FE DE ERRATA. En el capítulo anterior donde pone "Por último se despidió de sus hermanas Ellyn de veinte y de Safrina, que se había hecho septa, la cual le bendijo en nombre de los Siete", quiere decir realmente "Por último se despidió de sus hermanas Ellyn de veinte y de Sifria, que se había hecho septa, la cual le bendijo en nombre de los Siete."


CAPÍTULO 3. EL GATO Y EL LEÓN

Lord Tytos estaba sentado en un asiento de piedra blanca con los reposabrazos en forma de leones. Era un hombre de cincuenta y cinco años aproximadamente, con el cabello blanco con sus antiguos destellos rubios de oro, y unos ojos verdes claros. Siempre tenía una sonrisa en la cara, pero su carácter era tan débil como amable.

–Necesitamos oro, mi señor –decía un joven bajo y rechoncho ante el estrado donde estaba Lord Tytos Lannister.

–Hace seis lunas os dimos una bolsa con quinientos dragones de oro, que aún no nos han sido devueltos –respondió Lord Lannister con amabilidad– y ahora me pedís más.

–Se lo pagaré con creces, pero cuando llegue el invierno. Se lo prometo por mi honor de Lydden –añadió Ser Lewin Lydden vestido con una túnica con el emblema de casa: un tejón de plata en partido de sinople y leonado.– Cuevahonda necesita un sinfín de reparaciones que mi noble padre no puede asumir.

Hubo un silencio hasta que el Lord volvió a tomar la palabra:

–Os daremos otros quinientos dragones de oro. Espero que le mandéis recuerdos a vuestro padre.

–Así haré, mi señor –respondió el caballero con una inclinación.

Ser Lewin se dio la vuelta y cuando empezó a caminar directo hacia la puerta, con una sonrisa llena de triunfo y aguantando una ruidosa carcajada, se oyó una voz:

–Mi señor, nos devolveréis el dinero con intereses en el plazo de cuatro lunas, o de lo contrario creedme que nos lo pagaréis con acero y sangre –dijo Ser Tywin poniéndose en pie.

El joven Lydden se dio la vuelta horrorizado mirando tanto a Tywin como a Tytos.

–Esto es imperdonable, mi señor. ¡Vuestra casa me amenaza ante una audiencia! ¿Dónde están las leyes de la hospitalidad? –gritaba histérico Ser Lydden.

Lord Tytos también se puso de pie rojo de ira mirando hacia su primogénito.

–Tywin, aún no eres el señor de Roca Casterly. Cierra la boca y no nos avergüences más. ¡Eres mi hijo y me debes obediencia!

–¿Y tú nos hablas de vergüenza cuando todos nuestros vasallos se ríen en nuestras caras y hacen bromas con nuestra Casa? ¿Sabes cómo os llaman vuestros leales vasallos? El Gato de Oro, el Gato Dormido o el Gato de la Roca. Somos leones, no gatos. ¡No toleraré eso! –gritaba ya Ser Tywin.

–¿Qué no lo tolerarás? Claro que sí. Mientras yo viva tú obedeces. Mientras yo gobierne tú callas –las palabras de Tytos salían de su boca con toda su furia– Y ahora vete, sal de aquí de una maldita vez.

Ser Tywin salió a toda prisa del salón pero con la cabeza muy alta y orgulloso, tal y como era siempre. No volvió a ver a su padre hasta la hora de la cena. El comedor estaba lleno de personas y muy iluminado por las velas. El olor a pan recién horneado y a asado impregnaba el ambiente. Tywin se sentó al lado de su esposa, Lady Joanna Lannister. Era perteneciente a una de las ramas de los Lannister, prima de Tywin y hermana de Ser Stafford. Tenía una larga cabellera rubia recogida en un trenzado que le llegaba por la cintura y unos ojos azules tan intensos que rivalizaban con el cielo de verano.

–En lugar de enfadarte con tu padre lo que tendrías que hacer es aconsejarle como su primogénito y heredero que eres –la voz de Joanna era cálida y penetrante y al decirle esto le dio un beso en sus labios.

«Sí, claro, como si fuera tan fácil aconsejar a mi padre. Es una cabeza hueca que ve amigos por todas partes, incluyendo a los que son enemigos abiertos», pensaba Tywin.

–¿Cómo están los pequeños gemelos? –preguntó Tywin para no pensar en eso. Los pequeños gemelos, un niño y una niña, nacieron hacía un mes apenas. Cuando vio que uno era un niño, Jaime, fue una de las pocas veces en la que Tywin sonrió, además de un su boda. Esperaba que la niña, Cersei, fuera igual de bella que su esposa Joanna.

La cena siguió sin novedades. Las charlas de los congregados hablando entre ellos se mezclaban con platos de cebollas asadas en salsa de miel, panceta frita, huevos revueltos con zanahorias y nabos, jabalí asado con salsa de manzana, cordero al horno y vino del Rejo junto con otros manjares. Antes de que llegaran los postres Lord Tytos se puso en pie, pidió y silencio y dijo con voz solemne:

–Cuando acabe la cena quiero que vengan a mi salón privado mis hijos: Tywin, Kevan, Tygget y Gerion –se sentó y entraron los postres: pastelitos de fresas, pastelitos de limón y porciones de tarta de chocolate con bolas de nata recién batida.

En el salón privado de Lord Tytos ardía la chimenea y las velas, dando a la estancia la mayor iluminación posible. Sentado en una silla de madera con forro de terciopelo rojo estaba Tytos, acompañado a su derecha por el maestre Creylen. La mesa estaba llena de papeles y había una carta en las manos del Lord cuando entraron sus hijos.

Ser Kevan era el segundo hijo de Tytos. Era un joven corpulento y robusto, con una mandíbula cuadrada, de corto pelo rubio y los ojos verdes más fuertes que los de su padre. Tenía los hombros redondeados y la piel muy clara. Ser Tygett era más corpulento, todo músculos y muy fuerte. Había heredero el pelo rubio de los Lanister y los ojos azules de su madre. Ser Gerion, el cuarto, era la viva imagen de Kevan pero con una mandíbula más redondeada y fina.

–Sentaos, hijos –dijo Tytos moviendo la mano en dirección a unas sillas.

Los hijos se sentaron tal y como había dicho el padre, incluyendo Tywin, no antes de fruncir el ceño a su padre.

–«Alas negras, palabras negras» dicen, y es totalmente cierto. Malas noticias nos ha traído este cuervo –decía Lord Lannister mientras movía con una mano en alto la carta.– Nuestros amigos Reyne y Tarbeck se han levantado contra nuestra casa. Quieren a partir de ahora gobernarse ellos solos y no ser más vasallos.

–Me tenías que haber dejado que partiera en tres a ese Lord Tarbeck, padre –dijo airado Tywin.

–Eso habría sido una abominación, Tywin –respondió su padre– pero hay más, han pedido ayuda a El Risco.

–¿Y qué pretendes hacer, padre? –preguntó con una voz ronca Tygett.

–Pues… –se quedó un rato pensando el Lord– supongo que si quieren gobernarse ellos mismos, están en su legítimo derecho. Les cerramos las fronteras y que ellos se las apañen.

–No, padre. Ya bastante nos toman por imbéciles los patanes de tus vasallos. Hay que atacar con acero y demostrar el poder que tiene Roca Casterly y los Lannister –dijo de inmediato Tywin que ya no se podía controlar más.

–¿Una guerra? ¿Es eso lo que me propones? ¿Una guerra? –preguntaba incrédulo Tytos.

«Y con razón lo llaman el Gato. Más débil no puede ser mi padre», pensaba Tywin.

–Eso es –respondió Gerion– Eso les demostrará a todos nuestros vasallos que somos leones, no gatos.

–Mi señor, si queréis que los Lannister tengan el esplendor de antaño hay que hacer lo que vuestros hijos proponen –decía el maestre Creylen.– Si se independizan estas dos casas y nos humillan, ¿quién dice que las demás no seguirán el ejemplo? Hay que combatir la rebelión con acero y sangre.

Lord Tytos estuvo un buen rato meditando mientras se acariciaba la barbilla con los dedos con alguna que otra arruga de la edad. Tomó una bocanada de aire y abrió la boca:

–Si queréis acero y sangre, así se hará. Tengo que nombrar a un general.

–Que sea a mí, mi señor –dijo Tywin.

–Si tanto es tu deseo, tienes el mando. Haz lo que quieras pero te lo advierto, luego no me vengas con quejas –dijo Tytos señalándole con un dedo.

–No habrá quejas. Iré a por los Tarbeck, los Reyne y los Westerling –respondió Tywin.

–No, El Risco déjamelo a mí. Algunas guerras se ganan con las espadas, pero otras se ganan con las cartas.