Séptima razón
¿Fundashi? Un amor maldito
Mitología
Hacía mucho tiempo, cuando el mar era solo uno, los humanos intentaron dominarlo. Siete barcos fueron enviados al océano, para enfrentarse a aquello que tanto temían y desconocían.
Por días, meses, quizá años, los barcos navegaron sin rumbo, en busca de a quién enfrentar para obtener el control absoluto de las aguas. Entonces, el dios del mar se alzó en su contra, enviando un ejército de seres marinos para defender su territorio, aquello que le pertenecía.
Las sirenas.
Ellas subieron a la superficie, esbeltas y hermosas, poseedoras de encantadoras y melódicas voces, dueñas de misterios ocultos e infinitos.
Y el caos comenzó.
Canticos fueron entonados, con las sirenas meciéndose en la superficie, bailando con las olas para el humano. Hombres cayeron al mar, siendo víctimas de la voz hechizante de las sirenas, naufragando en la perdición.
Pero siete sirenas fueron capturadas y repartidas entre los barcos para averiguar su procedencia. Esos seres atrapados comprendieron: No todos los humanos eran malos. Esos humanos guerreros lo entendieron: Las sirenas solo buscaban protección.
La enfermiza mezcla se dio, humanos y sirenas, dando como fruto a siete hijos, condenados a transformarse en seres mitológicos al contacto con el agua. El dios del mar intentó asesinar a los híbridos, más los suyos se volvieron en su contra. Enojado y derrotado, renunció al gobierno sobre las aguas y maldijo a los siete hijos, dividiendo el mar en siete y sentenciando a los mal nacidos a gobernar sobre cada división durante toda la eternidad.
Aquella mezcla humano-sirena procreó durante millones de años. Los nuevos híbridos se esparcieron por el mundo, bajo las reglas de los siete mares.
Haruka Nanase, descendiente del mar negro, conoció a Rin Matsuoka, perteneciente a los hijos del mar rojo. El amor entre sucesores de distintos mares estaba prohibido, pero eso no evitó que llegasen a amarse.
—Entonces... ¿Cómo es el mar negro? —cuestionó Rin una tarde de verano, mientras su cabeza descansaba en el regazo de Haru y un libro de matemáticas yacía sobre su abdomen. El pelinegro enredó los dedos en las hebras pelirrojas del menor.
—Que no lo sé. Como los años han pasado sin descanso, la maldición se debilitó y no estoy atado al mar. Nunca lo he visto, de hecho.
—No hables así, me recuerdas al viejo —se quejó. Haru sonrió.
—Lo siento, los hijos del mar negro hablamos así.
—Es como si recitaras un viejo cuento —Haru suspiró y se inclinó sobre él. Los ojos carmesí del contrario brillaron mientras los azules propios se afilaban—. Mierda, no te excites —se burló Rin, empujándolo.
—No hagas una cara como esa, entonces.
— ¿Como cuál? —preguntó Rin, sentándose. Haru le acarició el rostro y se acercó a él hasta rozarle los labios. Las pupilas del pelirrojo se afilaron, observando la profunda mirada azul.
— ¿Quién está excitado ahora? —El menor chistó con desagrado y acarició las hebras azabaches del contrario.
—Sólo bésame... —musitó el ojicarmín, enredando la aleta con la del mayor en una muestra de entrega mientras las olas humedecían la arena bajo ellos...
Rin observaba la libreta con los ojos abiertos de par en par. Haru, a su lado, volvía a leer el título y los datos generales de la historia.
"Un amor maldito, investigación #12, Nanase Sakura".
— ¿Esta es tu teoría? —cuestionó el pelinegro, observando a su hijo de dieciséis años cohibirse en el sofá.
—Es la única explicación que encuentro a que se vean tan jóvenes y tengan treinta y pocos —Rin gruñó, silenciando a su hijo.
— ¡No es una teoría! Esto... esto es una historia... erótica sobre nosotros —Sakura enseñó la lengua con una sonrisa y se encogió de hombros, rascándose la nuca.
—No pude evitarlo. Primero era una investigación, lo juro, pero el mito me estaba gustando bastante y no pude contener mi emoción al imaginarme a mis padres como una pareja prohibida de tritones.
—Necesitas un psicólogo, esto es enfermizo —masculló Rin. Haru lo codeó.
—Rin, no seas malo con él. Además...
—Ni siquiera son mis padres biológicos, así que está bien si me emociona verlos juntos. Ahora... —tomó la libreta e intentó fulminarlos con la mirada— Dejen de esculcar mis cosas.
— ¿¡Cuándo mierda le dijiste que era adoptado!? —estalló Rin. Haru se talló la cara.
—Su cabello es rosa, iba a darse cuenta.
— ¡Se parece a ti!
—Pero no a ti. Además, no puedes embarazarte. Él solo preguntó un día y se lo dije.
Sakura había desaparecido por la puerta mientras Haru escuchaba las quejas de Rin. Sí, eran una familia muy extraña, pero era suya.
Y la amaba.
