CAPÍTULO 7. — DANZA
Las risas sofocadas, el balanceo de los elegantes vestidos, las palabras suaves, las sonrisas forzadas, la intensa iluminación, la expresión de autosuficiencia en el rostro de todos, el fingir que no había ningún otro lugar en el mundo mejor que ese amplio y abrumador salón de baile.
Ciel no recordaba haber estado nunca antes en una fiesta, desde que tenía uso de razón tuvo a un molesto e insidioso Profesor de Etiqueta y Modales que no dejaba de parlotear sobre lo importante que era dar una buena impresión a través del lenguaje corporal. En su experiencia se podían decir muchas tonterías y estupideces en voz alta que serían perdonados con un porte excelso y una mirada jactanciosa.
"Háganles saber que ustedes están tan encima de ellos que su opinión no les importa"
Si no fuera un remilgado insoportable, tal vez habría puesto un poco más de atención y aprendido un par de lecciones extras, pero ya que no podía regresar en el tiempo, tendría que conformarse con lo que recordaba.
De cualquier forma nadie esperaba mucho de él esa noche, con que permaneciera de pie en un rincón de la habitación con una expresión temerosa y los hombros encorvados bastaría y ni siquiera tenía que estarlo por mucho tiempo, una hora sería más que suficiente. Se suponía que era un niño con amnesia, mostrar sus esplendidos modales y grandes conocimientos no generaría más que sospechas, antes que dar una buena impresión. Lo que realmente le interesaba era hablar con Alois, incluso si era tan idiota como para mostrar un rostro tan alegre en público tras la muerte de su "Padre", la Organización no lo habría permitido, daría una mala imagen.
Había muchas cosas que no tenían sentido y la falta de respuestas comenzaba a molestarlo; estaba acostumbrado a ser un Títere, pero al menos antes tenía una idea de quién movía los hilos. Nunca creyó decirlo, pero… ¿Dónde diablos se encontraban Ash y Ángela en ese momento?
Hacía días que no se comunicaban con él ni para darle nuevas órdenes; Sebastián tampoco le proporcionaba más detalles que los estrictamente necesarios, quería creer que se encontraba igual de ignorante que él, pero aun no podía confiar completamente en el hombre. Lo quisiera o no, él trabajaba para aquellos que dominaban su vida. Se mordió el labio, gotitas de sangre se le regaron por la comisura de los labios, le produjo arcadas; si su sangre tuviera un buen sabor hace mucho que los de su raza habrían muerto, se hubieran desangrado hasta la muerte en su ansia por beber de sí mismos. El suicidio ni siquiera era una opción viable para él, el Cielo no les quería y la Tierra era el Infierno a donde estaban condenados a pasar toda la eternidad.
—¿Te diviertes?—la suave voz de Vincent lo saco de sus cavilaciones.
Asintió tímidamente, fingiéndose timidez.
—No estoy acostumbrado a estar entre tantas personas—agregó en voz suave y no mentía, realmente no le gustaba mucho la gente. Desde que tenía uso de razón recordaba haber estado rodeado de personas, la privacidad era un bien valioso que apreciaba más que la mayoría de la gente, habría preferido estar en su habitación, a solas.
—Comprendo—respondió Vincent haciéndole una seña a un camarero para que le trajera una bebida, tomó una copa de champagne y escogió un vaso de jugo de naranja para él. Pese a que era un baile de gala, había una gran cantidad de niños y adolescentes, incluso la invitación pedía de preferencia, lo cual era lo mismo que exigir la asistencia de algún menor de edad de la Familia en cuestión. Y pocas familias estaban dispuestas a disgustar a los Phanthomhive y granjearse su enemistad—. Hay muchos chicos aquí de tu edad, no te vendría mal intentar conversar un momento con algunos de ellos. Nuestros pequeños invitados son los fututos líderes de la Nación, un Primer Ministro, la Primera Dama, el Presidente del Congreso, el Líder de la Cámara de Comercio…no existen límites a lo que podrían llegar a ser.
Ciel no contestó, en cambio se giró y lo observo un largo rato, en un vano intento de leer a través de la máscara amigable y complaciente del rostro del hombre. Nada. Lo podía intentar un millar de veces más y tendría el mismo resultado, la expresión de Vincent era imperturbable; a menos que deseará mostrar alguna emoción para impactar a su interlocutor, su rostro no demostraba emoción o sentimiento alguno. Sebastián lo hacía a veces, pero siempre terminaba delatándose a sí mismo, él por su parte fue entrenado desde muy joven para no dejar entrever nada que lo delatará, sin embargo perdía el control de vez en cuando por mucho que se controlará. La máscara de Vincent Phanthomhive era total y completamente impenetrable, aterrador.
—Podrías ayudarme…—sugirió con voz temblorosa—podrías ayudarme a conocer a algunos de ellos, me asustan…
—Por supuesto, Alexis ¡Vamos!
Pasaron la siguiente hora entre presentaciones y saludos formales, nada interesante. Conoció a los que serían "Los líderes del Mañana" y tuvo la oportunidad de observar al hombre que debía llamar "Padre" moviéndose en su ambiente, para algunos una sonrisa, para otros un apretón de manos, en ciertos casos bastaba con una mirada, pero todos, sin excepción alguna le dirigían a Vincent una mirada de afecto y adulación sincera al recibir un poco de atención, satisfechos de intercambiar un par de palabras. No se trataba de algún tipo de "Poder" como el que él y Alois practicaban de vez en cuando y ponía a las personas a sus pies, sino de algo más, mucho más profundo y perfecto. Era igual a ver a un bailarín de ballet dando piruetas impresionantes y saber que si quería podía hacer lo mismo, con la diferencia de que el bailarín habría requerido años de práctica antes de dominar tal técnica y el esfuerzo le confería una perfección imposible de alcanzar sólo con su "Poder".
Vincent sabía que decirle a los demás para hacerlos sentir importantes, pero porque llevaba años hablando y aún más importantes…escuchando.
—¿Cómo esta mi Pequeño Príncipe?—igual a un torbellino Rachel llegó y rompió con la idílica y diplomática conversación entre su Esposo y los líderes del País, beso a Ciel en la mejilla y tomó a su esposo por el brazo. Sólo fue cosa de un segundo, pero basto para que Vincent se despojara de su máscara, sus labios se torcieron en una fea mueca de disgusto y sus ojos brillaron con el enfado de cualquier mortal que se siente ofendido. Ciel reprimió el deseo de soltar una carcajada, incluso alguien como Vincent tenía una debilidad, una que le importaba lo suficiente como para enfadarse con un comportamiento que no lo ayudaba en su imagen pública y arriesgarse a que vieran tras su máscara. Si sólo fuera una fachada y él se lo reclamara en la intimidad, lejos de las miradas acusadoras, Rachel no mostraría un comportamiento tan locuaz y abierto todo el tiempo. A Ciel le enseñaron a usar las debilidades de sus enemigos en su contra en el momento adecuado, el problema es que Rachel le gustaba más de lo que admitiría, esperaba que Vincent no fuera su enemigo y sólo se trataba de un Padre feliz de recuperar a su hijo perdido.
—¿Te sientes bien, querido?—le preguntó arrodillándose para quedar a su mismo nivel, ni siquiera le importó que su elegante y vestido importado se arrastrará por el suelo—. Estás muy pálido, lo mejor será que te retires a tu habitación. Si me disculpan.
Sin darle tiempo de responder, lo tomó de la mano y sin la autorización de su marido, lo llevó hasta su habitación, en el segundo piso, lejos de la música y los murmullos del salón. Le preparó la cama, cerró las cortinas y espero a que pacientemente se pusiera su pijama.
—¿Puedo contarte un cuento si quieres?—su rostro denotaba una mezcla de emociones: culpa, miedo… ¿amor? Tan similar a Vincent en la superficie, en el fondo eran diametralmente expuestos. Rachel no llevaba máscaras, las personas se sentían bien en su presencia porque realmente creía en la bondad dentro de ellas; igual a una niña estúpida e infantil.
De repente se sintió molesto, aunque no estaba seguro de si la causa era la ingenuidad de esa mujer que le creía su hijo o la maldad de él al hacerle vivir una mentira.
—Me gustaría dormir un poco—dijo finalmente ocultándose bajo las sábanas.
Ella sonrió, aceptó sin rechistar y le deseó dulces sueños antes de apagar las luces.
Se preguntó cuánto tiempo tendría que esperar antes de que Sebastián, Alois o hasta el mismo Claude hicieran acto de presencia.
No pasó mucho tiempo antes de que la persona menos esperada interrumpiera sus "dulces sueños".
Y pensar que hacía menos de una hora deseó verlo.
—Buenas noches, Ash—saludó levantándose y envolviéndose en una bata, no terminaba por acostumbrarse a la delgada y fina pijama de dos piezas de seda pura, prefería y por mucho a las de grueso algodón.
El hombre vestía de blanco como siempre, el cabello color platino, la piel pálida, todo en él le fastidiaba, aunque no terminaba por entender el porqué entró a su habitación furtivamente cuando pudo haberlo abordado en el Salón, si un sirviente venía a verlo los encontrarían y la presencia de un hombre adulto en la recamará de un niño de doce años podía prestarse a múltiples interpretaciones, poco favorables en la mayoría de los casos.
Ángela y Ash eran hermanos gemelos, ella pensaba, él actuaba…afortunadamente los planes de ella tenían en cuenta la poca inteligencia de su hermano y los preparaba tomando en cuenta los pequeños detalles, muchos de los cuales se le habían escapado en ese momento.
—¿Qué haces aquí?—preguntó con fuerza, aunque sin levantar la voz, no quería llamar la atención.
—Debes volver—Ash sonrió y no agregó nada más.
—¿Tan pronto? ¿Creí qué…?
No termino de preguntar, el hombre tenía un porte extraño, una postura orgullosa, una mirada desdeñosa, una expresión plácida. Sin duda alguna era él, pero había algo diferente...quizás fuera que sus ojos no brillaban.
—Alois y Claude vendrán por ti dentro de unos minutos. Ve con ellos, te darán el resto de las órdenes.
Ash abrió la puerta y se marchó, dejando a Ciel extrañado y confuso.
Se veía y hablaba igual que Ash, pero faltaban los comentarios mordaces, incluso hirientes. El hombre que él conocía jamás perdería la oportunidad de burlarse o amedrentarlo, hacerle saber que sin importar lo que hiciera, no tenía ningún tipo de control sobre su vida y dominarlo por completo. Le habría dado un par de explicaciones para tenerlo medianamente satisfecho, a medias tintas y la mayor parte sería mentira; pero no se habría limitado a darle órdenes sin más.
Algo faltaba. Además se suponía que ese sería su hogar durante el resto de su vida, él sería Alexis Collingwood hasta que muriera o decidieran que no les era más útil y lo mandarán a matar.
¿Por qué hacerlo volver? ¿A dónde le enviarían ahora? ¿Lo asesinarían finalmente?
Había mostrado su rostro ante los ojos del mundo entero, no podía convertirse en ningún otro Líder sin arriesgarse a ser reconocido. Los recuerdos del laboratorio donde realizan exámenes experimentales con él siendo un niño le golpearon con tanta fuerza que necesito sentarse al borde de la cama para regular su respiración.
El cuarto tan estrecho que apenas cabía de pie, las cuchillas atravesándolo, la sangre cayendo, manchándolo todo, el dolor punzante que le desgarraba la carne, el músculo y los tendones; la rápida regeneración, pero no lo suficiente como para que no deseará estar muerto antes que volver a pasar por esa tortura.
Las palabras de los Doctores que le atendían, asegurándole que era un "Milagro de la Naturaleza" y prometiendo alimentarlo…sus voces que no se callaban. Nunca.
No, prefería morir antes que volver a eso. Ya encontraría una forma de suicidarse, cual fuera, no importaba.
Tenía que irse antes que Sebastián o Claude vinieran por él, más tarde volvería por Alois…
Tomo un par de prendas de su armario al azar y se cambio, estaba a punto de saltar por la ventana, cuando Alois entró precipitadamente a la habitación y lo sujetó de la muñeca.
—Ven conmigo—dijo dulcemente y el trance se rompió, tenía miedo, pero lucharía y sabía que sin importar lo que pasará, Alois nunca lo traicionaría. ¿Verdad?
Y el caos se desató…
Observaba a los invitados con ojo crítico, la gran mayoría no tenían nada de especial, a excepción de que eran ricos y poderosos y había un montón de niñatos que lo serían en un futuro cercano; no creía que Alois se convirtiera en un pequeño terrorista, pero tampoco lo veía imposible, después de todo, de los dos chicos, el rubio era considerado el más intempestivo y estúpido, incapaz de pararse a pensar en las consecuencias antes de comenzar. "Ellos" lo sabían, por eso habían asignado a Claude para que lo vigilara, confiados en que el hombre cuyo comportamiento emulaba al de un robot con todo y manuales incluidos no los traicionaría. Por otro lado, tampoco confiaban en él y nos los culpaba ni lamentaba lo suficiente como para hacerles saber que a Claude le gustaban los juegos de mascarás. ¿Cómo lo sabía? Probablemente fuera puro instinto, sin embargo jamás fallaba.
Dejo de observar a los invitados con los que Ciel hablaba para centrarse en Alois, conversaba con una linda jovencita al mismo tiempo que esbozaba una triste sonrisa, cualquiera pensaría que realmente le dolía la muerte de su Padre.
Rachel, la supuesta madre de Ciel se lo llevó de la mano tras una corta interrupción, en menos de cinco minutos subiría a hablar con él. Haciéndose pasar como un invitado más, Sebastián daba órdenes al personal de seguridad por teléfono, el traje ejecutivo hecho a la medida lo enmascaraba tras la imagen de un hombre de negocios o un Corredor de la Bolsa tan obsesionado con el trabajo que no podía ni siquiera permitirse unos minutos para dedicárselos a las damas solteras, viudas y casadas que se le acercaban para hacerle conversación o conseguir algo más que una educada sonrisa. Mientras tanto daba indicaciones por el teléfono al personal de seguridad; ante cualquier eventualidad en el Salón que resultaba bastante improbable, él reaccionaría de inmediato. No perder de vista ni tan sólo un segundo a Ciel, tales fueron las órdenes de Vincent.
Salió del salón con la intención de entrar por la puerta trasera y escurrirse a la habitación de Ciel cuando sintió que alguien tiraba con fuerza de su mano derecha; una mano tan pequeña y delgada sólo podía pertenecer a…
—Hola
—Buenas noches, ¿necesitas algo?—cuestionó con fastidio y sarcasmo.
—Tengo algo que me gustaría mostrarte—respondió Alois echándose para atrás un mechón de cabello y jalándolo hasta la parte trasera del jardín, tras unos arbustos y tulipanes donde quedaron ocultos. Se suponía que no debería haber puntos ciegos que escaparan de las cámaras de seguridad o de las cinco docenas de guardias que resguardaban los límites de la Mansión, pero el tupido jardín dejaba vulnerables muchos puntos que cualquier ojo experto podía detectar con relativa facilidad. Había colocado guardias en estas zonas con el fin de eliminar estos puntos ciegos y dado la orden estricta de que cada diez minutos los guardias asignados tenían que reportarse con él mediante una clave que personalmente les asigno. No habían pasado ni dos minutos desde el último reporte, lo cual significaba que…
—Claude dijo que su mente era débil, yo le creo—Alois señaló al hombre que estaba exactamente en el punto que Sebastián le asigno, vigilaba atentamente, pero no parecía verlos.
—¿Tú lo hiciste?
Sentía curiosidad por conocer los nuevos talentos del muchacho, no creaba ilusiones ni los forzaba a ver algo que no existía, simple y sencillamente les decía y mostraba lo que no deberían ver ni oír, como si no existieran.
—Hum, si…—contestó Alois admirando satisfecho su obra—aunque es la primera vez que no lo hago por diversión. Me preguntó qué pasaría si le cortó un dedo, podría verme o pensaría que es obra de un Demonio o alguna fuente sobrenatural. Tal vez otro día lo intente…
—Felicidades—concluyó secamente Sebastián con intención de marcharse—. Eres una pequeña aberración que medirá más de un metro sesenta por siempre.
—¡Espera! ¡Espera! ¡Espera!—gritó Alois lanzándose sobre él para besarlo en los labios, Sebastián pudo haberlo esquivado si hubiera querido, pero aunque Alois no era ni de lejos un espécimen tan interesante como su pupilo Ciel, también tenía cierto encanto por el que se sentía atraído y que si era sincero se limitaba a la pregunta de "¿Y ahora qué tontería hará?"
El sabor de la sangre de Alois no tardo en inundar sus pupilas gustativas, sólo un poco, sangre dulce, joven y ambiciosa, cruel e hiriente, pero también sensible y amorosa. Y una memoria de Alois lo sacudió, el odio en sus ojos, el desprecio en su mirada, saber que ese hombre le quitaría a su amadísimo Ciel; si se atrevía, si tenía el valor de siquiera intentarlo le daría la más cruel y terrible muerte. Sólo un pensamiento de una memoria perdida, de un Alois tan diferente y parecido a la vez al niño de trece años que tenía frente a sí, hacia un Sebastián tan inútil y joven como cualquier chiquillo de once años que no ha conocido otra cosa que el miedo y el dolor.
—¿Quieres más?—preguntó Alois separándose unos centímetros—. Entonces seré bueno contigo y te lo daré, lo suficiente como para que sepas quién fui y lo que tú eres…—sonrió con desprecio, mordió su lengua y lo que minutos atrás habían sido unas gotitas de sangre, se convirtieron en un fluir abundante y él bebió.
Pudo haber empujado a Alois, saboreado y negado a tragar e incluso asesinarlo si hubiera querido, no era esclavo de sus deseos, ni siquiera de la sangre, pero bebió. Bebió porque jamás renunciaría a su pasado y entonces vio…
Eran bonitos, mucho…muy lindos, pero eran débiles, tanto de mente como de cuerpo, bastaba sólo con verlos, pero Ciel les miraba como si fueran valiosos y eso le molestaba porque significaba que robaban su atención. Podrían matarlos en ese momento y ahorrarse muchos problemas…
—Nos lo llevaremos—anunció Ciel quitándose la capa que cubría sus hombros y cubriendo a uno de los niños, ambos le lanzaban miradas aterrorizadas, pese a que medían casi lo mismo, los niños que yacían en el suelo de tierra estaban muy por debajo de su peso normal, al borde de la inanición. Ni siquiera tendrían que tomarse la molestia de matarlos, bastaba con que los dejarán en medio del campo y sus dueños vendrían a buscarlos, los golpearían hasta la muerte para que sirvieran de ejemplo a otros esclavos que albergarán el deseo de escapar y dejarán de soñar con la libertad.
—Son muy jóvenes, ¿Por qué habríamos de hacerlo?—pregunto arrodillándose sobre el otro chico y tomándolo de la barbilla, estudiándolo—. Además tampoco parecen muy inteligentes.
—Él morirá pronto, necesitamos de alguien que cuide de nosotros—le explicó Ciel limpiando los restos de suciedad del rostro del chico, él por su parte restregó la mejilla del otro niño con demasiada fuerza, desistió pronto, necesitaría toneladas de agua y jabón antes de ver el color que se escondía tras las capas de mugre rezagada.
—¿Y se supone que estos niños habrán de custodiar nuestra supervivencia?
—Los enviaremos a las mejores escuelas, los salvaremos de su miseria, nos deberán la vida. Crecerán y cuidarán de nosotros y nuestros bienes, se casarán y tendrán hijos, nos servirán bien. Entonces sus hijos heredarán la tarea de servirnos tras su muerte y se verán recompensados.
—¿Lo has decidido nada más verlos, cierto?
Ciel asintió y Alois sonrió.
—¿Y si ellos deciden que no quieren servirles a Criaturas como nosotros?
Ciel rió suavemente, un sonido suave y dulce, Alois nunca se cansaba de escucharlo en las pocas oportunidades que tenía. Ciel se puso de pie y extendiendo sus brazos señaló a los niños.
—Le ofreceremos el cielo, se quemarán un poco con las llamas del infierno, pero es preferible que agonizar en el purgatorio. ¿Por qué se negarían? Es más de lo que nos ofrecieron a nosotros.
Alois sujetó la cabeza del chico y la acurrucó en su pecho.
—Además…—le susurró al oído—siempre tenemos la opción de matarlos—disfrutó con el ligero temblor de puro terror que estremeció al niño. Tenía miedo, bien…debían temerles si querían vivir.
Ciel no dijo más, se limitó a hacerle una seña al cochero para que les ayudara a llevar a los chicos al carruaje, seguía siendo tan quisquilloso como siempre y no quería ensuciar su bonita ropa. ¿Qué se le iba a hacer? El viejo chocheaba y ellos serían unos niños por toda la eternidad. Tal vez Ciel tuviera razón…
Sin estar del todo abarrotado, el salón de baile refulgía en vida, risas, cuchicheos, guiños, coqueteos…todo mundo sabía lo conservadores que los Collingwood eran, cualquier falta a la moral sería duramente criticada. Sin embargo la seguridad a la que estaban acostumbrados a dar por hecho los convertían en presas fáciles, las personas normales tenían problemas para reaccionar razonablemente en situaciones imprevistas, aquellos otros que se sentían invulnerables no actuarían mejor.
Ciel acababa de retirarse a su habitación, Rachel bajaba por las escaleras, Vincent subía a su Despacho, Ash lo seguía; Alois amaba el caos y la destrucción, sin embargo Ciel detestaba los daños innecesarios, tener a ambos contentos no sería tarea fácil.
Lanzó el primer disparo, el sonido rebotó en el salón ahogado por los gritos de sorpresa o terror, menos de treinta segundos después la segunda bala rompió un enorme ventanal, seguido de una serie de disparos lanzados al azar.
Los gritos se convirtieron en llantos histéricos y se mezclaron con la confusión y el miedo.
¿Quién disparaba?
Sebastián podía haber programado un Sistema de Seguridad perfectos con los elementos disponibles, pero olvido los otros. Esos guardias de las otras Familias importantes que temían por su vida y que se infiltraron como invitados, Claude se había aprovechado de algunos de estos, no muchos…lo suficiente para sembrar el caos y la confusión a su alrededor.
Cuando al día siguiente, el cabeza de la familia apareciera muerto y su hijo estuviera desaparecido, se abrirían varias investigaciones, pero la gran mayoría conducirían a la nada y entonces Alois actuaría, rodarían un par de cabezas, pero su Amo no tenía la intención de permanecer tras las sombras toda la vida y Ciel, se enfurecería al principio, pero lo superaría…siempre lo hacía.
Mientras tanto Alois entretenía a Sebastián en el jardín, con un poco de suerte el hombre enloquecería.
Un minuto, sesenta y cinco segundos desde el primer disparo, en ese momento Vincent ya debería estar muerto y Alois ya estaría saliendo con Ciel de la Mansión.
Subió los escalones con calma, ahora todos disparaban… ¿Quién era el enemigo? Nadie lo sabía, pero disparaban. Tal vez habría más muertes de las previstas, considerando que cero era el número de decesos que Alois tenía en mente; no le extrañaba, los humanos se salían de control con gran facilidad, no era su culpa, de nadie en realidad, tal vez de la estupidez…
Deslizó la mano en el pasamano mientras ascendía por las escaleras, dobló en el pasillo a la izquierda, pasó por largo en varias habitaciones y lo encontró…
Sangre. La olió y le repugno. Sonrió divertido, lo imaginaba, pero nunca lo creyó realmente. Lo supo desde que dejo de escuchar sus ecos de venganza. Ash estaba muerto, un disparo directo a la sien, ni siquiera tuvo alguna oportunidad.
Entró sin tocar, en medio de la habitación el cadáver de Ash, los ojos y la boca abierta, una mueca desagradable; Vincent lo esperaba sentado tras su escritorio, frente a él una copa de vino, daba pequeños sorbos y no mostraba la desesperación y ansias típicas de una persona que acaba de enfrentarse a la muerte.
Se acercó hasta el enorme escritorio y tomó asiento sin ser invitado.
—¿Gustas beber algo en particular?—preguntó Vincent señalando con la mirada al mini bar en un rincón.
—Whisky—contestó.
El hombre lo sirvió el mismo y ofreció con un gesto condescendiente. La frialdad de sus movimientos más que despertarle admiración, le fastidiaba. Era un humano, sólo un soso y reemplazable ser humano, ¿porqué no le temía?
—¿Quién lo envió a matarme?
—Alois.
—Entonces supongo que ya sabe de tu traición.
Él asintió.
—Y no le importa—concluyó Vincent dando un sorbo—. Es igual a como mi padre decía, aunque habríamos preferido estudiarlo un poco más. ¿Ha venido por Ciel?
—Correcto.
—No lo permitiré—y el tono de voz de Vincent no cambió, no le amenazaba, ni intimidaba, ni siquiera advertía, simplemente estaba dando a conocer un hecho—. Alexis o Ciel es lo más cercano que tendré a un hijo, me pertenece de alguna forma. No estoy dispuesto a negociar.
—¿Y si te mato ahora mismo?
—Claude, eres una oveja negra. Hemos llegado a un acuerdo con "Ellos", no quieren romperlos y ellos nunca le gustaron. De lo contrario, ¿crees que podríamos haberles hecho algo así? Si me matas, irán primero por ti y después por tu muñequita de porcelana, es tan joven y débil aún…y no la matarán, ¿sabes? Nos las entregarán y será por toda la eternidad un juguete en manos deseosas de descubrir el secreto de la inmortalidad sin los desagradables inconvenientes que este encierra y Ciel, me temo que no estaré ahí para protegerlo, sufrirá un destino tan horrible como tú Amo.
Y por primera vez desde que entró a la habitación la sonrisa de Vincent se desvaneció. Claude no conocía el miedo, pero la sensación cosquillante que le corroía la nuca se le parecía bastante.
—Ahora han armado un desorden de tal magnitud que tendré que hacer uso de muchos de mis recursos para arreglarlo. No quiero pensar en esto ahora mismo. Será mejor que vayamos a la habitación de Ciel y lo encontremos ahí y como seguramente Alois ya estará ahí esperándote, deberás convencerlo de que lo deje ir. Y podrán hacer lo que les plazca, ir a donde prefieran…Les doy mi palabra.
Claude pudo haberse lanzado sobre él y desgarrado su garganta, también disparado directamente a su cabeza, incluso intentar apoderarse de su mente. Pero no lo hizo, porque sabía que tenía razón.
Tomó de una sola vez el whisky y junto a Vincent salió del Despacho, en dirección a la habitación de Ciel.
Es justo decir que nadie se sorprendió de encontrarla vacía.
Aterrizaron en el suelo con suavidad, sus pies se deslizaron por la hierba sin hacer ruido.
De lejos les llegaban los gritos ahogados de los invitados y el olor a pólvora los atosigaba más que el de sonido de los disparos, Alois marcaba el ritmo, rápido y constante, no vacilaba. Ciel le seguía en silencio, dejándose llevar.
Era diferente, podía verse igual, pero no era el mismo Alois con el que había compartido su cama.
—Tenemos que ir allá—se liberó del agarre opresivo del rubio y se encaminó rumbo al granero, desde que le vio sintió la necesidad de ir, tuvo muchas oportunidades antes, pero temía a lo que encontraría, ahora sabía que si se marchaba sin verlo, no volvería jamás.
—Ciel, ¡espera!—le gritó Alois sujetándolo con tanta fuerza del brazo que sintió como los huesos crujían.
—Tengo que ir allí—repitió ignorando el dolor y adelantándose.
—¿Por qué?
—No lo sé.
Alois no se opuso más, en silencio le siguió.
No era un granero, había sido reconstruido para parecerse a uno, pero no lo fue siempre. Incluso un rápido vistazo basto para mostrarle que en otro tiempo fue una casita de campo, pequeña y confortable. La escalera que llevaba a la segunda planta, la salita donde los niños tomaban el té y las macetas donde el olor dulce de las flores los envolvía. Habían tirado las escaleras y derribado el segundo piso, las puertas también fueron reemplazadas y la pintura se correó con el paso de los años, pero la casita…era pequeña, pero muy bonita, la prefería por encima de cualquier otra Mansión e incluso había supervisado personalmente la decoración del lugar. Sería su último regalo antes de…
"La belleza es subjetiva, Alexis…y depende del ojo del que la mira. Al igual que la justicia, si fuera sencillo distinguir entre el bien y el mal, nunca necesitaríamos crecer ni fingir que somos adultos"
—Iba a ser tú último obsequio, ¿lo recuerdas?
Estaba oscuro, pero su visión se adoptó fácilmente, sus sentidos agudos gracias a la sangre de Sebastián.
—No.
—Decidiste que nos iríamos y lo dejaríamos ser feliz, pero dudaste al final y eso les costó la vida a ellas.
Alois le hablaba desde el umbral de la puerta, el brillo la Luna dejaba ver su rostro y lo hacía ver mayor, triste y resignado.
—Ya no eres el mismo—declaró apenado de que el lazo que compartieran desde niños se hubiera roto.
En menos de un segundo Alois lo abrazaba por detrás, recargó su mejilla contra su hombro y dijo:
—Soy el mismo que juro estar contigo hasta el final de los tiempos. Incluso si todos te abandonaban yo prometí permanecer a tu lado por siempre.
—¿Por qué lo hiciste?
—Necesitaba poder para protegerte—Alois rió suavemente—pero terminé liando todo.
—¿A dónde vamos?
—A un lugar seguro. Haré tu deseo realidad, Ciel. Te haré feliz.
Ciel sintió las bocanadas de aire caliente de Alois golpeando su nuca y escuchó su respiración asustada, temerosa de no lograr lo que se proponía. Estaban vivos, tenían un corazón que latía y sangre caliente corriendo por sus venas, no estaban muertos. No eran Seres Humanos, pero tampoco Demonios del Infierno. ¿Qué eran?
—Te mostraré quién eres realmente una vez esté listo. Confía en mí, por una vez confía en mí.
Ciel no respondió, le faltaban las palabras. Ese lugar, había estado ahí antes, no una, sino muchas veces y siempre fue feliz. Lo sentía. Tenía preguntas, pero temía por las respuestas. Prefirió callar antes de responder, sólo un minuto antes de continuar se dijo a sí mismo, un minuto…
El dolor en las costillas lo trajo de vuelta, mataría al bastardo que se atrevía a patearlo, pero también debía agradecerle el que lo rescatará de ese torbellino de emociones. Alois era un maldito sádico, debía de ser su Don, usar las emociones de otros, amplificarlas. Era como si una hormiga se enfrentará contra un ventilador, la sola fuerza del impacto bastaría para aturdirla, más no matarla. No causaba un gran daño, pero bastaba para confundir a sus enemigos.
—¿Piensas dormir hasta mañana?
Sebastián reconoció la voz de Claude y se puso de pie, Vincent lo acompañaba, no le extraño, siempre supo que ese hombre escondía algo. Nadie sonreía tanto a menos que tuviera la necesidad de ocultar su verdadero rostro y todas esas otras emociones que no le convenía que vieran.
El ruido lo aturdió, a ninguno de los otros pareció importarle, decidió que a él tampoco lo haría y no preguntó.
—¿Ciel te escuchará?—la pregunta de Vincent estaba dirigida a él, aunque ni siquiera se tomará la molestia de mirarlo al rostro.
—Probablemente.
—Me complace escuchar eso, si fuera alguien fácil de manipular no valdría el tiempo que hemos invertido en él.
—Supongo que después de esto tendremos una conversación.
—Tú no—fue Claude quién respondió—. Después de esto ya no te necesitaremos.
Avanzaban a paso rápido, aunque no demasiado.
—¿Eso significará que me matarán?
Vincent contestó.
—No hay necesidad de hacerlo. Te lo prometimos, llegado el momento te daremos tus recuerdos. Esa es una de las razones por las que trabajas con nosotros, ¿no es así?
—¿Quién eres?
Sebastián sujetó del hombro a Vincent impidiéndole avanzar, Claude ni siquiera pestañeo.
—Un buen esposo, un padre de familia, un importante empresario.
Se soltó con un tirón suave y agregó.
—Ciel es un niño y el hijo de Rachel, es importante en muchas formas. Si lo convences de que regrese, te daré lo que más deseas.
—¿Ciel es Alexis?
—Se podría decir.
El tono de voz se mantenía neutro, como si no le importará.
—Rachel lo cree y lo ama, es lo que importa—agregó sin develar ninguna emoción
Sebastián había conocido a todo tipo de personas, ambiciosas, ególatras y megalómanas; por la postura de Vincent no cabía duda de que se amoldaba a las tres y ese resquicio de compasión por su esposa se le antojaba más que ridículo, desagradable.
La casita de campo no tenía más pinta de granero que él de Repostero para un ojo estudioso y curioso. Los niños estaban dentro, Alois opacaba la presencia de Ciel, pero no demasiado; estaban demasiado compenetrados, como si fueran uno.
Vincent fue el primero en entrar, Alois abrazaba a Ciel, ambos los esperaban, sus grandes ojos infantiles les miraron.
—Alexis, regresa con nosotros…—más que una petición, las palabras de Vincent a oídos de cualquiera sonarían más como una orden y siendo críticos, amenaza.
Vincent extendió una de sus manos y Ciel se apartó de Alois, más no se les acercó.
—Padre…—siseó con desprecio—. Preferiría morir antes que volver contigo.
Vincent miró a Sebastián y comprendió, empujó a Alois quién lanzó un grito ahogado y tomó en brazos a Ciel. Había tomado su decisión
— Dominaremos el mundo, lo recuerdas. Seremos los titiriteros y moveremos los hilos.
Era ligero y delgado y nunca antes le había parecido tanto un niño asustado, ni siquiera en el callejón, en medio de la inmundicia, casi esperaba que asintiera sumisamente como cualquier otro infante.
—No seré tu títere—exclamó en voz alta Ciel y lo abofeteó, el niño se libero cayendo con gracia felina y se puso de pie junto a Alois. La sorpresa se convirtió en satisfacción y sonrió.
—¿Tienes algún plan?—le preguntó Ciel a Alois.
Su amigo se encogió de hombros antes de dirigirse a Claude.
—¿Piensas traicionarme una vez más?
El aludido no contestó.
—No me sorprendería si lo hicieras, pero esta vez no te lo perdonaría y lo sabes.
Claude sonrió, no a media luna ni con esa terrible mueca que nadie terminaba por creerse, sino que mostró todos los dientes y Alois lanzó un suspiro entre aliviado y decepcionado, como si acabara de recibir una noticia dolorosa que llevaba mucho tiempo esperando.
—Y tú Sebastián, ¿a quién eliges?—le preguntó.
—¿Por qué tendría que responderte?—cuestionó mirando con recelo al chico, lo cierto es que nunca le había gustado y la idea de ser su aliado no le atraía.
—Yo también tengo respuestas y las mías podrían hacerte mucho más feliz—objetó Alois sujetando a Ciel por la cintura y atrayéndolo hacia sí—. ¿Qué eliges?
Ni siquiera tuvo que pensar su respuesta.
—Quiero seguir estudiando al mundo.
Se aproximó hasta Ciel, lo tomó del rostro y le golpeó en la nuca, el niño cayo inconsciente. Fue cuestión de milésimas de segundos, Ciel ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar.
—Es mucho más lindo y menos estorboso cuando duerme—comentó Sebastián acariciando la frente de Ciel—y silencioso también.
Alois sonrió feliz, a diferencia de Claude, Sebastián jamás traicionaría a Ciel; aunque sus métodos dejaban mucho que desear.
—Somos dos contra uno, ni siquiera tú Claude, tienes oportunidad de detenernos. Así que con su permiso…
Alois hizo una torpe reverencia a modo de burla y llevando a Ciel en brazos pasaron justo en medio de Vincent y Claude.
Ninguno se opuso, habían tomado sus decisiones y aquel no era un buen momento para revelar un puñado de verdades incomodas. Después de todo, a excepción de Vincent, todos tenían fragmentos de esa "Verdad"—
—¿Por qué no los detuviste?—preguntó Claude al verlos alejarse.
—Ciel volverá cuando esté listo, Alois no puede vivir sin ti y Sebastián seguirá a Ciel hasta el mismo infierno. Aflojemos un poco la cadena de los perros, dejemos que jueguen y disfruten de la libertad durante un tiempo, hasta que descubran que está tiene un precio tal vez un poco demasiado alto. Además…—y las sirenas de la policía, bomberos y ambulancias se dejaron escuchar a lo lejos—. Tendremos que arreglar un par de cosas por aquí…
CONTINUARÁ…
Siendo francos, ¿alguien recuerda este fic o alguien que leyó este fic en él pasado, sigue metido en el mundillo del fanfic?
Lo dudo, no actualizaba desde hace más de tres años y aunque siempre tuve la intención de actualizarlo, hasta ahora me he animado finalmente a escribirlo. Supongo que todos lo daban por muerto, no les culpo…incluso yo creí en un momento que no podía continuar, por lo estúpido que era…y bueno, hay varias anécdotas igual estúpidas e irrelevantes de por medio. Podría darles un millar de razones por la que lo dejé abandonados, pero me las reservaré porque son tan aburridas de escribir como de leer.
Lo cual no significa que no puedan reclamarme y llamar irresponsable, floja y demás adjetivos tan ciertos como ofensivos, incluso si el destinatario se sabe merecedor, pero bueno…ya perdí el punto y como no puedo retroceder el tiempo (para mi mala fortuna), me limitare a decir que SIENTOOOOOOOOOOOOOOOOO MUCHOOOOOOOOOO EL MEGA RETRASO, simple y sencillamente el fic no se dejaba escribir hasta ahora. No pregunten cómo funciona, pero a veces…no se deja escribir y tengo que pelearme con él. Ya empiezo a delirar.
Como sea, cualquier duda, crítica, queja, sugerencia será bien recibida.
Gracias por leer.
