Tercera razón
Viendo una película, caballa
La mejor loción. El mejor peinado. Sus dientes brillantes. Aliento fresco. Piel suave. Pantalón pegado. Camisa interior negra, raída. Campera roja a medio brazo. Zapatos de marca. Su cadena favorita. Brazaletes ¡Listo!
Rin Matsuoka tendría la cita perfecta.
Observó su habitación, asegurándose de que Haru, quien había ido a por él, seguía dormido -Rin había estado duchándose cuando llegó-, y se acercó al espejo. Sonrió de lado, llevándose una mano a la barbilla y guiñándose un ojo.
Haru quiso reírse, entreabriendo los ojos y observando a su novio modelarse a sí mismo.
Rin tomó su cartera y su celular para después sentarse en la orilla de su cama y zarandear al pelinegro, quien había cerrado los ojos nuevamente.
─ ¿Ya terminaste de admirarte? ─se burló. Rin se sonrojó imperceptiblemente y carraspeó.
─Solo estaba viendo que no se hubiera rasgado o algo ─excusó. Haru asintió.
─ ¿Y no se te rasgó mientras sacabas músculo? ─el pelirrojo lo golpeó en la cabeza antes de levantarse e ir a la puerta.
─Vámonos, la función no va a esperarnos.
Y, efectivamente, no los esperó. Cuando llegaron, la película ya había avanzado los primeros diez minutos. Haru y Rin se sentaron en la fila del medio, en silencio e intentando no molestar a nadie. La mano del pelinegro tomó la del menor, entrelazándolas. E hizo aquello típico de las películas romanticonas.
Bostezó con una sonrisa e intentó rodear a Rin por los hombros, pero éste ya le estaba viendo con una perfecta cara que expresaba su confusión. Haru se encogió de hombros y optó por recargar la cabeza en su hombro mientras el pelirrojo volvía a la película, ignorando el peso extra sobre su costado.
El pelinegro observó la película brillando en los ojos de su novio y decidió que esa era una de las tantas vistas perfectas que Rin tendría para mostrarle.
─Rin, deja de llorar ─pidió mientras caminaban de regreso a casa. El chico negó.
─ ¡La puta protagonista se murió! ¿Quién mierda hace eso? ─se quejó. Haru suspiró y abrió la puerta de su casa. Rin no había llorado todo el camino, pero si a ratos, cuando la escena de la muerte de la chica volvía a su mente─ Tenía tanto por vivir…
─Hacerme caballa te pondrá de mejor humor ─el pelinegro le obligó a quitarse el calzado y lo empujó a la cocina, aventó el delantal que colgaba de un clavito a su pecho y sonrió─. Yo cocinaré las verduras.
─ ¿Eh? ¿Comes verduras? ─El pelirrojo secó sus lágrimas para después lavarse y ponerse el delantal, mientras intentaba hacer memoria de lo que Haru comía con regularidad.
─Sí, para que sea más equilibrado. Ya sabes, Gou molesta mucho con eso de comida balanceada.
Rin tuvo que darle la razón, su hermana era una metida en toda palabra. Se dedicó a preparar la caballa asada, se había leído diez recetas en internet y había practicado cientos de veces –tres-, que se los contara Gou. No tardaron mucho en sentarse a comer.
Rin dedicó a Haru una mirada retadora mientras éste pescaba un trozo de comida entre los palillos y se lo llevaba a la boca. El pelinegro dejó de vuelta los utensilios en la mesa y se limpió la boca sin expresión alguna. Luego alzó la vista, clavando la mirada en los ojos carmín que se mostraban ansiosos. Levantó el puño y alzó el pulgar. Casi sintió el alivio de Rin.
─No está mal. Tendrás que cocinarme mucho para mejorar.
