Propuesta irresistible

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Capitulo 3


.X.

– Entonces, ahora tienes un amante – confirmó Akaashi con expresión incrédula.

– A-Algo así...solo nos hemos visto una vez y no sé si debería volver...

– No creo que sea conveniente volver a verlo – dijo Akaashi – Tsukishima, no creo que sea malo que tengas un pequeño desliz de una noche de vez en cuando, pasas mucho tiempo encerrado y entiendo que estés aburrido. Pero no sé si sea buena idea seguir prolongándolo...si Oikawa se entera...

– Lo sé – murmuró Tsukishima.

Si Oikawa descubría su pequeña "Aventura" no terminaría en un final feliz y aun sabiendo que las consecuencias podría ser terribles deseaba volver a verlo y estar entre sus brazos. La perspectiva de ser descubiertos, el peligro que eso suponía, solo lo hacía más excitante y aumentaba su deseo.

Con Kuroo, experimentó una vida de emociones en un solo instante, la adrenalina de ese momento aún vibraba en su pecho invitándolo a continuar esa locura.

– Pero aun así quieres volver a verlo ¿Verdad?

Tsukishima se removió incómodo en su asiento, si, tenía razón. Siempre parecía tenerla, así como siempre sabía o intuía lo que estaba pensando. Akaashi era la única persona que conocía sobre sus circunstancias maritales, confiaba en él y por alguna razón Oikawa también lo hacía lo suficiente como para permitirle tratarle.

El pelinegro dejó salir un suspiro y sonrió – Esto me recuerda un poco a cuando teníamos diecisiete y me pediste ayuda para ocultar de tu padre que estabas saliendo con...

– No quiero hablar de él – sentenció Tsukishima – No estábamos saliendo...solo…

– ¿Sigues molesto por lo que pasó?

No estaba molesto por lo que pasó, estaba decepcionado de sí mismo por haber sido tan ingenuo; por haberle entregado su confianza a alguien que no lo merecía. No iba a cometer ese error otra vez, había aprendido de ello.

– Lo siento, hablar de él todavía es tabú. Lo entiendo.

– No, solo…– lo había superado en su mayor medida, sin embargo había dejado una herida en su orgullo y aunque le doliera admitirlo también en su corazón. – No estoy aquí para hablar de eso.

– Lo sé, quieres saber mi opinión o mejor dicho que decida por ti – Akaashi sonrió como pocas veces lo hacía – Tsukishima, has pasado la mayor parte de tu vida dejando que otros tomen las decisiones y ahora te asusta hacerlo por ti mismo, entiendo cómo se siente. No voy a pedirte que dejes de hacerlo, a pesar de que sería lo ideal, pero sí que pienses bien si vale o no la pena continuar algo así.

Tenía razón, no podía refutar su argumento; ni siquiera podía ofenderse por ello. Recibir órdenes se convirtió en algo tan natural para Tsukishima que, en ocasiones, las obedecía automáticamente. Fue lo mismo para Akaashi, sin embargo él había tenido el valor de abandonar el yugo de su familia y, con mucho esfuerzo, vivir la vida que quería. A veces lo envidiaba.

Era la única persona con la que podía tocar un tema de semejante naturaleza y debía admitir que su opinión era acertada. Siempre.

Quizá no valía la pena continuarlo, sin embargo…no podía solo olvidarlo, no cuando aún lo sentía en la piel. El recuerdo seguía fresco en su mente, todo el placer que le hizo experimentar no podía ser dejado atrás tan fácilmente.

– Tsukishima, tu teléfono…

La voz de Akaashi y el incesante sonido de un móvil que estaba seguro no era suyo lo sacaron de sus pensamientos. – No es…– de pronto recordó el momento en el que se despidió de Kuroo y lo que este le entrego antes de marcharse – Es él – murmuró tomando el móvil de su bolsillo y dejándolo sobre el escritorio.

– ¿No vas a responder?

Tsukishima observó la pantalla del móvil hasta que esta se apagó y segundos después volvió a encenderse; había pasado menos de una semana desde su apasionado encuentro, no esperaba tener noticias de Kuroo tan pronto. En ese momento se sentía como una adolecente nerviosa que recibe la llamada del chico más popular del instituto ¡Era ridículo! No parecía él en absoluto.

– ¿Tsukishima?

– No…

Lo que paso con Kuroo fue realmente increíble y probablemente no volvería a experimentar nada igual, sin embargo, por mucho que lo deseara, no podía continuar con esa locura; las consecuencias que esa aventura acarrearía no solo le afectarían a él. Oikawa tenía a su familia en sus manos, podría destruirlos en cualquier momento; su padre ya había sufrido un infarto, perderlo todo probablemente lo mataría. No iba a ser culpable también de la muerte de su padre.

Tomó la decisión de no volver a encontrarse con Kuroo, sin embargo aún no se había deshecho del móvil, la parte rebelde e irracional en él, que iba cobrando fuerza cada día, le impidió hacerlo. Pasó los días siguientes a su visita a Akaashi debatiéndose si debía responder la próxima vez que llamara, pero no volvió a hacerlo y eso, en lugar de aliviarlo, solo aumentó su ansiedad ¿Era normal sentirse así? No, para Tsukishima no ¡Jamás para él!

Observó con poco disimulado desdén la recepción; su sombrío y elegante esplendor era digno de una empresa tan importante, al igual que sus empleados. Era tan tedioso tener que ir cada semana, sin embargo era su obligación y parte de su rutina como feliz pareja visitarlo y almorzar con él.

La rubia secretaria de Oikawa curvó sus labios pintados de carmesí en una brillante y bien trabajada sonrisa que habría encantado a cualquiera.

– El señor le pide que espere un momento, está hablando con alguien importante ahora – dijo sin soltar su sonrisa profesional. Ella lo odiaba, al igual que más de la mitad de las mujeres que trabajaban para Oikawa.

Hacer esperar era típico de alguien como Oikawa, quien amaba que todos clamaran por su presencia; ese era uno de los tantos rasgos que le parecían molestos.

Sin dirigirle la palabra a la recepcionista, Tsukishima le dio la espalda, pero antes de que pudiera dar un paso hacia los sofás la puerta de la oficina se abrió y el hombre que había ocupado su mente y menos esperaba ver salió.

La sonrisa de placer en su rostro cuando se percató de su presencia le erizó la piel – Vaya, es un placer volver a verte – esa familiar y embriagante voz resonó en sus oídos mientras estaba de pie, totalmente inmóvil, en shock.

– Espera dentro, Kei-chan – Oikawa quien estaba en la puerta y con un movimiento suave, pero autoritario, señaló el interior de su oficina.

No lo había escuchado, ni se había percatado de la presencia del castaño hasta que escuchó su voz; todos sus sentidos estaban enfocados en Kuroo y en esos avellana que le miraban profundos como la noche.

– Es un gusto – saludo Tsukishima con muy forzada indiferencia.

Tan pronto como llegó a la puerta Oikawa envolvió su cintura en un gesto posesivo poco frecuente en él, que sorprendió a Tsukishima quien reprimió el impulso de apartarse – La forma en la que te mira es interesante ¿Pasó algo entre ustedes?

Su agarre se apretó, volviéndose casi doloroso – ¿Cómo podría? Solo lo he visto una vez.

– Le gustas – susurró contra su cuello.

– ¿A quién no? Soy encantador. – mustió con sorna.

– Y también me perteneces, que no se te olvide – sentenció mientras lo besaba. – Ahora entra, tengo un par de cosas que hacer antes de irnos.

¿Cómo podía olvidarlo? Todos se encargaban de recordárselo a cada instante, incluso su familia lo hacía. Disimulando la molestia que eso suponía, Tsukishima siguió hasta la oficina, se sentó en uno de los grandes sillones blancos y contemplo el cielo a través del gran ventanal de la pared. Se estaba cansando de esa farsa ¿Cuánto tiempo iban a seguir así? Oikawa no parecía cansarse de él ¿Qué estaba haciendo mal? O mejor dicho ¿Qué estaba haciendo bien, para tenerlo tan interesado?

La puerta se abrió y Tsukishima se levantó pesadamente – Podemos irnos de...Kuroo… – susurró sorprendido – ¿Por qué estás...? ¿Dónde está Oikawa?

– Está ocupado ahora, tardará un poco – con pasos lentos y gráciles, y una mirada que se asemejaba a un depredador, Kuroo se acercó a él – Tenemos tiempo...– una perversa sonrisa se formó en sus labios.

– No creerás que en verdad voy a...– antes de que pudiera terminar la frase, como un animal salvaje, Kuroo se lanzó sobre él y con brusquedad lo levantó de la cintura hasta quedar sentado sobre la mesa. – No...– Tsukishima notó su aliento sobre su oído, sus labios rozaron su piel justo donde Oikawa le besó y le mordió con pasión haciéndole que le temblaran las piernas. – La secretaria… – jadeó mirando insistentemente hacia la puerta. Temiendo que alguien pudiera descubrirlos.

– No estaba en su escritorio, nadie me vio entrar – su voz, ronca y cargada de deseo contra su cuello le hizo estremecerse – ¿No es esto emocionante? Él podría venir en cualquier momento... – dijo separando sus piernas con brusquedad y pegando más su cuerpo contra el suyo – ¿Tienes miedo? ¿Estas asustado? ¿Te excita esto?

– Estás loco – respondió Tsukishima, llevando ambas manos a su pecho dispuesto a empujarlo.

Era una locura, Kuroo parecía carecer de sentido de peligro o de la vergüenza; estaba loco y probablemente Tsukishima también lo estaba por encontrar excitante esa situación ¿Qué pasaba con él? Su corazón latía vertiginosamente presa de esa desconocida emoción que amenaza con tomar control de su cuerpo ¿Por qué tenía que encontrarse con él justo en ese momento? Era tan inconveniente.

– Mírame a los ojos y dime qué no me deseas – ordenó serio – Dímelo – Tsukishima se mordió el labio inferior. No podía, no podía hacerlo; no podía resistirse a Kuroo, lo deseaba, necesitaba volver a sentirse vivo – Lo supuse.

Kuroo reclamó su boca con brusca pasión que envió un torrente de placer que desembocó en su entrepierna. Su lengua envolvió la suya con lujuria y Tsukishima le mordió el labio inferior, y cuando sus dientes hicieron presión en la delicada piel el pelinegro dejó salir un gemido que le hizo estremecerse.

– He estado pensando en ti toda la maldita semana...– confesó deslizando una mano dentro de los pantalones del rubio y envolviendo firmemente su erección. – Si tú objetivo al rechazar mis llamadas era que te deseara más, entonces lo conseguiste. Te deseo como un loco. – Sus ojos oscurecidos lo miraron hambrientos. – Quiero joderte ahora.

Tsukishima tembló, él también lo deseaba. Quería sentirlo y que le hiciera sentir todo ese abrumador y ardiente placer otra vez – Kuroo... – gimoteó cuando el pelinegro apretó la punta de su erección – No deberíamos...está oficina... él podría...

– Tranquilo, será rápido...– comenzó a subirle la camisa con una mano poco a poco acariciándole la piel hasta llegar a sus pezones y pellizcarlos haciendo que su cuerpo vibrara de lujuria y desesperación, y que su espalda formara un arco. Estaba tan cerca de perderse a sí mismo, su cuerpo era un instrumento que solo Kuroo podía hacer funcionar, cada toque sobre su piel lo llenaba de necesidad. Cómo nadie, como nunca.

Estaba mal, Oikawa podía entrar en cualquier momento y verlos, pero no le importaba. Sus besos, furiosos, lo envolvían en un mar de puro placer y sus manos le hacían temblar llevándolo hasta el borde del deseo.

La forma en la que Kuroo tomaba el control de su cuerpo, como si le perteneciera, era ridículo; nunca se había sentido tan fuera de sí.

Comenzó a mover sus caderas con frenesí, la mano de Kuroo apisonaba cada vez más fuerte su erección enviando oleadas de dolor y placer a su columna vertebral. Sus jadeos y suspiros fueron ahogados por besos ardientes que lo hacían delirar. Quería mucho más, quería sentir su caliente miembro abrirse paso otra vez en su interior, rudo y sin compasión.

– Veámonos esta noche – mascullo contra su cuello. Kuroo succionó su labio inferior, mordió su mandíbula y trazó un camino de besos hasta su garganta erizándole la piel del cuello – Quiero volver a escuchar tus gritos de placer mientras te jodo…quiero volver a enterrarme en ti…quiero saborearte otra vez…

Tsukishima acarició el cuello del pelinegro y enredo los dedos en sus azabache haciendo cada vez más presión, el movimiento de sus caderas contra su mano se volvió errático y desenfrenado. Se sentía tan bien, todo ese placer y la expectativa de lo que podía ofrecerle lo estaban volviendo loco; iría a donde Kuroo pidiera, le entregaría su cuerpo a placer. Ya nada importaba, todo y todos podían irse a la mierda.

– ¡Oh! ¡Sí!...Kuroo…Quiero…hazlo– la fricción en su miembro, el placer que experimentaba por sus caricias, era demasiado y no lo suficiente. Su deseo solo aumentaba con sus palabras y la sola expectativa de lo que obtendría lo estaban llevando al límite máximo.

Kuroo succionó la piel de su clavícula y apretó sus pezones con tanta fuerza que dolía y a la vez le extasiaba. Sin dejar de frotar, el pelinegro presionó su miembro con más fuerza – Córrete para mí y gime mi nombre, Kei-chan.

Tsukishima dejó salir un gemido de reproche al escuchar ese tonto apodo, sin embargo su placer no se apagó. Los roncos suspiros y el aliento caliente de Kuroo contra su humedecida piel era demasiado. Su orgasmo de construía pieza a pieza, todo su cuerpo se tensó y el placer explotó dentro de él como un volcán y el nombre de Kuroo acompañado de un gemido prolongado escapo de sus labios, su cabeza dio vueltas y creyó ver luces de colores frente a sus ojos.

Jadeante y sin fuerza en el cuerpo, Tsukishima dejó que Kuroo lo sostuviera entre sus brazos, sintió como besaba la curvatura de su cuello hasta llegar a sus labios reclamándolos con una fiereza que renovó toda fuerza en su tembloroso cuerpo. La vitalidad volvió a su ser; vivo, renovado, sonrió y entre besos murmuró – Esta noche dame todo lo que tengas...usa mi cuerpo como te plazca…

Kuroo le devolvió una sonrisa ladina y ayudándole a bajar del escritorio apretó sus glúteos arrancándole un suspiro y apretó su cuerpo contra el suyo – Después de este noche vas a ser tú quien va a correr detrás de mí...

Tsukishima sonrió – ¿Admites que me has estado siguiendo? ¿Debería preocuparme por eso?

– Nunca lo he negado – dijo mirándole a los ojos. Había algo magnético en ellos, algo que le atraía irrefrenablemente – No lo habría hecho si me hubieras dado una rotunda negativa, sé que me deseas tanto o probablemente más de lo que yo a ti.

– Eres muy arrogante.

– Y eso te encanta.

El rubio ahogó una risa, tenía razón. Odiaba a las personas arrogantes, sin embargo Kuroo y su arrogancia eran algo refrescante y gracioso – Será mejor que limpies tu desastre.

La sonrisa se Kuroo se ensanchó volviéndose casi perversa y traviesa – Bien, pero no me culpes por lo que pueda pasar.

Confundido, Tsukishima observó como Kuroo se acercó hasta quedar a escasos centímetros de su entrepierna y con incredulidad vio cómo pasó la lengua por su labio inferior, y luego su cuerpo reaccionó con un escalofrío y sus manos se aferraron al borde de la mesa. Kuroo era un desquiciado, un loco que jugaba con su cuerpo como si le perteneciera y a quien parecía no importarle el momento o el lugar siempre y cuando obtuviera placer en ello ¿Realmente quería involucrarse con un hombre así? Era una locura impensable, pero sí.

Ya no iba a pensar en las consecuencias, nada importaba cuando estaba con él. Lo quería, lo deseaba e iba a disfrutarlo el tiempo que durara.

La puerta se abrió y la elegante figura de Oikawa se hizo presente, las orbes doradas de Tsukishima se desviaron de la revista entre sus manos y se posaron sobre él.

– ¿Podemos irnos ya? – preguntó con claro tono de indiferencia.

Oikawa hizo una ceja y lo miró con sospecha – ¿Sin quejas está vez?

– Tengo hambre y llevo esperando aquí casi vente minutos.

– ¿Es un reproche? – Oikawa sonrió – Si quieres que pasemos más tiempo juntos solo dilo, has estado muy solo en casa últimamente. – el castaño llegó hasta él y de un tirón lo atrajo pegando su cuerpo contra el suyo – Es normal que me extrañes – con una mano tomó rostro con el fin de darle un brusco beso y con la otra frotó su cintura arrancándole un ligero jadeó que hizo sonreía al mayor.

Tsukishima maldijo a su aún sensible cuerpo y a Kuroo por atreverse a hacer lo que hizo hace solo unos minutos. Si Oikawa lo notaba... sorpresivamente, el castaño se apartó de él y mirándolo de pies a cabeza sonrió, confundiéndolo ¿Había notado él sabor de Kuroo en sus labios o el olor de su cuerpo en su ropa? No, no estaría sonriendo así de haberlo hecho.

Había deseo en su mirada, una clase de deseo diferente al que había visto en los ojos de Kuroo y que le hizo preguntarse si irían a almorzar como habían planeado o si su camino tomaría un desvío.


.X.

Akaashi detuvo en seco su andar causando que un par de personas chocarán contra su espalda. Estaba exhausto, su trabajo en el hospital requería de toda su concentración y sabía, por experiencias pasadas, lo que el cansancio hacía con la mente. Sin embargo estaba seguro de que no podía atribuir a su extenuación lo que sus ojos estaban apreciando; a unos metros en la acera contigua, mezclado entre un gran cúmulo de personas, una conocida cabellera rubia se alzaba por sobre las demás.

No era usual ver al rubio solo, sin embargo había ocasiones, cuando Oikawa se ausentaba de casa por ejemplo, en las que salía a tomar un respiro a su cafetería favorita. No le habría sorprendido que ese fuera el caso en esa ocasión, sin embargo esa cafetería estaba a más de diez cuadras y definitivamente no se encontraba dentro de un solitario y oscuro callejón.

Akaashi no se consideraba una persona a entrometida, su curiosidad podía ser fácilmente suprimida por su prudencia, sin embargo en esta ocasión era diferente. Conocía a Tsukishima desde que ambos usaban pañales y era consciente de las circunstancias de su vida y del extraño dilema moral en el que se encontraba.

Cruzó la calle con la señal del semáforo y lentamente asomó la cabeza por el callejón; dentro una silueta conocida fue aprisionada contra la pared por otra silueta fornida y de hombros anchos ¿Era enserio? ¿Tsukishima había accedido a continuar con esa inapropiada aventura? No era su asunto, lo sabía a la perfección. La vida de Tsukishima le pertenecía solo a él y debía respetar sus decisiones.

No debería entrometerse en sus asuntos, sin embargo no pudo evitar seguir detrás de esas siluetas que, tambaleándose, se perdían más y más dentro del callejón. Porque la imagen de un Tsukishima volviendo de su noche de bodas en un estado lamentable aun rondaba en su cabeza, sabía de lo que Oikawa era capaz, sabia de lo cruel que podía llegar a ser y de lo mucho que disfrutaba de esa crueldad. Era un hombre caprichoso y de cierta forma vanidoso, que disfrutaba de la envidia que despertaba poseer algo que otros también desean, también era un hombre orgulloso y celoso. No quería ni imaginarse lo que haría si descubriera lo que Tsukishima estaba haciendo.

La oscuridad caía sobre la ciudad, dificultando más su camino por aquel callejón que parecía estrecharse cada vez más. Elevó la cabeza hacia el cielo y observó cómo los tonos dorados y rojizos de la puesta de sol desaparecían convirtiéndose en oscuridad ¿Hacia bien en seguirlo? ¿Hacia bien en tratar de detenerlo? Era justo para Tsukishima querer buscar una experiencia diferente a la que Oikawa le ofrecía, se alegraba por él, sin embargo tenía el terrible presentimiento de que si mantenía su relación con aquel hombre, Kuroo, las consecuencias iban a ser terribles.

Se detuvo frente a un establecimiento cuyas luces de neón iluminaban la oscuridad que le rodeaba ¿Un bar? ¿Qué rayos hacia un bar en el rincón más profundo de una intrincada red de callejones? Sospechoso, ese lugar gritaba sospechoso ¿Tsukishima iba a estar bien ahí dentro con el hombre al que él mismo había catalogado como un loco?

Un corpulento hombre vestido de traje le permitió el pasó y caminó por un corto pasillo. Sin dudas era un lugar peculiar; pequeño, de aspecto confortable y elegante, distaba mucho de la imagen que se había pintado en su mente al apreciar la lúgubre fachada.

El sonido del saxofón acompañado de batería y trompeta lo envolvió. Akaashi amaba el jazz y sus acordes elegantes y sensuales, que lo enviaban a otro mundo.

En la pista de baile, iluminada como si fuera una luna llena en medio de la oscuridad de la noche, dos parejas bailaban al ritmo de la música. Era perfecto, un lugar excelente para escuchar música y charlar mientras se disfruta de un trago, o al menos eso fue lo que creyó hasta que sus retinas se ajustaron a la escasa luz que rodeaba la pista y entonces comprendió el porqué de su tan "exclusiva" ubicación.

– No puede ser – a pesar de ser una persona reservada y discreta, Akaashi no era alguien puritano. Era alguien de mente abierta y no se escandalizaba con facilidad, había tenido su cuota de "aventuras" después de abandonar su hogar y creyó que ya nada lo sorprendería, pero parecía que estaba equivocado.

Sobre los largos y semicirculares sofás de cuero negro que rodeaban la pista de baile, las parejas, una sobre la otra, se regalaban besos apasionados y caricias sensuales por sobre la ropa, sin llamar la atención, como si fuera lo más normal del mundo. Tabaco, alcohol, sexo y pasión, el ambiente estaba cubierto de una sensual mezcla de esencias que erizaron cada bello de su blanca piel ¿Dónde estaba Tsukishima?

Akaashi escudriñó cada rincón del salón, deteniéndose unos segundos en cada pareja que charlaba y besaba con pasión hasta detenerse en la esquina más alejada de la puerta. Ahí estaba, con esa cínica sonrisa que usaba para ocultar su nerviosismo y esa mirada burlona que hacía mucho tiempo no le veía mostrar. Sus ojos destellaban como nunca había visto ¿Estaba bien que lo dejara continuar? De alguna forma, parecía más animado de lo que jamás había visto. No quería quitarle eso, no después de todo por lo que había pasado.

No iba a hacerlo. Hablaría después con él, esa noche era solo suya.

De pronto, Akaashi pegó un ligero salto, sorprendido, al sentir como una cálida mano apretaba su hombro y de inmediato giró encontrándose con los ojos más dorados que jamás hubiera visto.

– Vienes solo – rasposa, profunda y sensual, esa voz viajó por sus tímpanos retumbando una y otra vez en su cabeza – ¿Cómo te llamas?

– No, lo siento. Ya me iba – tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para apartar los ojos de esos magnéticos e intensos dorados e instintivamente desviarlos en dirección al rubio.

– ¿Tan pronto? Pero si acabas de llegar – insistió. Sus dorados desviándose ligeramente en la dirección en la que sus azules miraban – ¿Eres amigo de Tsukki?

– Ah…No…

Akaashi nunca se había sentido tan torpe en toda su vida, "No estoy interesado" la repuesta que estaba en su cabeza no podía ser articulada con propiedad ¿Era el ambiente del lugar? ¿Era esa mano que aún continuaba sobre su hombro como si fuera natural? O ¿Era esa extraña persona que ahora mismo lo guiaba por el salón? ¿Qué era?

La forma en la que Kuroo llevaba el cigarrillo a sus labios, preso entre los dedos índice y corazón, de alzar levemente la barbilla y la fina curva que se formaba en sus labios antes de dejar fluir el humo en volutas que danzaban en aire hasta perderse en el salón era hipnotizante y lo envolvía en un sensual halo de masculinidad.

– ¿Estás asustado, Kei-chan? – dijo con voz profunda mientras que con el dedo índice elevaba su barbilla. – ¿A puesto a que nunca has estado en un sitio como este?

– No estoy asustado y deja de llamarme así – mustió con molestia. Nunca había estado en su sitio como ese, ni siquiera sabía que existieran lugares así, pero ¿Que podía haber esperado de un bar oculto dentro de un callejón?

Kuroo apagó el cigarrillo en el cenicero sobre la mesa – ¿Por qué no? Creo que es lindo – largó una mano que el rubio tomó con una media sonrisa y lo atrajo hacia su pecho inclinándose sobre el respaldo del sofá y deslizó una de sus piernas entre sus muslos.

– Es estúpido – susurró en un suspiro. Las manos sobre su cadera quemaban por sobre la ropa. Apoyó las palmas sobre su pecho apretando ligeramente los músculos de los pectorales antes de deslizarlas hasta su cuello. – Odio que me llamen así. – le recordaba a Oikawa y no era un recuerdo agradable.

– Entonces, solo voy a llamarte Kei. También me gusta – todo era tan lento, sus manos paseándose de sus caderas hasta los glúteos y muslos, y la fricción de su rodilla contra su entrepierna. Una lentitud de le abrazaba en urgencia y necesidad, sacudiendo lo más profundo de su ser – Eres muy sexy.

– Lo sé.

– ¿Quién es el arrogante ahora? – una sensual risa fluyó de sus labios inundando sus sentidos. El calor que de sus labios desprendía era tan atrayente que inconveniente se lamió los labios, Kuroo gruñó encantado y de pronto la distancia desapareció.

Tabaco, alcohol y sensualidad mezclados en una combinación peligrosa en labios de un hombre que gritaba peligro, paralizaron sus sentidos envolviéndolo en un abandono total. Todo era tan nuevo para él, cada sacudida de su cuerpo, el deseo que emanaba del cuerpo contrario y del el suyo, y esa febril lujuria que era alimentada por la música y el ambiente.

Amplificaba cada emoción conocida y desconocida, le excitaba.

– Tu amigo está aquí – murmuró Kuroo succionando su labio inferior, Tsukishima dejó salir un suspiró y con los ojos tan empañados como los cristales de sus anteojos le miró sin comprender a que se refería – Estaba siguiéndonos por el callejón. Es lindo.

¿Siguiéndolos? ¿Alguien los siguió? Ese conocimiento devolvió un poco de raciocinio enviando oleadas de alerta a su confundida mente ¿Quién los siguió? Kuroo sonreía mostrando ligeramente sus blancos dientes, divertido por la situación. El rubio trató de voltear, pero Kuroo frustró sus planes tomándole del mentón y volviendo a estampar sus labios contra los suyos, jugueteando con su lengua.

– Kuroo – saludó una voz más grave y profunda, Tsukishima reconoció claramente la voz y recordó vagamente el nombre de su dueño, Bokuto; Kuroo volvió a sonreír y lo saludó con un movimiento de cabeza. – Encontré a un amigo de Tsukki.

Los avellana lo escudriñaron de arriba a abajo deteniéndose sobre sus ojos. Akaashi se removió incómodo, buscando una salida que sabía sería imposible y posó su mirada sobre el rubio que se limpiaba los rastros de saliva de su labio inferior con el dorso del dedo índice.

– Tsukishima...

– Akaashi...

Ambos, apreciaron el nerviosismo del otro en la expresión de sus ojos ¿Que iba a pasar ahora? Ninguno esperaba encontrarse en esta situación El ambiente se volvió extraño, una molesta timidez invadió al rubio al tiempo que el pelinegro se sentaba junto a él.

– Akaashi... Bonito nombre – murmuró Bokuto sentándose a la izquierda de Akaashi.

– Akaashi ¿Que estás...

– Lo sentó – se apresuró a decir Akaashi – Estaba preocupado por ti y no pude evitar seguirte.

Las mejillas del rubio se tiñeron de rosa ¡Akaashi lo había visto todo! Desde lo que sucedió en el callejón hasta que llegaron al bar – No hay de qué preocuparse, estoy bien...

El pelinegro sonrió – Lo sé, parecía muy cómodo hace unos momentos. Lamento haber interrumpido – observó cómo las mejillas del rubio se encendían aún más y reprimió una carcajada. Estaba nervioso, ese ambiente y las miradas de ambos hombres sobre ellos le hacían sentir tan vulnerable, sin embargo la presencia del rubio lo hacía soportable.

– Así que ustedes dos son amigos – habló Kuroo, quien llevaba otro cigarrillo a su boca.

– ¿Son cercanos? – preguntó Bokuto, quien, rechazando los cigarrillos de Kuroo, bebió de un solo tragó el contenido de un vaso de whisky. – ¿Confían en uno en el otro?

Tsukishima alzó una ceja ¿A que venían esas preguntas? Y ¿Por qué el ambiente había cambiado tan abruptamente? Fijó su mirada en Kuroo, que lo miraba con una sonrisa tan perversa y divertirá que le erizó la piel. Nunca podría adivinar en que estaba pensando. La melodía cesó y de inmediato fue reemplazada por una más suave y sensual que llenó el silencio en su mesa.

– Así es, lo somos – respondió Akaashi ante la confusión del rubio. Tenía la ligera sospecha de a dónde quería ir esas dos personas – Tsukishima y yo somos muy cercanos – dicho eso tomó el hombro del rubio y lo acercó a él – Quieren que nos besemos. – susurró lo suficientemente bajo para que solo él le escuchara.

– ¿Que...? – era una broma ¿Cierto? El sentido del humor de Akaashi siempre había sido peculiar, sin embargo no parecía estar bromeando en esta ocasión. – ¿Akaashi...?

El aludido vio en dirección a Kuroo y luego a Bokuto quienes sonreían expectantes antes de volver al rubio – Esta bien se no quieres hacerlo – Akaashi se mostraba indiferente, pero en su interior libraba una batalla entre tomar a Tsukishima y marcharse, y quedarse y dejarse llevar como había visto al rubio hacer hace solo unos instantes ¿Se estaba volviendo loco? ¿Dónde había quedado toda la prudencia de la que se jactaba? – Puedo excusarme e irme, pero terminarías solo con ellos y tendrás que...

– No...– no estaba asustado, ya no era un niño y comprendía que esa clase de situaciones a veces ocurrían, pero jamás imaginó que se vería envuelto en una. – Yo...– Un escalofrío atravesó su columna vertebral, todo eso era tan extraño ¿En verdad estaba considerándolo? No le disgustaba Akaashi, pero...

– Tienes miedo...– las palabras de Kuroo tenían cierta burla juguetona, con un deje de provocación escondida. – No te asustes, atrévete y hazlo. – sintió el inconfundible aroma del tabaco mezclado con su aliento chocar contra su cuello – Quiero verte besarlo como si lo estuvieras haciendo conmigo.

Como era posible que las palabras de ese hombre le resultarán tan estimulantes, el deseo de complacerlo y la certeza de que encontraría su propio placer al hacerlo era cada vez más fuerte.

Un rebelde y atrevido impulso nació de su pecho ¿Por qué no hacerlo? ¿Qué se lo impedía? Nada. Giró todo su cuerpo hasta quedar frente a Akaashi y con manos temblorosas, pero decididas tomo su rostro encontrando su mirada. El pelinegro asintió y Tsukishima se sintió aliviado al percatarse de que estaba tan nervioso y entusiasmado como él. Se dio impulso como un adolecente inseguro que no sabía cómo dar el primer paso y decidió que era hora de era hora de cumplir con la extraña fantasía que se había formado en su mente.

Comenzó con un beso su barbilla, luego sobre la comisura de sus labios y por último, prosiguió a besar sus labios, suaves, delgados y con un toque de vainilla. Akaashi movió su cuerpo, acercándose más hacia él; sintió su calor y su aliento mezclarse con el suyo, llevó una mano hasta su brazo y lo apretó, con la otra acaricio su cuello y Tsukishima gimió. Sintió una placentera punzada en su bajo vientre, había algo en todo eso que lo volvía demasiado morboso y estimulante, eran las miradas sobre ellos; intensas y llenas de lujuria. Calentaban sus cuerpos y volvían más frenéticos sus besos, toda la vergüenza y la duda fue reemplazada por pasión, una creciente excitación y euforia.

Entre besos fuertes y rápidos, el calor abraso sus cuerpos que se enredaron hasta el punto en que ya no se podía distinguir donde comenzaba uno y termina el otro – Parece que están disfrutando la vista – susurró Akaashi mientras deslizaba su labios hasta su cuello hasta que Tsukishima enredó los dedos en su cabello y gimió por más.

Solo un poco, entre abrió los ojos y todo su cuerpo se estremeció; dos miradas, una dorada frente a él y otra avellana detrás, brillando como la luna llena rodeada de oscuridad, era impresionante y excitante. Su mesa se volvió un universo diferente del que los rodeaba, debería de haber sentido pánico; estaban en un sitio desconocido, con dos hombres prácticamente desconocidos y haciendo algo que despertaba sensaciones desconocida, sin embargo todo parecía tan bien y correcto.

De repente un par extra de manos de unió a las que le acariciaban y su nuca fue atacada con ahínco por unos candentes labios – Bokuto ¿Sabes que es mejor que ser un espectador? – Tsukishima se mordió los labios y arqueó la espalda echando la cabeza hacia atrás.

– Formar parte del espectáculo – exclamó al tiempo que acaricia el lóbulo de la oreja de Akaashi con la lengua quien gimotea debido a la sorpresa y repentino placer que esa acción acompañada del movimiento de sus manos sobre su cuerpo provocó. – Déjenos formar parte del espectáculo – el calor que le invadió en la entrepierna fue insoportable; su piel, su cuerpo, todo estaba en llamas. Su necesidad, deseo y lujuria fueron alimentados por cada toque de esas manos sobre su cuerpo, impidiéndole pensar en nada más.

– Verte así me provoca, Kei – Kuroo pegó su cuerpo contra su espalda, estaba duro y eso lo excito hasta la locura – Te deseo…– sus palabras, fueron la chispa que avivó el fuego que corría por sus venas. Se sentía perverso teniendo esas manos sobre su cuerpo, era inapropiado, indecente y se sentía malditamente bien.

Entonces una nueva sensación nació en él y se percató de que no había sido el mismo por años. No tenía que guardar las apariencias, no tenía que fingir, era solo él y se sentía tan bien…


.X.

Akaashi dejó escapar un prolongado gemido que resonó en el pequeño cubículo ¿Cómo había llegado ahí? Todo recuerdo y pensamiento era confuso en su mente. Recordaba haber besado a Tsukishima, sentir otras manos sobre su cuerpo, desprenderse de una de sus fuentes de calor y... ¿Qué pasó después?

– Hueles muy bien – sus manos acarician su cintura y abdomen por debajo de la ropa. Akaashi enredó los dedos en su suave cabello al tiempo que Bokuto pellizca sus pezones endureciéndolos y enviando deliciosas pulsaciones a su entrepierna – Akaashi...– sintió su respiración chocar contra su piel, caliente y sensual.

– ¡Bokuto-san! – jadeó tirando de su cabello arrancándole un gemido placentero, que no hizo más que excitarlo.

¿Drogas? No, estaba plenamente consciente cuando accedió a subir a su auto, también lo estaba cuando aceptó subir a su habitación. Entonces ¿Qué pasó? ¡Oh! ¡Si! Fue un beso, un solo maldito beso, que tuvo el efecto que tendría la droga más poderosa sobre su cuerpo ¿Era eso normal? Su mente científica no podía creerlo, pero a su cuerpo le importaba una mierda. Ya se había abandonado.

Su cuello recibió una lluvia de besos y mordiscos que arrancaron múltiples gemidos de su garganta – ¡Oh! Por favor...– jadeó. El deseo vibraba en cada fibra de su cuerpo, todavía no lo había penetrado y estaba a punto de correrse.

– Por favor ¿Qué? – el pelinegro entreabrió los ojos encontrándose con unos dorados que destellaban con anhelo y pasión. Sus manos no se detuvieron en ningún momento, frotaban, pellizcaban, apretaban y tiraban de sus pezones arrancando gemidos que solo aumentaban de volumen.

Akaashi apretó más su agarre en su cabello – Jodeme, aquí ahora. Jodeme...– los labios de Bokuto se curvaron en una inquietante y sensual sonrisa y sus ojos destellaron traviesos.

Cazó sus labios como un depredador, atacándolos sin compasión – Voy a joderte en este elevador, en el pasillo, contra la puerta de mi habitación y por último sobre mi cama...– volvió a besarlo con toda pasión y en un abrir y cerrar de ojos giró su cuerpo apretándolo contra la pared. Jadeante, Akaashi balanceó su trasero contra su erección, recibiendo un gemido ronco de labios de Bokuto.

– Maldición ¡Sí! – Era maravillosa la forma en la que su cuerpo reaccionaba, no podía esperar a tenerlo dentro, no podía esperar a sentirle arremeter su entrada con todas sus fuerzas. No se había sentido tan necesitado en toda su vida.

Con dedos hábiles, Bokuto le desabrochó los pantalones y los deslizó hasta sus muslos separándole las piernas. El sonido del zipper hizo pulsar su ya humedecida entrada en anticipación, giró su rostro y de inmediato su cuerpo tembló y sus ojos se abrieron en sorpresa.

– Lo sé, gracias – murmuró Bokuto, con total satisfacción sosteniendo su imponente erección entre sus manos.

¿Es muy tarde para huir? No, no quería huir. Su cuerpo se mantuvo contra la pared temblando, expectante a las manos que se paseaban por sus glúteos apretándolos sin pudor. La espera lo estaba matando, lo envolvía en una tormenta de desesperación y deseo. Quería perderse en él. Entonces, apretó los dientes y dejó salir un gemido gutural al tiempo que uno de sus dedos se introducía. Impulsó la cadera hacia atrás en una orden silenciosa que Bokuto acató introduciendo otro dedo y moviéndolos con tal calma que Akaashi no pudo creer que estuviera apuntó de correrse.

Su lentitud, su precisión y la ardiente fricción en su interior lo enloquecían al punto en que sus gemidos se volvieron gritos de éxtasis.

Bokuto mordió su nuca y lamió el área con sensualidad antes de introducir un tercer dedo que le hizo delirar – Estás muy mojado...¿Crees que podría...

– ¡Si! Por favor...

Akaashi no fue capaz de recordar cuando o si alguna vez se sintió tan necesitado como lo estaba en ese momento, nunca había sentido tanto deseo por un hombre al que acababa de conocer. Jamás se había planteado buscar sexo de una sola noche, la idea siempre fue impensable para él, sin embargo con Bokuto fue tan sencillo como parpadear. Solo bastaron un par de palabras y una agradable y sugerente sonrisa que poco ocultaba sus intenciones.

Bokuto le separó los glúteos y acercó la punta rozando su entrada, y el contacto de la carne caliente contra la sensible de su entrada tensó su cuerpo. – Estás muy apretado...relájate – murmuró con dificultad.

Contuvo la respiración y dibujó una sonrisa en su rostro, estaba disfrutando de cada interminable centímetro de esa piel caliente introduciéndose. Sufriendo y disfrutando por partes iguales de el ardor y presión en su entrada, de las manos cuyas uñas se enterraron en su cadera, del aliento y respiración de Bokuto sobre su nuca.

El bicolor se detuvo solo unos segundos y el pelinegro no pudo evitar dejar salir un gemido de protesta que inmediatamente se convierte en un grito ante el atrevimiento de clavársela en una sola estocada.

Su pecho pegado a su espalda quemaba y su erección enterrada hasta la raíz en su entrada ardía, pulsaba en cada una de sus venas, era el infierno y la gloria. – ¡Mierda!...¡Mierda!...– Bokuto salió, despacio, suave y lento, sujetó sus caderas con decisión y se impulsó hacia adelante atravesándolo con una violenta estocada. Ambos gritaron al unísono y un sensual baile de estocadas secas e intensas acompañado de una orquesta que gemidos, gritos, jadeos, sollozos y vulgares incoherencias dio inicio.

– Eso es – el pelinegro bajó la cabeza pero Bokuto le tiró del cabello obligándolo a levantarla – Te mueves muy bien...– masculló girando su cabeza y besándolo una y otra vez. Furioso y sublime.

¿Lo hacía? ¿Se estaba moviendo? Su cuerpo reaccionaba a cada descarga eléctrica que provocaba cada certera envestida. Se sentía mareado, sofocado y al punto del colapso. El placer se profundizó y se retorció furioso en su pecho. Sin escapatoria, sin salida, estaba perdido en Bokuto – ¡Destrózame! ¡Hazlo!

Su voz era irreconocible incluso para Akaashi, la intensidad que lo llenó en cuando Bokuto golpeó su próstata fue más de lo que su cuerpo pudo soportar y le obligó a gritar como poseso. Sus manos arañaron las paredes del ascensor y cuando creyó que no podía ser más intenso, el bicolor agilizó el ritmo y jadeó completamente ido.

Akaashi cerró los ojos entregándose a las nuevas sacudidas tan violentas y aceleradas que amenazaban con destrozarlo por completo. Su entrada se contrajo en cada embestida y su erección palpitó anunciando el clímax. La esencia de su orgasmo inundó sus fosas nasales hasta estallar en una explosión que envió oleada tras oleada de estremecimientos uno más intenso que el otro a su cuerpo. Sus labios temblaron y se dejó ir con un gemido frenético y desesperado.

El calor abrasador de la semilla de Bokuto disparándose a chorros en su interior le hizo convulsionarse hasta deslizarse al suelo con el cuerpo contrario aun arremetiendo contra él.

Paz, tranquilidad y un inmenso y agradable calor envolvieron su cuerpo, su orgasmo aún pulsaba con pequeñas descargas que contraían su entrada aún llena. Toda experiencia anterior de pronto se volvió sosa y aburrida, no podía siquiera compararse a lo que acababa de experimentar. Era una locura, demasiado buena para ser cierta, sin embargo lo era, la prueba de su pasión se deslizaba en hilos blanquecinos por la pared.

Tras unos segundos la razón volvió por momentos a su mente, su cuerpo aún vibrante fue girado y sus labios atrapados con vigor por una boca ansiosa y picante.

– Sexo en el elevador, listo – murmuró sobre sus labios, como si estuviera tachando la acción de una lista. Akaashi se levantó apoyándose contra la pared en un recorrido que parecía imposible, las piernas le temblaban como gelatina, no respondían, sus manos temblaron y antes de que resbalara al suelo, Bokuto lo sostuvo de la cintura y volvió a plantarle un beso fogoso – ¿Continuamos?

Era una broma ¿Cierto? Su rostro, esa sonrisa y el brillo de emoción en sus ojos volvieron a atraparlo y entonces se percató de que no estaba bromeando, iba a continuar y su cuerpo estaba más que dispuesto a seguirle el juego.


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Desde el portal del cuarto de baño, Kuroo contempló el cuerpo desnudo que yacía dormido sobre su cama. Perfecto, no había otra palabra para definirlo, su blanca piel de porcelana resaltaba sobre las sabanas negras de satén; cada parte de él, hasta la más pequeña, bastaba para llevarlo al éxtasis.

Se aproximó hacia la cama como un felino, devorándolo con la mirada, y deslizó la sabana que cubría la parte baja de su cuerpo hasta dejarlo completamente desnudo y a su merced. Era extraordinario que, a pesar de haberlo tenido retorciéndose debajo de él solo hace unos minutos, su cuerpo aun lo deseara. No era suficiente, su pasión solo aumentaba en lugar de decrecer ¿Por qué? ¿Qué hacía tan especial a Tsukishima Kei? ¿Qué lo diferenciaba de sus anteriores amantes?

Una belleza, sin dudad lo era; sus labios, naturalmente rosa, estaban inyectados de un rojo intenso y tentador, sus hebras doradas adheridas a su frente y parte del rostro le daban un aspecto rebelde y su piel, tan blanca y delicada, le invitaba a lamerla. Tentado, deslizó su mano sobre la parte posterior de su muslo y rozó con los dedos la carne sensible hasta llegar a sus glúteos. Tsukishima se removió sin despertarse.

Kuroo sonrió, era imposible resistirse a tocarlo, a querer probarlo, ansiaba deleitarse con su sabor. Arrodillándose sobre la cama, Kuroo se inclinó y trazó un camino de besos y caricias de sus muslos hasta sus firmes glúteos; volviendo más acelerada la respiración del rubio. Volvió a sonreír extasiado por su reacción, despierto o dormido, Tsukishima no dejaba de tentarlo. Era tan inesperadamente excitante, detenerse ya no era una opción. Mordió uno de sus glúteos arrancándole un jadeo y los separó con ambas manos.

Tsukishima aun dormía aferrándose a la almohada con ambas manos y el imperioso deseo de hacerlo gritar se instaló en su pecho, era otra novedad de las muchas que probablemente descubriría. Se inclinó hacia delante, con la nariz a una pulgada de la rosada entrada del rubio y se lamio los labios; quería golpear ferozmente su nuevamente palpitante erección contra su estrecho canal en ese mismo momento ¿En algún momento estaría saciado de él? quería descubrir la respuesta.

Comenzó a lamer el círculo rosáceo de músculos provocando que esta se contrajera al tiempo que Tsukishima gemía y el deseo de hundirse en cuerpo, mezclarse con su aroma y sabor se hizo más fuerte. Cediendo a la tentación, introdujo su lengua hasta lo más profundo de su resbaladizo túnel y saboreó la esencia de ambos mezclados. Sus manos apretaron sus glúteos y su lengua buscó, travieso el punto que sabía lo haría volver del mundo de los sueños. Entonces, las caderas del rubio se elevaron y un dulce grito escapó de sus labios.

– ¡¿Qué…Kuroo…¿Qué estas…Ahh – su entrada pulsaba alrededor de su lengua y la sintió humedecerse al tiempo que lo penetraba más profundo y retorcía la lengua. – De-Detente…– susurró en un jadeo que le hizo sonreír. No iba a detenerse y era obvio que Tsukishima no quería que se detuviera. Su cadera se balanceaba cada vez más rápido contra su lengua y los gemidos y suspiros que se deslizaban de sus labios eran cada vez más fuertes y excitantes.

– Si quisieras que me detuviera no estarías gimiendo así – dijo Kuroo masajeando sus glúteos antes de apartarse e introducir dos dedos en su entrada – No hay mejor forma para despertarse que está, Kei. No me molestaría que hicieras lo mismo conmigo – era adorable con esa mirada molesta y avergonzada en el rostro, era excitante la forma en la que se debatía entre la molestia y el placer que sus dedos de proporcionaban. Le provocaba querer molestarlo más.

– ¿Qué hora es? – preguntó enterrando las uñas en la almohada.

El pelinegro hundió sus dedos hasta la base alcanzando ese dulce punto que le hizo arquear la espalda; el rubio mordió sus labios suprimiendo el sensual gemido que tanto ansiaba escuchar. Le encantaba lo obstinado que era – Más de media noche.

– ¿Ya es tan tarde? – murmuró tratando, sin hacer mucho esfuerzo, de levantarse – Tengo que...

– No – susurró Kuroo impidiéndole moverse apoyando la mano sobre su espalda baja – Aún no – dijo sacando los dedos de su entrada y recibiendo un gruñido de protesta – Te deseo, Kei. Deja que te joda hasta saciarme… – sus carnosos y atrevidos labios se arquean con desfachatez cuando guío su mano hasta sus labios y comenzó a besarlos uno a uno limpiando con la lengua los restos su dulce néctar.

– ¿Seguro que puedes? Te vez cansado.

Ahí estaba otra vez, ese cambio que tanto lo excitaba, era tan sensual la forma en la que sus ojos obstinados ojos le retaban. Era una belleza salvaje que esperaba ser domada con rudeza.

– ¿Ya te dije que me encantas?

– Siéntete libre de decírmelo cuanto quieras. – dijo elevando las caderas y presionando las contra la tela de la toalla que cubría su ya muy notoria erección.

Era maravilloso, quería saborear hasta el último centímetro de su cuerpo, despacio, devorarlo por completo. Qué no gritara ningún otro nombre más que el suyo, le hacía sentir como un adolescente impaciente y ansioso. Su cuerpo era una vendaval de lujuria y tentación que solo él podía controlar, no podía esperar, no quería esperar para estar dentro suyo.

– Me encantas – repitió Kuroo. Posó ambas manos a cada lado de su cadera sintiendo una desesperada e inexplicable ansiedad, presionó contra su entrada y mezclando su mirada con la suya se abrió paso en su interior – ¡Maldición! Eres condenadamente caliente – su entrada le apretó con fuerza, caliente, húmeda y estrecha, era un infierno de placer. Los jadeos y suspiros que el rubio soltaba estuvieron a punto de conseguir que perdiera la cabeza.

Hundió su rostro en su cuello mientras de enterraba lentamente en él, disfrutando de sus gemidos y de la mirada llena de impaciencia y necesidad que esos resplandecientes dorados le regalaban. Tsukishima olía a fresas, excitación y sexo, su voz era tan sensual, sus labios sexys y su canal húmedo y resbaladizo. Era perfecto, como si estuviera hecho solo pare él.

– Más rápido...Kuroo, por favor...– había un profundo deseo en su voz y una desesperada necesidad en sus ojos. Ansioso por molestarlo, se detuvo a la mitad del camino y masajeó con una mano su redondo trasero, Tsukishima elevó más la cadera ofreciéndose sin un atisbo de vergüenza.

– Goloso, como una puta – sensual, atrevido, sexy, erótico y perverso. Era tan difícil no desearlo, una tarea imposible no tocarlo. No podía culpar a Oikawa por querer mantenerlo encerrado en su habitación, él también lo haría se fuera suyo, sin embargo sería un crimen no presumirlo al mundo. – Tranquilo – masculló elevando la mano de su trasero y tomando impulso antes de volver a estamparla contra la firme piel. El sonido de piel chocando contra piel resonó en sus oídos haciendo eco y un ligero ardor cosquilleó en su palma.

Tsukishima lanzó un grito ahogado contra la almohada y arqueó la espalda enterrándose hasta la raíz de una sola estocada. Sus paredes internas se ciñeron sobre su miembro como si estuviera succionándolo, su miembro pulsó al ritmo de los músculos de su entrada. Magnífico, extraordinario, nunca había experimentado nada tan caliente como eso.

Despacio y procurando no dejar evidencias le besó de la nuca hasta la espalda y acarició con suaves círculos su cadera y espalda baja hasta detenerse justo sobre un moretón negro rojizo a un costado de la pelvis. Kuroo frunció el ceño y presionó el área con la yema de los dedos arrancando un ligero quejido de dolor del rubio.

– Eso duele – se quejó el rubio removiéndose hasta que sus miradas chocaron.

– ¿Que pasó aquí? – preguntó aun acariciando el área amoratada. Tenía un aspecto terrible, opacaba la belleza de su piel.

– Debí haberme golpeado en alguna parte, no le prestes atención – murmuró tratando de restarle importancia. Kuroo volvió a fruncir el ceño, parecía haber sido un golpe demasiado fuerte para haber dejado una marca como esa ¿Qué clase de persona no lo notaría? – ¿Podrías moverte ya? – un ligero empujón lo sacó de sus pensamientos y un gruñido se deslizó de sus labios.

– Por supuesto – dijo con una sonrisa – Pero antes...– se inclinó hasta quedar a la altura de ese hematoma y repartió besos sobre él tratando de convertir el dolor en placer y enorgulleciéndose por los suspiros del rubio. Deslizó su miembro hasta la punta de su entrada y volvió a enterrarse hasta la empuñadura, adoptó un ritmo salvaje e implacable, deleitándose con los gritos que nacían del placer y perdiendo cada vez más la cabeza con cada pulsación sobre su miembro.

Tsukishima se retorcía pidiéndole más y más, sus manos se aferraron a la almohada como si eso pudiera salvarlo de ahogarse en el placer. Kuroo deslizó una mano y masajeó su miembro que goteaba y pulsaba por el placer que le proporcionaba cada golpe a su interior. Lo estaba disfrutando, cada estremecimiento, cada grito, jadeó, sollozos y cada lágrima que de placer que se deslizaba de sus ojos eran la prueba.

Se dejó controlar por la lujuria y lo penetró con movimientos más salvajes y frenéticos, golpeando siempre en ese punto que le hacía apretarse más. Sin dejar de taladrarle y con un movimiento rápido, que no requirió de mucho esfuerzo, le dio la vuelta y le siguió penetrando con intensidad mientras admiraba su rostro sonrojado y como su extasiada mirada brillaba inundada de lágrimas de placer, placer que él le estaba dando.

La necesidad y el deseo, que debían estar saciados, crecían, era algo totalmente nuevo y nada desagradable. Era interesante, quería ver hasta que magnitud podía llegar a desear a Tsukishima, quería saber cuándo podía hacerle desearle antes de cansarse...


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Cerró la puerta de la habitación tras de él y dejó salir un suspiro, su cuerpo, débil y cansado, aún temblaba con los vestigios de sus múltiples orgasmos ¿Cómo pudo dejar que el deseo consumiera todo de él? Era una locura, no podía ser posible y sin embargo, ahí estaba, abrazándose a sí mismo en un vano intento de suprimir los estremecimientos de su cuerpo.

– ¿Tsukishima?

El rubio dio un ligero salto de sorpresa y giró hacia la voz – ¡Akaashi! – casi no lo reconoció, tenía el cabello desordenado, la ropa desarreglada, sostenía sus zapatos en las manos y su voz, era tan ronca y rasposa que no parecía suya. – ¿Viniste aquí con...¿Enserio? – creyó que se había ido a casa después de que él y Kuroo se marcharán, está era la sorpresa más grande que pidiera haber recibido.

El pelinegro miró por el rabillo del ojo la puerta por la que había salido y en silencio, caminó hacia el ascensor con Tsukishima detrás. Ninguno se atrevía a hablar, era un momento extraño ¿Que deberían hacer ahora? ¿Charlar sobre su experiencia como dos grandes amigas? No, ambos eran demasiado reservados como para hablar sobre eso a detalle, o al menos Tsukishima lo era. Entonces ¿Cómo deberían romper el silencio?

– Tsukishima – le llamó Akaashi; el aludido volteó – Besas muy bien.

Dejando salir un pequeño lamento, Tsukishima se cubrió el rostro con ambas manos tratando de cubrir el sonrojó en sus mejillas ¿Por qué tenía que ser siempre tan directo? – No lo digas...

Akaashi palmeó su espalda y le dio una conciliadora y divertida sonrisa que aligero la presión del momento – Es un cumplido, te aseguro que él también lo piensa – su sonrojó se extendió hasta sus orejas y la sonrisa del pelinegro se ensanchó. Al menos él se estaba divirtiendo – Te ves destrozado.

A través de sus dedos contempló el reflejo que la pared del elevador le devolvía y confirmo que "Destrozado" era la palabra perfecta para describir su aspecto – Tu no te ves mejor que yo.

– Lo sé – murmuró dejando que sus mejillas se tiñeran levemente de carmin. Fue una noche larga, la más larga de su vida – Son las tres de la mañana ¿Vas a pasar la noche en mi casa?

– ¿Puedo?

– Por supuesto – respondió Akaashi haciendo una pasua – No vas a dejar de verlo ¿Verdad? – Tsukishima negó con la cabeza con decisión – Solo ten cuidado...¿De acuerdo?

– ¿Tú vas a seguir viéndolo?

Akaashi se removió – ¿A él? No – tanto Kuroo como Bokuto, no parecían la clase de personas que se comprometían, comprendía eso. No esperaba más de lo que ya había obtenido y tampoco lo quería. – ¿Vas a estar bien cuando vuelvas a casa?

Tsukishima asintió. Oikawa no pasaría la noche en casa, era el día de la semana en el que vería a su amante o a uno de sus amantes, y probablemente no lo vería hasta el anochecer. Estaba cubierto y esperaba continuar así hasta que su relación con Kuroo terminara…

Volvió a la mansión cerca de las ocho, las pocas horas que durmió no ayudaron a reducir el peso del cansancio sobre su cuerpo, sus piernas temblaban como flan con cada escalón que subía, sus muslos hormigueaban y la cadera lo estaba matando. Solo quería tumbarse sobre la cama y dormir hasta el día siguiente, pero probablemente no podría hacerlo.

– ¿Te divertiste anoche? Kei-chan – sentado en el sofá individual junto al arco que divide la pequeña biblioteca de su dormitorio con la cama, Oikawa lo miraba penetrante. – Llame a casa de tus padres y me dijeron que no pasaste la noche ahí ¿Dónde estabas?

Sin inmutarse por el tono autoritario del castaño, Tsukishima respondió – Estaba con Akaashi, fuimos a beber y él me dejo quedarme en su casa. Estuvimos juntos todo el tiempo – técnicamente no estaba mintiendo, estuvieron, sin saberlo, en el mismo edificio todo el tiempo.

Él lo llamó con una mano y a regañadientes Tsukishima tuvo que acercarse y cuando estuvo frente a él lo atrajo con violencia a su regazo – Tu eres de mi propiedad, no puedes salir de noche sin decírmelo. – Tsukishima resistió la dolorosa presión de su brazo desviando la cabeza, acción que el castaño aprovechó para hundir la nariz en su cuello – Hueles diferente ¿Con quién te revolcaste? Zorra.

Tsukishima rodó los ojos, probablemente a Oikawa no le importaba en absoluto eso, lo conocía lo suficientemente bien para saber que solo estaba buscando una excusa para castigarlo. Disfrutaba demasiado haciéndolo, le daba placer.

Frunció él lentamente las cejas – ¿No hablas? ¿Debería tomar tu mutismo como un sí?

– Tómalo como quieras, tu sabes que nada pasó – de nada servía tratar de razonar con él, no iba a malgastar su energía tratando de convencerlo. Nunca lo había logrado antes, no iba a malgastar la poca energía que le quedaba ahora porque al parecer iba a necesitarla.

– ¿Lo sé? ¿En verdad? – Estrechándolo aún más con un brazo, le cubrió el cuello de besos y mordiscos – Siempre tan frio – le reprocho con rabia – Sera mejor que aprendas a obedecerme, ya estoy harto de tener a un tempano de hielo entre mis brazos – de un solo tirón de despojo de su camisa y contemplo su blanca piel antes de acerarse y morder uno de sus pezones. Dolía, estaba acostumbrado a ese dolor.

– Compraste mi cuerpo, no mi sumisión.

Oikawa sonrió liberándole de la presión de su cintura – Lo sé, conseguir tu obediencia es mi placer personal. Pero…– presionó las palmas sobre su cadera enterrando los dedos dolorosamente y de un solo movimiento lo arrojó al suelo – Ya me estoy cansando. Si no me obedeces pronto, entonces vas a obligarme a ser más drástico contigo. – se levantó de su asiento, se aproximó a él y le tomó el mentón con una mano – ¿Lo entiendes? Kei-chan.

El rubio se deshizo de su agarre desviándola cabeza, odiaba ese tonto y despectivo apodo, odiaba que lo tocara. Odiaba estar casado con él, pero esa esa era su vida y de alguna forma fue su elección.

– Siempre tan digno – mustio con molestia – Esta noche vas a abrir las piernas para mí y espero que al fin olvides ese estúpido orgullo tuyo. – caminó hacia la puerta y se detuvo antes de abrirla – No hagas nada que pueda destara mi ira, los tengo en mis manos ¿Qué no se te olvide?

Se incorporó del suelo dejando salir un sonoro suspiro después de incorporarse del suelo y se dejó caer sobre el suave colchón de la cama. Su vida era estúpida y aburrida, estaba ya cansado de todo y de todos; no podía solamente dejar a Oikawa, él no permitiría semejante humillación, jamás dejaría que lastimara así su orgullo. Era perfectamente consciente de que las consecuencias serían devastadoras si descubría su engaño, sin embargo iba a correr el riesgo, era su única salida de esa vida.

Kuroo era el único que podía hacerle olvidar todo, era la única persona con la que podía sentirse libre. Vivo. Como nunca antes se había sentido, como nunca nadie le había hecho sentir, ya no tenía ninguna duda, iba a continuar con viéndolo. El tiempo que durara, hasta que su cuerpo ya no desatara pasión en él y entonces guardaría ese recuerdo en su memoria.

No iba a amarlo y sabía que Kuroo tampoco lo amaría, porque no eran esa clase de personas, porque no buscaban esa clase de relación.


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