Propuesta irresistible
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Capitulo 4
.X. Actualización .X.
Después de mucho tiempo ya estoy de vuelta con este fic XD habría querido hacerlo antes, pero la laptop viejita que usaba murió :')
Lamento la demora.
.X.
Sentado en silencio, con un semblante que mostraba total serenidad e indiferencia, Tsukishima escuchaba el monótono tic-tac del reloj, extrañamente acompasado el latir de su corazón, mientras observaba al pelinegro frente a él.
Llevaba haciendo esto desde hace tiempo y en ningún momento se sintió tan nervioso como ahora.
– Tsukishima – habló el pelinegro, más serio de lo que usualmente era; el cuerpo del rubio se tensó – Es negativo...como siempre...
Sus hombros se relajaron, dejó salir un suspiro involuntario de alivió y miró a Akaashi, quien sonreía ligeramente; parecía que realmente estaba disfrutando esto.
– ¿Tienes lo que te pedí?
– Como cada mes – respondió tendiéndole una pequeña bolsa blanca de papel – Añadí algo extra en esta ocasión, sé qué no te gusta pero es necesario...– dijo inclinándose hacia el frente con una muy poco disimulada sonrisa.
Tsukishima frunció el ceño, esa sonrisa no presagiaba nada bueno ¿Que podría ser "ese algo" del que hablaba Akaashi? Introdujo la mano dentro de la bolsa y extrajo una caja roja rectangular de no más de cinco centímetros de ancho; una caja de preservativos ¿Era una broma?
– No estoy tratando de jugarte una broma ¿De acuerdo? Solo estoy tratando de cuidarte – Tsukishima alzó una ceja – Las pastillas anticonceptivas pueden fallar y creo que eres consciente de esa posibilidad, de no ser así no te habrías hecho esa prueba antes de la fecha usual.
A Akaashi no se le escapaba nada ¿Cierto? Tenía razón, tener un amante era algo nuevo para él y a pesar de que parecía estarlo manejando bien, había momentos de duda. – Es excesivo...no los necesito – dejó la caja sobre la mesa y la deslizó hacia el pelinegro, quien la tomó.
No podía conservarlos ¿Dónde iba a ocultarlos? Ya era bastante difícil ocultar sus anticonceptivos de Oikawa y los sirvientes de la casa, no podía arriesgarse más de lo que ya había hecho. A demás...
– Sé que no te gustan, pero dada tu reciente doble vida creo que son muy necesarios – fijó sus ojos sobre los suyos y deslizó la caja en su dirección posando los dedos índice y corazón sobre ella. – No puedes arriesgare más de lo que ya lo has hecho...sé que no puedo detenerte, pero al menos puedo cuidarte.
– Si, bueno. Eso es el punto de usar esto ¿No? "cuidarse" – ironizó alzando la caja. – Se cómo cuidarme, no los necesito.
– Los necesitas...
Era ridículo. Eso se estaba asemejando cada vez más a la clásica charla sobre sexo que un padre tendría con su hijo; pero, por supuesto, lo que Akaashi sabía de él no era algo que un hijo diría a su padre o a nadie más. El pelinegro conocía cada uno de sus secretos; desde el más ridículo hasta el más vergonzoso de ellos, confiaba en él. Sin embargo en muy contadas ocasiones, indirectamente, utilizaba esa información en su contra.
– Escuché que esa persona está en la ciudad – apoyó los codos sobre la mesa, entrelazó sus dedos y apoyó la barbilla sobre ellos. Tenía el aspecto de todo un líder mafioso en esa posición – ¿Cómo está tu hermano? Hace mucho que no hablo con él...– Tsukishima se tensó y sus labios se cubaron en una sonrisa que dejaba entre ver sus intenciones.
– Está bien, voy a tomarlos ¿Feliz?
– Mucho – Akaashi sonrió complacido.
Sabía que no sería capaz de ir y delatarlo con Akiteru, esa era exactamente la razón por la que confiaba tanto en él, sin embargo a veces podía sonar muy convincente y Tsukishima prefería no tentar a su suerte.
Fue algo que ocurrió ya mucho tiempo, había quedado en el olvido, él mismo podía ir, decírselo y terminar de una vez con todo; pero prefería evitarse una reprimenda y una larga y aburrida charla sobre el decoro y el buen orden que alguien perteneciente a su posición social debe llevar.
– Lamento haberte molestado, debes estar ocupado – devolvió la caja a la bolsa y se levantó con lentitud de su asiento.
– ¿Está todo bien?...¿Tu cuerpo está bien? – preguntó cambiando su expresión a una más seria.
Tsukishima se encogió de hombros – Nada que un par de analgésicos no puedan calmar – había estado en peores condiciones antes, aprendió a manejarlo.
Hubo un momento de silencio, sabía lo que Akaashi estaba pensando, conocía a la perfección las palabras que quería decirle aunque no las pronunciara, pero era algo imposible de hacer. Dejarlo no era tan sencillo, tenía a su familia en la palma de su mano; podía destruirlos en cualquier momento...por simple capricho y nadie podía hacer nada al respecto.
Ni siquiera Akaashi podía, él, de alguna forma, también estaba en sus manos. Su hospital prácticamente se mantenía gracias a las donaciones de empresarios que querían enaltecer su nombre e hinchar su ego llamándose a sí mismos filántropos y quedar bien frente a la opinión pública. Recibían donaciones de muchas personas, grandes sumas que eran destinadas al mantenimiento y expansión de las instalaciones, pero todos sabían que nada de eso sería posible de no ser por Oikawa. Fue el quién renovó el interés público por la atención médica y también podía ser el quien lo retirara.
Era una excelente forma de mantenerlo con la boca cerrada.
El sonido de alguien llamando a la puerta llamó su atención, rompiendo atmósfera que se había formado entre ellos y la voz de la chica pelirroja que ingresó justo después, rompió el silencio.
– Te llegó otro – dijo ella sosteniendo con dificultad un enorme y claramente costoso arreglo floral de rosas violetas y blancas – ¿Que debería hacer con él? La habitación ya está llena – preguntó ella con mirada afligida.
– Puedes dejarlo aquí...
Tsukishima alzó una ceja mientras observaba las flores sobre el escritorio de Akaashi, era una enorme canasta que ocupaba más de un cuarto de la mesa; llamativa y ostentosa no combinaban en absoluto con la sencillez del lugar ni con la del pelinegro.
¿Quién enviaría algo así?
– No preguntes – dijo Akaashi sosteniendo una pequeña tarjeta marfil con el logo de una importante florería.
– Te veré el próximo mes. – se despidió el rubio con una ligera sonrisa en el rostro y se marchó cerrando lentamente la puerta. Parecía que Akaashi estaba teniendo un día interesante.
No era extraño que el pelinegro recibiera obsequios, siempre fue popular, era la clase de persona que capturaba la mirada de otros sin siquiera proponérselo y era más que claro que más de uno de sus benefactores estaban interesados en él. Sin embargo nadie nunca había llenado una habitación entera de regalos, era una novedad, pero jamás algo que creyó imposible.
– ¡Vaya! Pero si es Tsukki – el rubio detuvo su andar y poso sus ojos sobre el dueño de aquella profunda voz.
No creía en las casualidades, pero en este momento estaba más que dispuesto a hacerlo, por qué de otro modo ¿Cómo podría justificar que la respuesta a aquella pregunta no pronunciada hace unos minutos estuviera saliendo de un muy vistoso automóvil deportivo? Era una muy enorme casualidad – Bokuto-san.
El aludido arrugó el entrecejo y negó con la cabeza mientras se acercaba a él – No, háblame sin formalidades...puedes perder el decoro también conmigo – sus áureos ojos se deslizaron intensos sobre su cuerpo, con un interés tal que quemaba como ácido su piel bajo la tela su ropa. No retrocedió, a pesar de que ese habría sido su primer impulso, y permitió que él realizara un indecoroso análisis de su cuerpo.
Una sensación similar a lo que experimentó con Kuroo explotó en cada vértebra de su columna y se permitió realizar la misma acción que Bokuto; Kuroo era mucho más alto que él, pero sin duda su espalda era más ancha que la suya y sus brazos...parecían tener el poder suficiente como para asfixiarlo con tan solo un abrazo, casi podía sentir que perdía el aliento. Sus manos, tenía palmas grandes, sin embargo los dedos del pelinegro eran más largos y malditamente hábiles...podían hace maravillas.
– ¿Estás enfermo? – su mirada, al igual que la suya, se posó sobre sus ojos cuando al fin estuvo satisfecho con su detallado análisis.
El rubio carraspeó, componiendo su semblante, tenía calor – En absoluto, solo estaba de visita – dirigió dorados ojos hacia el ramo de rosas, de un impresionante rojo, que el mayor sostenía y volvió a su rostro en un instante – Al igual que us...– negó con la cabeza recordando su petición – Igual que tú. Ahora sí me disculpas, tengo prisa.
Se despidió con un movimiento de cabeza, pero la voz del mayor lo detuvo – Kuroo espera verte en la fiesta de esta noche, yo también voy a estar ahí, regálame un baile.
Dio media vuelta y volvió sobre sus pasos, mientras buscaba en su chaqueta – Voy a darte un consejo – tomó entre sus dedos una de las rosas, sintiendo su fina textura y arrancó un único pétalo, que posteriormente presionó entre sus labios – El prefiere las azules – silenciosa intensa, él mantuvo la mirada sobre la suya el tiempo suficiente como para que el rubio deslizara la caja que previamente había obtenido de Akaashi al interior de su chaqueta – Buenas tardes, Bokuto-san. – dijo palmeando su pecho antes de continuar su camino a su auto.
No iba a desearle suerte, era muy probable que no la necesitara en absoluto. Akaashi sabía todo de él, pero eso mismo se aplicaba a Tsukishima. Lo conocía a la perfección y podía asegurar, aunque el pelinegro no hubiese dicho palabra alguna, que no había olvidado a Bokuto.
Akaashi iba a tener una tarde interesante y estaba seguro que iba a necesitar esos preservativos más que él.
.X.
– Yukie – la pelirroja volteó – Las flores... creo que podrían alegrar a los pacientes ¿Podrías llevárselas? – no tenía sentido devolverlas, lo intentó en la mañana y solamente consiguió que enviaran el doble, y tirarlas sería un desperdicio...eran preciosas.
– Claro – la chica dejó los expedientes que sostenía e hizo amago de tomar las rosas de la mesa.
– Estás no – habló de inmediato; la chica simplemente sonrió y sin quitar esa divertida mirada de su rostro, tomó de vuelta los expedientes y se marchó.
Miró de reojo el arreglo floral a su izquierda; era impresionante...impresionantemente enorme y costoso, su salario de un mes no cubriría ni la mitad del precio de todas las que había recibido desde esta mañana. Era demasiado, había recibido obsequios similares antes, pero jamás una cantidad como esa.
Tomó una rosa blanca entre sus dedos, la acercó y aspiró su aroma cerrando los ojos; dulce y fresca, sin duda era de la mejor calidad.
Metió la mano en el bolsillo de su bata y extrajo una elegante tarjeta con flores melocotón grabadas y leyó el nombre: Bokuto Kōtarō.
Se ruborizó, no sabía que ese era su nombre completo. En ese momento estaba demasiado excitado como para siquiera pensar en preguntárselo ¿En qué demonios estaba pensando? Irse así con un completo extraño, como si fuera una puta fácil. Jamás había hecho algo así, prefería asegurarse de conocer al menos un poco a la persona antes de acceder meterse a su cama, pero en esa ocasión su sentido común se esfumó...igual que su decencia.
Él hizo que se esfumará y aunque era muy cómodo culpar al alcohol, sabía con certeza que nada había tenido que ver.
Elevó la cabeza de la tarjeta y el suspiro que iba a escapar de sus labios se convirtió en un jadeo al reparar en el hombre poyado contra el marco de la puerta, era él. Bokuto. Vestía un elegante traje gris claro que dejaba a la vista un chaleco del mismo color y una camisa blanca con una corbata azul oscuro, y entre sus manos sostenía un ramo de rosas azules; sus favoritas.
− Las rosas son hermosas, pero debo pedirle que por favor deje de enviarlas – voz serena, semblante tranquilo y una mirada sin expresión aparente; estaba haciendo un gran trabajo disimulando su sorpresa.
Bokuto sonrió − ¿Prefieres otro tipo de flor? – tomó un pétalo entre sus dedos índice y pulgar y lo acarició delicadeza. – Creo que las rosas son perfectas...son hermosas como tú.
– Ah.. – "las rosas no son tan hermosas como tú" había escuchado esa frase muchas veces antes, usualmente de personas que querían llevárselo a la cama, no de quienes ya lo habían hecho y definitivamente ninguno de ellos lo había visto con una intensidad tal que pareciera quisiera saltarle encima...como un depredador – ¿Hay alguna razón para que este aquí?
– Vine a verte – respondió como si fuera lo más obvio del mundo, caminó hacia el para entregarle el ramo, que fue recibido a regañadientes, y se sentó en la silla frente a él – La otra noche te fuiste sin decir nada.
Sí. Ese era al protocolo después de todo, uno que todos seguían. Con el tiempo y después de un par de errores, había aprendido que quedarse solo acarrearía situaciones tensas e incomodas aclaraciones. – Bien, ya lo ha hecho ¿Necesita algo más?
Inquietante, ninguna otra palabra podría definir mejor la situación; no esperaba verlo, sin embargo eso no quería decir que una parte de él no quisiera hacerlo. No lo olvidaba, no podía hacerlo; era tan difícil no recordar, no sentir sus manos sobre su piel y su calor envolverle...era tan difícil no sentir el anhelo que su ausencia provocaba.
Como si estuviera en abstinencia...ese deseo lo estaba carcomiendo.
Tenía que hacer que se marchara o nada iba a terminar bien.
Bokuto volvió a sonreír, más ampliamente y le tendió un cheque que estaba doblado en dos – Una donación.
Akaashi lo miró con desconfianza, no recibían donaciones en esa época del año y por supuesto no era él quien las recibía, al menos no cuando el director estaba en el hospital. Contuvo su sorpresa al ver la exorbitante cantidad que le ofrecía; era más de lo que Oikawa, su mayor benefactor donaba cada año, pensó en todo lo que podrían hacer con ese dinero; el mantenimiento del equipo, las renovaciones, el nuevo pabellón infantil.
Y también pensó en sus intenciones; era algo muy curioso que ocurría todos los años y estaba relativamente acostumbrado a ello, pero también era molesto y un poco denigrante que algunos hombres tomaran ventaja de esa situación para obtener un beneficio a cambio del dinero. Lo trataban como si fuera una prostituta...una muy costosa prostituta y aun así Akaashi estaba obligado a sonreír y a tratarlos de la forma más cordial posible.
– En nombre del director y de todos los miembros del hospital, le agradezco tan generoso gesto – tomó el cheque esperando que, como en pasadas ocasiones, la mano del mayor detuviera la suya, pero eso no sucedió. En su lugar recibió una divertida y casi infantil sonrisa.
– ¿Sabes? Ya nos hemos visto sin ropa, ya puedes hablarme sin formalidades.
Un intenso carmín cubrió sus mejillas, sus palabras habían traído de vuelta el recuerdo que con mucho esfuerzo estuvo tratando de reprimir desde que lo vio elegantemente recargado contra el marco de la puerta; besos, caricias, gemidos, jadeos, susurros obscenos, el dolor, el placer y el delirio que le hizo cruzar el límite de la locura, seguían tan frescos en su memoria. Como si fuera un adolecente, le habían acarreado numerosos sueños húmedos y lo sumían en un estado de ensoñación, que retrasaba su trabajo y calentaba su cuerpo en momentos poco convenientes.
Tenía que huir...
Se levantó de inmediato de su asiento, evitó que las rosas cayeran al suelo debido al estrepito y carraspeó tratando de calmarse. Tenía calor – Disculpe que no pueda quedarme a charlar, pero todavía tengo que hacer varias rondas. Con permiso – dijo educadamente.
Salió dejando a Bokuto solo en el pequeño consultorio, no fue muy educado de su parte haberlo hecho, no debió actuar así. Pero necesitaba desesperadamente un poco de aire fresco, ese pequeño espacio lo estaba sofocado...como si el infierno se hubiera desatado en ese lugar. Era diferente, extraño, no se sentía como los hombres que venía a verlo con el pretexto de hablar sobre el hospital solo para lanzarle insinuaciones y propuestas indecorosas.
Ya había dormido con él y, en su experiencia, eso mataba el interés de cualquier hombre. Pero Bokuto estaba ahí y aún parecía interesado en su cuerpo.
Una mano detuvo su andar. Firme y fuerte, le quemaba la piel debajo de la tela de su bata – ¿Te gusta la comida Italiana?
– ¿Qué?
– ¿Quieres cenar conmigo?
– No, tengo trabajo que hacer – sujetó la mano del bicolor en intento de librarse de su agarre, pero este lo sujeto con la otra. Estaba atrapado.
– Podemos ir a donde tú quieras – dijo – La cena solo es un pretexto para volver a llevarte a mi habitación. – por supuesto que sí, sus ojos no ocultaban sus intenciones en absoluto y él tampoco parecía muy interesado en hacerlo; le gustaban los hombres directos, pero no parecía correcto simplemente ceder ante los deseos de un extraño – Vamos a jugar otra vez ¿No quieres?
¿Quién demonios era este hombre? No lo comprendía, sus intenciones eran claras y a la vez tan difíciles de dilucidar. Sus ojos lo escrutaron en un dorado oscuro, casi negro, se retuvieron un segundo sobre sus labios e inconscientemente Akaashi los lamió. Con una sonrisa, volvió a posarse sobre sus ojos. Destellaban. Lo atraían como a una polilla a la luz, hipnotizante, temía quemarse.
– ¿Te incómodo?
– No...– sí, maldición ¿No lo notaba?
– ¿Y si te dijera que el cobro de ese cheque depende de esa cena? – cerca, Bokuto están muy cerca y él no podía hacer nada para apartarlo...no quería hacerlo. Una ola de calor sacudió su cuerpo ¿Por qué hacía tanto calor? ¿El aire acondicionado volvió a averiarse?
– Entonces...tendría que...reconsiderarlo – no, no, no, no. No era eso lo que quería decirle. Se suponía que su negativa era definitiva. Si se dedicará a aceptar cada propuesta indecorosa con el fin de obtener una donación, entonces el hospital sería un prostíbulo y él sería la prostituta más cotizada.
– Pero...ese de ningún modo es mi objetivo.
– ¿No?
Él estaba tan cerca que podía percibir el aroma de su colonia y su cuerpo reaccionaba instantáneamente a él. Estremeciéndose. Era una cacería, estaba tratando de atraparlo...no, ya lo tenía. Era demasiado, la corriente lo envolvió; estaba a punto de arrastrarlo, pero no está solo...los arrastra a los dos. Juntos.
Pasión y deseo, poderosos sentimientos que los cegaron, guiaron sus acciones; todo fue tan rápido...tan confuso. Un momento estaban en el pasillo y al otro se habían colado a una habitación vacía en el último rincón más solitario del pasillo, mientras se arrancaban la ropa como si la vida se les fuera en ello.
Estaba ocurriendo otra vez y estaba mal.
– ¡Oh! ¡Sí! – ronroneó el pelinegro.
El miembro de Bokuto se deslizaba una y otra vez, duro y mojado, por las paredes contraídas de su entrada. Profundo, centímetro a centímetro de carne ardiente y palpitante. Akaashi aferró las manos a la cabecera de la cama en un intento por soportar el placer que amenazaba con hacerle desfallecer. Lo había hecho otra vez, se dejó arrastrar con una facilidad alarmante ¿Que tenía Bokuto? Lo convertía en un animalito indefenso a su merced. No estaba bien, no era normal.
– La cena – susurró sobre su cuello. Ronco y cargado de deseo. – Vas a ir ¿Verdad?
No se detenía, la velocidad de sus embestidas era tal que parecía que lo partiría en dos; las manos del mayor se aferraron a sus caderas con una fuerza casi dolorosa al tiempo que Akaashi impulsaba el trasero hacía atrás. Dolía, casi como la primera vez que él lo tomo, pero no importaba, era un delirio de placer, necesitaba más. Quería ser destrozado por él, que desencajara cada hueso su cuerpo y volviera a armarlo una y otra vez hasta que estuviera satisfecho.
– ¿Vas a ir? – repitió Bokuto bajando el ritmo; el pelinegro dejó salir una exclamación al tiempo que volteaba para encontrarse con sus ojos.
No podía hablar, su boca boqueaba buscando el aire que necesitaba, pero era imposible recuperarlo. Bokuto lo estaba mirando, sus ojos brillaban aterradores y magníficos a la vez – ¡Si¡ ¡Maldición! Solo muévete y jodeme – dijo en un gemido, iría a donde él quisiera; bajaría el mismo infierno si con eso podía lograr que ese alucinante placer volviera.
Bokuto sonrió orgulloso, respondiendo a su súplica con dirigencia. Su agarre se apretó, su miembro creció estirando más su entrada y los frenéticos golpes volvieron...así como ese delicioso ardor.
Tan profundo, iba a partirlo a la mitad. Todo era bruma y placer. Ahogo el grito desgarrador que amenazó con asaltarlo, arqueó la espalda y sus músculos latieron rápidamente abrazando su miembro, negándose con desespero a dejarlo escapar. Cada embestida, su profundidad, esa que ningún otro hombre había alcanzado antes y cada lujuriosa latido de las venas de su miembro, lo estaban enloqueciendo. Tenía los ojos entornados, casi blancos, y llenos de lágrimas, un hilillo de saliva se escapó de su boca, que buscaba desesperada el oxígeno que sus pulmones necesitaban y estaba seguro de que si Bokuto no lo estuviera sujetando de la cadera caería de lleno contra el colchón. Dolía, se estaba ahogando a tal punto que creía moriría, pero no quería que se detuviera...lo mataría si tuviera el atrevimiento de hacerlo.
– Eres muy sexy... Akaashi – de pronto soltó sus caderas, salió de él casi hasta la punta, lo giró y sin darle tiempo a reaccionar se enterró en el pelinegro hasta la raíz – Y muy caliente ¿Puedo destrozarte? – el impacto fue tan intenso que lo siento hasta empotrarlo contra la cabecera de la cama y lo teletransportó a un mundo lleno de gemidos y alaridos de desesperante lujuria cuando comenzó a atacarlo con estocadas despiadadas.
– Por...por favor... rómpeme...
Mal. Estaba profanando su lugar de trabajo, tirando a la mierda su profesionalismo y sus propios principios. Era incorrecto y a pesar de que era perfectamente consciente de ello, no se detuvo, no podía. Su cuerpo gritaba en necesidad.
– Más...por favor...más...jodeme más...
Sus labios cazaron los suyos desatando una fiera tormenta eléctrica en su piel. Bokuto lo acercó más hacia él, aprisionándolo con sus fuertes brazos, hasta que ya no quedó aire entre ellos. Solo sudor, carne y una loca lujuria. Su saliva se abrió paso mezclándose por sus lenguas que se saludan con caricias frenéticas y salvajes. Sus brazos, su pecho, sus hombros, espalda y por último cabello; las manos del pelinegro exploraron el cuerpo contrario, su cuerpo se pegó al suyo y su erección se frotaba contra su pelvis mezclando sus fluidos con su sudor.
Más. Más. Su cuerpo estaba destrozado, se mantenía gracias a Bokuto, pero necesitaba más, quería fundirse en él. Que lo hundiera en perversidad. Dejó pasar sus dientes por sus labios, atrapando la suave carne y mordiéndola con vehemencia; el mayor jadeó liberando una ráfaga de aliento caliente que lo excitó, bajó hasta su garganta mordiendo la piel con los dientes y volvió a subir atrapando sus labios mientras se hundía más en él con arremetidas cada vez más fuertes y profundas.
– Voy a correrme – la voz de Bokuto era ronca, sus ojos brillaban en un salvaje destello ámbar que lo enloqueció más de lo que creyó posible, sumiéndolo en un completo estado de éxtasis. El también estaba a punto de derramar su propia lujuria y sentía su cuerpo flotar como si la gravedad no existiera.
Dentro. Ansiaba sentir aquellos chorros calientes ser disparados en su interior, hasta el fondo. Dentro. Lo quería dentro – Lléname...lléname...– suplicó con voz irreconocible, una que jamás pensó oír.
Era casi un gemido obsceno.
Bokuto dejó salir una sonora carcajada que inundó sus oídos. Las embestidas se volvieron más salvajes, casi bestiales. Su entrada se contrajo a una velocidad vertiginosa y una serie de pequeñas descargas eléctricas envolvieron su entrepierna, el clímax estaba cerca. Estaba a punto de explotar.
Estaba mal. Estaba mal. Estaba mal. Ese era su trabajo ¿Si alguien los escuchaba? ¿Si los descubrían? Los golpes del cabecero contra la pared eran estrepitosos y la cama, a pesar de ser de metal, se balanceaba como si estuviera a punto de romperse. Iba a romperse y Akaashi también; estaba haciendo todo lo posible por mantenerse en una pieza, pero era imposible. Se estaba deshaciendo bajo su implacable martilleo.
– ¡Mierda!
Como si esa fuera una señal, una palabra mágica, su lujuria se disparó manchando su pecho y parte de su rostro y Bokuto lo llenó con su espeso y ardiente calor. Maravillosos, delirante. El mayor no daba tregua, continuaba sujetándole de la cadera, marcando su posición en su piel, embistiendo su liberación al compás desenfrenado de los latidos de su corazón.
– ¡Si! Lléname...– Todo su ser se concentró en su orgasmo, dejando atrás cualquier pensamiento.
Quiso reír como un loco, presa de la intensidad de esa oleada de orgasmos. No sabía qué hacer, se estaba ahogando en placer, no podía respirar o ver nada más que ese intenso ámbar.
Sus uñas se enteraron, implacables, en la piel del mayor, quién recibió ese gesto con gemido ronco lleno de lujuria y entonces ocurrió, el éxtasis explotó en su garganta, liberando un desgarrador alarido de satisfacción que estaba seguro todo el piso podía escuchar. Sin embargo eso importaba una mierda ahora, se sentía bien, demasiado bien y dejó que esa dulce melodía fluyera, al igual que su lujuria.
.X.
Tsukishima asintió con una falsa sonrisa interesada al hombre que alardeaba de su riqueza, lleno de orgullo y ufanaba sobre sus múltiples propiedades, como si tuviera la obligación de hacerse escuchar. Ni siquiera recordaba su nombre, su mente había desechado cada palabra suya tan pronto llego a sus oídos. No tenía ningún interés en escucharle hablar, por supuesto el hombre frente a él no tenía idea de esto y continuaba profiriendo aquella sarta de tonterías y lanzándole miradas de interés muy poco disimuladas.
– Entonces ¿Te interesa? – el rubio lo miró, no lo estaba escuchando, sin embargo sabía a donde se dirigía la conversación. Siempre era igual – El jardín es impresionante en esta época del año...aunque por supuesto la belleza de las flores palidecería ante la tuya.
Reprimió el impulso de poner los ojos en blanco ante tan anticuado cumplido y bebió un sorbo de su copa de vino – Por supuesto, vamos a considerar su amable oferta – asegurándose de hacer énfasis en el plural, elevó su copa y sonrió educadamente a forma de despedida.
No lo molestaría más, la insinuación del nombre de Oikawa era suficiente para menguar la motivación de cualquier hombre; no era tan efectivo como su presencia, sin embargo funcionaba, al menos momentáneamente. Deslizó la mirada por el excesivamente elegante salón deteniéndose en cada hombre y mujer que charlaba o baila ¿Dónde demonios estaba ese tipo cuando lo necesitaba?
Chasqueó la lengua, irritado y bebió todo el contenido de su copa antes de entregarla a un dirigente camarero, tomar una nueva y acercarse a una de las mesas de aperitivos. Lo mejor era que se mantuviera ocupado con algo, lo que sea que evitará tener otra tonta conversación con alguno de esos hombres que parecían mirarlo como un trozo de carne al que podían comprar con dinero.
– Bonita fiesta – ahí estaba, el tipo cuya mirada avellana no se había apartado de su persona, traspasándole la piel – Aunque, debo admitir que este espléndido salón palidece ante tu belleza.
Tsukishima tomó una de las fresas sobre la mesa y con parsimonia la introdujo a la fuente de chocolate – No necesitas ser encantador conmigo, ya me llevaste a la cama – dijo con sarcasmo.
– Soy un caballero.
– Un caballero jamás diría "voy a joderte como una zorra barata"
Con una sonrisa, Kuroo se llevó su copa a la boca, humedeciéndose los labios para posteriormente lamerlos, sin apartar la mirada de la suya – Cariño, lo eres...Por qué de que otro modo no abrirlas las piernas tan fácilmente.
– Vulgar.
– Zorra.
Había una sonrisa divertida en el rostro del pelinegro y una mucho más discreta en Tsukishima, estaba siendo insultado, sin embargo el aire jovial que los envolvía lo hacía divertido. Kuroo no estaba tratando realmente de insultarlo, lo sabía, era un juego. Uno que el mismo había iniciado...uno que aún estaba empezando.
Dio un rápido vistazo al salón, nadie estaba lo suficientemente cerca como para escuchar su conversación, había aprendido algo con el tiempo; los hombres preferían el alcohol en reuniones como esa y las damas evitaban comer más dulces de lo que era apropiado por temor a arruinar su agraciada figura. La mesa de aperitivos se mantenía sola la mayor parte del tiempo, era un gasto innecesario de dinero, sin embargo ahora pensaba lo contrario.
Sin quitar sus dorados ojos de los avellanas, presionó la base chocolatada de la fresa contra su labio inferior y abrió la boca lentamente, introduciéndola en su interior. Jugosa y dulce, el sabor de la fresa mezclada con el chocolate y los restos de vino en su boca fue todo un deleite. Sin embargo esa experiencia poco se comparaba con el placer visual que supuso presenciar como los ojos del pelinegro pasaban de un avellana brillante, casi dorado, a un oscuro profundo lleno de deseo.
Kuroo dio un paso en su dirección y acercó su mano peligrosamente hacia su boca y retiró parsimoniosamente los restos de chocolate de la comisura de su boca. Ese efímero contacto fue suficiente para desplegar una corriente eléctrica que despertó todo su sistema nervioso.
– Tengo en mente una actividad en la que podrías hacer total uso de esa linda boca – dicho eso, sin pudor, y sin siquiera preocuparse de si alguien los estaba viendo o no, llevó su dedo a la boca y lo chupó, para acto seguido sonreír complacido.
Tsukishima tragó grueso, podía ver claramente la imagen que tenía en la mente a través de sus ojos. Alucinante. Era la misma que segundos antes él se había formado – ¿La tienes?
Inmediatamente después de que esa pregunta se escapara de sus labios, su conciencia gritó "inapropiado" a lo que estaba haciendo, coquetear así, de forma tan descarada, iba en contra de todo aquello que su familia había inculcado en él. Los modales y el recato no importaban, se convertía en una persona completamente diferente...en alguien al que no le importaba más que el mismo y su placer. No estaba bien, le asustaba ese nuevo yo, sin embargo también le llenaba el pecho de euforia.
– Si, y si supieras lo que quiero hacerte en este momento te escandalizarías...todos aquí lo harían.
– Estás loco...
Kuroo era aterrador. Con esa sonrisa felina, esos afilados y ahora oscurecidos ojos, y vestido completamente de negro; desde los zapatos hasta la corbata satinada. Ere intimidante. Aterrador y atractivo. La clase de hombre a la que es difícil resistirse...incluso alguien como él encontraba difícil hacerlo.
Se inclinó hacia él y como atraído por una poderosa fuerza, Tsukishima imitó la misma acción – Tengo ganas de ti...podría arrancarte la ropa justo en este momento, pero puedo esperar un poco más.
Era tan fácil leer sus intenciones, no las estaba ocultando en absoluto, pero no era posible. No podía escabullirse en su sitio tan lleno de personas que seguían cada uno de sus movimientos y arriesgarse al escándalo, aún no olvidaba su posición y a pesar de que su deseo era fuerte, tampoco olvidaba su deber. Estaba dispuesto a negarse, sin embargo Kuroo se apartó bruscamente y su sonrisa se convirtió en una falsa llena de cordialidad.
– ¿Que te pareció la oferta que te enviamos? – la voz de Oikawa se hizo presente justo detrás de él y su brazo se enredó posesivamente en si cintura erizándole los vellos del cuello.
– Es impecable, pero comprenderás que ustedes no son la única empresa en la ciudad – limpia y calmada, su voz tenía cierto aire de seguridad y profesionalismo. No se parecía en nada a la voz enronquecida que conocía.
– Somos los mejores.
– Y también los más costosos.
Oikawa sonrió apretándolo más cerca de su cuerpo; el rubio se dejó hacer resistiendo el impulso de apartarse. Detestaba ser tomado de esa forma tan demandante, con clara intención de mostrar a quien pertenecía – Nuestros empleados están altamente calificados, el excelente trabajo que han realizado con clientes anteriores los avala – dijo – Eso hace que pagues por calidad y no por un trabajo mediocre. Te aseguro que tu inversión se verá compensada por los frutos que generara a futuro.
– La calidad es primordial, pero...– los ojos del pelinegro se desviaron un instante hacia el rubio, haciendo un rápido análisis de su cuerpo que lo dejó con la boca seca cuando sus iris avellana se clavaron en los suyos antes de volver a Oikawa – Seré yo quien juzgue eso.
Como alguien que estudió literatura, los conocimientos de Tsukishima sobre el mundo de los negocios eran casi nulos, sin embargo sabía, gracias a las innumerables charlas que se había visto obligado a escuchar, que el contrato con Kuroo era como el caramelo que todos deseaban. Era un contrato millonario, todas las empresas de la ciudad debían estar detrás de ella y Oikawa tenía que esforzarse mucho si quería cerrar un trato con él.
Por esa razón no comprendía por qué el ambiente entre los dos era tan tenso y pesado. No era la primera vez que presenciaba una charla de ese tipo, el castaño era la clase de persona que disfrutaba cuando alguien admiraba lo que sabía suyo; lo obligaba a escuchar sus aburridas charlas por esa misma razón, sin embargo ahora parecía diferente. Era la charla usual; los beneficios de trabajar juntos, los puntos fuertes de la empresa y el por qué eran la mejor opción, pero el ambiente relajado que suponía una fiesta no existía.
Era como si estuvieran en un mundo aparte, un mundo donde reinaba la tensión; ambos se mantenían cordiales y educados con el otro, pero la tensión era casi palpable y sus caderas estaban resintiendo el estado de Oikawa. Dolían, aún no estaba del todo recuperado de la última vez.
– Te desea – le dijo Oikawa una vez Kuroo de alejó de ellos; el rubio resopló ante su acusación – ¿Qué era eso tan interesante de lo que estaban hablando?
Tsukishima rodó los ojos, gesto que el castaño respondió girándolo bruscamente hasta quedar frente a él – Del clima, de la fiesta y de la comida, tenías razón, es un hombre aburrido.
No había ni una sola pizca de amor entre ellos, deseo por parte del mayor tal vez, pero no amor. Sin embargo eso no cambiaba el hecho de que fuera un hombre orgulloso que jamás soportaría la humillación de saberse engañado, por esa razón Oikawa buscó algún atisbo de mentira en su rostro, en cada uno de sus gestos, en sus ojos y cuando estuvo satisfecho plantó un beso sobre sus labios.
Suprimió el impulso instintivo de apartarse y, por muy humillante que le resultara, correspondió al beso tanto como pudo. Con el tiempo había aprendido a que rechazarlo era un error que podría costarle caro; sus dientes se deslizaron por su labio inferior arrancándole un gemido. No era agradable, era solo un estúpido espectáculo para mostrarles a todos quién controlaba a quien y para reiterarle quién era su dueño.
Desagradable.
– Bien, podemos dejar lo demás para después – canturreó con aire divertido liberándolo de su agarre mientras veía detrás de él – Ahora hay alguien al que no hemos saludado y estoy seguro de que está muy ansioso por verte...
Tsukishima siguió la mirada de Oikawa y descubrió la razón por la cual su humor había vuelto tan repentinamente; a aproximadamente a cinco metros de ellos, apoyado contra uno de los pilares de la pared, estaba la persona que menos deseaba ver en el mundo; Kageyama. Su azulina mirada colisionó con la suya, lanzaba chispas. Parecía que le había ido bien, vestía un traje caro y estaba rodeado de hombres importantes, no quedaba casi nada de la persona que conoció.
– Te abandonó ¿Verdad? ¡Que idiota! Dejar a alguien como tú...fue un pésimo novio.
¿Dejarlo? El bastardo solamente se esfumó, desapareció sin decir absolutamente nada. Lo que ambos tenían no era una relación, fue una estupidez que terminó por costarle muy caro. Sabía que estaba en la ciudad, pero esperaba no tener que volver a ver su estúpido rostro nunca más. Su padre tenía razón, las clases no se mezclan ¿En qué estaba pensando?
– ¿No quieres saludarlo?
Dio una cínica sonrisa al mayor – ¿Qué? ¿Me estas pidiendo que vaya y recuerde viejos tiempos? ¿Ya no te importa lo que digan de ti? – la sonrisa de Oikawa se borró – Eso pensé.
Para personas como ellos, que están siempre bajo la mira pública, guardar las apariencias era importante, un simple rumor podía regarse como la pólvora y podría no solo dañar su imagen pública, sino también la imagen de su empresa. Por supuesto eso tenía sin cuidado a Tsukishima, pero para alguien como Oikawa eso lo era todo. Era el hombre perfecto ante los ojos de todos y su pareja tenía la obligación de serlo.
Entregó su copa de vino al mayor y siguió su camino perdiéndose entre la multitud de invitados que le lanzaban miradas discretas y otras no tan discretas; estaba hastiado de fiestas elegantes y de tener que sonreír falsamente. Odiaba destacar. Pero al estar casado con alguien como Oikawa, quién disfrutaba de la atención, era imposible no hacerlo.
– Tsukki, eres la joya más bella de esta noche.
Miró al caballero de ojos dorados frente a él – Bokuto-san, no voy a dejar que me lleve a la cama. No pierda el tiempo.
El aludido se encogió de hombros – Me adapto a cualquier superficie – el rubio sonrió de medio lado. Era gracioso por qué, de acuerdo a la poca información que recibió de Akaashi, era cierto – Estoy aquí por el baile que me prometiste. – dijo tendiéndole una mano.
– No recuerdo haber hecho semejante promesa – miró la mano aún extendida de Bokuto y luego sus ojos – No bailo.
Ignorando su rotunda negativa, el mayor tomó su mano y con suma facilidad, tiró de él hasta la pista de baile; el rubio protestó y trató de liberarse de él arrancándole una sonrisa que lo irritó. – Tengo un mensaje de Kuroo para ti – esas palabras fueron suficientes para detener sus movimientos el tiempo suficiente como para que alcanzarán la pista de baile. Tenía un mal presentimiento.
– ¿Qué es lo que quiere?
– A ti – respondió clavando sus tranquilos ojos dorados en los suyos – Ahora.
Tsukishima frunció el ceño. Era imposible, ese sitio no era como los rincones apartados en los que solían encontrarse; todos sabían quién era él, las miradas seguían cada uno de sus movimientos. Una sola persona bastaba para arruinarlo todo...ambos lo sabían. Sin embargo ese conocimiento no servía de nada en personas a las que no les importaba en absoluto, en personas que como Kuroo y Bokuto, parecían no tener sentido del peligro.
El mayor se acercó a su oído y susurró aquello que Kuroo tanto amaba repetirle "Es más divertido se huele a peligro" palabras que se mezclaron con la tranquila melodía del piano. Su piel se erizó y ahogó una exclamación ante el efímero contacto de unos cálidos labios sobre su piel. Lo besó y como respuesta, Tsukishima le lanzó una molesta mirada.
– ¿Sabes? También estoy disponible para jugar.
– ¿Qué hay de Akaashi?
– Mi habitación es lo suficientemente grande para los tres.
Reprimió una carcajada, él lo estaba diciendo enserio. Se parecían, Bokuto y Kuroo, a ambos estaban rodeados de una extraña y misteriosa aura que llamaba a las miradas. Eran un par de extraños que iban en contra de todo lo que había aprendido, le hacían sentir como si en realidad no supiera nada.
– Tentador, pero debo rechazar la oferta – ya tenía suficiente con Kuroo. Alguien como Bokuto parecía mucho más difícil de manejar, así que gracias, pero no gracias. No necesitaba más amantes.
Bokuto curvó lentamente los labios en una sonrisa enigmática y sus dorados se movieron fugazmente a su izquierda en una silenciosa señal que indicaba la posición del pelinegro, quien caminaba entre los grandes pilares de la pared con la mirada fija en él, quemándole el cuerpo con pasión.
Se deslizaron con soltura por la pista de baile, mezclándose entre las muchas parejas que adornaban la pista con su elegancia, burlando las miradas de quienes no los habían perdido de vista desde que la orquesta comenzó a tocar. Continuaron su danza sin decir palabra, girando y deslizándose una y otra vez, como si estuvieran buscando el sitio perfecto, hasta que se detuvieron repentinamente y Bokuto le indicó pasillo oculto entre los pilares con un movimiento de cabeza antes de acercarse a una chica y convencerla con una simple sonrisa de bailar con él.
Sin detenerse siquiera a pensarlo, echó a andar por el estrecho, pasillo que estaba seguro estaba destinado al servicio, hasta una puerta entre abierta que parecía llamarle a su interior. Suspiró se sentía como un animalito indefenso que estaba a punto de lanzarse voluntariamente a la jaula del más temido depredador y así fue; tan pronto como puso el primer pie en aquella habitación fue empotrado contra la puerta que se cerró con un estrépito.
– Eres una invitación viviente a perder los estribos.
Al aroma a vino en su aliento, su colonia y la esencia natural de su cuerpo se hicieron presentes con la casi nula cercanía. Las manos del pelinegro se deslizaron por su cintura hasta sus glúteos, rozó su rodilla contra su entrepierna y de inmediato el calor comenzó a concentrarse en ese sitio.
– No es buen momento – susurró en un intento inútil de reprimir un jadeo, era muy difícil resistirse a él cuando estaba tocando sus puntos más sensibles con tal maestría.
Sus labios rozaron su cuello, sin tocarlo, deslizándose con sensualidad por su garganta hasta su boca – Entonces ¿Por qué estás aquí? – gimió la fricción de su cuerpo contra el suyo era lenta, casi una tortura que le hacía perder la paciencia – ¿Viniste hasta aquí solo para decírmelo personalmente? Eso no fue muy listo...ahora voy a devorarte.
Maldición ¿Por qué tenía que hacerlo todo tan lento? Si iba a besarlo que lo hiciera ¡Ya! Ese pensamiento dio paso a la frustración. Notaba la palma de sus manos, sus dedos presionarse alrededor de sus glúteos lentamente y su rodilla frotarse contra su palpitante entrepierna muy despacio, demasiado como para no enloquecerlo y excitarlo.
Era tan sencillo frustrarlo.
Las manos de Tsukishima, que se encontraban frotándose contra su pecho, salieron disparadas y se enredaron en su cabello hasta obligarle a echar la cabeza hacia atrás. No era un buen momento; la fiesta estaba en su mayor apogeo, no se había cerciorado de si alguien lo había visto escabullirse por ese pasillo y había otra razón...una muy importante razón por la cual no podían continuar.
– ¿Cuándo te volviste tan agresivo? – de Kuroo se pegó más él y Tsukishima pudo notar su erección haciendo presión contra su muslo; dura y caliente, un irracional deseo de probarlo se apoderó de él. Con una sonrisa perversa en los labios, tiró más de su cabello y su mandíbula se tensó. Quería escucharle gritar.
– ¿No te gusta? – aflojó su agarre y Kuroo intentó bajar la cabeza, pero un fuerte tirón lo dejó justo en su lugar. Estaba disfrutando esto.
Divertido, Tsukishima se mordió el labio inferior, su pulso se disparó repentinamente y una nueva idea se instaló en su cerebro, llenándolo de imágenes que dispararon su lujuria. Frotó su cuerpo contra su erección y observo con deleite como un gruñido escapó de su boca, era tan excitante tener el control. Las manos del pelinegro apretaron con más fuerza su trasero, elevándolo del suelo hasta la punta de sus pies y lo adhirió a él con brusquedad.
– Me encanta...
Si eso le encantaba, entonces lo que haría después iba a enloquecerlo. Volvió a tirar de su cabello con decisión mientras otro gruñido escapaba de sus labios y acto seguido atacó su cuello con los dientes. Hasta ahora, Kuroo había hecho todo lo que había querido con el...tal vez ya era momento de que sea Tsukishima quien hiciera lo que quisiera.
– Mierda – dijo en un gemido ronco que aumentó su lujuria; succionó como poseído la piel de su cuello, sin temor a dejar marcas – Kei...– su lengua trazó un camino desde el cuello de la camisa hasta su barbilla la cual mordisqueó con ahínco; la fricción de su cadera contra su erección no se detuvo. Aumentó el ritmo y su deseo – ¡Maldición! Tengo que joderte...
El rubio sonrió, deslizándose parsimoniosamente hasta su oreja – Kuroo, déjame jugar contigo...– ronroneó succionando el lóbulo de su oreja – ¿Puedo?
– Por favor...
Sus miradas chocaron, oscura pasión en sus pupilas. Esa respuesta fue suficiente para desatar su deseo a niveles que jamás creyó posibles. Un beso desesperado de hizo presente y la música del salón a solo metros ellos fue reemplazada por una caliente sinfónica de gruñidos, jadeos y sonidos húmedos nacidos de una intensa batalla de lenguas, caricias y empujones que los llevaron a tropezar más de una vez.
Se desconocía totalmente, su voz, sus acciones y esa lujuria que envolvía su cuerpo en excitación, no eran nada que hubiera experimentado jamás...¿Era normal sentirse así de eufórico? Todo ese peligro lo llenaba de emoción; le invitaba a arriesgarse aún más, a olvidar el temor de las consecuencias...a buscar su propio placer.
Transformaba su cuerpo en adrenalina pura.
Dio un fuerte empujón al pelinegro quien cayó sentado de lleno en una de las tantas sillas de lo que suponía era un pequeño almacén – ¿Que pretendes? – su rostro enardecido y esa perversa mirada en sus ojos exaltó su cuerpo haciendo latir su miembro.
Aún no lo había tocado, pero estaba llegando a su límite.
– ¿De verdad no lo intuyes?
Los atrevidos labios del pelinegro se arquearon con desfachatez, indicándole que comprendía a la perfección lo que estaba punto de ocurrir. – Eres tan lascivo...
Tsukishima besó su labio superior deteniéndose más de lo necesario, haciendo crecer su deseo. Luego besó el inferior, delineándolo con la lengua que no tardó en encontrarse con su compañera y juntas exploran la boca del otro con ansias dominantes, bebiéndose sus jadeos, mezclándose con su aliento y provocando un estrepitoso estallido de lujuria en su pecho.
Las manos de Kuroo se pasearon por sus muslos separando sus piernas para que pudiera acoplarse sobre su regazo, pero no se detuvieron ahí; se escabulleron hasta su cadera empujándolo contra su erección al tiempo que el rubio se balanceaba contra él y sus manos trabajaba arduamente despojándolo de su corbata y liberando su torso de esas molestas capas de tela.
Sin romper el beso bajó, tanteando con las yemas un ardiente camino por su esculpido torso hasta su entrepierna; Kuroo jadeó con fuerza y atrapó su labio entre sus dientes antes de verse privado de aquel beso. – ¿Seguro que puedes hacerlo? – inquirió cubriendo su mano con la suya y obligándolo a doblar sus dedos alrededor de su ardiente erección – Podrías lastimarte...
Tsukishima sonrió altanero, por supuesto que podía; apretó su erección un poco más, retirándose para contemplar como Kuroo reacciona lanzando bocanada de aire. Necesitaba probar su sabor.
Queriendo torturarlo, repitió la acción, succionando su manzana de Adán y acariciando la piel de su torso con su mano libre. Las potentes caderas respondieron con embestidas que reclamaban más atención. – Maldición...
– ¿Qué? – susurró con fingida confusión sin dejar mover su mano.
– Déjame joder tu boca ahora...– el rubio ladeó la cabeza apretando su mano con más fuerza; Kuroo cerró los ojos y se apoyó contra el respaldo – Por favor.
Esas dos palabras fueron todo lo que necesitó y en un segundo bajó de su regazo para inclinarse y atacar la hebilla de su cinturón, y desabrocharle los pantalones. Pronto, su erección estaba frente a él, dura, firme e imponente como un poderoso mástil. Una gota que parecía una perla de formó en la punta, de inmediato su boca comenzó a salivar en dulce anticipo y no pudo resistir al impulso de saborearlo de un lengüetazo.
– oh... Kei...– jadeo Kuroo con los ojos entreabiertos, sus manos formaron puños que se iban apretando espasmódicamente a los costados de la silla.
Una muy perversa sonrisa de dientes blancos se formó en el rostro del rubio y tocó su miembro delicadamente con la punta del dedo índice, esparciendo el tibio fluido que emergía desvergonzado de la punta – Hagamos un juego – mordiéndose el labio, Tsukishima se inclinó hacia él y se acercó a su oído mientras sus dedos se unían a aquel solitario apretando su erección, deleitándose con su grosor – Si me tocas pierdes, pero si puedes resistir...– sus dedos recorrieron aquella caliente y aterciopelada longitud, deteniéndose en el glande, jugueteando con la uretra, recogiendo con lentitud tortuosa su humedad para esparcirla por la corona – Si puedes resistir... – repitió deslizando sus labios por la longitud de su cuello – Te dejare hacer conmigo todo lo que quieras...puedes joderme como y donde quieras.
Kuroo lanzó un gruñido de afirmación y echó la cabeza hacia atrás, dejando al descubierto su cuello; su manzana de Adán vibró al tragar saliva mientras la boca del rubio repartía sensuales besos acompañados de suspiros por toda piel, bajando por sus bien trabajados musculosa a su abdomen que se tensó bajo sus labios. Tener su cuerpo solo para él era excitante y saber que era él quien causaba todas esas reacciones lo enloquecía. Ansiaba sentir su sabor y beber hasta la última gota de su esencia.
Se arrodilló en el suelo, quedando justo entre sus piernas e hizo amago de quitarse los anteojos, pero Kuroo lo detuvo – No te los quites.
Tsukishima sonrió con sorna – ¿Es alguna clase de fetiche tuyo? Qué desvergonzado.
Con aquella sonrisa que le caracteriza, le lanzo un beso y estiró la mano hacia él, rozando su labio inferior con su pulgar – La única zorra desvergonzada aquí eres tú, Kei...me calientas con tan solo verte ahí ansiando que joda tu boca – Tsukishima separó los labios y lamió aquel dedo que fue introducido a su boca para ser chupado como un suculento caramelo. Y observo como el negro de los ojos del mayor se convirtió en uno más lascivo. Quería enloquecerlo – Pon a trabajar esa boca si es que quieres tú recompensa.
De pronto, ya no era su pulgar el que lamia, era su miembro. Recorrió con la lengua toda su longitud, lamiendo cada una de las hinchadas venas que lo conformaban, bebiendo cada salada gota que le regalaba como si fuera el primer plato del menú y deleitándose con la frustración en sus gemidos mientras masajeaba a sus testículos con su mano libre. Kuroo estaba a su merced; sus jadeos, su sabor, sus maldiciones eran solo suyos, inundaron sus sentidos dándole una sensación de poder...impulsándolo a obtener más.
– Maldición, hazlo ya – jadeó Kuroo con voz cargada de necesidad.
Tsukishima sonrió, ignorando su petición. Comenzó a jugar en el glande con la lengua, lo abrazó con los labios mientras se mojaba con el líquido que brotaba incesantemente – Mmmm – gimió el rubio. Nunca antes una mamada le había resultado tan dulce ¿Cuánto tiempo iba a soportarlo el pelinegro? Sus caderas se impulsaban, sus uñas se enteraron en los costados de la silla y de su boca emergían millones de improperios. Era la locura...para ambos.
– Kei...– gruñó Kuroo. Estaba cerca de perder la cabeza, podía sentirlo, solo tenía que provocarlo un poco más.
Sus labios rodearon la corona de su miembro, apretando y soltándolo espasmódicamente; la punta de su lengua se introducía con gula en su uretra rescatando cada gota líquido preseminal que se escapaba de ella. Su entrepierna latía en sus pantalones, rogando su atención, anunciando su necesidad con cada pálpito. – uhmm – los dedos que jugaban con sus testículos abandonaron su tarea para acariciar la tersa y ardiente piel de su tronco, aprendiendo su forma, mientras gemía, haciéndole saber su disfrute.
Los jadeos del pelinegro eran cada vez más sonoros y profundos, y su cadera se empujaba cada vez más fuerte. Era una tortura. El placer que provocaba sentir su frustración, era una maldita tortura. Deseaba probarlo por completo. Quería que lo enterrará hasta la base, chuparlo, deslizar la lengua por toda la longitud hasta conseguir que se corriera un y otra vez hasta tener su sabor impreso en su lengua...y en su mente.
Quería dominarlo por completo...enloquecerlo de placer.
– ¡A la mierda! – un gruñido escapó de la boca de Kuroo. Furioso y desesperado. Entrelazó los dedos en sus dorados cabellos y sin ningún tipo de contemplación enterró su erección hasta la raíz...tal y como deseaba.
Tsukishima sintió todo el grosor de la erección de Kuroo aprisionándole la garganta, las comisuras de sus labios ardían y de ellas se escapaban hilos de saliva mezclados con líquido preseminal. Las embestidas no se hicieron esperar, brutales e implacables, aquel duro miembro palpitaba en cada una de sus venas hinchadas, crecía, quemaba con cada embestida y se enterraba cada vez más profundo en su garganta. Ahogándolo. Sin compasión. Llenando su pecho de euforia, lujuria...placer.
Había conseguido su objetivo, no había nada mejor que eso. Nada excepto la visión de un Kuroo, con las pupilas totalmente ennegrecidas de placer y con una expresión totalmente anhelante, imponente y llena de placer, placer que provenía de él. La certeza de saberse responsable de semejante reacción en su cuerpo, de cada suspiro que escapa de sus labios con cada envestida, le hacía sentir deslumbrado...poderoso.
Sus arremetidas se volvieron cada vez más fuertes, como si quisiera desgarrarle la garganta y desencajarle la mandíbula. Sus anteojos se deslizaban por el puente de su nariz, sus cristales se empañaron con el calor que ese miembro emanaba, sus ojos se llenaron de lágrimas que se deslizaba gruesas de sus ojos, no podía respirar ni pensar con calidad.
Su boca estaba siendo jodida con brutalidad, como si fuera una puta barata y le encantaba. Quería que lo destrozara, quería ser usado para saciar su lujuria...como un simple juguete sexual.
Un completo estado de éxtasis lo poseyó, deslizó su mano hasta sus pantalones y liberó su miembro, frotándolo con desespero al ritmo de las fonéticas arremetidas. Parecía mentira que una simple mamada pudiera provocar en él tanto placer. Su cuerpo pedía a gritos un orgasmo que no tardaría en llegar, explotando como millones de petardos, estaba cerca...
– Déjame correrme en tu boca – masculló sin bajar la potencia de las embestidas.
Tsukishima quiso reír ante esta petición ¿No era eso lo que ambos querían? No deseaba nada más que eso y era claro que Kuroo pensaba de la misma forma, de otro modo no habría acelerado las embestidas más de lo que creyó podría.
– Mierda...mierda...
Su dolorida mandíbula, su lengua, sus labios e incluso sus dientes trabajaron arduamente succionando y mordisqueando aquel tozo vigoroso y venoso que se hinchaba cada vez más hasta explotar en un primer chorro que se lanzó con urgencia a través de su garganta y el rubio tragó sin pensárselo dos veces. Amargo, ligeramente picante y caliente, su sabor envolvió su cuerpo en necesidad y anhelo puros llevándolo al éxtasis de su propia liberación. Quería más, necesitaba más. Su boca me movió con frenesí en una felación apresurada y brutal, ignorando el ardor en su garganta y comisuras, de la cuales se escapaban hilos más espesos.
Más disparos atacaron en su boca. Tsukishima tragó y tragó con gula cada uno de ellos, demandando más, buscando extraer hasta la última gota de semiente en su miembro, hasta vaciarlo por completo. Jadeante y cansado, no se detuvo ahí, relamió su piel con vehemencia, tirando de su propio miembro hasta que la última gota bañó sus dedos.
Increíble.
Kuroo respiraba jadeante, parecía completamente desecho con el cabello revuelto y sudor corriendo por su frente y pecho, sin embargo el bastardo no dejaba de ser atractivo – Eres un muy hermoso desastre – susurró Kuroo. El rubio sonrió y para su completa sorpresa, el pelinegro lo haló hasta su regazo plantándole un ardiente beso en el que probó su propio sabor.
Su cuerpo volvió a calentarse y el irracional deseo de cabalgarlo hasta saciarse de él inundo su cuerpo. Pero tendría que quedarse con las ganas...ese no era el mejor momento para dejar salir toda la perversión que no sabía poseía.
– Maldición, te lastimé... – masculló Kuroo tocando con el dedo pulgar la comisura izquierda de la boca, contacto que le hizo apartarse de inmediato; eso no era bueno – Creo que fui muy brusco, lo siento – dijo buscando entre su ropa hasta extraer un pañuelo de seda y tendérselo antes de levantarse y arreglar su ropa ¿Iba a dejarlo así? – Voy a traerte un poco de hielo.
Eso no se lo esperaba – No tienes que...
– Espera aquí – le interrumpió, mientras caminaba hacia la puerta.
– Kuroo – el mayor volteó y Tsukishima se sintió enmudecer por un momento – Tu corbata...
El pelinegro sonrió y con una elegancia que pocas veces veía se acercó a él. Resoplando su molestia, el rubio ajustó su corbata, arregló los pliegues y el cuello de su camisa y colocó la chaqueta correctamente dándole una imagen impecable – ¿Siempre eres tan descuidado? – murmuró más para sí mismo que para él pelinegro.
– No – respondió tomándolo de la barbilla – Yo cuido a mis amantes, pero tú me llevas al límite – depositó un beso sin segundas intenciones en sus labios y guiñándole un ojo salió de la habitación.
Tsukishima se dejó caer sobre la silla, su cuerpo aun vibraba de deseo. Cada poro de su cuerpo, cada fibra, cada átomo gritaban por ser tomados por Kuroo, era una sensación extraña pero no desagradable. No conocía esa parte de él. Perverso, atrevido...lujurioso.
¿Fue Kuroo quien lo convirtió en esto? O ¿Toda eso siempre había formado parte de él? No lo entendía era como si todo lo que había aprendido durante toda su vida estuviera mal. No existían límites o ataduras, solo placer y deseo que necesitaban ser saciados.
Nada más.
Miró hacia la puerta por la que el pelinegro se había marchado "Cogeme" quería detenerlo y decirle eso, pero no era un buen momento. Estiró la mano y descubrió su brazo dejando ver algunas marcas que iban desde el rojo hasta el morado oscuro y que cubrían un cuarto de su antebrazo...definitivamente no era un buen momento.
.X.
– Desapareciste por mucho tiempo ¿Dónde estabas? – exigió saber Oikawa.
– Bebí demasiado, necesitaba un poco de aire fresco – respondió con indiferencia.
La celebración había terminado y ambos se encontraban en la limusina que los llevaría de vuelta a casa. Había estado callado durante la mayor parte del camino y cualquiera pensaría que se mantendría así lo que restaba de él, pero Tsukishima lo conocía lo suficiente como para saber que era solo cuestión de segundos antes de que lo acusara de algo.
Era su juego usual, uno que el castaño disfrutaba y que el rubio estaba esperando con resignación.
– Mírame – ordenó, sin bien Oikawa se divertía con ese juego, en ese momento parecía más molesto que divertido – Tienes el perfume de otro impregnado en la ropa. – Tsukishima resopló
– ¿Quién no? El perfume de Tanaka-san inundó todo el salón – dijo – Lo extraño seria que nadie oliera a su perfume. – se quejó con fingida modestia.
Sabía que esa excusa no funcionaria, también sabía cuál era el objetivo del mayor con ese tonto interrogatorio. Podía verlo en sus ojos y en la sonrisa que se había formado en sus labios y esa teoría fue corroborada cuando pidió al chofer detener el auto en una obscura esquina y lo envió a "pasear" un momento. Estaba esperando justamente ese "Momento"
– Desvístete... voy a enseñarte que es lo que pasa cuando mientes.
Tsukishima sonrió – Tengo una mejor idea – no esperó respuesta suya y se inclinó hacia sus pantalones, quitando el cinturón, para posteriormente desabotonarlo y bajar la cremallera.
Darle una explicación no serviría de nada, negarse o resistirse tampoco, no tenía ningún sentido hacerlo. Una terrible punzada perforo su estómago, pero la ignoró, al igual que la rabia y la sensación de vergüenza y cerrando sus ojos realizó su trabajo. De alguna forma tendría que justificar la herida que quizá mañana se inflamaría ¿No?
Lentas pero efectivas, las imágenes de lo ocurrido con Kuroo tan solo horas atrás inundaron su mente ya alcoholizada y el placer de ese recuerdo desapareció todo lo demás. No fue intenso o increíble, como con el real, pero si lo suficientemente bueno como para sobre llevarlo.
Era un escape...
Kuroo era un escape, uno que lo alejaba de la mierda que en realidad era su vida...
.x. Gracias por leer .x.
