Bella

—¿Dónde está Jake? —volvió a preguntar, esta vez preocupada— ¿Por qué estoy aquí? ¿Adónde vamos? —Nos interrogó, cada vez más molesta.

—Jake está, mmm…—comenzó Edward, dudoso—. Él está bien —finalizó. Le miré enojada unos segundos por su gran explicación y luego volví la vista hacia la carretera.

— ¿Qué le hicieron? —preguntó con desesperación, podía sentir su corazón latir fuerte— ¡Oh Dios mío, lo mataron! —nos acusó, y se puso a llorar.

—No lo matamos—la consolé—. Eso creo…—agregué con torpeza.

—¡Lo mataron!, ¡Son unos asesinos!— gritó, separándose de Edward.

A lo lejos se escuchó un aullido, interrumpiendo el llanto. Renesmee se abrió la ventana y dejó entrar el lastimero sonido.

Más tarde se durmió, y los aullidos cesaron por completo. Hubiéramos seguido viajando toda la noche de no ser por el irritante ruidito que avisaba el nivel del combustible. Estaba a punto de quedarme sin nafta. Fuimos a una estación de servicio que se encontraba en la ruta. Renesmee despertó y nos hizo bajar a comprarle unos dulces, cosa que hicimos ya que la habíamos separado de su "Jaky".

—Quiero uno de estos —ordenó señalando unos chocolates mientras se sorbía los mocos. Se esforzaba en lucir enfadada, fruncía el ceño con exageración y formaba un débil puchero con sus labios.

—Aquí tiene —dijo Edward a la dependienta al tenderle el dinero, ésta le dio el cambio no sin antes dar una mirada lujuriosa a su cuerpo. Gruñí por lo bajo y Edward rio un poco— Gracias —le respondió cortésmente.

—Princesa sube al auto—Le dije con ternura a mi hija al salir de la pequeña tienda.

—¡No voy a subir! —gritó en respuesta, arrojando sus dulces al suelo— ¡Quiero a mi Jacob!

—Renesmee Carlie Cullen—la regañó Edward, de nuevo—, cuida tus modales o jamás volverás a ver a Jacob —amenazó. Acto seguido la subí al auto lo más rápido posible. Esto hizo que la pequeña no nos dirigiera la palabra en todo el camino, y que se tragara las lágrimas.

—Ughh Renesmee —me quejé una vez en marcha— Apestas a perro mojado.

Edward hizo una mueca de disgusto y sus ojos irradiaron furia por unos segundos.

—No es ella la que apesta a perro—suspiró irritado.

—¿Tú crees que…? —pregunté, mirando por los retrovisores para verificar que Jacob no nos estuviera siguiendo de nuevo. No había nada—Edward por favor eso es imposible, ¿no?

—Sí, seguro —respondió con un tono de fingida calma. Me callé un momento para oír bien el ambiente, sólo escuché unos cuantos grillos, las ruedas y el motor del coche, animales moviéndose entre el césped de la carretera, y por último un par de respiraciones. Estaba procesando la información cuando el indicador de combustible volvió a sonar.

—¡¿Qué diablos?!—exclamé sorprendida, haciendo que Renesmee se sobresaltara y Edward me mirara enojado.

—Genial Bella; trato de enseñarle modales a mi hija y me haces quedar mal —se quejó por lo bajo, Renesmee rio— ¿De qué te ríes jovencita?—inquirió, volteándose. La miró serio y la pequeña paró de reír, observándolo de la misma forma.

Nuestra hija—Le corregí.

—Da igual—contestó molesto a la vez que volvía a su posición inicial.

—¡¿Da igual?! ¡Muere dando a luz entonces!—le grité furiosa.

—¡Mira hacia delante Bella!—Indicó con irritación. Renesmee nos miraba con los ojos abiertos como platos y la boca formando una O.

—¡¿Y si no quiero?!—lo desafié. Pero hice lo que me pedía y viré, esquivando al auto que teníamos en frente.

Seguí de mal humor unos minutos, Edward fue consciente de esto y evitó hablar para no generar otra discusión. Manejé en silencio, más no pude con la culpa en mi cabeza; no era común que le gritara de esa forma. Toda la situación con Renesmee nos tenía estresados y muy irritables. Si las cosas seguían así podríamos terminar destruyendo nuestro matrimonio, y no podía permitir eso. Debía disculparme, o si no la próxima pelea sería peor.

— Lo siento Edward —me disculpé, cansada por todo el asunto—. No quise gritarte así.

—No importa —me perdonó—. Todos tienen discusiones maritales —acotó, y el auto se paró de la nada— ¿Y ahora qué pasó? —indagó confuso.

—No lo sé, le cargamos gasolina y sin embargo el indicador sonó hace un rato —contesté—. No tendría que haberse acabado aún.

—Iré a por el bidón que teníamos en el baúl —dijo saliendo del Ferrari. Había puesto unos allí cuando pasamos por la estación para no tener que detenernos continuamente. Bajé junto a él con las llaves en la mano y se las di para que abriera el baúl. Me miró sorprendido al ver lo que había allí en lugar de nuestras maletas.

—Hola—saludó Jacob, saliendo de su incómoda posición. Acto seguido se enderezó y comenzó a estirarse— ¿Ya llegamos? —preguntó como si nada.

—¿Jake? —escudriñó Renesmee desde el interior del auto. Salió a toda velocidad y abrazó con todas sus fuerzas a Jacob, quien sonreía plácidamente.

—¡¿Qué mierda haces en mi auto?! —vociferé, desconcertada por completo. Ese idiota estaba arruinando todo por enésima vez.

—Solo los acompaño en sus vacaciones—respondió con calma. Renesmee nos observaba a Edward y a mí de forma tranquila al estar su lobo con ella.

—¡Vete ya mismo de aquí! —lo echó Edward enojado— ¡Te aclaré miles de veces que te alejaras de nosotros!

—Tranquilo Ed —le contestó Jacob con descaro— No es para tanto…

—¡Deja de meterte en nuestras vidas! —gritó Edward. Hace dos años estaba de acuerdo con la imprimación de Jacob en nuestra hija, sin embargo estos últimos meses habían sido el colmo, y su inesperada presencia en nuestras vacaciones fue la gota que rebalsó el vaso.

—¡No puedo evitarlo! —clamó Jacob, impotente.

—¿Y quién te mandó a imprimarte de mi hija? —pregunté con fastidio.

Nuestra hija —me corrigió Edward.

—¡Cállate! —le grité.

—¿Otra vez con lo mismo? —se quejó él. Jacob nos miró asombrado y le tapó los oídos a Renesmee, dándola vuelta al mismo tiempo para que no mirara la discusión— ¡Deja de gritar sin sentido!

—¡Tú también estas gritando! —espeté.

—¡Tú empezaste!

—¡Bueno pues tú…! —comencé a atacar, pero Jacob me distrajo— ¡Hey! ¡¿Adónde crees que vas con nuestra hija?! —le grité, ya que trataba de llevarse a la pequeña con discreción. Agregué la palabra nuestra para satisfacción de Edward.

—Cálmate Bells —dijo asustado Jacob—pareciera que quieres matarme.

—Lo siento—me disculpé sin sentirlo— ahora dame a mi princesa —le ordené, más ésta no quiso cooperar y terminé casi arrancándosela de los brazos.

—Edward, ¿hay algún lugar por aquí cerca para que Renesmee pueda descansar mejor?

—Hay un hotel a unos 3 kilómetros —dijo este mirando en el GPS de su teléfono —podemos llegar en cuestión de minutos si Jacob puede seguir nuestro ritmo.

—¿Y mi auto? —pregunté.

—Habrá que empujarlo o llamar a una grúa —contestó—. Ten, el hotel está aquí—Dijo dándome su teléfono—Ve con Nessie, Jacob y yo las veremos allí con el auto.

—No la llames así—gruñí. Puso los ojos en blanco como única respuesta.

La cargué en mi espalda, miré la dirección en el teléfono, y comencé a correr en hacia el hotel. Podía sentir las uñitas de mi niña aferrándose a mi carne, no me ocasionaba dolor, pero me obligó a reducir un poco la velocidad para que no temiera caerse. A los segundos, como si acompañara nuestra mala suerte, empezó a llover despacio. Percibí el agua entrar en mis sandalias, más seguí corriendo, pasando varios autos gracias a mi celeridad.

Llegamos en cuestión de minutos, tal cual había indicado Edward. El hotel constaba de seis pisos y en el frente había un enorme cartel luminoso que rezaba: Hotel Henderson, debajo indicaba que era cinco estrellas. Miles de luces decoraban al edificio por fuera, y el hall se veía desde mi posición ya que las paredes poseían ventanas amplias, similares a puertas de cristal. Bajé a Renesmee de mi espalda y la tomé de la mano para entrar juntas. Noté que el lugar le parecía agradable por la amplia sonrisa en su rostro.

Al pasar por las puertas contemplé encantada el detalle de las cortinas y suelo; poseían un delicado terciopelo bordó. Pero lo que más captó mi atención fue una mirada rojiza al otro lado de la habitación.