Los personajes, lugares y situaciones no me pertenecen, escribo sin fines de lucro, etc...
No soy psicóloga ni psicóloga infantil. Las cosas que le atribuyo a la psicóloga aquí provienen de consultar a una estudiante de psicología (...mi hermana), pero no deben tomarse como nada más que opiniones mías.
Con ustedes, la historia.
Eran pasadas las tres de la mañana, y Petunia no podía dormir. Sentada en la cocina, con una taza de té delante de ella, los codos sobre la mesa y la cabeza agarrada con ambas manos, la madre de tres niños trataba de encontrar un modo de procesar ese día.
La visita de Dumbledore... del profesor Dumbledore... había desestructurado a Petunia en formas en que encontrar a un bebé abandonado en su puerta, la inesperada adopción de su hija y la pérdida de un bebé biológico no habían podido. Oh, secretamente ella llevaba tres años temiendo ese momento, desde la tarde en que encontró a Harold y Dudley practicando meter goles usando el seto a modo de arco, y estaba tomando aire para retarlos por estropear el seto a pelotazos cuando vio cómo la pelota regresaba rodando mansamente hasta posarse delante de los pies de Dudley, que pateó un "gol", luego la pelota regresó rodando hasta los de Harold, que pateó, y luego a los de Dudley nuevamente...
Los niños pasaban tanto tiempo juntos que era prácticamente imposible saber cuál de los dos producía los... efectos. Suponiendo que sólo uno de ellos era el responsable, porque era posible que ambos...
Durante tres años, Petunia había medio esperado, medio temido ese momento, sin saber qué escenario prefería. Harold, su niño travieso y encantador, un mago, era impensable, pero Dudley, carne de su carne y sangre de su sangre, un mago, era igualmente impensable. Verlos a los dos irse a ese... ese colegio... hubiese sido a la vez horrible y confortante, porque Petunia sabía que los perdería a ambos cuando cayeran en las garras de la magia, pero también sabía que se cuidarían las espaldas mutuamente.
Las novedades que traía Dumbledore le habían caído a Petunia, no ya como un balde de agua fría, sino como un barril de doscientos litros de agua helada seguido de una estampida de caballos salvajes pisoteándola.
Lily había sido asesinada años antes, y ese imbécil con el que se había casado también. Petunia notó, con una mezcla de dolor y sorpresa, que las pocas veces que había pensado en Lily en los últimos años, ella había tenido el mismo aspecto que en la foto de la tarjeta de invitación a su boda: diecinueve años, cabello rojo, ojos verdes, sonrisa radiante. Lily siempre había querido una gran familia, de modo que en la imaginación de Petunia su hermana tenía cinco o seis mocosos colgados de sus faldas y un bebé en brazos, todos con el horrible pelo desordenado de ese Potter... Petunia sólo había sabido a ciencia cierta de un niño, pero sin duda Lily se había salido con la suya una vez más y había tenido todos los hijos que quería, con embarazos sin complicaciones y partos fáciles y sin perder ningún bebé y...
Sin poder evitarlo, los ojos de Petunia se llenaron de lágrimas. Ella había amado a su hermana, hasta que la magia se había interpuesto entre ellas, hasta que la magia le había robado a su hermana. Y luego Lily había conocido a ese Potter en el colegio, y se fueron y se casaron, y a pesar de que Lily era menor que Petunia se había casado dos meses antes que ella, una vez más la perfecta Lily le había ganado, y luego, ni bien Petunia había tenido a su hijo y se sentía realizada por fin, Lily también tuvo a su hijo...
Un sollozo se escapó entre los labios apretados de Petunia. Lily siempre había sido más bonita, más interesante, y por su fuera poco, mágica. Literalmente mágica. Sus padres habían intentado equilibrar esa balanza tan injusta presentando a Petunia como la niña más inteligente y a Lily como la niña más bonita, lo que había acabado con Lily obteniendo las segundas notas más altas de su curso sólo para demostrarles a sus padres que ella también era inteligente. Petunia, por su parte, había ido a buscar un empleo en Londres ni bien hubo acabado el secundario y reducido al mínimo el contacto con su familia. Había pasado cinco años escuchando prácticamente cada día cuán maravillosa era la mágica Lily, si en adelante esas instancias se limitaban a cumpleaños, navidades y festejos de año nuevo, aún era más que suficiente.
Algo bueno salió de todo esto. Ya en Londres, en su empleo como mecanógrafa en las oficinas de Grunnings Petunia había conocido a Vernon, un hombre normal, seguro de sí mismo (otros dirían egocéntrico), muy consciente de lo correcto e incorrecto y que no toleraba tonterías (malas lenguas lo llamaban autoritario). Vernon fue la primera persona en mucho tiempo que la vio como "señorita Evans" primero y "Petunia" luego. Por una vez ella no era "la hermana de Lily" ni "Petunia, nuestra hija inteligente" ni "Tuney". Vernon era normal, era un nuevo comienzo, la trataba con cariño y admiración: Petunia se enamoró completamente de él.
Ni bien Petunia se hubo comprometido, llegó la noticia que Lily y ese Potter iban a casarse también, y antes que Petunia y Vernon. Lily le había ganado una vez más. Petunia y Vernon no fueron a la fiesta, en la que de todos modos no hubiesen encontrado a nadie conocido, seguramente. Excepto ese feo muchacho del vecindario con el que Lily a veces hablaba, pero Petunia no quería tener nada ver con alguien tan desagradable, con su nariz ganchuda y pelo grasiento.
Llegada su propia boda, Petunia tuvo que, por formalidad, invitar a su hermana y cuñado, aunque tuvo cuidado de no incluirla entre sus damas de honor. Petunia recordaba demasiado bien las tazas de té convertidas en ratas que sus padres posteriormente habían insistido que Lily había hecho "sin querer". Nada iba a arruinar su perfecto día, menos la anormal que era su hermana.
Petunia y Vernon empezaron a buscar un embarazo ni bien estuvieron establecidos en su hermoso chalet en los suburbios. Tomó más tiempo del que Petunia hubiese deseado, pero por fin se anunció un bebé. Vernon y ella no cabían en sí de alegría. El embarazo fue difícil, y el parto tuvo serias complicaciones para Petunia. Los médicos le recomendaron esperar al menos dos años antes de buscar un nuevo embarazo, y consultar a un ginecólogo antes para estar segura de que su cuerpo podría sobrellevarlo. Vernon había estado tan asustado que no había querido saber nada sobre tener otro hijo, y en ese momento Petunia tampoco había querido pasar por ese tormento otra vez. Su dulce pequeño Dudley era perfecto, y un solo niño implicaba más tiempo y dedicación para él.
Dudley tenía apenas algo más de un mes de vida cuando les había llegado la tarjeta anunciando el nacimiento de Harry J. Potter, junto a una foto de un niñito con piel roja y arrugada, ojos cerrados y francamente horrible. A decir verdad, un nombre vulgar para un niño tan feo y que además sería un anormal no parecía más que apropiado.
Petunia había arrojado la tarjeta a la basura, sintiendo sus ojos arder. Una vez más Lily le había ganado. Bueno, en parte: Dudley, que había nacido por una cesárea de emergencia, nunca había estado tan enrojecido ni arrugado. Su hijo tenía un nombre decente, era mucho más bonito y sería un hombre normal cuando creciera.
El que nunca más recibiera noticias de su hermana fue en cierta medida un alivio. Sin evidencias que le demostraran que Lily seguía superándola, Petunia pudo en cierto modo sanar esa herida. Hasta ahora...
Se secó los ojos con una servilleta de papel, tratando de recomponerse infructuosamente.
Harold era hijo de Lily. Era el último pedacito de su hermana que quedaba en el mundo. Dumbledore había dicho algo sobre una carta que debía haberse perdido, Vernon había gritado acerca de dejar cartas y niños abandonados en las puertas, pero Petunia apenas los había oído. ¿Qué más daba? Los anormales habían escondido a Harold con ella, y ahora venían a reclamarlo, venían a llevárselo, a hacerlo parte de su mundo, alejarlo de su familia y matarlo antes de que llegara a vivir realmente. Igual que habían hecho con Lily.
¿Cómo no lo había visto antes? La gente comentaba con frecuencia sobre los hermosos ojos verdes de Harold, y Petunia asentía diciendo que los de su padre habían sido iguales. Claro que eran iguales, Harold tenía los mismos ojos verdes que su difunto abuelo, Harold Evans...
–¿Mamá? –una voz tenue, medio dormida y medio asustada la sacó de su ensimismamiento–. ¿Por qué estás llorando? ¿Te duele algo?
Petunia no pudo evitar una sonrisa dolorosa. Harold había entrado a la cocina y ahora estaba a su lado, despeinado, con los anteojos torcidos y una expresión de preocupación.
–Estoy bien, cariño –le aseguró, secándose las lágrimas–. Es sólo... lo de hoy fueron muchas noticias.
–Sí –asintió Harold, sentándose a su lado. Apoyó los codos en la mesa y la cabeza en las manos, la misma posición en la que Petunia había estado un momento antes.
–Mamá –empezó Harold al cabo de un minuto–, Dudley dice que ese profesor que vino a explicarte sobre la magia es un estafador. Como ese hombre, Victor... algo, el estafador que vendió la Torre Eiffel dos veces. Está mintiendo, sólo quiere sacarnos dinero –apuntó Harold, entre preocupado y desafiante.
Petunia suspiró. Los niños tenían firmemente regulado cuánto tiempo podían pasar frente al televisor y qué cosas veían. Una serie de documentales cortos sobre personajes históricos había merecido la aprobación materna: el programa era educativo, no era violento, no había desnudos y no había magia. Demasiado tarde Petunia supo que sus niños habían estado aprendiendo no sólo sobre William Shakespeare, el rey Ricardo Corazón de León y Margaret Thatcher, sino también, entre otros, sobre Atila el Huno y sus saqueos, el joven y maniático asesino Billy the Kid, el mítico rey Arturo y su consejero Merlín, Mata Hari y sus exóticos bailes que acababan con ella medio desnuda, Oscar Wilde y su desordenada vida personal... y sobre Victor Lustig, un estafador que había, con papeles falsos, vendido la Torre Eiffel como chatarra en dos ocasiones, allá por 1925. Dudley había quedado particularmente fascinado por este último personaje, especialmente cuando ese verano la familia se fue de vacaciones a Francia y pudieron ver la Torre Eiffel personalmente.
–Dumbledore no es un estafador. Hogwarts es real. Además, él no nos pidió dinero para una inscripción o materiales. Dumbledore es...
Petunia vaciló un momento. La mayoría de las cosas que le hubiese gustado decir acerca del anciano mago que había conducido a Lily a su muerte y ocultado información sobre el origen de Harold eran cosas que una dama como ella nunca diría, menos delante de un niño, y menos que menos delante de su hijo.
–... es el director del colegio. No es un estafador –concluyó.
Harold asintió, tan poco convencido como antes. Al cabo de unos segundos, metió las manos bajo la mesa, hundió la cabeza y pareció debatir consigo mismo un momento antes de hablar:
–Mamá... esto... este colegio... no es porque me quieren mandar lejos, ¿no? –Harold murmuró más que habló–. Prometo portarme mejor, en serio, voy a tender mi cama todos los días y a lavar los platos y...
Petunia no pudo evitar llorar nuevamente, y Harold también estalló en sollozos. Petunia estiró los brazos y Harold, siempre tan independiente, tan 'grande' y renuente a los abrazos y los besos, saltó a su regazo y se acurrucó en el abrazo sin dejar de llorar. Petunia lo estrechó en sus brazos sin importarle que Harold ya tuviera casi once años, que aunque flaco pesaba bastante y que estaba manchando su camisón con mocos y lágrimas.
–Mi niño... no queremos mandarte lejos... no queremos que te vayas... te queremos mucho... –Petunia lo meció suavemente mientras acariciaba su espalda, como había hecho cuando Harold era un bebé renuente a dormirse–... mi Harold, mi bebé... claro que te quiero, te quiero, te quiero mucho...
Harold lloró varios minutos con la cara hundida en el hombro de Petunia, que lo dejó llorar. Ella había recibido ese día la noticia que su hermana había muerto, pero Harold se había enterado de que jamás conocería a sus padres biológicos. Sumado a eso el shock de saber que era mago después de una vida de sus padres repitiéndole que la magia no era real, y el que tendría que ir a una escuela situada en Escocia en vez de ir a Smeltings con Dudley, con quien había compartido clases, maestros y tareas desde el jardín de infantes...
Harold se calmó al cabo de un rato, pero no pareció interesado en desprenderse del abrazo y Petunia disfrutó abrazarlo mientras podía. Su pie izquierdo se había dormido y su pierna derecha protestaba también, pero por nada en el mundo hubiese dejado ir a su hijo cuando la necesitaba.
–¿Sabes qué fue lo primero que me dijiste cuando te entré a casa, esa mañana? –preguntó Petunia en voz baja. Harold negó con la cabeza–. Me llamaste "mami". Fue en ese momento que supe que eras mi hijo. No cuando lo determinó el juez, no cuando los papeles estuvieron firmados y sellados. Fue en ese momento, al minuto de verte por primera vez. Me pasó lo mismo con Rose. Cuando la asistente social la puso en mis brazos por primera vez, la miré a los ojos y ella me miró a mí... y supe que era mi hija.
–¿Cómo supiste? –preguntó Harold en un hilo de voz–. No nos conocías.
–¿Crees que conocía a Dudley cuando lo tuve en brazos por primera vez? No, la única diferencia es que él era más pequeño. Por lo demás, lo que sentí fue lo mismo –trató de explicar Petunia, insegura de cómo transmitir ese sentimiento de simplemente saber que ese bebé era su hijo, su hija.
–Mis biológicos están muertos –musitó Harold abruptamente.
–Lo sé –respondió Petunia en voz muy baja.
–No van a venir y a querer llevarme. No pueden. Y yo tampoco me quiero ir –aclaró Harold.
–Ajá.
–Yo soy Harold Dursley. Nadie me lo puede discutir –continuó Harold, casi desafiante.
–Hhmm.
Casi un minuto pasó en silencio.
–Me hubiese gustado conocerlos –admitió Harold en voz muy baja, como si fuera un secreto vergonzante–. No para irme con ellos. Pero conocerlos. Es diferente ahora, que sé que no me abandonaron.
–Entiendo –dijo Petunia en voz baja.
–Yo siempre... siempre creí que no me querían. Que me habían abandonado porque no me querían. O porque había algo mal conmigo –admitió Harold en voz muy baja, mirando al piso–. Sé que la doctora Martin siempre dice que no puedo culparme a mí por algo que me hicieron a mí... yo era un bebé, ¿no? Yo no podía haber hecho nada tan malo como para ser abandonado. Bueno, ningún niño merece ser abandonado por algo que hizo –se corrigió Harold, mencionando una de las cosas que la psicóloga infantil le había repetido docenas de veces: no es tu culpa, no es por algo que hiciste, ningún niño merece ser castigado con el abandono–. Pero, todo este tiempo, siempre pensé que no me querían. Entonces yo tampoco los quería. A veces, creo que los odiaba –admitió Harold en voz muy baja.
Petunia apretó los labios y lo abrazó más fuerte.
–Pero, incluso cuando pensé que los odiaba, yo realmente quería saber. ¿Por qué me abandonaron? ¿Por qué no me querían? ¿Por qué? –Harold suspiró profundamente–. Y ahora sé que no me abandonaron. Me querían. Pero están muertos. Nunca voy a conocerlos. Me hubiese gustado conocerlos... saber cómo son. Eran.
Petunia no dijo nada. Esto era lo que temía. Los... los magos usarían la inocente curiosidad de su hijo para llenarle la cabeza con todo tipo de historias y mentiras. A menos que...
–No conocí casi a... a James –Petunia tuvo que esforzarse en no decir "el fenómeno" ni "ese Potter" ni ninguna de las cosas que había llamado mentalmente a su cuñado durante años–. Pero puedo contarte algunas cosas sobre Lily. No es lo mismo que conocerla, pero... sé que tengo algunas fotos en el ático...
–¿Podemos verlas? –preguntó Harold, interesado.
–Mañana –decidió Petunia, con firmeza–. Tengo que encontrarlas y desempolvarlas primero. Están ahí desde que nos mudamos a esta casa.
Harold asintió. Parecía pensativo.
–Si mis biológicos... ella era tu hermana... se supone que eres... mi tía –musitó Harold, dubitativo–. ¿Tengo que decirte tía ahora? ¿Tía Petunia?
Petunia abrió la boca para refutarlo enérgicamente, pero los años de terapia no habían sido en vano. Respiró profundamente y tomó las manos de Harold entre las suyas.
–¿Te sentirías más cómodo llamándome tía? –preguntó, tratando de mantener el tono calmo y razonable–. Puedes hacerlo, si quieres. O me puedes seguir diciendo mamá. Como prefieras.
Harold le sonrió, aliviado.
–Mamá, te diré mamá –declaró de inmediato–. Eres mi mamá. Sería muy raro llamarte "tía"... y a papá, tío, "tío Vernon"... nah, muy raro.
Harold sacudió la cabeza, sonriendo, y se deslizó del regazo de Petunia, bostezando anchamente y cubriéndose la boca con la mano, advirtió Petunia con aprobación. Ella siempre había insistido en que sus niños tuviesen buenos modales, y fruncido la nariz ante todos esos mocosos maleducados cuyas madres no eran capaces ni de enseñarles las reglas de urbanidad más elementales. Sus niños eran mucho mejores que todos esos pequeños salvajes que se limpiaban la nariz en la manga y se rascaban la ingle en público. Los niños Dursley nunca cometerían una barbaridad semejante, su madre jamás lo permitiría.
–Vamos a dormir –recomendó Petunia, poniéndose de pie–. Es muy tarde... temprano... como sea.
–Creo que voy a soñar con conejos saliendo de un sombrero –murmuró Harold, frotándose los ojos detrás de los anteojos–. ¿Enseñan eso en Hogwarts?
–El profesor Dumbledore vendrá pasado mañana... bueno, mañana –se corrigió Petunia, viendo la hora–. Podremos hacerle todas las preguntas que queramos. Podemos hacer listas, así no nos olvidamos de ninguna.
Harold asintió con la cabeza, adormilado.
–Buenas noches, mamá –murmuró Harold.
–Buenas noches, Harold –respondió Petunia, dándole un beso en la coronilla. Santo Cielo, ya casi no necesitaba agacharse para darle un beso a su hijo... había crecido tan rápido...
Con una mueca que combinaba una sonrisa de alivio y la adolescente expresión de "por-favor-mamá-ya-soy-grande", Harold subió la escalera de regreso a su habitación. Petunia volcó su taza de té, completamente fría, en la pileta de la cocina y enjuagó la taza. Con una sonrisa nostálgica, apagó la luz y también se fue a dormir.
Comentarios, observaciones, sugerencias, críticas constructivas (seguramente), elogios (una puede tener esperanzas), opiniones, son todos bienvenidos. ¡Gracias por leer! El próximo capítulo estará listo a fines de enero; veremos el viaje de compras por Diagon Alley desde la perspectiva de Vernon.
¡Muy feliz Año Nuevo! Les deseo un 2018 repleto de buenos momentos y alegrías.
