CAPÍTULO 9 LAS LLUVIAS DE CASTAMERE

El destello de un rayo vino acompañado por el inicio de la lluvia. El sol había desaparecido para dar paso a la noche. El viento era aún muy débil y la humedad del ambiente era muy grande. Ser Roland Reyne luchaba con gran valentía. Era muy diestro con la espada, tanto que parecía la prolongación de su brazo. Daba espadazos a derecha y a izquierda, llevándose por delante a todos sus enemigos.

–¡Por Castamere! –gritaba a la vez que mataba a sus enemigos los leones.

De pronto, al darse la vuelta los vio. Era un grupo de nueve personas que huían hacia el septo. Nueve personas conocidas. Allí estaban su abuela, sus hermanos pequeños, su único primo vivo, las criadas que conoció toda su vida y el septón que lo vio nacer, crecer y hacerse hombre.

«Intentan huir por las criptas», pensaba al tiempo que mataba a otro león.

Pero no iban solo. De muy cerca eran perseguidos por un grupo de enemigos. El que encabezaba la caza tenía un blasón con tres perros. Lord Gregor Clegane, fundador de su casa, llevaba una espada negra desenvainada en su mano, dispuesto a abalanzarse hacia sus presas como un perro hacía con un ciervo.

Roland comenzó a correr, pero Clegane llegó antes. Agarró de la túnica al septón al tiempo que entraba en su casa sagrada. Lo tiró de espaldas al suelo. Hullier pronto estuvo embadurnado en barro. Intentaba huir de su agresor pero Clegane fue mucho más rápido aún. Cogió su espada y se la clavó en la espalda mientras Hullier se estaba levantando. La espada le atravesó un pulmón y cayó al suelo luchando por respirar, pero cuando Roland consiguió llegar su cuerpo ya había dejado de respirar. Las criadas comenzaron a correr en dirección a los jardines de Lady Olanna, perseguidas por diez soldados. Su abuela Resme y sus hermanos Robb, Samwell y Alla desaparecieron al cruzar las puertas del septo. «Espero que consigan escapar».

Roland estaba cara a cara con Gregor. Era corpulento, fuerte pero era demasiado lento gracias, en parte, a la barriga que se había curtido en los últimos años.

–¿Preparado para morir, maldito? –su voz era arrogante.

–Quizás algún día, ¿y vos? –fue su respuesta.

Y cargó contra él. La primera estocada le hizo un profundo corte en el brazo. La túnica pronto se empapó de sangre. Dio un rugido y arremetió contra él, Roland no pudo más que retroceder.

Mientras tanto su padre junto con Ser Farlen, Ser Leo y Ser Quarro estaban luchando con los hermanos Lannister. Farlen le cortó varios dedos a Tygett, golpe que le hizo caer de rodillas. Cuando el caballero alzó la espada para matar al león dorado, este se sacó un puñal del muslo y se lo clavó en las tripas. El acero atravesó la cota de malla y las tripas comenzaron a salir y a caer por el suelo. Ser Farlen cayó de rodillas, lo que permitió a Tygett atravesarle el cuello con el mismo puñal. Quarro peleaba contra Kevan, Leo se enfrentaba a Gerion y John se quedó con Tywin.

Roland estaba ganando terreno a Gregor pero el joven tropezó con un cuerpo sin vida y perdió su espada. Gregor le lanzó la espada y Roland pudo frenar el golpe con su escudo pero se partió. Sin poderse defender, intentó buscar a toda prisa su espada, cualquier cosa que empuñar o algún trozo de madera con el que protegerse del Perro. Cuando iba a coger un hacha Clegane alzó la espada y le cortó la mano.

El chillido del joven hizo que su padre, John, se girara y comenzará a correr hacia su malherido hijo, dejando a Tywin atrás. Ser Leo también fue en su busca pero al girarse Gerion le atravesó el corazón con su larga espada. Roland jadeaba de dolor pero pudo conseguir una espada. No sabía luchar con la mano izquierda pero aun así no tenía más remedio si quería vivir. Luchaba con todas sus fuerzas por seguir con vida, incluso se la clavó en la pantorrilla al Perro. Este emitió un gruñido y bajó la espada con tanta fuerza que le partió el cráneo en dos. Los sesos, los trozos de huesos y la sangre saltaron por el aire.

Lord Gregor intentó sacar la espada de la cabeza del Reyne pero se había incrustado con tanta fuerza que no podía sacarla. Randyll Tarbeck aprovechó eso para salir del septo donde estaba escondido, cogió la espada de su primo muerto y con todas sus fuerzas le cortó un pie. Gregor se dejó caer de rodillas y Randyll le rajó el cuello hasta llegar al hueso.

–¡NOOOOOOO! –fue el grito que dio Lord John al ver el cuerpo sin vida de su hijo tirado en el suelo.

Siguió corriendo pero fue en vano. Una flecha dorada le atravesó el muslo y tropezó. Kevan Lannister se le acercó, dejando atrás el cuerpo sin vida del bravoosi Quarro, y sin esperar cualquier respuesta le separó la cabeza de los hombros de un solo golpe de espada.

Randyll cogió la espada y se dirigía de nuevo hacia el septo cuando el hijo de Lord Gregor se interpuso en su camino. Ser Roland Clegane tenía el rostro rojo de ira y se abalanzó contra él. La lluvia seguía cayendo, el patio estaba lleno de grandes charcos mezclados con barro, sangre, vísceras y muertos.

Los edificios comenzaron a arder, excepto la fortaleza. El precioso jardín estaba envuelto en llamas, ya no quedaba nada de la herrería, de la enfermería, del puesto de vigilancia ni del mercado. Las puertas de las murallas habían caído y las paredes estaban siendo derruidas. Pocos hombres de la Casa Reyne quedaban en pie con vida.

Pero aun así Randyll quería vivir, quería tener un futuro, quería ser un caballero. Su temor crecía por momentos pero no podía vacilar, o sino perdería la vida. Roland Clegane era mucho más fuerte, de eso Randyll estaba seguro, pero si conseguía cansarlo lo suficiente quizás tuviera una oportunidad de escapar. Era poco honorable pero ya no le importaba el honor. El único Tarbeck cogió barro y se lo lanzó directamente a los ojos del Perro. Este los cerró y se llevó las manos a ellos para limpiárselos, momento que empleó Randyll para entrar en el septo.

Una mano le cogió por la túnica y lo lanzó fuera del edificio, que estaba comenzando a arder también. Clegane se había recuperado muy deprisa, más de lo que Randyll hubiera querido. Apretando los dientes y más rojo aún, con una ira contenida, cogió su espada y le atravesó el pecho. La sacó y se la volvió a clavar. El corazón de Randyll le latía a toda prisa, luchando por seguir con vida, luchando por respirar, luchando por sobrevivir. Otra vez, otra y otra. El Tarcbeck no pudo ganar esta batalla y acabó cerrando los ojos para siempre, pero Clegane no se dio por satisfecho. Incluso tumbado en la tierra sin vida, este seguía clavándole la espada una y otra vez, formando un gran charco de sangre y rompiendo todas las costillas y huesos que fue capaz.

–Ya basta. ¿Acaso no ves que está muerto o es que eres un perro ciego? –la voz de Tywin era tan autoritaria como siempre –Ser Roland busca a los que han huido. Lord Raynald entra en el castillo y busca a la puta de John y a todos los que estén con esa bruja. No quiero rehenes. Ser Gawen ve con tu padre.

Y los tres nombrados desaparecieron al instante.