CAPÍTULO 8. ¿Y QUIÉN SOIS VOS?
–¿Y quién sois vos para exigir que me arrodille ante nadie? –dijo Lord John con arrogancia.
Las tropas de los Lannister estaban frente a las altas murallas de piedra gruesa de Castamere. Los escuadrones que se habían colocado en puntos estratégicos habían tenido que volver, pues los Reyne pensaban que ellos ganarían en número. Las puertas se habían cerrado y atrancado. Pese a no haber un foso que rodease toda la fortaleza era bastante fuerte y resistente.
–Soy Ser Tywin Lannister, hijo de Lord Tytos, señor de Roca Casterly, el León de Oro –dijo con más arrogancia aún Tywin.
–¿Un león? Yo solo veo a un gato, no un león. Estás más verde que la hierba que crece en mi jardín –le respondió el Lord entre carcajadas.
–Hasta los gatos tienen garras, John. Y unas garras muy afiladas a decir verdad –la voz de Tywin era cada vez más fría.
–Soy Lord John Reyne, hijo de Lord Rudiger Reyne, descendiente por sangre del gran Ser Robb Reyne. ¿Y creéis que me tengo que arrodillar ante vos? ¿No crees que tendría que ser al revés?
–O abrís las puertas o recudiré toda Castamere a escombros –dijo el autoritario Tywin.
–¿Mancharás la tierra con sangre de tu sangre? –preguntó airado John.
Se contaba una historia, convertida en leyenda, que en la Edad de los Héroes hubo un Lannister de una rama inferior que fundó tanto el castillo de Castamere como la Casa Reyne, por lo que los Reyne y los Lannister estaban emparentados. Por este motivo, el blasón de los Reyne es un león rojo.
Randyll Tarbeck estaba en las almenas, al lado de su tío, viendo la escena. No había visto en su vida tantos colores, tantas banderas y tantos blasones juntos. Ni que decir tiene que tampoco había visto un ejército tan extenso, ni tampoco ninguna batalla. «Madre, protégenos a nosotros y a mi familia», rezó Randyll.
–Randyll, si los Lannister consiguen pasar las murallas vete al septo con mi familia y los que puedas encontrar. Baja a las criptas y allí verás un pasadizo secreto que te llevará fuera. Una vez estéis tras las murallas huid, huid lo más lejos que podáis –le dijo el Lord con una mano en el hombro de su sobrino.
«¿Si pasan las murallas? Entonces, ¿estamos perdidos? Guerrero, dadle valor a nuestro ejército. Madre, protégenos. Vieja, ilumina nuestro camino», rezó de nuevo el joven Tarbeck.
–Catapultas –oía Randyll decir a Tywin desde el otro lado.
Ffffffummmmmm, ffffffummmmmm, ffffffummmmmm
Las catapultas rompieron el aire con su sonido y comenzaron a lanzar unos objetos que cayeron en la arena del patio. Cuando Randyll los vio se quedó horrorizado. Una criada comenzó a chillar y a llorar y John Reyne se quedó mudo por completo. Lo que en un principio confundieron como objetos estaban sangrando y medio podridos, algunos estaban llenos de gusanos blancos.
Eran cabezas, trece cabezas. Randyll bajó las escaleras corriendo presa de un mal presentimiento. «Espero que no sea», se decía el escudero. Sus temores se confirmaron cuando empezó a inspeccionar las cabezas. Allí estaban sus padres, sus tíos y sus primos. La última línea de la Casa Tarbeck al completo estaba en los suelos del patio de Castamere, desfigurados, semidevorados por cuervos y gusanos y malolientes.
Ffffffummmmmm, ffffffummmmmm, ffffffummmmmm
A continuación lo que comenzó a caer fue una lluvia de piedras. Enormes bloques de piedra ennegrecidas, quizás por un incendio. «Torre Tarbeck –fue lo primero que pensó Randyll– quieren destruirnos con los cimientos de nuestra familia». Y con toda la razón. Cuando destruyeron la Torre, los Lannister cogieron las piedras más manejables para usarlas en las catapultas y, con algo de suerte, destrozar las imponentes murallas del león rojo. Los grandes bloques de piedra habían ya destrozado el techo de paja del establo y había derribado la armería. El maestro armero fue la primera víctima de esta contienda.
–¡Arqueros! –gritaba el Lord– Derribad esas catapultas. ¡Incendiadlas!
Ffffffffff, ffffffffff, ffffffffff
Las ardientes flechas comenzaron a clavarse en las catapultas y en aquellos que la usaban. Algunos cayeron muertos, otros comenzaron a arder y corrieron y chillaron hasta caer ya muertos por completo. Dos de las catapultas estaban ardiendo cuando la otra seguía lanzando piedras.
Ffffffummmmmm
Las envestidas brutales de la piedra contra la piedra estaban haciendo que comenzaran a salir grandes grietas en las paredes de las murallas.
–¡Más flechas! –seguía gritando el Lord.
Ffffffffff, ffffffffff, ffffffffff
«La muralla va a caer –Randyll comenzó a tener miedo– tengo que hacer caso a mi tío. Tenemos que huir de la ciudad. Tengo que buscar a mi familia». Y se fue corriendo en el momento justo en que una parte de la muralla cayó con un golpe que hizo estremecer a la propia tierra. Los enemigos comenzaron a penetrar en la fortaleza, mientras los arqueros los acribillaban a flechazos, pero eso no impedía que entrasen más hasta que consiguieron abrir las puertas. Randyll entró en el castillo. Fue al comedor donde sabía que estaban todos allí. Entró y comenzó a atrancar las puertas.
–¡Ayudadme! –gritaba a la desesperada– ¡Ya vienen!
Cuando consiguieron atrancar las puertas se puso a mirar a los que allí se encontraban pero… «¿Dónde están los demás? ¡Aquí no están todos!».
–¿Dónde están los demás? –cada vez estaba más desesperado y aterrado– Tenemos que salir del castillo. ¡Los leones han entrado!
–Lady Olanna está en sus aposentos, junto con el maestre y su hija Lady Regina –respondió el septón Hullier.
–¡Maldición! No tenemos tiempo de subir. Tenemos que salir.
–Pero ¿cómo? –preguntó el septón.
–Por la trampilla del servicio. Lleva a los túneles que comunican con el patio –decía Randyll que pese a sus años hablaba como un gran señor– Allí iremos a las criptas del septo, buscaremos la salida y nos alejaremos lo más que podamos.
Comenzaron a abrir la trampilla de servicio. Abajo estaba todo oscuro, por lo que tuvieron que coger una antorcha de las que iluminaban el salón. Los peldaños eran de madera y crujían al pasar. Las paredes estaban frías y húmedas. En primera posición iba Randyll Tarbeck junto con Robb, seguido por sus primos pequeños Samwell y Alla, por la anciana Resme agarrada al septón Hullier y las criadas Tanda, Munia y Aleshia.
Llegaron al centro de la red de túneles y giraron hacia la derecha para ascender y salir al patio, justo frente al gran septo. Cuando estaban subiendo las escaleras ya comenzaron a oír el sonido de la batalla. Cuando salieron era ya de noche y estaba lloviendo. La lluvia les azotó las caras y les caló al momento. El pequeño grupo estaba ya en el patio y comenzaron a correr hacia el septo. Estaban a tan solo veinte pasos.
