Ni los personajes ni la trama me pertenecen, escribo sin fines de lucro, etcétera...
Tengo por delante un fin de semana poco agradable, de modo que voy a hacer lo posible para que al menos otra gente lo pase bien. Aquí les dejo la primera parte, pronto voy a publicar el resto. El documento tenía 21 páginas de largo (eso fue después de editarlo y sacarle una escena en la que Dudley y Rose prueban varitas por diversión), y eso me pareció demasiado, de modo que acá van los preparativos, y en la segunda parte están las compras propiamente dichas. Espero que la cronología no sea demasiado confusa, cualquier cosa, pregunten.
A quienes amablemente preguntaron por mi hermana: al final fue apendicitis lo que tenía. La operaron, le sacaron el apéndice y un montón de un líquido ocre de aspecto asqueroso, ahora está en casa y ya le sacaron los puntos. Aún tiene algunos vendajes y se va a perder la pileta este mes, pero ya prácticamente está totalmente recuperada.
Vernon y Petunia se encontraron ante un problema imprevisto cuando tuvieron que explicarle a su hijo que era un mago y que iría a una escuela de internado situada en Escocia a aprender magia. Sucedía que, después de pasarse años repitiéndoles a los niños que la magia no existía, los tres se negaron rotundamente a creerles que Harry fuese un mago.
No es que Vernon culpara a su esposa por no haber querido hablar de eso, pobre mujer. Con la anormal hermana de Petunia y el imbécil del marido fuera de sus vidas, ellos habían creído que se habían librado de la magia para siempre, y tanto él como Petunia estaban más que felices de pretender que no existía un mundo repleto de gente que viajaba en escobas voladoras, usaba varitas mágicas, cocinaba pociones en calderos y estudiaba cómo hacer todo eso en un colegio.
Vernon, que no conocía los detalles de cómo y cuándo su cuñada había dado muestras de su anormalidad por primera vez, ya que Petunia prefería no hablar de ella (comprensible, quién quiere hablar de la oveja negra de la familia), no notó nada extraño alrededor de sus hijos hasta que Dudley y Harry tenían ya ocho años cumplidos. Fue el día que su automóvil planeó varios metros que supo que algo raro estaba pasando ahí.
Sus hijos habían gritado y le habían hecho señas, pero Vernon, que estaba apurado y llegaría tarde al trabajo si no salía inmediatamente, no les prestó atención. El automóvil arrancó, avanzó menos de diez centímetros y de pronto se elevó en el aire, ante la mirada horrorizada y maravillada a la vez de los chicos. Vernon detuvo el auto en cuanto su mente pudo procesar que todo el automóvil con él adentro estaba flotando a al menos medio metro del suelo. Es decir, unos cuantos metros y varios segundos más tarde. Vernon detuvo el auto, que descendió hasta posarse suavemente de nuevo en el suelo, con las cuatro ruedas debidamente sobre tierra firme, y Vernon descendió con las rodillas temblándole. La última vez que había pasado tanto miedo había sido cuando los médicos no estaban seguros si Petunia sobreviviría el parto de Dudley y si su hijo nacería vivo.
—¡Papá! ¡Salvaste a Mittens! —gritó Harry, saltando de alegría.
—¡Eso fue genial! ¡Yo quiero manejar así! —añadió Dudley, radiante.
Le tomó a Vernon un minuto y que le señalaran al gatito que había estado jugando al lado de la rueda para comprender qué había pasado. Sus hijos estaban convencidos de que Vernon había maniobrado el automóvil para salvar al gato, y prefirió dejarlos creer eso.
Sobra decir que Vernon no manejó hasta su trabajo esa mañana, sino que tomó un taxi. Llamó a una grúa, que se llevó al automóvil hasta un taller mecánico donde le realizaron una revisión completa y lo declararon en perfecto estado. Ante la insistencia de Vernon, le cambiaron el aceite y el agua del radiador, y también lavaron el auto. Con desinfectante. Por las dudas.
Vernon y Petunia hablaron esa noche, a solas en la cocina y con una botella de brandy por compañía. Necesitaban un vaso de algo fuerte para sobrellevar esa conversación. Los dos habían notado algunas cosas extrañas en los últimos meses, pero no era posible saber con total seguridad cuál de sus niños producía las anormalidades...
...y Vernon estaba en un dilema especialmente grave. Dudley era su hijo biológico, y de algún modo Vernon sentía que debía preferirlo, pero la verdad era que Harry estaba mucho más cerca del hijo ideal que Vernon había imaginado. Vernon siempre había deseado que su hijo fuese un líder, valiente e inteligente, listo para dejar el apellido Dursley bien en alto. Dudley, Vernon debía admitirlo, no tenía madera de líder. Era corpulento, sólo el corretear detrás de Harry continuamente habían impedido que desarrollara obesidad infantil; era simpático, pero mayormente tímido e introvertido, y prefería que lo dejaran solo con sus videojuegos y libros.
Harry, por el contrario, era un líder nato. Era quien tenía las ideas, quien planeaba las travesuras, y quien encontraba las excusas para justificar que por supuesto habían tenido que pintarse la cara con marcadores de tinta indeleble, estábamos jugando a los indios, papá, claro que teníamos que pintarnos, y ésos colores son los más lindos, claro que usamos ésos... Sí, sabemos que no tenemos permiso de usarlos para dibujar, ¡pero no estábamos dibujando sobre papel, estábamos pintándonos para la guerra, papá! ¡Son pinturas de guerra!, había explicado Harry a sus seis años, excitado, mientras detrás de él Dudley asentía enérgicamente y Rose, que sólo tenía un año y la cara tan repleta de rayas y zig-zags indelebles en rojo, azul y verde como sus hermanos, reía y aplaudía.
Normalmente Harry era el que tenía las ideas, Dudley era la voz de la razón. Harry era el que había querido trepar al techo a buscar la pelota que había caído ahí, Dudley era el que lo había convencido de pedirle ayuda a papá. Harry no le tenía miedo a nada, mientras que Dudley había dormido con la luz encendida hasta los nueve años. Harry se alzó como líder de la pandilla de niños del vecindario a temprana edad, sin imponerse, sólo teniendo siempre la mejor idea de a qué jugar a continuación y cómo. Para desolación de Vernon, había sido a Harry a quien las niñas de la escuela primaria le habían escrito cartitas de amor y a quien los niños habían elegido primero para su equipo en la clase de Educación Física. Dudley, aunque tolerado, era menos querido y respetado que su hermano.
Sin embargo Harry jamás se había aprovechado de su popularidad. Dudley había sido siempre su mano derecha, su amigo y confidente. Harry se había peleado con su mejor amigo, dando lugar a una enemistad que duraría la mitad de la escuela primaria, porque el otro chico se burlaba de Dudley, y Harry no quería ser amigo de nadie que se riera de su hermano. Mencionarle a cualquiera de los dos chicos que "él no es tu verdadero hermano", descubrieron pronto los aspirantes a matones de la primaria, era la manera más rápida de hacerse acreedor a una paliza de Harold y Dudley a la vez, y los dos trabajaban bien juntos. Cuando Dudley había tenido problemas con las tareas, Harry le había ayudado y explicado lo mejor posible. Los dos niños eran carne y uña... y ahora Harry tendría que ir a ese colegio.
A regañadientes, Vernon debía admitir, aunque sólo fuese ante sí mismo, que el viejo Dumbledore se había comportado como un caballero, aún si no había estado vestido como uno, cuando fue a llevarles la noticia. Petunia había estado casi catatónica del susto cuando había conducido al anciano al interior de su hogar, y Vernon había reaccionado del modo que habitualmente lo hacía ante cosas que se salían de la norma: haciendo saber a gritos que él no aceptaría tonterías en su casa y preferentemente en el mundo.
Dumbledore había soportado gritos, amenazas y el silencio ominoso de Petunia con absoluta calma. Una vez que Vernon se calmó y Petunia se recompuso lo bastante como para preparar té, los tres se sentaron en la sala con tazas de té ante ellos, como gente civilizada que al menos Vernon y Petunia eran, quién sabe qué tipo de modales tenían los magos, y hablaron.
—Señores Dursley, si no me equivoco, recibieron una carta que invita a Harold a asistir al Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería —había comenzado el viejo.
—¿Usted cómo sabe eso? ¡¿Nos está espiando, acaso?! —había interrumpido Vernon, preocupado por la seguridad de su familia. Quién sabía de qué eran capaces esa pandilla de anormales...
—No, señor Dursley, pero hoy es el día en el que enviamos las cartas de invitación a Hogwarts a todos los niños magos —había explicado Dumbledore—. Luego, alguien se encarga de visitar a los niños con padres muggles, para explicarles sobre Hogwarts...
La conversación sólo había ido cuesta abajo a partir de ahí. Petunia, pobrecita, con todo ese feo asunto con su hermana, casi no había sido capaz de articular palabra. Vernon se había encargado, con toda valentía, de gritar, acusar y hacer preguntas por los dos.
Dumbledore comenzó la conversación trayéndoles la noticia que Lily y James, los parientes que Vernon y Petunia preferían fingir que no tenían, habían sido asesinados... hacía diez años. Vernon, nervioso y en shock a partes iguales, había tenido un par de cosas que decirle, que gritarle, a Dumbledore acerca de esperar diez años para comunicar una noticia de ese calibre.
Las cosas no mejoraron cuando ese Dumbledore admitió que Harold, el niño que ellos habían adoptado y criado como parte de su familia por los últimos diez años, era hijo biológico de Lily y James, y que él, Dumbledore, lo había dejado en la puerta del número 4 de Privet Drive. Vernon le había gritado durante buenos cinco minutos al respecto. Dumbledore tenía alguna ridícula excusa sobre una carta perdida, como si eso fuera a hacer que Vernon dejara de gritarle qué pensaba él exactamente al respecto.
Como si eso fuera poco, Dumbledore siguió hablando acerca de un mago tenebroso que había asesinado gente a diestra y siniestra, incluidos los Potter, pero no había podido matar a Harry Potter. Entonces el viejo había tratado de explicar algo acerca de magia de sangre y sacrificios y amor, y mientras Petunia palidecía Vernon había perdido por completo los estribos.
—¡¿Quiere decir que estuvimos viviendo bajo un hechizo todo este tiempo?! —había estallado Vernon, sintiendo su pulso por las nubes—. ¡¿Nos tuvieron embrujados todos estos años?!
—No, no, es solamente que mientras viva aquí, con su familia consanguínea, Harold está mejor protegido que en cualquier otro lugar del mundo. Ningún mago oscuro podría haberse ni siquiera acercado a él, ni a nadie de la familia, mientras Harold viva con ustedes —había intentado aplacarlo Dumbledore, infructuosamente—. La magia no lo afecta a usted ni a nadie de su familia, afecta a quien quiera lastimar a Harold, nada más...
Vernon no estaba para nada conforme con eso de un hechizo sobre toda la familia, o era sobre la casa, eso no había quedado del todo claro, cuando Dumbledore había insistido en la necesidad de enviar a Harold a Hogwarts, y eso fue la gota que colmó el vaso.
—No —dijo Petunia, en voz baja pero firme, mientras Vernon todavía estaba tomando aire—. No. No va a llevarse a Harold. Lily fue a ese colegio, y mire dónde acabó ella. Muerta y enterrada a los veintiún años. No, Harold no va a ir ahí.
Dumbledore se estremeció muy ligeramente ante el dolor y la acusación en la voz de Petunia. Era la primera vez que había dejado su imagen de anciano calmo y amable de lado y se había permitido exhibir emoción, lo que Vernon aprovechó:
—¡De ninguna manera! —asintió Vernon a los gritos—. ¡Harold irá a Smeltings, aprenderá cosas útiles y será un hombre de bien! ¡Nada de tonterías y locuras con magos oscuros y magia de sangre! ¡Rotundamente NO!
Tomó otra hora, muchos gritos, largas explicaciones sobre lo peligroso que era para Harold el que no aprendiera a controlar su magia mientras aún estaba creciendo, que con demasiada facilidad podría perder el control y herir a alguien o a sí mismo de un modo accidental, sonoras amenazas de Vernon, muchas lágrimas de Petunia, y una solemne promesa de Dumbledore para que, sin dejar de sentir que estaban cometiendo un terrible error, Petunia y Vernon accedieran a permitirle a su hijo ir a Hogwarts.
Entonces Dumbledore mencionó que el nombre Harry Potter tenía un peso social y simbólico muy fuerte en el mundo mágico, mientras que Harold Dursley era un desconocido. Si enviaban a su hijo al colegio bajo el nombre Harry Potter, el niño sería una celebridad sin haber hecho nada, mientras que si lo enviaban bajo el nombre de Harold Dursley, todos asumirían simplemente que era un chico más de origen muggle.
—¡¿Me está diciendo que mi apellido no vale?! —rugió de inmediato Vernon, ofendido.
—Le estoy diciendo que Harry Potter es famoso como la única persona que sobrevivió a la maldición asesina, y eso siendo un bebé —le recordó Dumbledore—, mientras que nadie oyó hablar nunca de Harold Dursley aún. Harry Potter tiene ya fama, una reputación y admiradores; Harold Dursley es una página en blanco, la gente tendrá que conocerlo para formarse una opinión.
Vernon y Petunia intercambiaron una larga conversación con una sola mirada. Petunia valoraba status social por sobre prácticamente todas las cosas. Vernon valoraba su apellido más que nada. Ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder sin más.
—No es una decisión que necesiten tomar ahora —aclaró Dumbledore, mirando de uno a otro de los Dursley—. Avísenme por favor antes del inicio de año de clases, así sabemos cómo registrar a Harold en la escuela.
—Esa... la carta, vino a nombre de Harold Dursley —acusó Petunia.
—Porque legalmente ése es su nombre —asintió Dumbledore—. Es el que usaremos en la escuela salvo que nos indiquen otra cosa.
—Veremos —musitó Petunia, rellenando las tazas de té con manos temblorosas.
—¿Cuánto nos costará la cuota en ese colegio? —quiso saber Vernon, un poco desdeñoso—. Porque ya tenemos un acuerdo con Smeltings —advirtió. Vernon era demasiado orgulloso para admitir que habían negociado con Smeltings una rebaja para los mellizos que Dudley y Harold eran en el sentido práctico.
—No hay cuota escolar ni costos extra por el internado —explicó Dumbledore—. Sólo se les pide a los estudiantes que lleven sus propios materiales.
—Varitas y calderos y túnicas —masculló Vernon, a quien la sola existencia de varitas, calderos y túnicas ofendía.
—No obstante, los padres biológicos de Harold le legaron todos los bienes materiales que tenían, lo que incluye una suma de dinero —añadió Dumbledore—. Harold no tendrá plena posesión del dinero hasta que cumpla diecisiete años, que es la mayoría de edad en el mundo mágico, pero sí se le otorgará una cantidad suficiente para cubrir los gastos escolares, más una pequeña suma de dinero de bolsillo. Simplemente les digo que es una opción —aclaró Dumbledore, hablando lenta y claramente, y mirando a Vernon, que estaba a punto de volver a gritar, a los ojos—, están en su derecho de tomar el dinero para comprar los útiles de Harold.
—¿Creen que no somos capaces de pagar por la educación de nuestros hijos? —exclamó Vernon, ofendido—. ¿Creen que pueden sobornarnos para enviarlo a ese... colegio? ¿Creen que vamos a vendernos por un puñado de útiles? —tras una muy breve pausa, se atrevió a preguntar, con cuidado de no mirar directamente a Dumbledore— ¿De cuánto dinero estamos hablando? Varita, caldero de peltre, una decena de libros... en libras esterlinas —enfatizó—, ¿cuánto dinero es eso?
Un par de cálculos de por medio, resultó que comprar todos los útiles de Harry, incluido un baúl donde guardar todo, costaba menos que enviarlo a Smeltings. De hecho, aún sin la rebaja que perdían al enviar a un niño y no dos a Smeltings, aún sobraba dinero.
Aunque ni Vernon ni Petunia lo admitirían jamás, ni con una pistola (o una varita) apuntándoles a la cabeza, el dinero extra les venía muy bien. Los gastos fijos que tenían cada mes eran importantes: mandar a los niños a las mejores escuelas no era barato, la psicóloga que trataba a la familia desde hacía años también cobraba por su trabajo, sin mencionar la luz, el agua, el teléfono, el gas, los impuestos. Sumando a eso comida, ropa y ocasionalmente atención médica para cinco personas, más el mantenimiento del automóvil... El salario de Vernon, aunque muy bueno, no era infinito.
(El problema más grande era que Petunia y Vernon usaban el dinero para sentirse socialmente superiores, lo que requería determinada ropa, los juguetes de moda para los niños, salir a comer a determinados lugares, irse de vacaciones por cierto tiempo, cambiar el automóvil con frecuencia. Y todo eso costaba dinero. Aunque no estaban endeudados, el planeado ingreso de los niños a Smeltings les había supuesto cambiar los planeados veinte días en Mallorca por diez días en Brighton. Era un duro sacrificio, pero uno que habían estado dispuestos a hacer por la educación de sus hijos. Ahora los planes volvían a cambiar, ya que si bien la cuota escolar de Dudley se pagaba cada mes, el desembolso por las compras de Harold era solo uno, pero mucho más grande. Les sobraría dinero durante el resto del año, pero las vacaciones de ese año serían... breves y frugales. ¡Esos horribles magos, además de todo el desorden que les habían ocasionado en su ordenada y normal vida, encima les habían estropeado las vacaciones!)
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Eso había sido el martes a la mañana. El martes a la tarde Vernon había buscado a Rose de la casa de Marge, dos días antes de lo previsto, y la familia había tenido una reunión en la que los padres les comunicaron a los niños la noticia... con el imprevisible resultado de que no les creyeran.
Tras toda una vida escuchando que la magia no es real, los chicos se negaron a creerles. Dudley se había convencido que Dumbledore era un estafador, Harry temía que fuese un plan para deshacerse de él, y Rose creía que era todo una especie de broma.
Habían pactado una reunión de toda la familia con Dumbledore el jueves de esa semana, de modo que el miércoles fue dedicado mayormente a mirar las viejas fotos que Petunia había poco menos que ocultado y enterrado en el ático, y a hablar de los padres biológicos de Harry. Los 'biológicos', como él los había empezado a llamar cuando todavía creían que lo habían abandonado y Harry había decidido que esa gente no merecía el título de 'padres', de modo que en adelante serían sólo 'los biológicos'.
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El jueves Dumbledore se había presentado en el número 4 de Privet Drive puntualmente, algo que Vernon no había esperado. Una persona que viste túnica, un sombrero puntiagudo y no se afeita desde hace cincuenta años no es alguien de quien cabría esperar puntualidad, opinaba Vernon, pero Dumbledore fue perfectamente puntual y educado.
Vernon vio con una mezcla de aprobación, horror y desconsolada resignación cómo el viejo mago, que de acuerdo a la carta tenía una cantidad de títulos y honores (director de un colegio, Orden de Merlín: Primera Clase, Gran Hechicero, Jefe de Magos, Jefe Supremo, Confederación Internacional de Magos... sea lo que fuera que significara todo eso) respondía con seriedad y atención a las preguntas de tres niños. Ni Dumbledore se rió cuando Rose le exigió sacar un conejo de su sombrero para probar si era mago, ni le respondió de mal modo a Dudley cuando le pidió pruebas de que no estaba tratando de secuestrar a Harry o estafar a sus padres, y fue amable con Harry cuando quiso saber si no había otra escuela de magia más cerca de casa, para no tener que irse tan lejos y tal vez poder visitar a su familia los fines de semana. De hecho, tras mirar fijamente a Harry un momento cuando lo vio por primera vez, Dumbledore lo había tratado con la misma normalidad con que trataba a Dudley y Rose, respondiendo a sus preguntas y explicando sobre la magia.
Dumbledore había pedido permiso a Vernon y Petunia antes de hacer magia en la casa, lo que le fue concedido a regañadientes. Una vez que obtuvo permiso, Dumbledore conjuró de la nada un ramo de flores para Petunia, hizo que un reloj de mesa volara y diera volteretas por el aire, transformó una manzana en una sandía e hizo que las docenas de fotos de los niños y la familia que ocupaban la repisa de la chimenea brevemente estuviesen animadas, riendo y saludando con la manos, con un agitar de varita mágica.
Luego, accediendo a gentiles pedidos, desenredó con un toque de varita el cabello apelmazado de una muñeca de Rose, reparó con magia la rueda de la patineta de Harry que siempre rechinaba, y duplicó la cantidad de galletas de chocolate que había en el bol a pedido de Dudley. A pesar de la insistencia de los chicos, se negó a hacer aparecer un elefante, cambiar el color de las paredes a púrpura, hacer que lloviera helado y transformar el mantel en un dragón o la mesa en un unicornio.
—¿Han tomado una decisión con respecto a...? —comenzó Dumbledore, mirando a Vernon y Petunia.
—Sí. Él es Harold Dursley, irá a... a esa escuela bajo su nombre real —afirmó Vernon, desafiante.
(La conversación, el miércoles por la noche, había tenido algo de diálogo de sordos, con Harry no entendiendo por qué tendría que cambiarse de nombre; Vernon defendiendo la grandeza y magnificencia del apellido Dursley y prudentemente omitiendo que su padre había sido maquinista de trenes y su abuelo, empleado en una empresa que fabricaba botones para ropa: ambos empleos dignos y decentes que les habían permitido vivir honradamente, pero lejos de la magnificencia aristocrática de la que Vernon gustaba presumir; y Petunia resaltando el respeto y distinción del que el apellido Potter gozaba entre los magos. Finalmente Harry los había mirado suplicante y preguntado: "¿ya no puedo ser Harold Dursley?". Eso había zanjado la discusión.)
—En ese caso, hay otro tema que discutir —informó Dumbledore.
Vernon sintió alzarse su presión sanguínea. ¿Es que estos magos no podían dejarlos en paz?
—Puedo realizar un hechizo desilusionador sobre la cicatriz de Harold, de modo que nadie la podrá ver. La forma más rápida y segura de identificar a Harry Potter es buscando la cicatriz en forma de relámpago que tiene en la frente —explicó Dumbledore—. O Harold puede ir tal y como está, lo que hará que la gente lo identifique rápidamente.
—¿Es malo que se den cuenta que mis biológicos son James y Lily Potter? —se sorprendió Harold.
—No es malo, Harold —Dumbledore sacudió la cabeza—. No hay una respuesta correcta o incorrecta en este caso, es una cuestión de preferencias. ¿Prefieres que la gente sea capaz de reconocerte o prefieres que no lo hagan fácilmente?
Harry lo dudó un momento.
—¿Qué va a pasar si alguien me reconoce?
—Depende de la persona. Algunos querrán estrechar tu mano, algunos probablemente te den las gracias por librarlos de Voldemort. Alguno quizás querrá sacarse una foto contigo. De vez en cuando alguien te despreciará, si eran ideológicamente cercanos a Voldemort. Es posible que encuentres a personas que conocían a los Potter, o que te digan que los conocían. Algunos te reconocerán pero fingirán no haberlo hecho, y otros sinceramente no saben quién eres —enumeró Dumbledore.
—Pero... usted está diciendo que soy famoso. ¡Eso es lo que les pasa a los famosos! Lo vi en la tele hace poco, una cantante estaba diciendo cómo la gente le pide autógrafos y quiere abrazarla.
—Algo así —sonrió Dumbledore—, pero con más respeto y menos autógrafos, imagino.
Vernon frunció el ceño. A él no le gustaban los famosos. Sobre todos aquellos que eran más famosos, respetados y ricos que él, y esos eran muchos. En opinión de Vernon, y ésa era la única opinión que contaba de acuerdo a él mismo, los únicos que merecían un trato especial era la familia real, y eso sólo porque él era un buen inglés y ellos eran realeza, después de todo.
Que su hijo fuese famoso entre los magos le dejaba un sabor amargo en la boca.
Harry pareció considerar la cuestión por un largo momento.
—Si voy como Harold Dursley y nadie me reconoce, ¿puedo hacerme famoso por algo que haga yo?
—Claro que sí. El mundo mágico tiene artistas, escritores, pensadores, deportistas, políticos, todos ellos más o menos famosos por diferentes razones —asintió Dumbledore—. Podrías ser el descubridor de la cura de una enfermedad mágica, jugador profesional de Quidditch, o con el tiempo llegar a Ministro de la Magia. Todo es posible.
—Y si me reconocen, ¿también puedo ser famoso?
—Si te reconocen, ya eres famoso, ahora mismo —señaló Dumbledore.
—¡Pero si todavía no hice nada! —protestó Harry, un poco alarmado.
—Sobreviviste a Voldemort. Eso es suficiente para darte fama por el resto de tu vida —apuntó Dumbledore.
Harry lo pensó largamente. A Vernon todo ese tema de Harry como un mago famoso no le gustaba nada. Siempre había gente que perdía la cabeza alrededor de los famosos. ¡Quién sabía de qué locuras eran capaces los magos! Todo ese asunto de la magia los hacía ya medio chiflados para empezar, sospechaba Vernon, por lo que debían ser aún más locos de lo normal alrededor de los famosos.
—Creo que prefiero que nadie me reconozca —dijo Harry lentamente—. Al menos por ahora. ¿Le puedo contar a quien yo quiera que mis biológicos son James y Lily?
—Sí. Eso es decisión tuya, a quién le cuentas, cómo y cuándo —asintió Dumbledore.
—Bien —asintió Harry—. Sí, quiero que no puedan reconocerme.
—En ese caso, será prudente hacer algo al respecto de la cicatriz —mencionó Dumbledore, mirando a Harry—. Todo el mundo mágico sabe que Harry Potter tiene una cicatriz en forma de relámpago en la frente.
—Yo tengo una cicatriz en forma de huevo de pascua en el brazo —comentó Rose conversacionalmente, mostrando el brazo izquierdo, donde tenía una mancha algo más clara cerca del codo—. ¿Eso me hace especial a mí también?
Vernon les lanzó una mirada de advertencia a los niños y Petunia apretó tanto el asa de su taza de té que los nudillos se le volvieron blancos. Las cicatrices eran uno de los temas de los que no se hablaba frente a desconocidos, ya que tanto Vernon como Petunia sentían que daban la impresión que ellos no eran capaces de cuidar debidamente de sus niños.
—No, porque esa cicatriz es de una quemadura —le explicó Dudley, señalando su propio mentón, donde tenía una pequeña línea más clara. Petunia se aclaró la garganta, intentando que Dudley no dijera exactamente lo que estaba a punto de decir...—. Yo tengo una en el mentón de cuando me caí de mi cochecito cuando era bebé, y no es más que una cicatriz. ¿Entiendes?
—La cicatriz tiene que estar en la cara para ser especial —asintió Rose, pensativa.
—No, tiene que haber sido hecho con magia —explicó Dudley—. Las cicatrices normales no cuentan.
—¡La mía es especial! ¡Tiene forma de huevo de pascua! —protestó Rose, mostrando bien su cicatriz, por si alguien más dudaba de lo especial que era.
—¿Por qué un huevo de pascua? —preguntó Dumbledore, inspeccionando la cicatriz de Rose.
Vernon sabía que, estrictamente, la cicatriz no tenía forma de nada, pero la psicóloga decía que darle una connotación positiva y una forma inocente era señal de que Rose era una niña feliz y psicológicamente equilibrada, de modo que Vernon hubiese jurado que la cicatriz tenía la forma exacta de un huevo de pascua y estaba dispuesto a pelear a gritos con cualquier que lo negara o discutiera.
—Porque son los mejores huevos —respondió Rose en el tono de quien está diciendo algo excesivamente obvio—. ¡Están hechos de chocolate!
—No creo que necesites una cicatriz para ser especial, Rose, pero debo admitir que realmente tiene la forma de un huevo de pascua —asintió Dumbledore, completamente serio—. Las cicatrices pueden ser útiles. Yo tengo una sobre mi rodilla izquierda que es un mapa perfecto de los subterráneos de Londres —mencionó Dumbledore, sacando su varita mágica de donde la llevaba metida en la manga—. En el caso de Harold, sin embargo, será necesario ocultarla si queremos que él tenga una oportunidad de ser Harold Dursley.
Vernon reaccionó un segundo más tarde de lo que hubiese debido cuando vio que el viejo apuntaba con la varita a la frente de Harry. Hubo un susurro y un sonido como de una ráfaga de viento, a pesar de que las ventanas estaban cerradas. Y las cortinas, y las persianas, desde luego. ¡No vaya a ser que un vecino viese que alguien estaba haciendo magia dentro de la casa!
Harry parpadeó y el resto de la familia lo miró conteniendo el aliento.
—¡Cómo se atreve a usar esa... esa varita sobre mi hijo! —gritó Vernon, furioso. Petunia estaba tan blanca como la pared, pálida de terror.
—Harold no ha sufrido daño alguno, le aseguro —respondió Dumbledore, guardando la varita.
—¿Borró mi cicatriz? —preguntó Harry, tocándose la frente con las dos manos.
—¡La borró! —informó Dudley, asombrado. Rose lo miraba con ojos muy abiertos, tapándose la boca con las dos manos.
—La cicatriz no puede ser eliminada, es parte de una magia muy poderosa —explicó Dumbledore—. Todo lo que hice fue situar un hechizo desilusionador sobre ella, la cicatriz toma el color de la piel sobre la que está, volviéndose prácticamente invisible. Habrá que renovarlo de vez en cuando, pero considerando que es un hechizo potente sobre un área muy pequeña... una vez cada tres meses será suficiente.
Al cabo de la visita, los niños estaban convencidos de que la magia era real, Petunia estaba al borde del ataque de nervios y Vernon deseaba con desesperación que le dieran una razón para gritar. Dumbledore se despidió amablemente, no sin antes acordar que al día siguiente la profesora Charity Burbage los acompañaría a Londres a comprar los útiles escolares de Harry.
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El jueves Vernon había agregado un poco de brandy a su té, para ayudarle a sobrellevar la charla en la que un mago (ugh) le explicaba convincentemente a sus hijos que la magia era real (Ugh) y que Harold, como mago que era, debía ir a una escuela de magia (UGH).
El viernes Vernon estuvo muy tentado de agregarle un poco de té a su brandy. Un día de compras exigía un trago de algo para templar sus nervios, y un día de compras de artículos de magia rodeado de magos requería unos cuantos tragos...
Pero no, se reprendió Vernon mentalmente. No podía bajar la guardia. Él debía estar atento y alerta, preparado para defender a su familia de cuanta locura los... magos... tuviesen suelta. No se podía confiar en que ese tipo de personas no tuviesen, quién sabe, leones salvajes sueltos o algo así. ¡O dragones! Vaya uno a saber.
El desayuno fue, para estándares Dursley, caótico. Los chicos estaban tan excitados que era imposible mantenerlos quietos. Petunia, que siempre estaba tan compuesta, había estado a punto de gritarles, y las miradas severas de Vernon tampoco surtían efecto. Los niños tenían prohibido ir a jugar afuera para no ensuciarse, tenían prohibido cambiarse de ropa para estar listos para salir en cuanto la... guía... llegara, y Petunia les había prohibido preguntar "¿cuándo nos vamos?" una vez más, bajo amenaza de dejarlos sin postre por una semana.
Cuando por fin sonó el timbre, todos fueron corriendo hasta la puerta: Vernon para abrir, los niños detrás de él para ver quién era, y Petunia detrás de los chicos para reprenderlos. La profesora Burbage, al igual que ese Dumbledore, fue perfectamente puntual. Al contrario que ese Dumbledore, estaba vestida con un sencillo pero correcto conjunto de falda y chaqueta ligera en color azul, una blusa y zapatos. Nada de tonterías de túnicas y sombreros puntiagudos, notó Vernon con aprobación. Al menos esta mujer sabía vestirse normalmente.
—Señor Dursley, mucho gusto, soy Charity Burbage —saludó, estrechándole enérgicamente la mano—. Ah, veo que están listos. Excelente. Podemos partir —asintió con la cabeza, satisfecha.
La profesora Burbage tenía algún tipo de ridícula idea sobre tomar algo llamado Autobús Noctámbulo, como si Vernon no tuviese un automóvil en perfectas condiciones. Tras una breve discusión, Vernon se sentó tras el volante, Petunia en el asiento del acompañante con Rose en su regazo, y la profesora Burbage en el asiento trasero con un niño a cada lado.
El viaje a Londres tomaba alrededor de una hora y media, dependiendo del tráfico. Suficiente como para que tanto los niños como Petunia se sacaran las ganas de preguntarle a esta profesora Burbage cuanto se les ocurriera. Vernon, que juzgaba a los hombres por el tamaño y precio de su automóvil, y a las mujeres por el largo de su falda y el ancho de su escote, ya se había formado su opinión, pero Petunia requería información tal como la profesión, edad, estado civil, el apellido de soltera de la madre, historial de suicidios en la familia y las opiniones de la persona en cuestión sobre política, adopción y animales domésticos antes de dar su sentencia.
La profesora Burbage era soltera, no tenía hijos. Era profesora de Estudios Muggles, una materia que no requería más magia que prestar mucha atención y estar dispuesto a aprender cómo las personas levantaban objetos pesados, usaban electricidad y manejaban automóviles. Petunia no pudo sonsacarle la edad ni el apellido materno; sí averiguó que ambos padres de la docente eran magos de origen muggle, por lo que ella se había criado conociendo bien ambas culturas. Burbage aprobaba la adopción y desaprobaba las mascotas que no fuesen seguras y tuviesen los controles veterinarios debidos.
Vernon notó, no sin cierto sobresalto, que había conocido a una bruja con la que tenía algunas cosas en común.
Pero el viaje no sólo sirvió para hacerse una idea del carácter social y moral del plantel docente. La profesora también les habló de las cuatro Casas de Hogwarts, sobre el Sombrero Seleccionador, sobre los equipos de Quidditch, el Club de Ajedrez, el Club de Gobstones, las clases de vuelo en escoba, sobre las asignaturas escolares y el castillo mismo, donde algunas escaleras llevaban a un lugar distinto los martes o tenían escalones tramposos que atrapaban el pie de quien no los saltaba. Les habló del lago y del calamar gigante que vivía en las profundidades, que no sólo nunca se había comido a nadie sino que devolvía las cosas y las personas que caían o eran arrojadas al agua. Les habló del bosque prohibido, de los invernaderos, de la cancha de Quidditch.
Los niños estaban extasiados. Vernon y Petunia hubiesen dado casi cualquier cosa por des-aprender todo lo que habían oído y volver a su tranquila y normal vida anterior a la llegada de esa carta.
Una vez en Londres, la profesora Burbage los guió hasta un lugar donde dejaron el automóvil estacionado en un lugar que Vernon encontró lo bastante seguro y siguieron a pie. Sólo tuvieron que caminar unos pocos metros hasta que la bruja los hizo entrar, tras señalárselo dos veces hasta que lo pudieron ver, a un bar de aspecto miserable y mugroso, medio oculto entre una librería y una casa de música. Vernon jamás hubiese puesto un pie en ese lugar en circunstancias normales, y el nombre del lugar, "El Caldero Chorreante", no le inspiró nada de confianza. Vernon vio a Petunia apretar fuertemente los labios, tomar con más fuerza la mano de Harry, y seguir a Burbage con la cabeza en alto. Él mismo tomó las manos de Dudley y Rose, y siguió a su valiente esposa.
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Pronto, el lunes a más tardar, el resto: la visita a Diagon Alley, Gringotts, las compras, Hedwig y más.
