Los personajes no son míos, escribo sin fines de lucro, etcétera...

Recuerden que estamos en el punto de vista de Vernon, un hombre terco y prejuicioso si los hay. Están advertidos.


Vernon no estaba nada impresionado con el mundo mágico. Alguien que presume de poder transformar una manzana en una sandía realmente podría poner algo de esfuerzo en hacer la entrada al distrito de los locales de venta al público más limpia, ordenada y digna. Un bar era la entrada. ¡Un bar! ¡Y los niños tenían que pasar por ahí! Escandaloso, terriblemente escandaloso.

El callejón mugriento era una vergüenza. Los ladrillos de la pared que se reacomodaban eran algo más interesantes, pero entonces el llamado "Diagon Alley" quedó al descubierto, y Vernon tuvo que recordarse que lo estaba haciendo por el bien de su hijo para forzarse a avanzar por la calle estrecha y repleta de locales de venta de productos... ridículos. Petunia tenía los ojos muy abiertos y los labios muy apretados. Dudley, Harry y Rose tenían los ojos y las bocas abiertos de admiración.

—Antes que nada, tenemos que pasar por el banco y cambiar el dinero —indicó Burbage.

Vernon se compuso un poco. ¡Tenían un banco! Una cultura que tenía un sistema bancario no podía ser tan vulgar y atrasada como parecía a primera vista. Quizás había esperanzas.

El banco, un edificio color blanco nieve y con lustradas puertas de bronce, al menos era limpio, enorme e imponente, exactamente lo que Vernon esperaba de un banco que se precie; pero estaba atendido por una criaturas deformes y horribles, lo que de inmediato echó por tierra la imagen de institución seria.

—Buenos días —saludó Burbage al repugnante pequeño ser vestido con un uniforme escarlata y dorado. Era moreno, con una barba puntiaguda y manos y pies muy largos. Era apenas más alto que Rose, a pesar de tener todo el aspecto de un adulto.

Dudley lo miraba con la boca entreabierta de asombro. Rose, asustada, se escondió tras las piernas de Vernon. Harry, que también lo miraba con curiosidad, parecía sin embargo más inclinado a ir y saludarlo; sólo la mano muy firme de Petunia en su hombro lo estaba frenando. Petunia estaba mordiéndose los labios, probablemente para no gritar, conjeturó Vernon.

—Buenos días —devolvió el saludo ese ser espantoso, que aparentemente podía hablar, y que los miraba con hastío—. ¿Familia muggle? —le preguntó a Burbage.

—Primera vez en el mundo mágico —asintió Burbage—. El señor es un duende —le explicó Burbage a la familia—. Los duendes manejan Gringotts, el banco mágico. Son los seres más aptos de todas las especies mágicas cuando se trata de dinero y valores.

El... duende... asintió cortésmente.

—Vamos, tenemos mucho por hacer. Que tenga un buen día —los apremió Burbage, despidiéndose del duende con una inclinación de cabeza. El duende le devolvió el gesto.

¡Duendes atendiendo un banco! ¡Seres que no eran ni siquiera humanos, y estos magos les confiaban su dinero! Vernon pensó en todas las veces que se había quejado del normal, mundano y no-mágico banco que ellos solían usar, de las largas colas y los cajeros automáticos sin dinero... oh, cuánto peor podría haber sido.

Otro duende los atendió cuando cambiaron dinero por esas ridículas monedas que los magos usaban. En vez de libras y peniques, como la gente razonable, los magos usaban un imposible sistema con tres monedas, en el que un galleon valía 17 sickles, y un sickle valía 29 knuts, con lo que un galleon valía 493 knuts... Vernon sacudió la cabeza en disgusto. Más enojado todavía estuvo cuando los duendes determinaron que cinco libras hacían un galleon, ¿qué se creían esos seres, que su moneda valía más que una buena y normal libra esterlina?

—El galleon mantiene buena parte de su valor por la cantidad de oro que contienen las monedas —explicó Burbage—. Los sickles contienen plata, y los knuts, bronce.

Ligeramente apaciguado pero no satisfecho, Vernon tuvo que ver cómo esos feos enanos contaban libras, las cambiaban por galleons, sickles y knuts, y se quedaban con una jugosa comisión. Malditos estafadores, pero qué más cabía esperar de una especie que no era siquiera humana.

Volvieron a la calle repleta de tiendas, y Vernon tuvo que soportar el peor vendaval de compras de su vida, peor que cuando obtuvieron permiso de llevar a Rose a casa y Petunia se pasó la mayor parte del día haciendo compras para la bebé. Vernon nunca había visto tanto color rosado junto en su vida. En esa ocasión al menos habían comprado cosas normales, pero ahora... en vez de libros de texto, en el local llamado Flourish y Blotts encontraron libros sobre hechizos, transformaciones, historia de la magia, animales fantásticos, teoría mágica y cosas por el estilo. Vernon sentía incrementarse su dolor de cabeza. El que hubiese libros al respecto de algún modo hacía más real que esas cosas existieran, y Vernon detestaba creer en que la magia tuviese una historia, que un libro le indicara dónde encontrar criaturas mágicas o que las fuerzas oscuras fuesen suficientemente reales como para requerir una guía para la autoprotección.

Su humor no mejoró cuando compraron un baúl en el que depositar el montón de libros, aunque sonrió por primera vez ese día cuando Harry indicó que las iniciales que debían grabársele eran "H D". Era bueno saber que su hijo sabía quién era su familia. El buen humor de Vernon duró hasta que al baúl se agregó un caldero, una balanza, un cucharón de peltre, un pequeño cuchillo para cortar ingredientes de pociones, un telescopio plegable, un conjunto de ampolletas de vidrio. Petunia consultaba su lista e iba tachando cosas a medida que las compraban. Si con el paso de los artículos el tachado se volvía algo más enérgico de lo estrictamente necesario y amenazaba con romper el papel, Vernon no podía culparla. Era totalmente comprensible que Petunia quisiera no sólo tachar de la lista de compras, sino hacer ilegible palabras como "caldero".

—Aún falta el uniforme —apuntó Burbage—. La tienda de Madam Malkin es un buen lugar, ella trabaja sobre todo con ropa de uso diario. Harapos Finos se especializa en túnicas de gala.

Vernon no quiso ni pensar en túnicas de gala, porque un montón de... de magos y brujas reunidos y festejando algo tan normal como un cumpleaños era... demasiado. Vernon siguió a su familia al interior del local, donde una mujer bajita y algo gorda, vestida de color rosa claro, enseguida los identificó como "primerizos de Hogwarts" y llevó a Harold a un taburete al fondo del local, donde ya había un chico rubio y pálido al que le estaban marcando el largo adecuado de la túnica.

—Hola —saludó el otro chico a Harry, cuando la tal Malkin lo paró sobre un taburete contiguo—. ¿También vas a Hogwarts?

—Sí —respondió Harry.

—Mi padre está en el negocio de al lado, comprando mis libros, y mi madre se fue a mirar varitas —anunció de inmediato el niño rubio—. Luego los voy a arrastrar a ver las escobas de carrera. No sé por qué los de primer año no pueden tener una propia. Creo que voy a insistirle a mi padre para que me compre una y...

—Disculpe, por favor déjele un dobladillo ancho —pidió Petunia, hablándole a la bruja que estaba ajustando la túnica negra del uniforme—. Si Harold va a crecer tanto como lo hizo el último año, va a necesitar que le suelte el dobladillo durante las vacaciones de invierno.

—Sí, a esta edad los chicos crecen como tentácula venenosa —sonrió la mujer. Petunia se apartó disimuladamente un paso de la mujer, disimulando a duras penas su asco ante la comparación de su precioso hijo con lo que sea que fuere una "tentácula venenosa"—. No necesitará ajustarle el ancho de los hombros todavía, pero sí, de acá a diciembre el largo podría cambiar. Y las mangas también...

—Mamá, no te preocupes, estoy seguro que nadie en el colegio se va a fijar —se quejó Harry, un poco avergonzado.

—No tendré a nadie diciendo que te enviamos a ese lugar con ropa que no es de tu medida —respondió Petunia, apretando los labios.

Vernon vio a Harold sonreírle al otro chico, que miraba la escena con ojos muy abiertos.

—Perdón, te interrumpimos. ¿Qué decías sobre las escobas voladoras? —quiso saber Harry.

El chico miró de arriba abajo a Harry, que le sonreía, y después a Petunia, a Vernon, Dudley, Rose y Burbage. Entonces, con esa ridícula dignidad que tienen los niños que se creen importantes, frunció la nariz y giró la cabeza, mirando por sobre el hombro, apartando la mirada de la familia, y no volvió a dirigirles la palabra.

Vernon frunció el ceño en irritación. Un mago en miniatura. Por supuesto que tenía modales horribles. ¡Quién sabía cómo era la familia de ese mocoso, si es que tenía una! La forma en la que se había apresurado a anunciar que sus padres estaban cerca, que estaban con él, le hacía creer a Vernon que el chico estaba ahí solo, o con alguien indeseable; ¡probablemente se había criado de cualquier modo y tenía todo tipo de vicios y malas costumbres! ¡Seguro que no venía de una familia decente! Mejor que Harold se mantuviera alejado de ese mocoso, no era más que malas noticias. Era de esperar que los magos no fuesen capaces de educar debidamente a sus crías...

Por suerte las túnicas del uniforme de Harry estuvieron listas entonces. ¡Túnicas!, suspiró Vernon en desaprobación. ¿Dónde quedaron el elegante frac, los decentes pantalones ceñidos bajo la rodilla y sombrero canotier del uniforme de Smeltings? Y una varita mágica en vez de un bastón. ¡Horrible!

—Nos vemos en Hogwarts —se despidió Harry del otro chico, que seguía mirando para otro lado.

A continuación Harry se probó y eligió el sombrero, la capa de invierno y los guantes de dragón de su talle. Vernon fue a pagar mientras Petunia le susurraba a baja a Dudley y Rose que ellos no necesitaban túnicas, menos un horror rosado furioso con un bordado de unicornios galopantes en plateado ni una monstruosidad rojo oscuro con un estampado de leones anaranjados que se movían por la tela. Rose estaba al borde del berrinche y Dudley seguía insistiendo que la túnica tenía los mismos colores que Smeltings, con Petunia cada vez más tensa y siseando en voz baja que NO, de ninguna manera, cuando Harry se acercó a Vernon y le tocó el codo.

—Papá —murmuró—, ¿no podríamos comprar túnicas para Dudley y Rose? Me sentiría mejor si no soy el único que tiene que usarlas. Ellos podrían usarlas para jugar, o como bata... ¿por favor?

Sólo una persona sin corazón, sin sentimientos y sin años de oír "es central integrar a Harold, es importante hacerle sentir que es parte de la familia, es fundamental tratar a todos los niños equitativamente" podría haber ignorado esos ojos verdes suplicantes. Pobre Harry, con todos los terribles cambios que se aproximaban, por supuesto que estaba asustado y confundido, necesitaba apoyo y contención... y si eso significaba comprar túnicas para que los niños jueguen, Vernon lo haría. Por supuesto, tendrían terminantemente prohibido salir a la calle con ellas, pero eso era razonable, siendo como estaban rodeados de vecinos que no debían sospechar.

Cuando salieron de la tienda unos minutos después, Rose con una túnica rosa chicle con enormes volados (sin unicornios, la vendedora no había tenido túnicas en su talle con ese bordado) y Dudley con la túnica en los colores de Smeltings, ambas firmemente envueltas y cada niño aferrando a su paquete con anchas sonrisas, Vernon vio justo antes de irse al niño rubio, al que ahora le estaban probando una túnica verde oscuro de alguna tela que brillaba ligeramente. El chico miraba a la familia con algo de confusión, pero por sobre todo, anhelo. En todo el tiempo que Vernon y su familia habían estado ahí, los padres del chico no se habían acercado. En ese momento el niño notó que Vernon lo miraba y volvió a girar la cabeza en superioridad, mirando hacia otro lado.

Después del uniforme, Petunia consultó otra vez su lista y fueron a comprar rollos de pergamino, plumas y tinteros. ¡Qué horriblemente anticuado! Vernon hizo una nota mental de encargarse de que Harry llevara también lápices, bolígrafos y papel. Vernon había tenido que usar una pluma fuente en las prácticas de caligrafía y recordaba la pesadilla que eran los tinteros volcados y las manchas de tinta en las manos y la ropa. Al menos el uniforme de Harold era oscuro... Vernon aún se preguntaba para sí mismo si una escuela que utilizaba plumas de ganso y pergamino utilizaría o no castigos corporales, seguramente sí, retrógados y malvados como los magos eran, y estaba pensando en un modo de defender a Harry cuando la profesora que los acompañaba habló:

—¿Tenían planeado invertir en una lechuza? —preguntó Burbage—. Son muy útiles, llevan el correo y son mascotas muy independientes. Algo costosas de adquirir, pero prácticamente se alimentan solas y bien cuidadas tienen una expectativa de vida de unos cincuenta años...

Vernon y Petunia intercambiaron una mirada de alarma. Petunia odiaba a los animales y no quería saber nada de "una bolsa de pulgas y pelos ensuciando mi casa", textuales palabras. A lo largo de los años los niños habían rogado docenas de veces por un perro, un gato, un conejo, un hámster, un canario, un loro, incluso un pez o una lagartija; habían prometido darle de comer, limpiar y pasear (si hiciera falta) al animal. La psicóloga había señalado que una mascota era una buena forma para que los chicos aprendieran responsabilidad. Marge les había ofrecido bulldogs de regalo, cachorros o adultos, el mejor pedigrí, decenas de veces; hasta había ofrecido contactar criaderos de otras razas si querían un perro más pequeño, aunque Marge nunca comprendería cómo alguien podía no amar a los bulldogs. Vernon había estado a favor de un perro de raza, entrenado y limpio, que durmiera afuera y echara a los molestos gatos de la señora Figg. Pero Petunia jamás había querido saber nada de una mascota, diciendo que con tres niños y la casa ella tenía bastante de que ocuparse.

Y ahora esta profesora Burbage había abierto la boca delante de los tres niños, por supuesto. Niños cuyos ojos brillaron ante la posibilidad de obtener una mascota tan inusual como una lechuza.

Vernon los guió a todos a una heladería cercana, tras preguntarle en voz baja a Burbage y asegurarse que el helado era helado común, preparado por medios mágicos, pero que no tenía otro efecto que el de ser sabroso y frío. Normalmente un helado bastaba para distraer a los chicos, pero o Vernon había abusado de este recurso en el pasado o un enorme helado, aún si era de chocolate y frambuesa con pedazos de nueces (Harry), chocolate y vainilla con pedazos de chocolate (Dudley) o cereza y frutilla (Rose, por supuesto. ¡Dos tonos de rosado!), no era suficiente para captar el interés cuando se le contraponía la posibilidad de adquirir una mascota mágica. Petunia comió su helado con el meñique estirado y el ceño fruncido.

Tomó media hora de ardua discusión, negociación y algo de súplicas hasta que acordaron las condiciones:

1) Adquirirían una lechuza, una lechuza solamente, nada más que una, que Harold llevarían con él a la escuela y usaría para enviar reportes cada tres días de todo lo que hacía.

2) Durante las vacaciones la lechuza viviría afuera de la casa, en una caja nido que colocarían en un árbol del jardín. Recibiría agua y alimento, pero tendría prohibido entrar a la casa más que para entregar o retirar el correo.

3) La lechuza no era una mascota, era una animal de trabajo equivalente a un perro lazarillo. (Esto era mayormente para que Petunia no sintiera que había cedido a las presiones de los niños. Petunia tenía unas ideas sobre Disciplina y Autoridad Paternal que Vernon no siempre entendía, pero conocía lo suficiente como para resguardar.)

4) No se les comentaría a los vecinos sobre la lechuza. Si alguien preguntaba, y sólo entonces, se les diría que el nido artificial y la lechuza eran parte de un programa de conservación de vida silvestre.

Después de toda la discusión que implicó acordar las reglas con respecto al pájaro, adquirir el animal fue cuestión de minutos. Harry se enamoró a primera vista de una lechuza nevada de ojos ambarinos, un animal silencioso y digno. La lechuza, su jaula, una percha que se dejaría en la cocina (donde los vecinos o visitantes no la verían, desde luego) y la caja nido costaron bastante dinero, pero al menos se suponía que durarían muchos años. El vendedor, un hombre apellidado Perks que usaba gruesos anteojos y tenía plumas enredadas en su cabello, les regaló una bolsita de 'golosinas para lechuzas' y les recomendó hablar con el animal, al que debían dar un nombre, ya que según él las aves que vendía eran muy inteligentes y desarrollaban un vínculo más cercano si sus humanos (ese mago Perks no hablaba de "dueños", él los llamaba "los humanos" de las lechuzas) las cuidaban y se preocupaban por su bienestar físico y anímico. Por lo demás, las lechuzas usualmente se ocupaban de cazar su propio alimento y de hacer todo el ejercicio que necesitaran, la única otra cosa que querían era que se las dejara en paz.

Dudley, Harry y Rose estaban algo decepcionados de no poder jugar con la lechuza; el tal Perks les recalcó con toda severidad que la lechuza era una compañera, no un juguete, y que si bien disfrutaban la ocasional caricia, eran aves nocturnas que preferían que se las dejara tranquilas. Vernon dudó entre ofenderse de que el mago, ¡un mago!, se atreviera a hablarles así a sus hijos, y sentir alivio al saber que esencialmente podrían ignorar al pájaro cuando no estaba trayendo o llevando correo.

—Muy bien... sólo falta la varita mágica —comentó la profesora Burbage.

Vernon, cansado y medio vencido, ya solo pudo sacudir la cabeza. Varitas mágicas. ¿Qué eran, magos o hadas de colores? Más les valía a esos magos no meterle ninguna idea rara en la cabeza a Harry, su hijo no era ningún mariquita y pobres de los magos si trataban de confundirlo.

El local era polvoriento y estrecho. Había un cartel colgado sobre el frente del edificio, que rezaba:

Ollivanders: Fabricante de Excelentes Varitas desde 382 a. C.

Vernon no pudo evitar preguntarse si desde el 382 antes de Cristo era la misma persona fabricando las varitas mágicas. Después de todo, ¿cuánto vivía un mago? Dumbledore era muy viejo, aunque Vernon no lo hubiese estimado de más de... ¿ochenta, noventa años? ¿Era posible que un mago viviera más de dos mil años? ¿O el cartel se refería a la familia Ollivander? ¿O no era el apellido de una familia, sino una marca?

Entraron al local, tan extrañamente vacío y polvoriento que algo en la atmósfera hacía que uno guardara silencio y se quedara muy quieto. Vernon se dejó caer en la única silla que había en el lugar, ignorando la mirada de desaprobación de Burbage. Él no pensaba cederle el asiento.

—Buenos días, buenos días... ah, sí, sí —dijo de pronto un hombre anciano de voz suave. Tenía ojos grandes, pálidos y algo saltones—. ¿Primera varita, supongo?

—Eh, sí. Para mí —respondió Harry, levantando la mano un poco torpemente—. Eh, hola.

—Hum —respondió ese hombre—. Bienvenido. Garrick Ollivander, fabricante de varitas mágicas —le tendió una mano a Harrry.

—Mucho gusto —respondió Harry, educado, estrechándole la mano—. Harold Dursley. Y mi familia. Y la profesora Burbage —añadió, señalando a la gente detrás de él.

—¡Ah, sí! ¡Charity Burbage! Fresno, treinta y dos centímetros, flexible, ¿verdad? —preguntó con una sonrisa dirigida a Burbage.

Vernon empezó a estar cada vez más seguro que el viejo estaba completamente loco. Petunia debía pensar algo parecido, ya que tomó la mano de Rose, que estaba por ir a curiosear entre los estantes, y la retuvo firmemente a su lado.

—Sí, señor, esa es mi varita —respondió Burbage con una sonrisa.

—Muy bien, muy bien... bienvenidos, aquí le encontraremos la varita ideal al joven señor Dursley —sonrió el viejo, volviéndose hacia Harry—. ¿Cuál es su brazo para la varita?

—Eh... soy diestro —respondió Harry.

—Extienda el brazo. Eso es —musitó el tal Ollivander, y mientras una cinta métrica plateada medía a Harry moviéndose sola por el aire, el viejo mascullaba algo sobre los centros de las varitas, sobre pelos de unicornio, plumas de cola de fénix y fibras de corazón de dragón. Vernon apenas contuvo un escalofrío. O el viejo estaba loco, o dragones, unicornios y fénix realmente existían. De cualquier modo, era terribles noticias para el sentido de normalidad de Vernon.

Acto seguido el Ollivander ése le estaba trayendo a Harry una varita para probar. Harry apenas la hubo tomado en su mano cuando el viejo se la quitó, sin dejar de monologar en voz baja, y le ofreció otra. Y otra. Y otra...

—¿No tiene algo más... mejor? —preguntó Vernon, quince o veinte varitas más tarde, señalando las varitas rechazadas que se apilaban sobre el mostrador—. Algo más grande, más... impresionante que un palo...

Burbage lo miró con desaprobación, Petunia con súplica. Debía tenerle miedo a lo que los magos pudieran hacer en retribución. El viejo Ollivander, en cambio, no se inmutó.

—La varita elige al mago, señor Dursley —respondió—. No es algo que se pueda forzar. Uno nunca obtendrá tan buenos resultados con la varita de otro mago... a ver, sí —añadió, tendiéndole una nueva varita a Harry—, sauce y pelo de unicornio, 36 centímetros... no, no. Ésta, madera de vid y fibra de corazón de dragón, 27 centímetros... ¿no? Ésta, entonces: cerezo y pelo de unicornio, 33 centímetros...

Cuanto más crecía la pila de varitas descartadas, más feliz parecía estar ese viejo, al contrario que todos los vendedores normales y sensatos que Vernon había conocido nunca, que se mostraban razonablemente irritados ante un cliente que les hacía sacar la mitad de la mercancía disponible antes de decidirse por un artículo. ¡Completamente loco!

—Me pregunto... sí, por qué no. Una combinación poco usual, acebo y pluma de fénix, 28 centímetros, linda y flexible... yo hubiese creído que... pero sí, vale la pena probar, sí... —la expresión soñadora del viejo se había tornado un tanto calculadora, aunque no de un modo malicioso, sino como si estuviese desconcertado.

El tal Ollivander le ofreció otra varita más a Harry, a los ojos de Vernon igual a todas las que habían sido descartadas, pero algo diferente debía tener ésta, porque en cuanto Harry la agitó chispas rojas y doradas salieron volando e iluminaron las paredes.

Burbage aplaudió, Dudley y Rose vitorearon. Petunia miró a Vernon con resignación, y él se encogió de hombros con un suspiro. Ollivander sonreía con todo el ancho de la cara, mientras que la cara de Harry estaba iluminada de alegría y admiración.

—¡Oh, bravo! Oh, sí, oh, muy bien... Bien, bien... Curioso, realmente, qué curioso... —musitó Ollivander, aparentemente confundido—. Hum... muy curioso... de familia muggle, quién lo hubiese dicho... curioso... sí, muy curioso... realmente curioso... por qué no, después de todo... y aún así... muy curioso... —murmuraba el Ollivander ése mientras colocaba la varita de Harold en una caja larga y delgada, y envolvía la caja en papel madera que ató con una cuerda delgada.

—Disculpe —le espetó Vernon en un tono que dejaba en claro que no estaba pidiendo disculpas en absoluto—, ¿qué es tan curioso?

El viejo lo miró fijamente con esos ojos saltones que sacaban a Vernon de sus casillas.

—Recuerdo cada varita que he vendido, señor Dursley. Todas y cada una de las varitas que vendí. Sucede que el fénix cuya pluma está en esta varita dio otra pluma, sólo una pluma más. Es curioso, realmente curioso —continuó Ollivander, mirando fijamente a Harold— que el joven señor Dursley esté destinado a esa varita... cuando su hermana... es la que usó El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado.

—¿Quién? —preguntó Harry, sin entender.

—El mago oscuro. El brujo tenebroso. El hechicero más malvado que el mundo haya visto en siglos —murmuró Ollivander, aparentemente asustado.

—¡Oh, ese mago malvado que mencionó el profesor Dumbledore! —exclamó Dudley, cayendo en la cuenta—. Valdemar, o algo así...

—Creo que era con "o" —dudó Harry—. ¿Voldomor?

—Sí, eso. Ese mago malvado. El que mató a tía Lily —asintió Dudley, antes de fruncir el ceño y volverse hacia Ollivander—. ¿Usted le vendió una varita mágica a Voldomor?

Burbage tenía los ojos algo desorbitados y la boca colgando abierta, notó Vernon. ¡Ja! ¿Qué creía ésa, que sus hijos no sabían nada de este mundo? Ollivander, en tanto, miraba de un niño a otro con sorpresa.

—Preferimos no decir su nombre —musitó en voz baja—. Ese nombre trae muchos malos recuerdos. Demasiadas personas perdieron seres queridos, o fueron heridas y torturadas a manos del Innombrable y sus seguidores —musitó antes de suspirar profundamente—. Sí, yo le vendí su varita. Él no era más que un niño entonces. Once años, cabello oscuro, expresión inteligente. Una varita poderosa, muy poderosa, y en las manos equivocadas... si yo hubiese sabido lo que esa varita le haría al mundo...

—¿Hay varitas más y menos poderosas? —lo interrumpió Vernon—. La de Harold es poderosa, ¿verdad? ¡No aceptaremos varitas de calidad inferior!

—Realmente curioso cómo suceden estas cosas —musitó Ollivander, sin dejar de mirar a Harry—. La varita elige al mago, recuérdelo... Creo que podemos esperar grandes cosas de usted, señor Dursley. Después de todo, él hizo grandes cosas... terribles, sí... pero grandiosas...

Vernon se apresuró a pagar y a medio empujar a su familia hacia la puerta. Cuanto antes salieran de ese lugar de chiflados, mejor.

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—Uniforme, libros, equipo... —musitó Petunia, revisando su lista una vez que estuvieron afuera del local de venta de varitas mágicas—. Nos faltan los... ingredientes de pociones —musitó el voz muy baja, mirando cautelosamente alrededor.

—Puede decirlo en voz alta, señora Dursley —le sonrió Burbage—. Nadie la va a mirar raro aquí si menciona ojos de escarabajo o raíz de mandrágora.

Petunia apretó no sólo los labios, también cerró los ojos y respiró profundamente tres veces antes de volver a abrirlos. Vernon hizo una nota mental de sugerirle a su esposa dejar a los niños con Marge y salir a cenar ellos dos solos una noche. Ambos necesitarían una noche tranquila y relajada en la que hablar de cosas normales y decentes... y también hacer planes de cómo seguir adelante con el peso de un secreto tan grande sobre su familia.

Petunia desdobló la tercera página de la carta y la contrastó con la lista que había copiado en un papel. Aparentemente estaba todo en orden, de modo que Petunia volvió a guardar la lista y permitió que Burbage los guiara a la botica, que era absolutamente espantosa y probablemente el lugar más horrible y maloliente que Vernon había sufrido nunca, y eso incluía una bolsa de pañales usados olvidada en un rincón del garage durante un fin de semana de verano...

El barril con una sustancia viscosa rotulada "mocos de gusarajo" era al menos tan repelente como los potes con hierbas y raíces secas ubicados en estantes en las paredes, y que de acuerdo a los carteles contenían "acónito", "ajenjo", "anís","asféndolo"... "díctamo", "diente de león"... También había polvos, brillantes y opacos, que Vernon no quiso ni saber qué podían ser tras ver que uno indicaba que contenía "polvo de cuerno de graphorn". Manojos de plumas, también meticulosamente etiquetadas ("augurey", "fwooper", "jobberknoll", "cuervo"...), colgaban del cielo raso, al igual que manojos de colmillos y garras ("dragón - galés verde común", "dragón - hébrido negro", "quimera", "hipogrifo").

—No toquen nada. ¡Nada! Estas... cosas... son muy peligrosas —les advirtió Vernon a los niños, sobre todo a Dudley, que miraba una serie de frascos con contenidos tales como "escamas de salamandra del fuego", "melaza de glumbumble" o "aguijones de billywig" con fascinación. Rose, a quien el olor parecía asquear, no se había movido del lado de su madre.

El olor era insoportable, una mezcla de huevos podridos y repollo hervido concentrado. Se sentía con más intensidad en un rincón en el que un pequeño tonel de algo que parecía acero estaba situado. El cartel junto al tonel indicaba que contenía "secreción de bundimun". Sonaba a algún tipo de hongo, seguramente venenoso. ¡Claro que vendían venenos en esta botica!

¡Qué más cabía esperar de un montón de brujas! Seguro que preparaban sus pociones bailando desnudas a la luz de la luna, gritando conjuros y haciendo magia tenebrosa. ¡Asqueroso! Aunque, si las brujas en cuestión se parecían a la joven y bonita vendedora, pensó Vernon, mirándola de reojo, imaginarla bailando desnuda alrededor de un caldero burbujeante... no, no. Eran brujas, se recordó Vernon severamente, esta 'botica' tenía exactamente el aspecto que Venon esperaba de un lugar frecuentado por brujos y brujas.

Excepto por cómo era inmaculadamente limpio, bien iluminado, todos los productos estaban cuidadosamente ordenados y rotulados, y las cosas marcadas como 'de venta restringida' estaban en una especie de armario hecho de rejas: las cosas se podían ver, pero no era posible tocarlas. A decir verdad, con algo más de plástico en los anaqueles y menos olor, el lugar podría haber pasado por un supermercado. O al menos un almacén naturista de ésos a los que Petunia iba a veces cuando estaba decidida a Alimentar Sanamente a su Familia.

Vernon frunció la nariz, mitad por el olor, mitad al ver "cuernos de unicornio" en el estante de los productos de venta restringida, a 21 galleons cada uno. Trasladándolo mentalmente a libras... ¡eso era un robo! ¡Tanto dinero por un pedazo de hueso! El "fluido de erumpent", sea lo que fuere eso, también era carísimo, una botellita que no debía tener más de 100 cc. costaba 250 galleons. ¡Estos magos estaban completamente locos!

Afortunadamente la lista escolar de Harold no requería ninguna de esas excentricidades, se consoló Vernon. La vendedora estaba acabando de reunir el surtido básico requerido por ese colegio, explicándole a Harry, que escuchaba interesado, y a Petunia y Rose, que escuchaban un poco asqueadas, cómo los crisopos podían conservarse largo tiempo en un frasco herméticamente cerrado y guardado en un lugar fresco, oscuro y seco, pero a las sanguijuelas había que pescarlas o comprarlas justo antes de usarlas en la poción para asegurarse que estuviesen en buen estado.

Vernon, que era quien llevaba el dinero y pagaba, si bien Petunia era quien controlaba las finanzas, pagó por la selección de materiales, que fueron añadidos al baúl. Por fin podían irse de aquel apestoso lugar. Aún así, Vernon casi tuvo que sacar a rastras a Dudley, que estaba completamente fascinado en la sección Huevos, donde uno podía comprar "huevos de ashwinder (congelados)", "huevos de doxy", "huevos de runespoor", "cáscara de huevo de dragón" y "cáscara de huevo de hipogrifo", entre otras cosas.

—Harry, ¿podemos preparar alguna poción cuando vuelvas de la escuela? —medio rogó Dudley, mirando con embeleso el local que dejaban atrás—. ¿Me vas a enseñar cómo se hace?

—¡Claro! —aceptó Harry de inmediato—. ¡Podemos preparar una juntos! Seguro que uno de mis libros tiene pociones interesantes...

—Nada de pociones en casa —siseó Petunia—. ¿Qué dirán los vecinos?

—Los vecinos no tienen por qué enterarse de nada —se encogió de hombros Harry—. No es como si la vamos a preparar delante de la puerta principal.

—Les recomendaría no empezar a experimentar con pociones antes de tener al menos una vaga idea de cómo funcionan —les advirtió Burbage—. Las pociones mal preparadas tienen cierta tendencia a hacer explotar los calderos.

Los niños intercambiaron miradas de entusiasmo y anchas sonrisas.

—Lo que produce todo tipo de heridas, quemaduras, intoxicaciones, llama la atención de los vecinos, daña los muebles y puede causar incendios —añadió Burbage.

Los niños intercambiaron miradas de decepción. Petunia miró el baúl de Harry como si deseara dejarlo abandonado en la esquina más cercana y alejarse sin mirar atrás. Vernon fervientemente deseó que pudiesen hacer eso. Dejar atrás todas estas tonterías de magia, varitas, túnicas, pociones...

—Tenemos todo en la lista —anunció Petunia, chequeando el papel otra vez y tachando enérgicamente los ingredientes de pociones. La lista era ahora una serie de manchas azules una debajo de la otra, los nombres de las cosas no sólo tachados sino literalmente eliminados, borrados, cancelados en su existir—. Sí. Eso es todo —Petunia suspiró aliviada.

Vernon también sintió un enorme alivio. Otro local más, otra compra de alguna cosa mágica, y él se hubiese puesto a gritar. ¡Tanto dinero gastado en... en porquerías! La paciencia de Vernon tenía un límite... y sus recursos también. Sólo le quedaban un puñado de esas monedas pequeñas de bronce y cinco de las medianas de plata. Todavía tenía libras de reserva, por suerte, porque...

—Mamá, tengo hambre —anunció Rose.

—¡Yo también! —dijo Dudley.

—¡Y yo! —se sumó Harold.

...porque ya era la hora de almorzar, Vernon tenía hambre, estaba cansado, le dolían los pies y necesitaba urgentemente sentarse y no pensar en nada mágico por el resto del día.

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Acabaron yendo a comer pescado y papafritas al lado normal... al lado muggle... de Londres. Por cortesía tuvieron que invitar a Burbage a ir con ellos; por suerte la mujer rechazó la invitación diciendo que debía acompañar a otra familia a hacer las compras por la tarde. Unos dentistas y su hija que vivían en Londres, una familia sin aparente pasado mágico cuya hija había nacido bruja. Vernon los conmiseró por un momento, pero estaba muy ocupado sintiendo lástima de sí mismo como para interesarse en las desgracias ajenas.

—Nos vemos en Hogwarts, Harold —se despidió Burbage alegremente, entregándole un sobre a Harry—. Tu pasaje de tren. Es algo simbólico, nadie va a pedirte el pasaje para permitirte viajar, pero es tradición —sonrió, encogiéndose de hombros antes de dirigirse a Vernon y Petunia, que observaban la pieza de correo en las manos de su hijo con desconfianza—. Está todo ahí. Disculpen, realmente me tengo que ir, ¡que tengan un buen día!

Con una última sonrisa, la mujer... se desvaneció de donde estaba. Vernon estaba demasiado agotado como para indignarse tanto como la situación requería. Ya no le quedaban ni fuerzas para gritar.

Regresaron a casa sobre las cuatro de la tarde. El viaje se le hizo largo a Vernon, sobre todo con los tres niños en el asiento trasero discutiendo el nombre de la lechuza, cuya jaula Harry llevaba en su regazo. Rose insistía que la lechuza debía llamarse Blanquita. Dudley opinaba que Halcón era un nombre mucho más interesante. Harry no estaba muy convencido, diciendo que siendo una lechuza mágica sería mejor si le daba un nombre mágico. Veinte kilómetros de discusión más tarde, con Harry rechazando "Bruja", "Caldero", "Poción", "Hechizo" y "Magia", Vernon hubiese dado casi cualquier cosa por volverse temporalmente sordo. Petunia tenía la boca tan apretada que no se le veían los labios. Por fin los niños se aburrieron de la lechuza... y empezaron a comparar impresiones del mundo mágico. Vernon presionó el acelerador.

De vuelta en Privet Drive, Harry y Dudley se fueron a mirar todas las cosas de Harry con todo detalle, sobre todo los libros de los que podían aprender más el mundo mágico. Excepcionalmente, Harry tuvo permiso de llevar a la lechuza en su jaula a su dormitorio, sólo hasta que Vernon instalara la caja nido. Por las dudas, Petunia confiscó los ingredientes y el caldero, con la excusa que el sótano cubría la descripción de lugar oscuro, fresco y seco, y que de ese modo los ingredientes se conservarían mejor, y también la varita, por si acaso. Rose se vistió con su túnica nueva y se fue a su cuarto: estaba usando como varita mágica un palito cubierto de purpurina, ya que Rose había decidido que ella iba a ser un hada, no una bruja.

Vernon se desplomó en su sillón del sofá, donde Petunia le sirvió una copa de brandy. Acto seguido Petunia se dejó caer sobre el sillón enfrentado del sofá y bebió varios largos tragos directamente de la botella.

Vernon la miró con sorpresa. Petunia le devolvió una mirada feroz, desafiándolo a decir algo.

Vernon bebió su copa en dos tragos. Petunia rellenó la copa y bebió otro generoso trago.

—Querida —declaró Vernon en voz baja—, esto recién comienza.

—No te preocupes —respondió Petunia—, tenemos otra botella en la despensa.

Vernon miró a su esposa. Ella lo miró a él.

—Nos esperan siete años de... magia —murmuró Vernon—. Necesitaremos más brandy.

Petunia asintió antes de empinar la botella y beber otro largo trago.

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Un par de aclaraciones:

Personalmente, creo que Draco Malfoy tuvo una cuidada educación... que incluyó que si los nacidos de muggles son inferiores, los muggles puros son la peor escoria y un mago decente no debería ni rebajarse a hablarles, que son exactamente las instrucciones que Draco sigue. Desde luego, en este momento de la historia Draco es un chico de once años educado en su casa por tutores elegidos por sus padres, todavía no tuvo mucha oportunidad de conocer más que lo que sus padres consideraron "apropiado". Ir a Hogwarts le permitirá ampliar sus horizontes, como veremos pronto, ya que tengo planeado un capítulo desde el punto de vista de Draco.

La "lista de compras" de Petunia es la segunda página de la carta de Harry, más una tercera página imaginaria, ya que en el canon él y Hagrid visitan la droguería pero no sabemos por qué, ya que no hay ingredientes de pociones entre los materiales requeridos en la carta oficial. También agregué un cucharón y un cuchillo para cortar ingredientes de pociones, sonaban como algo lógico de tener si uno va a preparar pociones cada semana. Probablemente Harry y Hagrid compraron esas cosas off-screen, por así decirlo. Además, decidí que a Draco le estaban probando túnicas de gala para la celebración de Navidad de ese año en la Mansión Malfoy, para justificar por qué Harry, que llegó después de él, terminó antes que Draco. ¡Y un premio para quien puede identificar las varitas que Harry prueba y descarta!

La opinión aquí expresada con respecto a una eventual homosexualidad es la de Vernon Dursley, no la de quien escribe. Yo no creo que la homosexualidad sea una desviación ni una señal de que la persona es cuestión es "defectuosa" ni mucho menos algo al respecto de lo cual se puede "confundir" a alguien, pero en la mente de Vernon opera el tipo de pensamiento en el que se construye mentalmente un otro al que echarle la culpa de todo y atribuirle todo lo percibido como defecto. De este modo, las 'virtudes' pertenecen claramente a un nosotros y los 'defectos' a los otros; Vernon está teniendo problemas para ajustar su visión del mundo ahora que uno de sus nosotros (Harry) pertenece al menos parcialmente a un subgrupo de otros (magos).

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