CAPÍTULO 10. LAS LÁGRIMAS DE LYS

Lady Olanna Tarbeck estaba sentada en sus aposentos, recluida aunque no había atrancado la puerta. «¿Para qué? Si vienen una puerta de madera no les impedirá entrar en la habitación». La acompañaban Ser Harys, el maestre Willem y su hija doncella Regina, tumbada en la cama, con los ojos abiertos y estaba muy pálida, con la boca aún llena de vino.

–Mi señora, las murallas han caído –le dijo Ser Harys mientras miraba por el balcón– Los leones están dentro.

–¿Veis a mi marido o a mis hijos? –preguntó preocupada Lady Tarbeck. «No me tenía que haber ido del comedor. Tendría que haber permanecido con ello. Tenía suficiente».

–Desde aquí no podría deciros, mi señora. Todos luchan con todos.

«Un león nunca huye –era el lema de la Cara Reyne– y yo soy ahora media leona».

Pasaban los minutos y la lluvia parecía no parar. Fuera la noche ardía, se podía oler el fuego en el ambiente, mezclado con la humedad y la sangre fresca. Por cada minuto, Lady Olanna estaba cada vez más nerviosa. Desconocía qué podría estar pasando. La tranquilidad de la sala se vio perturbada por unas pisadas desde el fondo de las escaleras, unas pisadas que estremeció el cuerpo de la señora de Castamere.

–Ya vienen –dijo con la voz calmada, sin mostrar sentimiento alguno. «¿Ya no tengo esperanza? Siempre fuerte», el lema de su Casa Tarbeck.

La puerta se abrió con un gran estrépito. Por ella entraron tres hombres manchados en sangre, barro y llenando de gotas de lluvia la lujosa alfombra de Myr. El que encabeza el pequeño grupo era Lord Raynald Westerling, el cambiacapas, seguido por su hijo y otra persona que Lady Olanna no conocía en absoluto.

–¡Traidor! –gritó Ser Harys blandiendo la espada.

Los dos hombres comenzaron a enfrentarse el uno con el otro. Los otros dos soldados hicieron el ademán de incorporarse en la refriega pero Lord Westerling los hizo retroceder.

–Esta justa es mía –dijo mientras daba una patada a la pierda de Harys.

Saltaron algunas chispas cuando los dos aceros chocaron. Harys estaba ganando terreno, era mucho más fuerte y más joven que su enemigo, y eso el señor de El Risco lo sabía.

Mientras tanto, Lady Olanna estaba sentada en una silla con forro de terciopelo verde, con la espada erguida, con la cabeza recta y mirando la escena de forma totalmente apática. El maestre estaba junto a ella, frotándose las manos de forma nerviosa. Su joven hija yacía en la cama, aparentemente dormida, había una copa de vino al lado de sus manos abiertas sobre el colchón de plumas de ganso.

Chassss, chassss

Seguía chocando las dos espadas. Cuando parecía que el caballero Reyne iba a dar el golpe final, Lord Raynald hizo una señal con la cabeza a sus hombres. Como si se movieran con el viento, se colocaron a las espadas de Harys, sacaron los puñales finos y pequeños y comenzaron a clavárselos en las partes donde la armadura no cubría el cuerpo. Ser Harys finalmente cayó al suelo en un gran charco de sangre, con los ojos negros abiertos de par en par.

–Mi señora, tengo orden de entregaros a Ser Tywin –dijo el Lord pasando por encima del cadáver.

Raynald se acercó a la cama, cogió a Lady Regina y estaba muy fría. La zarandeó y no se movió, y supo al momento que estaba muerta. Cogió la copa, la examinó pero no olía a nada raro, solo a uvas y otra serie de frutas con las que realizaron el vino rojo.

–Lágrimas de Lys, mi señor –respondió fríamente Olanna– Con una buena dosis sus efectos son mortales al instante. ¿Creíais que iba a dejar que mi hija sufriera violaciones por vosotros?

–Eres un demonio proveniente de los siete infiernos –dijo con desagrado Lord Westerling– Mereces la muerte de inmediato. Vosotros dos matad a ese maestre.

Y los dos soldados se acercaron a Willem con sus espadas en las manos y comenzaron a perforarle las carnes hasta dejarlo sin vida. Raynald se dirigió hacia la señora, que seguía sentada impasible ante todo lo que estaba pasando. Cuando se acercó a ella, se agachó para cogerle por los hombros y alzarla y en ese momento Lady Olanna sacó un puñal pequeño pero con una hoja tan fina que parecía una aguja y comenzó a clavársela en el cuello.

–Esto por mis hijos –decía mientras le seguía apuñalando en el cuello– Esto por mi marido. Esto por mis hermanos. Esto por mis sobrinos. Y esto por Torre Tarbeck y Castamere.

Lord Raynald estaba muerto en el suelo, con las manos de Lady Olanna ensangrentadas hasta el codo pero ella seguía arrodillada y apuñalando. Los dos soldados la cogieron de los hombros y la tiraron contra la pared, perdiendo así el puñal. La levantaron y uno le cruzó la cara con el guantelete de metal y le partió el labio, llenándole la boca de sangre.

–Matémosla –dijo uno de ellos poniéndole en el cuello la hoja de la espada.

–No seas idiota. Ser Tywin nos degollaría –respondió Ser Gawen Westerling– Ha ordenado que nos la llevemos. Prende fuego a todo el castillo.

Cogió a la señora de Castamere y se la llevó escaleras abajo retorciéndole el brazo para que no hiciera alguna tontería. El patio estaba repleto de cadáveres y de grandes charcos. Reconoció a tres de ellos: su esposo, su primogénito y su sobrino. Su hijo estaba casi irreconocible, con el cráneo partido. Junto a un árbol estaba Ser Tywin y sus hermanos. De él ya prendían tres cuerpos de mujeres. A medida que se iba acercando los fue reconociendo uno a uno. En la parte derecha estaba con la cara negra su criada Tanda, en el centro Munia y en el otro extremo, aun tambaleándose con vida estaba Aleshia, la más joven. Pero había otra soga libre.

–Mi señor, aquí la tenéis –dijo Ser Westerling.

–Excelente, Gawen –respondió Tywin– Te estábamos esperando, Lady Olanna. Ahora acabemos cuanto antes.

Le pusieron la soga de cáñamo al cuello y le cerraron el nudo. Le apretaba pero ya no sentía nada. «Mi casa está destruida y mi familia masacrada. ¿Para qué seguir con vida?», decía para sí misma.

–Estás muy callada, ¿una última palabra? –preguntó Tywin.

–Has bañado la tierra con tu propia sangre. Tu Casa quedará maldita a vistas de los dioses. Maldito seáis, Tywin –dijo Olanna al tiempo que le escupía en la cara.

El León se quitó la saliva mezclada con sangre de los ojos y le dio un bofetón que le dejó la mejilla roja como una granada.

–Ya basta de esperar al Desconocido. Colgadla –ordenó.

A medida que el suelo se iba separando de ella, Olanna vio el castillo en llamas y partes del mismo que se estaban viniendo abajo. A medida que se fue quedando sin aire fue pataleando, hasta que ya dejó de respirar, sus ojos ya no veían, sus oídos no escuchaban y su corazón se quedó callado, en calma, tranquilo, quieto y frío.