CAPÍTULO 6. EL BOSQUE SANGRIENTO
El salón de Castamere era una mezcla de voces, conversaciones y risas, sobre todo risas.
–¿Te acuerdas de la cara del viejo en la boda de su gorda hija? –dijo Lord John Reyne.
Ambas familias fueron invitadas a la boda de Lady Genna Lannister con Ser Emmon Frey, el de la cara de comadreja. La pareja era tan inconexa y era tan absurdo ese enlace que Lady Ellyn Tarbeck no pudo aguantar la risa y en plena celebración estalló en una sonora carcajada.
–¡Cómo para olvidarla! –confirmó Lord Hoster –Pero si te parece bien, viejo amigo, tenemos otros asuntos pendientes de mayor envergadura. Tenemos que planear la defensa en caso de un posible ataque.
–Tienes ya los temores de un anciano, Hoster. ¿Imaginas al valeroso Lord Tytos al frente de un ejército contra nosotros? Pero tenemos que estar prevenidos. Quizás no sea él, pero podría mandar a algunos de sus otros vasallos. Ser Quarro, Ser Farlen, Ser Leo, Ser Harys, ¿qué opináis al respecto?
–Mi señor –comenzó Ser Farlen– yo propongo poner varios escuadrones en torno a Castamere y a comienzo del bosque. Está a un día de aquí pero es el camino principal y allí es por donde entrarán nuestros enemigos.
–En caso de que vengan claro –apuntó Lord Reyne.
–Vendrán –tomó la palabra Ser Leo– aunque sea solo para la reprimenda, pero vendrán. De eso estad seguro, mi señor.
–Eso de dividir el ejército en escuadrones está muy bien –entró en el debate Ser Harys– podríamos flanquear la fortaleza y asegurar los caminos.
–Además no podemos olvidar a los espías y emisarios –dijo Ser Quarro– Debemos poner varios espías para divisar algún movimiento de tropas.
–Mmmm, sí… Sí, esa es la mejor opción –afirmó Lord John– Ser Quarro, encárgate tú de esos espías. Escoge a los mejores y más rápidos, dadles caballos veloces, buenas monturas y ligeras. Ser Farlen, Ser Leo y Ser Harys, dividir el ejército a vuestro gusto. Farlen estará dentro de la fortaleza, Leo en el camino principal del oeste y Harys en el camino que da al sur.
–Mi señor, ¿y el bosque? –preguntó Ser Harys.
–De eso me encargaré yo y mis hombres –respondió Lord Hoster Tarbeck – Ser Rodrick y Ser Roose me acompañarán. Mi escudero Randyll, nuestro sobrino, se quedará en la fortaleza para su mejor protección.
–Estupendo, que así sea –dijo Lord John dando por finalizado el consejo de guerra.
Cuando todos los presentes se estaban poniendo en pie para ocuparse cada uno de sus respectivas tareas, se abrió la puerta y entró por ella el maestre Willem, llevando en la mano un cuervo muerto.
–Mis señores, noticias preocupantes –dijo el maestre mientras jadeaba.
«Alas negras, palabras negras», pensaba John.
Y el maestre colocó al cuervo muerto en la mesa. Tenía una flecha atravesada en la parte del vientre. Además también colocó un trozo de pergamino ensangrentado. El Lord de Castamere lo cogió y comenzó a leerlo. Cuando terminó lo hizo una bola y la lanzó furioso contra el suelo.
–¿Cómo es posible que haya llegado vivo con una flecha clavada? –preguntó el León Rojo.
–Mi señor, esa herida no era mortal, pero sí lo es la pérdida de sangre y la infección –respondió el maestre– El cuervo había perdido mucha sangre y además ya tenía la sangre envenenada y llena de pus. Aún vivía cuando leí el mensaje.
–Mis señores –comenzó a decir John– las tropas Lannister están poniendo bajo asedio Torre Tarbeck.
La cara de Lord Hoster se desencajó. «No, no puede ser. Se habrá equivocado –pensaba Tarbeck– No pueden poner mi fortaleza bajo asedio».
–Mi señor, dejé a muchos hombres en la fortaleza junto con el ejército de El Risco. ¿Cómo es posible? Hay que mandar un cuervo a la Torre. Tengo que ir allí con mi ejército, mi señor –comenzó a decir Hoster con un nerviosismo marcado.
«Mi esposa, mis hijos, mi familia. No, no puede ser» seguía pensando el señor de Torre Tarcbeck.
–Por lo visto, la casta de Lord Tytos está en el batallón, liderado por Ser Tywin –dijo el maestre Willem.
–¿Ese crío? Si aún tiene pelusilla en lugar de barba –se mofó el León Rojo– Es solo un león sin garras.
Se hizo un incómodo silencio en la sala.
–Entonces esto lo cambio absolutamente todo. Lord Hoster coge a los hombres que necesites. Acude a tu fortaleza y rompe el asedio. Quiero a los Lannister prisioneros con vida. Serán nuestros rehenes hasta que el Gato nos declare independientes –dijo Lord John.
Esa misma tarde las tropas de los Tarbeck salieron de Castamere por la puerta oeste, por el camino principal, rumbo hacia Torre Tarbeck a romper el asedio Lannister. El pequeño Randyll se quedó en Castamere, tal y como dijo en un principio Hoster.
«Espero que no sea demasiado tarde –pensaba Lord Tarbeck mientras galopaba con su corcel– ¿Por qué tengo tanto miedo por unos infelices gatos?» pero un estremecimiento le recorrió todo el cuerpo.
Ya se estaban vislumbrando los primeros árboles del bosque que había entre Torre Tarbeck y Castamere. Pasaron por los primeros robles y olmos. De pronto se comenzó a ver una gran columna de humo que emergía hasta lo más alto del cielo. Un pensamiento negro penetró en la cabeza del Tarbeck. «¿Torre Tarbeck en llamas? No, no pienses en eso –pero ya era demasiado tarde y el pecho se le oprimió– Estamos a un día. Imposible que esté ardiendo. Mi familia. Corre, corre como el viento». Y el señor aceleró el paso.
–Mi señor –Ser Roose se puso a su altura– nuestros espías han divisado un pequeño ejército a unas dos leguas de aquí, en el claro del bosque.
Tras dos horas y medias llegaron al claro y Lord Tarbeck quedó horrorizado. Todo el esplendor de Roca Casterly estaba allí haciendo una fila. Todos los estandartes de las casas vasallas ondeaban con el viento. Allí estaban las monedas de oro de la Casa Payne, el gallo azur de los Swyft, el árbol ardiendo de los Marbrand, el tejón de plata de la Casa Lydden, el encapuchado de los Banefort, la pira de oro con el sol de la Casa Lefford, el jabalí de los Crakehall, el pavo real de los Serrett, el yelmo plateado de la Casa Broom, los perros de los Clegane y el buey de la Casa Prester.
–Mi señor, son más que nosotros –comenzó Ser Rodrick.
–Pero lucharemos. El número no determina el final de la batalla, sino la destreza de sus participantes –dijo el Lord mientras buscaba a los Lannister.
Y allí estaban los hermanos, los diabólicos retoños de Lord Tytos. Y a su derecha estaba el último estandarte que Hoster contempló: las conchas de la Casa Westerling. «No. Nos ha traicionado. El castillo ha caído pero, ¿y mi familia?»
–Convocad a los generales de inmediato –ordenó Tarbeck.
Al momento estaban todos los generales y algunos caballeros de las tropas de Torre Tarbeck. El Lord comenzó a decir:
–Mis señores, mis amigos y vasallos fieles. Los Westerling de El Risco están con los Lannister. Eso quiere decir que Torre Tarbeck ha caído –la voz se le atragantó en la garganta– y tienen en su poder a nuestras familias: a nuestras mujeres, a nuestros hermanos y hermanas, a nuestros hijos e hijas. Ahora tenemos que ser valientes. Tenemos que luchar por ellos. Tenemos que vengarnos con sangre y acero. ¡¿QUIÉN ESTÁ CONMIGO?! –y todos gritaron y rugieron al aire mientras golpeaban sus espadas contra el escudo– Muy bien. Que comience la batalla. Quiero a los Lannister apresados con vida.
La primera avanzadilla de los Tarbeck chocó contra la primera Lannister. Pronto el silencioso bosque se llenó de un estruendo de rugidos, gritos, espadas entrechocando y el ruido de los escudos de madera recibiendo los golpes. Lord Hoster ordenó al resto avanzar y todo fue un caos. Los Lannister y sus vasallos luchaban brutalmente contra los Tarbeck. Cuatro mil rebeldes contra ocho mil de la Roca.
Hoster ya estaba lleno de sudor y sangre pero sus dos principales generales no se apartaban de él. Ser Roose tenía el brazo empapado en sangre y Ser Rodrick había perdido el casco, además tenía una herida en la frente. El Lord divisó a los Westerling.
–Allí están nuestros traidores –y los tres cabalgaron hacia ellos.
Hoster comenzó a luchar contra Lord Raynald mientras Ser Roose estaba contra Ser Garwen y Ser Rodrick estaba entretenido con un general de El Risco.
–Traidores. Bastardos –gritaba Lord Tarbeck mientras envestía una y otra vez contra el Westerling.
Una estocada hirió en la pierna al traidor, por lo que perdió el equilibrio y cayó del caballo. Hoster comenzó a rodearle pero su hijo le atacó por la espalda. Ser Roose se interpuso entre ellos y la espada de Garwen se hundió en su pecho, cayendo Roose sin vida al suelo. El Lord se giró y se vio cara a cara con Ser Tywin, que también iba lleno de sangre. Hoster con un grito de rabia se abalanzó hacia Tywin, pero este lo esquivo y le golpeó con la espada que dio a parar al escudo.
–Tu mujer fue muy valiente –decía Tywin mientras rodeaba con su caballo la montura de su enemigo– incluso algunas de tus hijas. Aunque claro, tampoco tenían demasiadas fuerzas tras haber sido violadas medio centenar de veces. Sus cabezas son una buena decoración para las ruinas calcinadas de tu torre.
Hoster se puso rojo de rabia y arremetió contra Tywin. El choque fue tan brutal que los dos caballeros cayeron de sus monturas al suelo. En la caída Lord Tarbeck chocó contra una piedra puntiaguda que le perforó la pierna derecha. A duras penas se puso de pie y, cojeando, comenzó a dar estocadas contra el León de Lannister. Ser Rodrick los divisó y acudió en ayuda de su señor. Cuando ya estaba casi a su lado, uno de los hermanos de Tywin se interpuso y comenzó a luchar contra el caballero.
Rodrick era más fuerte pero Kevan más rápido y resistente. Al poco rato Rodrick dio un mal golpe que le costó la vida. Tywin seguía dando envestidas a Hoster hasta que el señor de la Torre, cansado y exhausto, con la pierna rígida y dolorida, calló de rodillas al suelo.
–No temas. Pronto estarás reunido con toda tu insignificante familia –dijo Tywin al tiempo que alzaba la espada.
Lord Hoster Tarbeck, hijo de Lord Brandon y Lady Elana Ogrey, se imaginó a su familia al otro lado y sus lágrimas comenzaron a caer. Cerró los ojos con todas sus fuerzas. Al principio sintió un corte en el cuello pero ya luego estaba todo en paz y murió.
