EPÍLOGO. EL RUGIDO QUE NO MUERE

La espléndida Castamere seguía ardiendo. Ya no eran más que ruinas y piedras calcinadas. La lluvia no parecía tener fin. No se podía contar cuántos muertos había extendido por toda la zona. «Una lástima. No durará más de diez años» pensaba Tywin mientras veía la gran herida que le habían provocado a Ser Roland Clegane, hijo del difunto Lord Gregor.

A sus pies estaban los cuerpos muertos de los tres últimos Reyne que intentaban huir. Lady Resme Ogrey, madre del difunto Lord de Castamere, tenía un profundo corte en el cuello, por el que aún manaba un reguero de sangre. Sus ojos abiertos y muertos miraban a los de Tywin, pero estos ya no veían. Los dos pequeños habían luchado por sus vidas, tal y como hicieron sus padres y hermanos. Samwell tenía el corazón atravesado, aunque solo era un niño de seis años, y Alla, la niña de cuatro, tenía varios cortes en el cuello y en los brazos, ya que se resistió a la espada de Ser Clegane.

–Mi señor –dijo un caballero en una montura gris– creemos que uno de los Reyne ha conseguido escapar.

–¿De quién se trata? –preguntó Tywin, aunque no con mucha curiosidad.

–De Robb, un escudero de doce años que era hijo del Lord. No hemos encontrado su cadáver –respondió.

–Bueno, estará enterrado entre las piedras o quemado en el septo. No me preocupa un niño, y si vuelve a aparecer me encargaré de que muera de nuevo. Ahora, nos vamos a casa –dijo Tywin siempre tan frío.

Y así cayó y así se exterminó las dos casas rebeldes, demostrando que los Lannister no eran gatos dormidos.


Quince años después de esto una figura encapuchada estaba examinando lo que quedaba de la maravillosa Castamere. Apenas quedaba rastro. Del magnífico comedor se mantenía en pie dos paredes de piedra que no podían superar la vara y media de altura. De las portentosas murallas solo quedaban los cimientos. Del enorme septo no había ni rastro, pero aquella figura misteriosa conocía cada palmo de las ruinas y de lo que pudo haber en su tiempo, como si hubiera nacido allí.

Comenzó a llover. Las lluvias corrían por las paredes del salón, pero ya no había nadie. La figura se acercó al lugar donde estaría el septo y buscó una losa. La levantó y bajó por unas escaleras. Las criptas olían a moho y a cerrado, hacía mucho tiempo que nadie acudía allí. El encapuchado prendió fuego a una serie de antorchas y la estancia se iluminó débilmente. Había numerosas esculturas en granito negro, antiguos señores y señoras, caballeros y escuderos, todos pertenecientes a la extinta Casa Reyne.

Se paró en el lugar que estaba buscando. Era una tumba de piedra blanca, muy grande, con una burda inscripción encima. Por un momento las llamas de la antorcha iluminaron la cara del misterioso y su cara solo podía reflejar un sentimiento. Venganza. «Aquí yace el último linaje de la Casa Reyne, Señores de Castamere», ponía la inscripción.

La figura colocó un estandarte en la lápida. Un león rojo rampante ahorquillado de gules sobre campo plata. El emblema de los Reyne. «Aquí yace el último linaje de la Casa Reyne, Señores de Castamere», decía la inscripción, pero ¿de verdad estaba allí enterrado el último linaje? ¿Todos los Reyne habían muerto en manos de los Lannister? La antorcha se apagó y dejó a oscuras esa parte de la cripta. Afuera la lluvia seguía cayendo.