CAPÍTULO 5. TRAICIÓN CON ACERO Y SANGRE
Ya estaban esparcidos por el campo de batalla los primeros muertos de ambos bandos. Ser Tywin había traído máquinas de asedio, como una tortuga envuelta en piel de caballo sin curtir para evitar que saliera ardiendo. Debajo había un tronco grueso de un árbol que estaba arremetiendo contra la pesada puerta para derribarla. Por mucho que hicieran los arqueros no conseguían destruir la tortuga.
–¡Brea y aceite hirviendo! –gritaba Brandon.
Y de las murallas empezaron a caer ríos de aceite y brea ardiendo que se mezcló con el chillido de los enemigos. Pronto empezaron a correr algunos soldados que fueron blanco fácil para los diestros arqueros.
Aaaaaaaaaauuuuuuuuuuu, aaaaaaaaaauuuuuuuuuuu
Se oyó dos toques de cuerno desde el campamento Lannister.
Aaaaaaaaaauuuuuuuuuuu, aaaaaaaaaauuuuuuuuuuu
Otros dos toques de cuerno pero esta vez dentro de las murallas.
–¿Qué ha sido eso? –dijo Ser Manderly– ¿Quién…?
Y de pronto a su espalda estaba Lord Raynald con una radiante sonrisa. A Manderly no le dio tiempo a reaccionar, pues el Lord había cogido su cuchillo largo y le rajó el cuello de oreja a oreja. El caballero se desplomó en el suelo, intentó dar un grito pero se estaba ahogando en su propia sangre y murió. Ser Brandon se giró en busca de su tío y lo vio muerto a los pies del señor de El Risco
–¡TRAIDORES! –gritó el joven.
Pero su grito fue en vano. Ser Gawen ya estaba agarrándole del cuello por la espalda y le rajó el cuello tal y como hizo su padre con el otro caballero. La sangre le empezó a salir a borbotones. El patio era una batalla campal entre la gente de El Risco y los de Torre Rabeck. Aquellos que creían ser aliados los estaban matando sin compasión, a sangre fría y a traición. Lord Raynald bajó de las almenas y con la ayuda de diez de sus hombres abrieron las puertas para que entraran las tropas de Ser Tywin.
–Mi señor, he hecho tal y como me dijo su señor padre –dijo el señor inclinándose al león.
–Bien hecho. Se nota los vasallos de confianza –respondió Tywin– ¿Dónde está los Tarbeck?
–Guarecidos en la fortaleza, pero la mitad de los guardianes son mis hombres –dijo el Lord con unas risas.
Y Tywin galopó contra sus enemigos. Las primeras edificaciones ya estaban ardiendo y el patio se estaba llenando cada vez más de muertos. Dos niños empezaron a correr huyendo del establo en llamas. Dos caballeros Lannister arrollaron a los pequeños para luego cortarles las cabezas.
Lady Reyne estaba bajando las escaleras de la torre. «Hay muchos gritos y huele a fuego –pensaba para sí misma–, algo no va bien». Ya quedaban pocos escalones cuando comenzó a oír el sonido del acero entrechocando y a sus pies apareció uno de sus hombres medio muerto.
–Corra. El Risco. Traidores –fueron sus últimas palabras antes de morir.
Fabia subió corriendo a los aposentos donde estaba refugiada su familia.
–¡Atrancad las puertas! –gritó al tiempo que movía los muebles contra las puertas. Las criadas salieron corriendo en su ayuda. Cerraron las puertas con llave, las atrancaron y acumularon todos los muebles que había en la estancia.
Katya, su hija, estaba llorando agarrada de la mano a Safrina, su hijo Roland desenvainó su espada corta, Malissa Reyne lloraba abrazada a su hermana Fabia, Ellyn rezaba con la septa Sifria, Goski andaba en círculos y Talila y Mania se quedaron mudas.
–El Risco nos ha traicionado –dijo Fabia respirando de forma entrecortada– Los hombres que nos defendían en la fortaleza han muerto en manos de nuestros enemigos y pronto estarán aquí.
Sus enemigos estaban subiendo las escaleras, todos los allí congregados las escuchaban. El maestre abrió las ventanas y echó a volar a todos los cuervos, cada uno con un mensaje. «Alguno llegará. Nos harán rehenes o, peor aún… nos matarán a todos. No, no pienses en eso mujer idiota». Y Fabia empezó a recordar a sus padres y hermanos, su matrimonio, el nacimiento de sus hijos… Sus pensamientos se interrumpieron por el ruido de los hachazos. Casi media hora tardaron en derribar las puertas. El primero en asomarse gritó:
–Podéis usar a esas putas, y matad a esos dos: al niño y al maestre –señalando hacia ellos.
–¡NOOOOOO! –gritó Fabia pero le dieron un puñetazo en la cara con el guantelete que le partió el labio.
Diez hombres se acercaron hacia Roland y el maestre Goski. Roland, pese a tener doce años, era más fuerte y alto que la mayoría de los niños de su edad. El maestre fue el primero en caer. Roland empezó a gritar y a luchar por su vida pero seis espadas le atravesaron el pecho y murió.
–Piedad, mi señor. Lady Safrina está de parto en estos momentos –pedía sollozando Sifria.
Y era cierto. Safrina estaba sentada con la espalda en una pared, jadeante, con gemidos lastimeros y llena de un líquido viscoso. Con el estrés y el miedo se le había adelantado el parto.
–La tendrá. Vosotros dos, rajadle la barriga y sacad a ese bastardo de su vientre y traédmelo –gritó el que parecía ser el cabecilla del grupo.
Dos hombres se acercaron a ella, desenvainaron la espada y se la clavaron en la barriga. El grito que dio Safrina fue aterrador. La sangre le comenzó a salir a raudales mientras las dos bestias le abrían el vientre y sacaban a su hijo que comenzó a llorar. El capitán cogió al bebé de los pies, lo levantó y entre una infernal carcajada partió en dos al recién nacido con su espada. Safrina se desplomó inconsciente y la septa comenzó a gritar de horror y dolor. El primer hombre que había entrado agarro del pelo a Lady Reyne y empezó a partirle su vestido mientras se sacaba su miembro de los calzones.
–Esto te va a gustar, ¿eh zorra? –decía mientras le salía saliva de la boca.
Mientras tanto, la señora de Torre Tarbeck estaba viendo como cinco hombres se turnaban para violar a las dos criadas. Ellyn yacía muerta con la espada corta de su hermano clavada en el pecho, indicio de un posible suicidio. Algo mejor de lo que estaban pasando las demás mujeres. Las envestidas de su agresor eran tan fuertes que le estaba haciendo daño en la entrepierna y notó que comenzó a sangrar, «pero no gritaré. Soy la señora de Torre Tarbeck. Tengo que ser fuerte y no les daré el placer de gritar».
–A la septa me la quedo yo –dijo el jefe del grupo– Quiero follarme a la Doncella.
–Que el Padre te juzgue como te mereces –dijo Sifria mientras le golpeaba en la cara con la mano abierta.
La respuesta del hombre fue un puñetazo en la barriga. La septa cayó sin aliento al suelo y la comenzó a montar como un perro monta a una perra. Katya y Malissa estaban teniendo el mismo destino. Todos los hombres probaron con todas las mujeres, hasta que ya ninguna tuvo la suficiente fuerza para oponer resistencia.
–Ser Tywin exige que se lleven a los rehenes de importancia abajo al patio. Inmediatamente –dijo un caballero Lannister desde la puerta.
–Muy bien. Lleváosla a todas, salvo a las dos criadas que no nos sirven de nada –dijo el líder del grupo.
Otros dos hombres cogieron unas antorchas y esperaron a que los demás salieran con las mujeres arrastrándolas por las escaleras. Cuando todos salieron quedaron arrinconadas las dos criadas. Los hombres comenzaron a prender fuego a la habitación.
–¡NOOOO! Piedad, mi señor. Os lo suplico. ¡PIEDAD! –comenzó a gritar horrorizada Mania, mientras Tulia comenzó a rezar a los Siete Dioses.
Escaleras abajo se empezaron a escuchar gritos de dolor, gritos de las dos mujeres siendo devoradas por las llamas. Llegaron al patio. Allí estaba Ser Tywin y sus hombres con todos los habitantes del castillo masacrados, asesinados, algunos decapitados y otros descuartizados. También había una hilera de cuervos con mensajes atravesados por flechas. «Que el Padre te proteja y el Guerrero te de fuerzas, esposo mío», rezó Fabia.
–Habéis sido acusados de traición –decía Tywin con voz fría– y la traición se paga con sangre.
Pusieron a las mujeres de rodillas, excepto Safrina que yacía ya muerta desangrada y con las tripas hacia fuera.
–Kevan, Tygett, Gerion, adelante –seguía diciendo Tywin.
Y los hermanos clavaron sus espadas directamente a los corazones de Katya, Malissa y Sifria. La fortaleza se convirtió en una bola de fuego amenazando con derrumbarse. Fabia sabía que, como castigo, la habían dejado para el final, para así ver cómo caía en desgracia su casa. El olor a humo impregnaba todo el patio. Ella, destrozada en su interior, con los ojos llenos de lágrimas esperaba con la cabeza aún bien alta la espada de Tywin. «Dioses, proteged a los míos que aún quedan con vida» y la cabeza de Lady Fabia Reyne cayó rodando a los pies del León de Roca Casterly.
