Haruna simplemente ignoró la pregunta.
Él no volvió a sacar el tema.
-Me apetece un café. Con azúcar, mucho azúcar… -la peli azul oscura, tumbada al lado de Kazemaru pero casi sin mirarle, como se había hecho costumbre entre ellos, se estiró los brazos y las piernas y se incorporó sentada. Se volvió hacia él- ¿Tú quieres algo? –negó con la cabeza.
"A ti", se abstuvo de contestar. ¿Por qué esa sequía de amor? ¿Por qué no podía mostrarse clara y concisa con sus sentimientos, si con Shiro Fubuki nunca había tenido problemas de esa clase? Aunque con todo lo que Ichirouta había tenido que esperar para tenerla por fin en sus brazos, el que esto solo fuese cierto a medias no le importaba mucho.
En esos momentos se encontraba en reposo. Acababa de sufrir otro amago de infarto. Los médicos le habían dicho que, tras el accidente de escalada, las réplicas eran relativamente normales, pero comenzaba a preguntarse si seguiría siendo normal tras dos años y medio de ataques. Le seguían diciendo que sí. Y, como con Haruna, tenía la constante impresión de que no le contaban más que milongas, una detrás de otra.
La Otonashi, hermosa como la veía él, volvió a su lado con una taza de amargo líquido endulzado con edulcorante, y un montón de nata por encima. El oji marrón sonrió.
-Si me hubieras dicho que le ibas a echar cosas tan ricas te hubiera dicho que sí.
Pero Haruna le miró sin una pizca de complicidad en los ojos.
-¿Estás loco? Tanto azúcar no es bueno para tu corazón –Kaze resopló.
-¿No era la sal?
-Tampoco la sal lo es.
-Haruna, ya que voy a morir de todos modos, podrías mimarme un poco –dijo medio en broma.
Pero la chica dejó de relamerse los labios de nata y se limpió con un pañuelo. No le dirigió la mirada, y dejó el café sobre la mesita de noche. Otra vez la odiosa actitud afectada que debería adoptar él, pero que su amiga se empeñaba en acaparar.
-No tiene gracia.
Kazemaru le frotó la espalda.
-Perdona –dijo mientras seguía masajeándola- Entiende que esta ha sido la enésima réplica de un solo infarto. Y no quiero preocuparte, pero me parece que el médico me está ocultando información.
El peli azul notó cómo toda la tensión de Haruna se le subía a los hombros en cuanto oyó aquello, aunque continuó con su masaje, quizá podía obtener algo de información.
Haruna cogió aire.
-Qué tontería.
-No te creas –Kazemaru se mordió el labio con rabia. Seguía mintiéndole a la cara, ¿por qué? ¿No se daba cuenta, acaso, que él ya lo sospechaba? ¿Por qué seguir omitiendo la verdad, fingiendo que no lo sabía? Estaba decidido. No pasaría un día más en que las cosas no estuvieran claras. Además, si iba a morir igual, le gustaría enterarse antes que le aconteciera- He hablado con un estudiante de medicina amigo mío, y él también piensa que no es muy normal…
-Eso es mentira –masculló ella con rabia.
-¿Sí? ¿Y no es mentira también ocultarme mi propio estado de salud, y decirme que todo va bien cuando evidentemente no es así? –Detuvo el masaje, resoplando- No soy idiota, Haruna. Dejad de mentirme.
La chica dio un respingo. Ichirouta sonrió por dentro, pensando que al fin iba a cantar. Pero Haruna se volvió hacia él y le propinó un puñetazo en la boca del estómago. El oji marrón se dobló con las manos sobre el vientre y ella aprovechó para abofetearle.
-¡Qué demonios estás haciendo! –exclamó entre dientes el chico.
De pronto, Otonashi puso cara de remordimiento mezclado con angustia. Kazemaru tenía la vista algo nublada por el dolor y eso no le ayudó a entender lo que ocurría. Su mejor amiga se sentó sobre la cama, de nuevo, esta vez balbuceaba, como intentando decir algo, pero no se atrevía.
-Lo siento… -y finalmente se tapó la cara con las manos, que ocultaron sus lágrimas.
El peli azul le pasó un brazo por encima de los hombros.
-Debiste decírmelo –susurró.
-No –exclamó ella, volviéndose y mostrando sus ojos llenos de lágrimas, pero habló sin importarle qué penoso aspecto le estaría ofreciendo a Kazemaru, porque no era importante-. No creas que he sido egoísta, ni que he intentado ignorarlo. ¿Sabes todas las noches que he pasado en vela, pensando si decírtelo o no? El médico dice que es importante una actitud positiva ante una enfermedad como la tuya, que podría ayudarte. Yo pensé que si no lo sabías, no podrías ponerte negativo. Solo quería que estuvieras bien, ¡solo quería que vivieras! –el chico tragó saliva- ¿Y con qué me pagas? Con desprecio.
-¿Cómo podía saber yo todo eso?
-¡Porque se supone que confías en mí! Si confiaras en mí de verdad, ¿crees que no habría aceptado salir contigo? –Así que sí se había enterado aquel día…- Habiendo superado que tú fuiste el primero en traicionarme, ¿crees que no me duele no poder besarte si quiero, cuando he estado deseándolo siempre?
-Yo confío en ti.
-Yo no puedo más –le contestó ella. Y se dejó caer en sus maltrechos brazos- Así que ahora… ya sabes. Tienes novia. Ya puedes ser positivo.
…
Endo tachó otra casillita del calendario. 14 de abril. Siete meses sin Aki. Siete meses exactos. ¿Y ahora qué?, se dijo. Se suponía que debería estar feliz de haber aguantado tanto sin tener ningún tipo de contacto con ella. Porque le había engañado, y no merecía ni que la hablara. Le había pedido a un compañero de psicología que le recomendara alguna terapia. El calendario formaba parte de esta. De momento, no iba mal. Pero seguía buscándola un poco, a decir verdad. Se moría por verla, qué demonios.
Solo quería arrancarse los pelos de la cabeza de pura desesperación, uno a uno, tanto si le servía de desahogo como si no.
Dios, ¿cómo podía ella vivir así de tranquila? Sus estados de Facebook, el único sitio por el que se enteraba de una pequeña parte de su vida, no revelaban gran cosa. Si ponía una canción, él la buscaba, se la bajaba y la escuchaba toda la noche tratando de buscar un indicio, algo que pareciese decir "te echo de menos" y que lo animase a salir a buscarla. Pero lo único que sacaba en claro era lo mucho que la peli verde se había aficionado a ir de fiesta y a otras cosas no tan legales.
El castaño se sentó junto a la ventana azul y se frotó los ojos. De pronto la vio, allí en la calle. Se levantó como si le hubiese dado un espasmo, y su cabeza chocó contra la persiana, que estaba solo medio subida. Se frotó entonces la cabeza, y de nuevo los ojos, y volvió a mirar. No había duda, estaba allí.
-¡Aki! –no debería estar llamándola. El calendario, tirar todas las fotos… Estaba echándolo todo a la mierda. Kino miró, sonriendo ampliamente. Tenía el pelo más largo, y ahora lo llevaba completamente liso. Le saludó con la mano- ¡Espera, ahora bajo! –se colocó las deportivas, sin abrochárselas bien, y se puso una camiseta a toda prisa, del revés.
Su madre salió a su encuentro al final de la escalera.
-Cielo, ¿adónde vas así? ¿Te has mirado al… -pero Mamoru murmuró un "adiós mamá" a toda velocidad y desapareció por la puerta de entrada a la misma- …espejo? –la mujer se rascó la cabeza y siguió cocinando la cena, confusa.
Endo siguió su carrera, pero ya no la encontraba en el tramo de acera desde donde ella le saludó. Maldijo a voz en grito, y entonces oyó su voz detrás de él.
-Mamoru, estoy aquí –el castaño palideció un poco, y luego volvió a sonrojarse al mirarla, de manera que hasta su sangre debió marearse. Sonrió estúpidamente, y tras todo ese tiempo sin poder mirarla a los ojos, se alegró de hacerlo, porque significaba que seguía sintiendo lo mismo que hacía unos meses.
Ella se levantó del banco de piedra en que le esperaba y se acercó lentamente. Endo literalmente ya alucinaba con que le fuera a besar. Eso no ocurrió. En su lugar, Aki se lanzó, tras meditarlo unos segundos mordiéndose los labios, a abrazarlo fuertemente. Él la correspondió en cuanto se instó a sí mismo a no parecer un idiota, congelado en el aire por los actos de ella; la rodeó con sus brazos, solo unos instantes antes de que Kino volviera a separarse. Lo miró sin quitar su sonrisa.
Endo suspiró, y Aki le ofreció asiento.
-Oye, tu camiseta… -empezó a decir Aki.
-Oh, porras –masculló el castaño. Se la quitó con naturalidad y le dio la vuelta. Aki apartó los ojos. Él aumentó sus pulsaciones sin poder evitarlo. Así que todavía le gustaba. O eso parecía- Ya está –sonrió de manera infantil al terminar de ponérsela y canalizó su energía entonces en concentrarse para no hacer el ridículo.
Hablaron hasta tarde, sobre lo que habían hecho todos esos meses sin hablar. Endo iba camino de conseguir el mejor expediente de su promoción aquel año, y ella le felicitó con una sonrisa y lo invitó a un té helado. Qué mariconada, pensó Mamoru, pero calló y bebió para no ofender a quien trataba de recuperar. Kino seguía buscando su vocación; ese año había probado la Biología en la universidad, y a mitad de trimestre se marchó porque le ofrecieron un curso de monitora de esquí en Hokkaido. En esos momentos estaba libre de ocupaciones. Buscaba algo que hacer, pues le parecía que perdía el tiempo. Endo le ofreció enseñarle alguno de sus libros de Psicología, y ella aceptó encantada.
¿La iba a llevar a su casa? Endo el primer día no, se dijo a sí mismo, pero ya estaban en camino. Para su total alivio, ella prefirió esperar fuera, y el castaño volvió con uno de sus libros de primero. Observó a Aki ojearlo.
-Así que al final encontraste lo que querías –comentó ella, mientras pasaba hojas.
-¿Eh? –mal, Endo, mal, responder con monosílabos está prohibido si quieres fluidez en la conversación… oh, dios mío, soy idiota. Por favor, que diga algo. Aki sonrió.
-Cuando salíamos te lamentabas bastante de que tu puesto eterno era el segundo lugar, que siempre había alguien que lo hacía mejor que tú –le aclaró la peli verde- Pero fíjate, ahora eres el mejor expediente –parecía orgullosa de él. Le dio seguridad a Mamoru, que asintió.
-Sí. Nunca pensé que esta tontería de la psicología se iba a convertir en mi vocación.
-¿Tontería? ¡Eres el mejor en esto! –se apartó un mechón de pelo detrás de la oreja izquierda. Era un tic, advirtió el chico, con la mente profesional activa para intentar captar el significado de todos y cada uno de los gestos de Aki, que no parecía darse cuenta- Y supongo que estar soltero durante la mayor parte del primer año te ha venido de perlas, ¿no?
El castaño se quedó perplejo. Bueno, al fin y al cabo sabía que en algún momento iban a abordar ese tema.
-Para estudiar durante horas, sí, la verdad –contestó, apartando los ojos de ella y sus gestos por primera vez en aquella tarde- Qué crees, todos estos meses no tenía a una adicta sexual llamando continuamente a mi puerta.
Le has lanzado un hachazo sarcástico, Endo. Ahora te aplastará con algún cruel comentario sarcástico. Eres idiota. Contrariamente a lo que esperaba, sin embargo, Aki estalló en una pequeña risa tras unas décimas de segundo de silencio. Estaría pensando en alguna reacción que no la avergonzara aún más, pensó la mente psicológica de Mamoru, eso es que está midiendo cada uno de sus pasos. Creo…
La peli verde incluso se arrimó disimuladamente. Muy mal disimuladamente, ¿acaso deseaba que Endo notara el disimulo?
-Haberme dicho antes que preferías estudiar a tus libros más que a mí.
-No digo que no me gustara que fueras mi ninfómana particular.
-Tranquilo, no me molesta –otra vez se apartó el pelo detrás de la oreja, de la izquierda nuevamente. Endo entrecerró los ojos, pensativo, y Aki le escudriñó a él esa vez, con una sonrisa pícara- Oye, psicólogo, deja de analizarme. Lo del pelo lo hago siempre que estoy contigo, ¿recuerdas? –Endo fijó la vista en el suelo avergonzado, y Kino rodó los ojos- No te preocupes. Así sé que sigo en forma frente a ti y tus "terapias" –rió cómplice. Endo acabó riéndose con ella. Ignoró todo impulso de esconderse detrás de una papelera, de la vergüenza.
…
Eso es todo, hamijos xD
Por cieeeeeerto, tengo ya casi lista la continuación de Mi Primer Novio Fue, para el que le interese, y tiene pinta que va a quedar algo hardcore, aún no lo sé .-.
(Veréis, estoy ocupada APARTE con un nuevo blog mío, no os haré publicidad de él porque me sabe rastrero… no sé, ¿queréis que ponga el enlace? Decídmelo en un comment así rápido y lo pondré aquí y en mi perfil)
Intento escribir rápido, pero mejor calidad que cantidad, ¿no? La verdad es que ni siquiera sé cómo acabar este fic exactamente, demasiadas ideas revoloteando que aún no he cazado y ordenado (?) Pero lo haré, esto no se va a quedar sin un final (aunque tarde mil añooooos).
Os quiero mis queridos lectores, ¡matta ne!
