CAPÍTULO 4. LLEGAN LOS LEONES
El humo no le dejaba ver nada. La torre principal estaba ardiendo, sus aposentos, su cama de plumas de ganso, sus vestidos de seda y terciopelo, sus joyas, todo lo que poseía. «Mis hijos, ¿dónde están mis hijos?» se decía a su misma Lady Fabia. Estaba llena de hollín y de cenizas, con su hermoso vestido esmeralda destrozado, con el pelo enmarañado y con cortes en las mejillas y en las manos. «Tengo que buscarlos. Tengo que ponerlos a salvo», se seguía diciendo.
Se puso de pie con mucha dificultad y se dirigió hacia el antiguo septo. No venía por ninguna parte a su familia. Estaba en los jardines del septo cuando subió la mirada hacia un árbol y vio colgada a su hija Lady Katya. Fabia horrorizada comenzó a retroceder con la mirada clavada en el cuerpo de su hija muerta balanceándose, pero tropezó con el estanque de agua y cayó. Allí flotaba sin ojos su hijo Ronald junto con una montaña de conchas.
Lady Reyne salió corriendo fuera del septo, fuera de las miradas de los dioses, y se tropezó con dos cuerpos empalados. En uno estaba su nuera, Lady Safrina, con el vientre abierto y su hijo neonato descuartizado. En el otro su hijo mayor, su primogénito, Brandon, acribillado a saetazos. Fabia tenía los ojos enrojecidos por las lágrimas, tanto que incluso les escocían. Una figura se estaba acercando a ella, una figura procedente de uno de los peores siete infiernos. Una figura que reconoció al momento: Ser Tywin Lannister. Sus ojos verdes pasaron a rojos de ira, rojos que escupían fuego. Dio un rugido y se convirtió en león. Lady Fabia ya no tenía esperanzas de seguir con viva. Se puso de rodillas, abrió los brazos y el león se abalanzó a ella.
Fabia se despertó sobresaltada, con el corazón a punto de salirse del pecho, sudorosa. Se puso la bata y salió al balcón a que le diera el fresco aire del amanecer. «Temo mucho este acto suicida. Se que no estamos a salvo. Tytos será un gato manso, pero su hijo, ese Ser Tywin, ese caballero dorado no. Vendrá con todo el poderío Lannister a por nuestra sangre», seguía diciéndose pese a estar despierta, «menos mal que contamos con el apoyo de El Risco». Lord Raynald Westerling, señor de El Risco, había dado su apoyo. Se esperaba su llegada a Torre Tarbeck esa misma mañana, junto con su hijo y doscientos caballeros, los demás llegarían a Castamere.
–Mi señora, ¿quiere que le traiga el desayuno? –dijo una criada.
Fabia no se había dado cuenta de su presencia, ni siquiera de la puerta al abrirse, pero respondió:
–Sí, sí, pero algo ligero. Hoy no me encuentro muy bien, Talila.
Al rato vino la doncella con revuelto de huevo y un melocotón troceado con una jarra de agua fresca. Fabia se lo comió todo sin mucho entusiasmo, meditando en su sueño. «¿Será una premonición?». No quería pensar en ello. Se pudo un vestido azul marino, aunque estuvo pensando en ponerse su vestido preferido: uno de seda esmeralda con bordados de hilo de oro y madreperla. Una vez vestida, arreglada y aseada salió al patio a recibir a sus amigos de El Risco, pues ya habían sido vistos por los centinelas.
Lord Westerling no se hizo de esperar. Llegó a la media hora seguido por su hijo y heredero y por otros caballeros. Lord Raynald era de piel blanca, cabello corto y negro mezclado con canas y ojos oscuros. Su hijo Gawen era, en cambio, más moreno, de cabello castaño y los ojos claros de su madre.
–Bienvenidos y gracias, mi señor. Os he acomodado dos de los mejores aposentos en la torre –decía Fabia– y vuestros caballeros podrán compartir sitio con los míos o acampar dentro de las murallas. Como a mi señor le plazca.
–Muchas gracias, mi señora. ¿Podríamos asearnos? Estamos lleno de polvo del viaje –la voz de Lord Raynald era ronca.
–Por supuesto. Además os llevaremos comida. Talila, Mania, acompañad a nuestros invitados a sus aposentos –y las dos criadas los llevaron a los aposentos.
A las dos horas se reunieron los invitados con ella y su pequeño consejo de guerra, presidido por su hijo y su cuñado. Estuvieron horas y horas hablando de la mejor estrategia, de cómo tenían que defender el castillo en caso de ataque, de por dónde tenían que huir en caso de que la fortaleza fuera asaltada, de los mensajes que se deberían enviar, etc.
Mientras estaban comiendo, los centinelas avisaron de que un ejército Lannister se estaba acercando. En menos de tres horas estaban completamente rodeados de un ejército de leones liderados por Tywin.
–Madre, refugiaros en la fortaleza con la familia. Atrancad las puertas y pase lo que pase no salgáis –le dijo Brandon a su madre.
Ella le dio un beso en la mejilla con lágrimas en los ojos y corrió con toda su familia y los demás habitantes del castillo a la fortaleza, junto con un pequeño batallón de doscientos guerreros, mitad Tarbeck y mitad Westerling. Las fuertes puertas fueron atrancadas desde dentro. Lady Fabia se asomó corriendo al balcón para ver cómo iba la batalla.
Ser Manderly mandó un emisario para hacer un pacto pero a cambio recibieron la cabeza desde una catapulta. Así murieron las esperanzas de cualquier rendición pacífica.
–Rendir el castillo y os prometo una muerte rápida –decía Tywin.
Manderly y Brandon se asomaron desde las almenas de las murallas y el más mayor dijo:
–Ser Tywin, os ordeno que deis la vuelta, vayáis a la Roca y dejadnos este asunto a nosotros mismos.
–Eso no está en mis planes –respondió Tywin a Manderly.– Habéis sido declarado traidores y vuestro pago es el acero y la sangre. Si no rendís el castillo me veré obligado a reducirlo a cenizas.
–Que así sea, Tywin –respondió Manderly.
La respuesta no se hizo esperar. El ejército Lannister lanzó una lluvia de flechas que fue respondida con flechas incendiarias por parte de los Tarbeck.
